Sobre “Filetes de lenguado”, de Gerald Durrell

Gerald Durrell, el hermano menor de Lawrence, el justamente celebrado autor de esa obra maestra que es El cuarteto de Alejandría, brilló de manera propia e intensa dentro de la familia Durrell, destacándose, desde niño, al seguir un camino que a su hermano le parecía el de un demente pues fue zoólogo, naturalista, conservacionista y expedicionario. Lawrence opinó, a lo largo de los años, de esta manera de su especial hermanito, como bien apunta Gerald en la página de dedicatoria del libro que nos ocupa:
Hacia 1931: El niño está loco, ¡caracoles en los bolsillos!
Hacia 1935: El niño está loco, ¡escorpiones en cajas de cerillas!
Hacia 1945: El chaval está loco, ¡quiere ser guardián de zoo!
Hacia 1952: El hombre está loco, ¡se arrastra por junglas infestadas de serpientes!
Hacia 1958: El hombre está loco, ¡quiere tener un zoo!
Hacia 1967: El hombre está loco, ¡lo invitas a cenar y te mete un águila en la bodega!
Hacia 1972: El hombre está loco.

Siempre he recomendado, fuera de las obras de lectura obligada para un estudiante de biología, a los jóvenes que estudian esa disciplina, que lean los libros de Gerald, escritos de manera amena, a la vez que nos va dando importantes lecciones sobre la fauna de las regiones del mundo a las que viajó, en busca de ejemplares, cuyo destino eran los zoológicos para los que trabajaba o los centros de conservación ecológica en los que intervino de forma decisiva. Pero los libros de Gerald Durrell, que jamás carecen de humor, no están escritos necesariamente para biólogos o ecologistas, especialistas que, sin duda, enriquecerán su quehacer científico con estas simpatiquísimas obras, sino para el gran público. Cada libro de Gerald Durrell se lee como una novela de aventuras. Son, en realidad, compendios de una vida entregada a la aventura, que se resuelve en uno de los trabajos más dignos y heroicos a los que un ser, perteneciente a la especie sapiens, pueda entregarse: el rescate de otras especies.

Filetes de lenguado, en cambio, pertenece de manera mucho más profunda y decisiva, al ámbito de la autobiografía, género al que dedicó varios de los títulos de su vastísima producción. Comienza en una playa de Corfú, Grecia, hogar de los Durrell, con ambos hermanos charlando sobre el material que ambos tienen por ahí, sin saber exactamente dónde ponerlo, o cómo publicarlo, mientras ambos beben:
Nos quedamos allí tumbados indolentemente, pasándonos una enorme botella, recubierta de mimbre, de una retsina que parecía trementina. Bebíamos y meditábamos en silencio. El que crea que cuando dos escritores están juntos se dedican de lleno a intercambiar frases ingeniosas y agudas chanzas se equivoca lamentablemente.

-Es buena esta retsina –dijo Larry por fin, llenando su vaso cuidadosamente-, ¿de dónde la has sacado?
-Se la compré a un hombrecillo que tiene una tienda en una de esas callejas que salen de la plaza de San Spiridion. Es buena, ¿verdad?

Los hermanos continúan conversando sus entretenidas trivialidades, cuando Lawrence le suelta a Gerald:
-¿En qué estás trabajando ahora? –me preguntó Larry.
Le miré sorprendido. Teníamos una ley implícita en virtud de la cual no discutíamos jamás uno con otro acerca de lo que llamábamos “Nuestro Arte”, por miedo a caer en la discordia o en el abuso vulgar.

Gerald Durrell comenta que, leyendo El alma del lugar, una recopilación de cartas entre Lawrence y sus amigos, se le ha ocurrido la idea de hacer algo parecido.
-No es mala idea –dijo Larry-, sirviéndose otro vaso de retsina-, no hay que desaprovechar nunca el buen material.
Levantó el vaso hacia la luz y admiró el color. Después, me miró con un destello malicioso en los ojos,
-Te diré una cosa –dijo-, puedes llamarlo Filetes de lenguado.
Y eso es exactamente lo que he hecho.

Este tono jocoso, con el que comienza el libro, impregna la mayoría de las narraciones que lo componen, pero hay que aclarar el juego de palabras que, traducidas desde el inglés, se pierde en español y componen su título: Spirit of Place es el título del libro de Lawrence, siendo Fillets of Plaice, el que le sugiere a Gerald. Cinco relatos más lo integran. La fiesta de cumpleaños describe las divertidísimas dificultades con que se topa la familia Durrell para celebrar el cumpleaños de mamá, el traslado de una pesada nevera, así como las ocurrencias de la gente de Corfú, harán las delicias del lector, provocando la risa cada tantos párrafos. Una cuestión de ascenso nos traslada a África, cuando Gerald es ya un expedicionario profesional, establecido en una remota aldea dónde su vida transcurre sin tantos incidentes, a no ser los normales para un zoólogo; las dificultades comenzarán cuando un inoportuno Oficial de Distrito les hace una visita a él y al puñado de blancos asentados ahí; no faltarán las anécdotas de alguien cayendo al fondo de una letrina con sus asquerosas y pestíferas consecuencias, hasta la aparición de ciertos bichos ponzoñosos colgados del ventilador, y amenazando con caer sobre el comedor y los comensales.

