Maurice Blanchot y la escritura del desastre

4 notas para el ‘Archivo de Intuición y desastre’

Por César Cortés Vega*

Debes escribir no sólo para destruir, no sólo para conservar, para no transmitir, escribe bajo la atracción de lo real imposible, aquella parte del desastre en que zozobra, a salvo e intacta, toda realidad.

M.B.

Un proyecto de arte basado en la escritura

Me integro a la masa de cuerpos que habita la calle. Hormigas con inmensos trozos de pan sobre de sí. Yo, un bicho más abriéndose paso, cruzando sus antenas con las de otros para intentar saber de qué van. Probablemente pura necedad de mi parte, porque no dejo de pensar en aquella frase, mal atribuida a Mark Twain [1]: el mayor problema de la comunicación es la ilusión de que se ha conseguido. Según esto, podría ser que los otros fueran solo un reflejo. Y nuestro deseo, pura inmanencia, proyectada en el registro de alguien más que funciona como mero pretexto para su cumplimiento. Quizá lo que hago entonces valdría más en lo concreto y sin sentido: arrastro un cajón negro con ruedas entre las calles destruidas de la Ciudad de México, pues lo prefiero a quedarme sentado en mi estudio frente a la pantalla. Elijo entonces un cofre de herramientas, un archivero móvil con el cual me desplazo. Un poco como suelo avanzar en lo escrito, imaginando que el puerto al que intento llegar es incierto, y que no vale en sí mismo sino gracias a que en el transcurso todo tomará otro sentido.

Arrastro, pues, un dispositivo móvil, con recipientes en su interior que contienen distintos objetos que la gente me ha dado acá y allá, y que representan lo que me han contado acerca del desastre y de algo que me parece mucho más importante: la intuición. ¿Qué es para usted la intuición? —inquiero, y las respuestas siguen siendo sorprendentes. Algo así como nada —parecen coincidir todos—, un presentimiento sin razón de ser… o con una que no alcanzamos a acomodar por entero mediante el pensamiento. En sí mismos, estos actos de intercambio parecen ser desastres fortuitos que desordenan los acontecimientos. Tal belleza me permite avanzar: un intento que se define a sí mismo sobre la marcha. Si bien el proyecto Archivo de Intuición y Desastre —que así se llama lo que hago con esto— opera dentro del campo de las artes, lo considero también como un espacio para la realización de una escritura colectiva. No sólo se trata de hablar con todo aquel que quiera hacer caso de mis preguntas, para capturar las respuestas en audio y pedir objetos que representen lo que cada quien me ha dicho. Luego busco información, ordeno, hago mapas mentales, fotografío y con ello incorporo la información en un sitio en el espacio electrónico. Y, lo más importante: me dejo llevar por los otros, que me sugieren previa petición de mi parte, el lugar nuevo al cual debo dirigirme. No se trata tan solo de documentar el desastre, sino de expandir aquel significado hacia otros lugares, más allá de sus límites. Tampoco entonces consiste en calcular la discursividad, sino de permitir que emerja una des-mesura, un Zeitgeist [2] alucinado de la diversidad catastrófica…

Dice Goethe en voz de su Fausto [3]: “lo que llamáis espíritu de los tiempos no es en sí más que el espíritu de los grandes hombres en que los tiempos se reflejan”. Luego continua lapidariamente: “Y esto aun para contemplar a veces una miseria que nos obliga a apartar los ojos; cuando no es un montón de inmundos escombros, es a lo más uno de esos espectáculos de mercado llenos de hermosas máximas de moral que se ponen por lo regular en boca de los muñecos”… Este proyecto disiente de tal contestación: un modesto contra-archivo que no puede poseer tal horizonte escéptico, pues tiene como motor el fracaso de las definiciones capitulares. Y tal cosa se ejerce, al menos, desde una voluntad intuitiva, en una negación por exceso, por imposibilidad de cumplir una normatividad clasificatoria, por irracional, por falta de un orden que le reconfigure y le permita expresar algo con cálculo. Una serie compleja de desastres, respondería, no una miseria. Ahí radica la potencia de su error, que se impone sobre la resignación, filtrada a través de la costumbre y el espejismo de la normalidad. Cada descripción posee sus pequeños desastres intuitivos, sus trabas que más allá del discurso o justamente en la falta de gestión de sus derivaciones— plantean, sin desearlo, una independencia negativa. Porque fuera de los constructos mediante los cuales queremos hacerle operar, el mundo no es “normal”, y ningún paraíso de la conformidad puede ser capaz de sustituir el golpe de los acontecimientos, contradictorios y feroces. Cada cosa ahí se manifiesta y ejerce la belleza soberana de su propia contradicción. Insignificancias preciadas: toda equivocación se convierte en subjetividad inclasificable; una cierta autonomía de la fatalidad. Y no hay método capaz de ordenar tales cosas, sin a la vez extirpar con ello su naturaleza original. Por eso estas caminatas son apuestas que por acumulación arrojan un montón de cosas que al final podrán leerse como fragmentos de micro universos inabarcables, que si bien no serán esperanzadores, al menos no le atribuirán todo de manera simplista a la carencia. Su centro está en aquellas hipótesis de la existencia de las que hablara Guy Debord; placas psicogeográficas giratorias. La correlación de ejes en una cartografía influencial inexistente [4].

