#Antártida: César Cortés Vega

Los cinco libros que *César Cortés Vega preservaría en el fin del mundo:

Si bien en mi caso las preferencias pueden mutar según el momento y la charla que se desarrolle, ¿qué hacer cuando se te propone tirar por la borda lo más preciado? [Un réquiem para acompañar el golpe de conciencia al excluir algo que nos parecía primordial]. Muy difícil para el sacrificio Baudelaire, por ejemplo, o las mismas interpretaciones de Benjamin sobre su vida y obra. También me dolería arrojar al vacío ‘El capitán de quince años’ de Verne, que me regalara mi abuela justo cuando yo tenía la misma edad que el protagonista, al igual que toda la obra de Rimbaud: la real y la erróneamente atribuida. Por supuesto Kafka, o algunas cosas de Cortázar. Juan García Ponce, Rulfo, Francisco Tario… ¡Bataille!; clave para vislumbrar no sólo los límites de la literatura, sino de todo aquello que en su exceso desborda el sentido de lo social. [Ya veo cómo el papel cede ante la fuerza del huracán, o bajo el peso de los escombros, o en medio de las llamas]… Entonces, si se me piden cinco tiros, disparo cosas que me vienen más rápido a la mente desde esta perspectiva: ¿qué salvar, luego de saber que si eliges un sexto tiro, te condenarás junto a todo lo que dejas atrás?…

El hombre sin atributos (Robert Musil)
Una novela inconclusa, por lo que desde un punto de vista práctico, me permitiría imaginar múltiples finales antes de acabar yo mismo como un pedazo de hielo en tan elegante congelador antártico. Pero lo más importante no es eso, sino que además se trata de la historia de alguien que va a contracorriente de los deseos de una política de la ocupación y la trascendencia. ‘Ulrich’, el personaje —que sí posee atributos, pero que decide no emplear— avanza con dubitación sarcástica entre los distintos estamentos que concurren a una celebración de Estado llamada ‘Acción paralela’, y en la cual se muestra no sólo la estupidez histórica vinculada al hundimiento de la Europa previa a la Segunda Guerra, sino de cada operación productiva que se imagina indispensable, necesaria y representante de cualquier evolución positiva. Perfecta lectura para aceptar la catástrofe.

Madame Bovary (Gustave Flaubert)
Más o menos las mismas razones que la novela de Musil, pero en términos más modestos. ‘Emma Bovary’, que fuera inspirada en ‘el Quijote’, no solo se aleja del romanticismo en tanto su ensoñación novelesca se transforma en pesadilla, sino que además representa la subjetividad radical aún presente en nuestras quimeras contemporáneas. No se trata solamente, pues, del fracaso de la belleza ideal enfrentada a un realismo crudo, sino del de la misma literatura que tímidamente observa a la vida, siempre superior a cualquier expectativa aleccionadora. La moraleja ahí, es que no hay moraleja que a la vez no arroje bilis negra por la boca.

Cumbres borrascosas (Emilly Brönte)
El odio verdadero trasciende cualquier organicidad racional. Quizá sea la pujanza de la que está hecha toda evolución. ‘Heathcliff’, personaje central de la novela, es un ejemplo de autonomía de la voluntad, pues su rencor parece trascender cualquier operación encaminada a un fin, lo que le convierte en un enigma cercano a lo divino. Se trata de uno de los representantes de la negatividad más dignos que hay en toda la literatura, lo cual además está reforzado por haber sido concebido en la única novela escrita por la integrante de una prolífica familia fuertemente religiosa. De una potencia femenina que me deja pasmado de admiración.

El almuerzo desnudo (William Burroughs)
Un instante helado en el que todos ven la punta de sus tenedores”: esa es la consigna, ahí la razón de ser no solo de la novela, sino de la literatura. Todo esfuerzo retórico, responde a una turbación acerca de cómo y para qué muta aquello que engullimos y transformamos en energía para vivir. Y ¿para qué más?… Naked Lunch es es una de las mejores narconovelas que he leído, justamente porque no es un relato acerca del narco, sino acerca del consumidor. Atendiendo una frase brillante en las reflexiones del viejo Bill en el prólogo —”El rostro del mal es siempre el rostro de la necesidad total”—, se comprenden así sus motivos, cuando además describe que la ecuación de la droga implica al adicto tratado como mercancía. Si el infierno existe, el libro realiza una de sus mejores descripciones que haya yo conocido.

Un fragmento de vida (Arthur Machen)
Un texto que se desdibuja hasta desvanecerse en una opacidad paradójica. Machen ha sido mencionado por muchos escritores —entre ellos Borges y Lovecraft— como maestro del horror sobrenatural. Sin embargo, este pequeño libro no está escrito para provocar miedo, sino cierta confusión frente a aquello que no es posible definir en el cambio de conciencia del personaje. No se centra, pues, en algo externo, sino en un cambio de percepción interno. Luego, relatar una cosa así requiere un esfuerzo de estilo muy particular: cuando los sentidos mismos han cambiado, ¿qué hacer con la prosa? El texto entonces ahí puede ser lo de menos, si de lo que se trata es de salvar algo que pueda servirle a una supuesta humanidad futura luego de una catástrofe —sobre todo si atendemos lo que Baudrillard dice sobre el verdadero Apocalipsis, que consistirá en que el fin siempre se posponga—. Lo peor —nos dice él— estriba en que ya nada tendrá fin, y que todo continuará desarrollándose de forma cansina, fastidiosa, recurrente, en la histeresia de todo lo que, como las uñas y los cabellos, sigue creciendo después de la muerte.

*César Cortés Vega es editor, poeta, narrador y artista visual. Sus libros más reciente son la novela Tanuki y las ranas (2016) y el volumen de ensayos Poetas esclavos, máquinas soberanas (2017).