En Una cuestión de títulos Gerald cuenta cómo, debido al exceso de trabajo, tiene que ser internado en un horrible sanatorio, rodeado de enfermeras que más bien parecen celadoras, mientras una incontenible hemorragia nasal le hace la vida imposible. Con Úrsula el menor de los Durrell nos adentra en el recuerdo, maravillado y cómico, pero siempre emocionado, de uno de sus tantos amores, pero el más interesante e inolvidable, el de Úrsula Pendragon White, a quien describe así: Era su nariz lo que quitaba el aliento. Nunca había visto una semejante. Era larga, pero no demasiado, y combinaba tres estilos distintos. Empezaba siendo griega en el más estricto sentido del término, pero hacia el final le sucedía algo extraordinario. Se levantaba de repente, como la nariz de un pequinés muy elegante, y luego parecía que alguien le hubiese rebañado delicadamente la punta para volverla plana.

Pero eso no es tan importante como el otro encanto de la chica:
Mientras que otras personas hablan su lengua materna sumisamente del modo en que se les ha enseñado, Úrsula adoptaba un enfoque más militante (…). Agarraba al idioma inglés por el cogote, lo sacudía de arriba abajo, lo volvía del revés, y forzaba las palabras y frases a cumplir su voluntad haciéndolas decir cosas que nunca hasta entonces habían expresado.
Valga el siguiente ejemplo que apunta G. Durrell:
-Y papá dice que es una media docena de uno y una docena de otro, pero yo no lo creo así. Hay fuego sin humo y yo creo que alguien debería decírselo a ella. ¿No crees?
He dejado al final el tercer relato, Un traslado de tortugas de agua dulce, mi preferido de todo el libro, en el que Durrell aúna las vivencias de la infancia, una narración de misterio, y los sentidos recuerdos de una persona muy especial. Gerald tiene quince años de edad, es el año 1939, y la familia se traslada de Grecia a Londres, con la guerra inminente, y toma un empleo en una tienda de mascotas. Todo marcha bien, incluso el pequeño Gerald luce el ingenio que, de adulto, le servirá mucho en sus futuras expediciones, cuando logra mejorar las condiciones de la tienda. Se dedica a explorar el barrio y descubre, en un callejón, una serie de tiendas olvidadas, como una pajarería, una tienda de modas, un restaurante, una tabaquería, un fontanero y una agencia inmobiliaria. El misterio es que ninguno de estos locales es visitado por nadie y el escaparate de la pajarería exhibe, eternamente, la jaula de un loro con el letrero de “Vendido”, pero jamás pasan a recogerlo.

El día que, habiéndose acabado el alimento para algunos animales en la tienda donde Gerald trabaja, acudirá a la extraña pajarería a comprarlo, y descubrirá el secreto de las tiendas del callejón. El dependiente le confiesa que, el dueño de toda la calle, un millonario excéntrico y socialista, ha dejado unas cláusulas beneficiosas que consisten en mantener los locales de forma indefinida, y revisar la renta cada cuatro años, pagando la increíble y regalada cantidad de una libra al mes, siempre y cuando los locatarios demuestren que no obtienen ganancias a través de sus comercios.
En una ocasión, trasladando una caja de cartón que contiene pequeñas tortugas, el fondo de la caja se humedece y se rompe, en pleno viaje urbano en autobús, y las tortuguitas caen por el suelo. Un simpático coronel, de monóculo, que conoce incluso el nombre científico de las tortugas, le auxilia en la tarea de recogerlas. Se harán amigos, y Gerald pasará horas deliciosas en su casa, jugando con las magníficas maquetas de batallas que el coronel tiene en su extraordinaria sala.

Filetes de lenguado es un libro entrañable para mí, lo leí a la misma edad que tenía Gerald cuando la anécdota de las tortugas, las tiendas misteriosas y el afable coronel. Posteriormente me hice yo mismo biólogo y escritor. Se trata de un título con el que vale la pena adentrarse en la prosa, pero sobre todo, en la vitalidad de un Gerald Durrell, escritor y científico, que tomó un camino distinto al de su hermano, pero el mismo, al final, el de la literatura en su más comprometida expresión.