Su entropía, sin embargo, es lenta, porque su origen ha sido premeditado. Toda buena deriva debe percibir sus dislates, pues es difícil avanzar sin imaginar al menos un destino, y corroborar que su cumplimiento ya tenía un cierto orden en el deseo. Ahí está la escritura; su exceso vital nunca radicará tan solo en las palabras, sino en aquello que éstas potencian en la vida práctica. Algo así podrá dudarse mediante una escritura moralista, parapetada tras los discursos librescos, y todas las noches experimentada frente a la luz de colores de un ordenador. No mediante una escritura en marcha, que necesita del contacto con imágenes tangibles, para ponderarlas con aquellas que fantasmaliza mediante el texto. Walter Benjamin, por ejemplo, en el breve ensayo ‘La enseñanza de lo semejante’ [5] sugiere un sendero parecido cuando define la trama que se teje entre lo escrito y lo hablado:

[…] donde la semejanza es menos sensible y a la vez más reciente. El intento de presentar su naturaleza propia no puede cristalizar sin echar un vistazo a la historia de su constitución, a pesar de estar hasta hoy cubierta por un impenetrable velo de oscuridad. La más flamante grafología nos ha enseñado a reconocer imágenes en los caracteres escritos, cuadros enigmáticos en los que se esconde el inconsciente del que escribe. Hay que suponer que la facultad mimética expresada en la actividad del que escribe, tuvo en los tiempos remotos cuando se gestó la escritura, una mayor significación. La escritura se convirtió, junto al lenguaje, en un archivo de semejanzas extra sensoriales, de correspondencias no sensibles.

Ahí una negativa erigida en nombre de la comunicación lineal, sin antes pasar por la posibilidad de un mimetismo fortuito, no programado. La facultad para intentar una escritura en la ciudad —como un texto—, está fundada en aquellas imágenes primeras, conseguidas en el roce significativo con el exterior. No aquella exterioridad que creamos con una idealización del mundo, meramente descriptiva, cubierta por aquel velo de oscuridad del que habla Benjamin. El afuera de la anomia es aquello que, siendo incognoscible, es también inefable y que es posible percibir apenas como una huella, o un susurro. Y, ¿cómo transmitir lo que no se conoce aún? Alcanzar un objeto que se escapa en medio de una opacidad que hay que asumir para intentar definirle, es entonces enfrentarse al límite que se impone mediante una inexactitud para la que las palabras faltan, y para la cual se necesitan signos nuevos. Ahí el sentido del desastre.

Mientras camino… (nota al margen)

La idea: ninguna intermediación es inofensiva, aparece en mi cabeza, en tanto me dirijo al siguiente destino para continuar con las entrevistas. Camino y prosigo: en el impulso de un aparato mediador siempre habrá la fuerza de un objeto de deseo. El lenguaje intercede entre una necesidad y el suceso que la realiza. Una evidencia se repite como recordatorio: el lenguaje tampoco es neutro —acá un diablero, allá una señora con bolsas negras que no me mira y choca conmigo—. Se trata, como lo advierte Foucault, de una tecnología compleja. Luego, quien no imagina tal cosa toma la vía para que, en distintos niveles e intensidades, sea posible el poder y a la vez la configuración de sus discursos —allá un niño con un voluminoso paquete traslúcido que contiene frituras—. No hay, pues, fuera de lo nombrado otra cosa que no sea equilibración de poderes, en el intento de dominio del ‘acontecimiento aleatorio’. Es decir; influencia (por más sutil y suave que sea) sobre la dispersión clasificatoria de un otro…

