Los discursos presidenciales

En su Discurso de Angostura, Simón Bolívar llega al extremo de lamentar que España le había quitado a Latinoamericana hasta las posibilidades de ejercer su propia tiranía. Los sátrapas de Persia, dijo, son persas; son tártaros los sultanes de la Tartaria. En cambio, en Latinoamérica ocurrió que todo provenía de España.
Estábamos, dijo, “ausentes del universo”. Carentes de historia, huérfanos de ideas, ni siquiera teníamos el brillo del poder para embelesarnos. Estas taras históricas persisten hasta ahora. A menudo nos preguntamos si existe algo así como un pensamiento latinoamericano. Continúan esas discusiones de si adoptamos modelos europeos o norteamericanos o si moldeamos nuestras políticas a nuestra realidad. Nuestros libertadores se encontraron que por un lado los indígenas, los auténticos dueños de estas tierras, tenían un reclamo histórico; por otro lado, los nuevos ciudadanos de las Repúblicas aspiraban a formar un núcleo de resistencia contra futuras invasiones. De un lado estaba el pasado intacto de una mitad nuestra; del otro lado estaba el futuro incierto de una mitad ajena.

La gran tragedia de Latinoamérica es, me parece, eso que escribió Franz Fanon: que el colonialismo no mata a las culturas que invade, sino que las momifica, las paraliza y las suspende para siempre. La historia latinoamericana puede resumirse entre aquellos que miran al norte, como lo hizo Faustino Sarmiento; y aquellos que aspiran a convertirse en algo más, como lo pensó José Martí y, más recientemente, Bouaventura de Sousa, que identifica a Latinoamérica con el pensamiento utópico, con esa idea de imaginar Latinoamérica desde los bordes, desde el margen, para
convertirnos en centro y en ideal.

José Martí, en “Nuestra América”, un artículo importantísimo para el pensamiento latinoamericano, nos pedía en el lejano 1891 que buscáramos la respuesta a
nuestras aflicciones en nuestra propia tierra, en nuestra propia educación latinoamericana, que dejáramos de ver los modelos eurocéntricos que tanto han permeado nuestras decisiones. Oswaldo de Andrade, en su “Manifiesto Antropofágico” nos pedía lo mismo: devorar al conquistador, deglutirlo y de ahí crear lo nuestro. También Enrique Dussel nos recordaba en 1992 que el descubrimiento de América no había sido tal sino, acaso, un encubrimiento, que borró al indígena y su historia y nos implantó de lleno en la historia europea.

América, como escribió famosamente Edmundo O’Gorman, fue inventada.
Inventada por la mente europea. Basta leer las crónicas de los conquistadores para
darnos cuenta que concebían las nuevas tierras en términos de animales fantásticos, mitos y leyendas que ellos mismos habían inventado.

Pero, ¿por qué, entonces, se habla de Descubrimiento? Porque es Europa, como rectora de la Historia —baste recordar a Hegel— que presupone que los espacios mundiales no integrados o visibles para Europa no existían. No hubo ningún
Descubrimiento porque las culturas indígenas ya estaban aquí. Fueron ellas las que
descubrieron estas tierras. No sólo eso: la Historia, bajo los términos europeos y
norteamericano, representa un proceso vertical de mejoramiento político, social y
tecnológico y no uno horizontal de comunidad, sociedad y solidaridad. Europa se crea a partir del Descubrimiento de América porque se presentan por primera vez como imperio que, de alguna manera, conecta las conquistas exteriores con un plan divino. Cristóbal Colón se lanza al mar sí por objetivos comerciales y por ganar fama y oro, pero también porque creía firmemente en el Apocalipsis. Su viaje se traduce en términos terrenales, celestiales y también teleológicos doblemente considerados: se trataba de abrir una nueva ruta comercial y, de paso, salvar almas.
Es decir: Cristo hablaba español. Un español imperial.

En la actualidad, Estados Unidos invade el globo y ordena tiempo y espacio por medio del comercio; penetran en las geometrías estatales las crisis globalizadoras muchas veces creadas por Estados Unidos; el capital parece ser la única alternativa de los sistemas humanos; las grandes narrativas históricas ceden su paso a Google, Facebook y Youtube. Estamos, pues y parafraseo al sociólogo Zygmunt Bauman, ante una vida líquida. La gran trampa del capital es que concentra en pocas manos todos los recursos al mismo tiempo que expande su ideología, prometiendo a los desamparados una vida material de lujos si tan solo se esforzaran. Esta idea, perversa, borra cualquier responsabilidad estatal e institucional y le pone todo el peso al individuo. El capitalismo es concebido en términos de las grandes compañías de ciertos individuos, como Mark Zuckenberg o Jeff Bezos. Se ignora totalmente que sin ciertas condiciones específicas de arreglos institucionales, educativos o inversión, ni Facebook ni Amazon existirían. Ignora la parte oscura del capital: las historias privadas de fracasos. Es responsabilidad de la literatura recogerlas.

Con Los discursos presidenciales intenté algo similar a lo que pensó Bolívar, Martí y los nuevos pensadores decoloniales, solo que en clave de ficción: esta novela es un intento por intentar comprender los procesos nacionales de identidad, que nos pertenecen a nosotros y no a las metrópolis; visibilizar otra historia; entender la formación del poder; cómo el poder esconde y corrompe pero también crea y forma. Es creatividad destructiva. La portada de la novela es sugerente en este aspecto: las múltiples cabezas que están hablando, gritando, callando, discutiendo, nos hablan de la variedad de discursos que el poder utiliza para perpetuarse.

Coronando esa cabeza está la silla presidencial: la culminación última del poder. Rodeada de micrófonos, esta imagen es también una representación de cómo los medios de comunicación conviven con el poder e incluso muchas veces lo encauzan. La misma cabeza, hecha de trapo, sin facciones discernibles, representa a un político genérico que se esconde detrás de sus palabras. Esta es la imagen perfecta para entender que el poder es, básicamente, lenguaje. Que son precisamente los discursos presidenciales los que generan la expectativa de lo que una nación puede ser. Que son las palabras las que ordenan el caos, le dan sentido a la realidad y congregan voluntades.

El ejemplo histórico más obvio de cómo el lenguaje no es de ninguna manera un artefacto inocente, es la mancuerna entre Hernán Cortés y la Malinche. La lengua sedujo a conquistados y conquistadores. Asombradas por esos hombres barbudos que llevaban animales y tecnología nunca antes vistas, las culturas indígenas de nuestro continente se han transformado en paréntesis y excepción. Relegadas a piezas de museo, les queda la triste fortuna del turismo.

Los discursos presidenciales quiere convivir con esa historia de saqueos y colonialismo y expulsarlos para entender nuestras destrucciones. Como escribió Martí: “Conocer el país, y gobernarlo conforme al conocimiento, es el único modo de librarlo de tiranías.” Yo diría: “Conocer el país y escribirlo conforme a nuestra literatura es el único modo de imaginarlo diferente”.