Anatomías imperceptibles

Tengo mi corazón del lado derecho —no en un sentido metafórico, sino literal, aunque ciertas estelas de conservadurismo todavía permeen mi vida—pues nací con una rara condición llamada situs inversus que me provoca lo mismo una suerte de orgullo médico —mi as bajo la manga para agradar a casi cualquier galeno es confesarle el secreto de mis atribulados órganos— que un pavor súbito por la suerte que tuve al no requerir ningún tipo de cirugía al nacer. Entre los vagos términos médicos que me catalogan como rareza —no sólo mi corazón, sino todos mis órganos están invertidos— poseo también una dextrocardia y un soplo en el corazón, pues una de mis válvulas no funciona como debería. A pesar de esta curiosa patología mi cuerpo funciona normalmente, creo que de milagro. Hace algunos años, antes de decidir irme a estudiar literatura a Estados Unidos, me uní al taller de ensayo de Mauricio Montiel Figueiras en Polanco. Fue en ese taller cuando por primera vez tuve las ganas de escribir sobre mi cuerpo anatómicamente desobediente, aunque lo hice en tercera persona. El resultado fue una especie de confesión —y confusión— de géneros que, al releerla en estos días, me hizo pensar en el mismo desorden que tengo en mi interior. No puedo dejar de pensar que es gracias a mi piel y también a las ropas que llevo y también a una reserva pudorosa por mi privacidad que me he rehusado a ensayar una teoría sobre mis órganos. Tampoco es que me importara mucho: en mis inicios como escritor estaba más atento a escribir piezas de opinión y a concluir una novela sobre los estados depresivos de la locura y la muerte que disertar sobre las posibilidades de mi cuerpo.

Sin embargo, después de leer Examen de mi padre (2016) de Jorge Volpi (México, 1968), se abalanzó sobre mí la necesidad de aunque sea confesar mi aparente rareza que, sin embargo, no se ve, ni tampoco apoco afecta mi funcionalidad. En un mundo de miles de millones de seres humanos los defectos congénitos no deberían ser motivo de orgullo ni mucho menos de un señalamiento explícito sobre mí ser. Si esto es así, sin embargo, es porque vivo en una época —o eso quiero creer— de avances médicos, tolerancia y apertura: por supuesto, esto no es así, o al menos no en términos absolutos.

Al igual que Volpi, yo también crecí rodeado de médicos. Dos de mis tíos los son y también mi abuelo. Gracias a esto he llegado a conocer, apenas a vuelo de pájaro y a roce de escuchas, lo que significa ser médico. Todos, en algún momento, se han preguntado si podrían estudiar medicina. A mí, esa pregunta y su inmediata respuesta vino un día de vacaciones de diciembre, hace ya muchos años, cuando mi tío me invitó a ver una pequeña intervención que le haría a mi madre para sacarle alguna protuberancia —lunar, promontorio epidérmico, abultamiento facial o lesión— que tenía en la cara. Lo único que recuerdo es una sensación de mareo y un vertiginoso hilillo de sangre recorriendo la mejilla de mi madre y el apurado y abultado algodón que absorbía el líquido rojo que cayó. Tuve en ese momento dos certezas: que yo no sería médico pero que los admiraría para siempre. De entre mis favoritos se encuentran los internistas y los psiquiatras; de entre mis menos favoritos se encuentran los cardiólogos y los oncólogos. Que quede claro: no es que deteste a los del segundo grupo sino que nunca me vería haciendo lo que ellos hacen. Mi temor por los cardiólogos viene impuesto por mis desfiguraciones congénitas y mi temor por los oncólogos es que se encargan de combatir una enfermedad que considero aborrecible, especialmente en niños. Prefiero mantenerme alejado —aunque es imposible con los cardiólogos— de ellos. El primer grupo, en cambio, me parecen —si algún médico lee esto, por favor, no juzgue mis elucubraciones— los más cercanos al arte literario: los internistas porque crean una narrativa a partir de episodios que el paciente relata, creando una historia, es decir, un diagnóstico; los segundos porque lidian con los vericuetos administrativos de una burocracia mental disfuncional, en donde tienen que adentrarse en recuerdos, imágenes o ¿alucinaciones? de sus pacientes. Escribo esta reflexión médico literario por este párrafo de Volpi:

Vivimos en una época “sin corazón”. Con su obsesión por defender a los empresarios del demonio del estado, el neoliberalismo ha querido eliminar cualquier impulso solidario entre nosotros. Por cursi que suene el eslogan, el corazón está a la izquierda. Pero quizás me engaño. (137)

