Misericordia, de Miguel Ángel Hernández Acosta

Por Dana Cuevas.

En Misericordia, primer volumen de cuentos de Miguel Ángel Hernández Acosta (1978) todo es directo y visceral. Los seis cuentos que comprenden este volumen nos remiten a las pasiones humanas sin aderezarlas con sentimientos dulzones y cursilerías; al contrario, están narradas y adjetivadas con la crudeza que sólo un buen narrador sabe utilizar. Es tal vez en ello donde radica la excelencia de estas páginas: en presentarnos personajes concretos aunque grotescos, sentimientos repugnantes y reales, con los que somos capaces de identificarnos pues son, en muchos casos, idénticos a los propios.
Hay un tema recurrente en gran parte de los relatos de Misericordia: la paternidad.

Al situarlo en una balanza, no pesa tanto la perspectiva psicoanalítica freudiana sobre los traumas provocados por nuestros padres, sino la consternación misma de la paternidad, la reflexión crítica de esta figura determinante (porque tanto te determina cómo fue tu padre como el hecho de no haber tenido uno). Está el hijo que ama a su padre, el hijo que se siente abandonado y utilizado por sus padres, pero también el padre que pretende ser una figura positiva para su hijo —contrario a la experiencia con el suyo— o el que, junto con su esposa, se preocupa por hacer de la vida de su hijo algo llevadero cuando ellos falten.

En la prosa destaca una capacidad para transmitir los sentimientos de los personajes con los apelativos precisos, las figuras logradas, las descripciones sencillas pero abundantes. Constantemente nos remite a elementos visuales, nos transporta a las calles de Pachuca, a la carretera que une esta ciudad hidalguense con la capital del país, o también al calor de la costa. Vivimos en carne propia los insoportables olores de las personas, la alegría de Río de Janeiro o las infrahumanas condiciones de un manicomio.

Los textos están construidos desde la memoria, narrados desde un presente que evoca el pasado, una fabricación que agrega detalles que quizá no existieron en realidad. En particular: Sábado, Brasil, historia de un hombre adulto que recuerda a su padre desde los ojos del niño que fue, quien amó e idolatró a ese hombre, un estudioso de la literatura, y el viaje que juntos hicieron a Río de Janeiro en busca de un manuscrito inédito de Juan Rulfo —fascina el hecho de que Hernández Acosta se atreva a escribir algunas palabras de ese propio manuscrito—. «La memoria disfraza nuestro olvido en lugar de reforzar nuestros recuerdos», dice el personaje-narrador.

En Un hijo, como la otra cara de la moneda, un hombre adulto recuerda su infancia y lo miserable que fue (y sigue siendo) su familia: esa tristeza y esas desazones son motivadas por los comportamientos del padre y la complicidad de la madre del protagonista. Este último cuento nos de varias bofetadas a la cara al hacernos ver que el amor de pareja, en una considerable cantidad de casos, es una ficción quebradiza, una fabulación que un hombre y una mujer prefieren creerse a aceptar la realidad de que ha compartido su vida con alguien a quien no quieren, a quien ni siquiera trataron de comprender. En esta misma línea de la vida conyugal se ubica Un presentimiento, de un sabor agridulce, melancólico. En sus líneas somos silenciosos testigos de los insomnios de una pareja que no sabe cómo manejar la solvencia económica, que llega incluso a creer que sin preocupaciones económicas no pueden ser felices.

En el cuento que da título al libro, sumado al tema del padre —en este caso un tío, quien hizo más las veces de figura positiva y aleccionadora del narrador que su propio padre— está presente otra cuestión fundamental: el oficio del creador, del autor. El escritor es un buitre acechando un cadáver, dispuesto a crear con la carroña que de él obtenga. La metaficción se hace presente al darnos cuenta que somos los lectores de ese cuento que el narrador habla de ir creando a lo largo de sus páginas.

Villa Ocaranza y Cruz y Gómez son dos narraciones que, a pesar de distanciarse en temáticas —el primero comprende la historia de un chico que acompaña a su padre a surtir despensas en los hospitales de la región de Pachuca, en particular el Hospital Psiquiátrico Ocaranza; mientras el segundo cuenta la anécdota de un hombre que ha cometido un crimen y se esconde en un poblado costero donde se vuelve ayudante de Alejandro Cruz y Gómez, un asqueroso y soez carnicero— están hermanados por la excelencia de su construcción, la agudeza de sus palabras despiadadas y la vulgaridad de sus personajes. Ambos tienen momentos climáticos que transmiten en su lector claustrofobia y excitación. En los dos vemos a estos personajes recurrentes de la mexicanidad: hombres que buscan compadrazgos y coqueteos al calor de las copas; hombres que se aprovechan de su superioridad física y económica y reducen a los demás a la condición animal; hombres que presumen a sus mujeres como objeto; hombres-locos dispuestos a revertir su situación a cualquier costo.

A pesar de la brevedad de Misericordia el lector encontrará en este libro exquisitos relatos que son reflejo del trabajo y ahínco de su autor; cuentos que se leen de una sola sentada y que cumplen con las exigencias impuestas a cualquier gran cuento; sobre todo: sus historias son las nuestras, esos padres son los nuestros pero, a la vez, somos nosotros, buscando una manera de sobrellevar la culpa de la paternidad en este desabrido y asqueroso mundo.

Hernández Acosta, Miguel Ángel. Misericordia. México: Librosampleados/UANL, 2018.