Blanchot, di lo tuyo

La escritura pensada como amalgama social es convencional, pues apenas describe desde lo conocido aquello que quiere conocer. Ahí cabe el ingenio, y sus mil florituras. Es el espacio para un orden que a duras penas se completa, pero que puede llevarse a cabo si se establecen los límites que el deseo dicta. Los mejores ejemplos de tal práctica son aquellos que describen su propio desconcierto, asumiendo las paradojas del sentido: su imposibilidad, y la belleza inconclusa de tal destino, que en el exceso puede volverse en contra de quien le ha creado.

Leer, escribir, tal como se vive bajo la vigilancia del desastre: expuesto a la pasividad fuera de pasión. La exaltación del olvido. No eres tú quien hablará; deja que el desastre hable en ti, aunque sea por olvido o por silencio.

Esa es una de las primeras reflexiones de Maurice Blanchot en La escritura del desastre [6], inabarcable libro del contemporáneo de Derrida y Bataille. Un escritor oscuro, incluso con derivaciones inciertas a favor de la droite francesa que le ha generado animadversiones específicas. Dejando de lado la polémica causada por sus escritos políticos, habrá que decir que el  procedimiento teórico de Blanchot es disperso y a la vez incisivo, y del cual vale no sacar conclusiones apresuradas. Y es que se trata de una escritura que se niega paulatinamente, no en la desaparición del texto, sino en una complejidad creciente que avanza en la puesta en duda de aquello que se lee. Una escritura, como él mismo la nombra, como ausencia, en tanto a través de ella se ‘gastan’ los errores. Es decir, se usan como ofrenda en el exceso. Por ello el diálogo con sus textos puede derivar en una intención posterior en la construcción de ideas paralelas de escritura, pero que no necesariamente tomen al pie de la letra aquello que el autor afirma. Y es que solo se puede gastar escribir— aquello que no nos es posible retener en posesión, o aquello que solo ha sido adquirido en la sobreabundancia y en el asombro provocado por lo que otro nos dice desde su lejanía. La educación formal y fetichizada, apenas ayuda a administrar los recursos para tal dispendio, sin enseñarnos a adquirir aquel sobrante con el cual se podría otra cosa más allá de la propia escritura:

Escribir puede tener al menos este sentido: gastar los errores. Hablar los propaga, los disemina haciendo creer en una verdad.

Un ejercicio de administración que le compete a la lógica. Discierne entre un caos y otro, establece relaciones y equivalencias. Elimina información. Ese es su mal. Son los escritores quienes le aportan sistematicidad al sistema, e incluso aquellos que domestican, mediante la fijación textual, una fuerza significante de algo como lo que la pensadora argentina Graciela Montes llamaba la frontera indómita [7], hecha de una potencia ingobernable en la que sucede la fiereza imaginativa de la infancia y donde nada falta. Es por ello que esto puede parecerle peligrosa a una moral clasificatoria en el texto. Incluso a aquel juez que todo escritor lleva dentro, ordenando los sucesos en una detención reflexiva que les aleja prudentemente de la experiencia del presente. Ese es el recurso de la vejez; la ponderación de lo dicho y hecho en la trama del texto. Quizá por ello Blanchot enfila entonces hacia una escritura como medio, que será depuesta intermitentemente:

Leer: no escribir; escribir en la interdicción de leer.

Es decir:

Escribir: negarse a escribir —escribir por rechazo, de modo que basta que se le pidan algunas palabras para que se pronuncie una especie de exclusión, como si le obligaran a sobrevivir, a prestarse a la vida para seguir muriendo. Escribir por ausencia.

Ahí la provocación primera: escribir a contrapelo de la conformación misma del fetiche escritural. Si bien tal cosa es necesaria para la sobrevivencia, es decir, para la conformación del sujeto volcado a un objeto que es útil imaginar mediante el sistema, luego entonces la posibilidad de escribir bajo protesta.