El escritor se engaña, porque el mío está a la derecha —literalmente— aunque esté a la izquierda —metafóricamente—. Me considero, pues, con sus matices, de una izquierda tímida, sobre todo después de estudiar la maestría en una de las universidades norteamericanas más cargadas a la izquierda, y después de pasar ya un año y poco más en otra —la de Minnesota— con las mismas fobias contra la derecha. Antes, mi conservadurismo rancio y apocado, proveniente de una educación católica que en algún momento me tomé en serio pero que perdí después de querer hablar directamente con Dios, sin resultados, no me permitía vislumbrar la diversidad de argumentos en torno a ciertos temas. Ahora, me considero más bien céntrico, oscilando más a la izquierda que a la derecha en muchos asuntos y tratando de ejercer, hasta donde puedo, mi razón, lejos de mi clase social o de mis experiencias, para tratar de entender el mundo.

El libro de Volpi es extraordinario: un buen ensayista, más que datos, comparte intuiciones. Examen de mi padre y ensayos como La imaginación y el poder (1998), confirman, me parece, que Volpi posee el pulso para usar la madeja y conectar, sutilmente, hebras diversas de geometrías imperceptibles. Igual que mis órganos, la escritura de Volpi no se ve, sino que se palpa. Nadie podría adivinar lo que se esconde bajo mi carne sin poner su mano sobre mis latidos ni tampoco auscultar —siempre me ha parecido fascinante los sonidos que es posible trasladar del cuerpo a la mano cuando los pediatras tocan, con ritmos huecos y entrometidos, la panza de los niños— mi piel. En Volpi resalta su capacidad para escribir sin ser visto: una aproximación escritural muy certera dado el tema del libro, dividido en capítulos a partir de diversos órganos. Otra cita de Volpi, o más bien del escritor citando a Ambroise Paré que me impulsó a estar escribiendo estas líneas, es la siguiente:

Los monstruos“, escribe Paré en el proemio de su libro, “son cosas que aparecen fuera del curso de la Naturaleza (y son normalmente signos de una desventura por venir), como un niño que ha nacido con un brazo, otro que tendrá dos cabezas, y miembros adicionales en mayor o menor número a lo ordinario“. (229)

No tengo duda alguna que Paré me hubiera considerado un monstruo, dado el carácter anatómicamente extraño que llevo dentro. Es decir: soy una anomalía, pero una que no se nota. Si, en cambio, hubiese nacido con cualquiera de esas deformaciones que describe Paré, mi vida hubiera sido muy distinta. No lo es, sin embargo, porque mis secretos no se ven, aunque se digan. ¿Qué le puede importar a la gente si tengo mi corazón del lado derecho y mis órganos como espejo si nadie los puede ver sino acaso imaginar? Para los médicos, soy un caso de estudio; para los demás, un alzamiento de cejas; para mí, apenas esta confesión. Y es que gracias al cuidado de mis padres y de mis doctores hemos podido prever cualquier peligro futuro. También gracias a los doctores es que no soy un dechado de dolores crónicos: desde una infección en el oído hasta un dolor de cuello terrible, pasando por un problema —hasta la fecha no sé qué tuve— en el que me dolía comer, la medicina ha estado cerca de mí por razones de mi constitución física y anatómica que escapan a mi comprensión, y también a la de ellos.

He mentido, no deliberadamente, pues recién me acuerdo. Mi corazón está más bien cargado hacia el centro. También hacia el centro he intentado mantener mi salud, mis inclinaciones políticas y religiosas y hasta mis amigos. Me podrán decir que esto llevará, inevitablemente, a una vida aburrida. Quizá sea cierto. No puedo dejar de pensar, sin embargo, que esto tampoco lo elegí yo y que mi corazón céntrico aunque cargado a la derecha o a la izquierda me ha obligado a centrarme en mi literatura como ejercicio y disciplina y que esto es lo único que me gusta hacer bien.

Una última pregunta, ¿la organización de los órganos también organiza la psique de un individuo? Si algún médico está leyendo esto pido de favor que no me tache de loco. Me gusta imaginar. La cosmovisión que me otorgaría un corazón a la derecha se vería enfrentada a las experiencias vitales que me han vuelto más bien de izquierda. ¿Quién ganaría: mi anatomía o mi realidad? Soy un escritor centrado aunque no conozco las particularidades del cuerpo y sus conexiones secretas. Creo conocer el mío que alguien me dio así, Dios o la Naturaleza. Mis órganos seguirán siendo un misterio para la medicina pero no así para la imaginación, la ficción, mi creatividad y la tinta que tendré que derramar en alguna narración inverosímil gracias a ellos y su rebeldía anatómica acechando bajo los músculos, presente pero escondida, anómala pero funcional, siempre mía, ahora también de los demás.

Volpi, Jorge. Examen de mi padre, Alfaguara, 2016.