Así, una escritura que se destituya paulatinamente en un presente continuo, una respuesta al archivamiento desde el orden y el dominio que consigue, puesto en evidencia mediante un contra-archivo que proceda desde una pluralidad de esquemas, mismos que por exceso terminen por dispersarse. Diríamos que su transversalidad documental está hecha también para visibilizar sus propias fisuras. Porque reconoce que aquella objetividad, que algunos puristas podrán desear en el discurso, suele evitar el reconocimiento de sus dislates. El dominio de la técnica es, por ejemplo, el abismo que los conservadores se niegan a mirar cuando operan mediante cánones significativos, usando y reusando el lugar común de la tradición. Ideas como las de genialidad, corrección, talento, etcétera, representan los límites de un pensamiento condicionado según la prudencia de las determinaciones inflexibles, para ganar dominio sobre otros. Por ello el moralista desea el orden del dictado, pues imagina que el mundo será poseído mediante tal equilibrio. Pero aquello no es otra cosa que el disimulo del que habla Blanchot, como efecto del desastre, y que de inmediato se vuelve escritura. Misma que, sin embargo, es incapaz de describir. Porque el desastre se des-escribe:

[…] hay que escribir solamente en la incertidumbre y la necesidad. No escribir, efecto de escritura; como si fuera un signo de la pasividad, un recurso de la desdicha. Cuántos esfuerzos para no escribir, para que, escribiendo, no escriba pese a todo —y finalmente dejo de escribir, en el momento último de la concesión; no en medio de la desesperación, sino como lo inesperado: el favor del desastre. El deseo no satisfecho y sin satisfacción aunque sin negativo. Nada negativo en «no escribir», intensidad sin dominio, sin soberanía, obsesión de lo enteramente pasivo.

Por ello una escritura más allá de sus límites. La desmesura asume una posición frente a aquel disimulo, e incluso frente a algo peor: la simulación. Una prudente reconstitución del conformismo, plegado a la formalidad clasificatoria del ejercicio de los campos; su gravedad conveniente. Casi como no escribir. Una ingravidez escritural procede, por el contrario, en el empuje y reconsideración de la pasividad, usando el término como un medio que reacondiciona sus flujos y recursos. Una escritura tránsfuga que use las herramientas de otros campos, inscritas en la misma normalidad y certidumbre que en buena medida desactivan sus potencias destutuyentes. Luego, hacer uso de aquellos recursos para un dispendio que desborde los procedimientos. El texto ahí es la red cartográfica que fue trazada, y que puede re-trazarse para dar fe de la continuidad del movimiento antes del desastre. Una incertidumbre indagatoria a duras penas podrá describirle, si nos atenemos a lo que dice Blanchot acerca de su falta de por venir. Intento de formar en lo informal un sentido ausente:

Escribir, tal vez es traer a la superficie como algo del sentido ausente, acoger el empuje pasivo que todavía no es el pensamiento, siendo ya el desastre del pensamiento. Su paciencia. Entre él y la otredad, habría el contacto, la desvinculación de sentido ausente —la amistad. […] En esto radica la dificultad de un comentario de escritura; porque el comentario significa y produce significación, no pudiendo soportar un sentido ausente.

Ahí la paradoja del desastre, su polivalencia que pugna por una nueva significación.

No relatar el desastre

Las entrevistas y objetos recopilados en el albor de este proyecto, y que están siendo colocados en la página http://fnlp-archivo.org [8], son apenas un pequeño mapa de la diversidad. Si se quiere, pueden ser entendidos como una crónica objetual en marcha, que irá conformando un registro de la imposibilidad nacional, en medio del anuncio cada vez más claro de su naufragio. De cualquier modo, hablan por sí mismos y su interpretación depende de la elección de quien se preste para comenzar su lectura en alguno de sus cabos. Si el Archivo de Intuición y Desastre fue creado, en buena medida, para indagar acerca de las pulsiones que circulaban en torno a el desastre del 19 de septiembre del 2017, su objetivo es mucho más amplio. Por ello la idea central no es necesariamente antagonista, en tanto que es la noción de intuición que redirige la búsqueda y condiciona las reflexiones. No se trata entonces de hacer un relato al rededor del desastre, sino más bien de emplear aquello capaz de reconsiderar su economía. Dice Blanchot:

En la medida en que preservado, dejado de lado, me amenaza el desastre, amenaza en mí lo que está fuera de mí, alguien que no soy yo me vuelve pasivamente otro. […] Estamos al borde del desastre sin poder ubicarlo en el porvenir: más bien es siempre pasado y, no obstante, estamos al borde o bajo la amenaza, formulaciones éstas que implicarían el porvenir si el desastre no fuese lo que no viene, lo que detuvo cualquier venida.

En esa interrupción, la intuición como insumisión al propio desastre. No sólo se convoca, pues, el dolor de uno mismo, de muchos mismos, sino aquello que puede fundarse en un acontecer emocional externo, fuera del propio dolor. Por ello, no el desastre que ‘ya sabemos’, sino la posibilidad de aquello que lo evade o lo supera. Y ese ‘ya saber’, puede también leerse como intuición del por-venir negado. Por ello, cualquier objeto puede representar tal fisura como presentimiento sintómatico del fin, de aquello que ya no viene. Blanchot agrega:

Pensar el desastre (suponiendo que sea posible, y no lo es en la medida en que presentimos que el desastre es el pensamiento), es ya no tener más porvenir para pensarlo.

La intuición, quizá, es una manera de subvertir un orden cronológico de tales acontecimientos, en tanto se ocupa de aquello que no responde a la trama de lo que puede ser pensado. Es, pues, una apuesta por el porvenir, más allá de su cancelacion lógica.

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Notas

[1] La red está plagada de esta cita, que se ha reproducido exponencialmente en todo tipo de imágenes y referencias. Según el sitio de rastreo de notas quoteinvestigator.com, no hay evidencia de que Bernard Shaw la haya usado en ninguno de sus escritos. Se trata, según documenta, de una expresión acuñada por el periodista William H. Whyte en un artículo relacionado con el desarrollo de organizaciones públicas. (“1950 September, Fortune, “Is Anybody Listening?” by William Hollingsworth Whyte, Start Page 77, Quote Page 174, Published by Time, Inc., New York. (Verified on microfilm)”, tomado de https://quoteinvestigator.com/2014/08/31/illusion/).

[2] Ferrater Mora dice: “Espíritu de la época; –expresión con la que se traduce la palabra compuesta alemana Zeitgeist, cuya circulación se debe principalmente a Hegel y que fue recogida, y elaborada, por varios autores «rornánticos»–. Ello ocurre sobre todo cuando se entiende el espíritu de un determinado pueblo, que es el que representa un momento fundamental en el proceso de la historia.” Ferrater Mora, J. Diccionario de Filosofía. Sudamericana, Buenos Aires, 1965.

[3] Goethe. Fausto. Editorial Maxtor. Valladolid, 2007.

[4]En Teoría de la deriva de Guy Debord (1958). Texto aparecido en el # 2 de Internationale Situationniste. Traducción extraída de Internacional situacionista, vol. I: La realización del arte, Madrid, Literatura Gris, 1999.

[5]Benjamin, Walter. La enseñanza de lo semejante en “Para una crítica de la violencia y otros ensayos. Iluminaciones IV”. Taurus, Madrid, 2001.

[6] Blanchot, Maurice. La escritura del desastre. Monte Ávila editores, Caracas, 1990.

[7] Montes, Graciela. La frontera indómita. En torno a la construcción y defensa del espacio poético. Fondo de Cultura Económica, México, 1999.

[8] El proyecto FNLP (‘Fresa-Naco-Longo-Pelucón’), fue desarrollado en una residencia artística llevada a cabo en la ciudad de Quito, Ecuador en el espacio de arte contemporáneo No Lugar. Partió de una bitácora de investigación que posteriormente se convertiría en un archivo itinerante, como una cartografía no-lineal de la complejidad de las relaciones clasistas en Latinoamérica. Y mediante esta función, se transformó también en un modo de hacer-deshacer archivo. Así, en ‘Archivo de Intuición y Desastre’ que fue apoyado por el 6o Seminario Mociones; ejercer mundos insumisos, curado por Aisa Serrano en el hoy extinto espacio Casa Vecina, se realizó un trabajo similar para recopilar distintas visiones sobre los sucesos del 19 de septiembre del 2017, así como otras experiencias vinculadas al desastre, y a los modos posibles para hacerles frente.