Sobre Memorias de Dolly Morton

Memorias de Dolly Morton es uno de los mejores ejemplos del subgénero erótico de la literatura francesa de flagelación o de “nalgadas” (Spanking Literature). Un tipo de novelística que no brilla precisamente por su calidad que comenzó a fines del Siglo XIX y alcanzó un auge inusitado a principios del siguiente.

La autoría de este título en particular se atribuye a un tal Jean de Villiot, seudónimo colectivo bajo el que escribía Hugues Rebell (seudónimo, a la vez, de Georges Grassal de Choffat), conocido autor de este tipo de obras, en coautoría con Hector France y el mismo editor, Charles Carrington (seudónimo del portugués Pablo Ferdinando), cuya trayectoria en la literatura erótica incluía una obra titulada La Flagellation a Travers le Monde, que abordaba el tema del vicio inglés como una hipocresía típicamente británica, y de cuyo refinamiento intelectual daba cuenta su bibliofilia. Carrington había muerto en la indigencia luego de ser recluido en un manicomio, aun cuando sus hijos saquearan su riquísima biblioteca e hicieran uso de los valiosos ejemplares para venderlos en una tienda especializada. Destino parecido al de Rebell, quien, según cuenta Jules Renard, muriera como un pordiosero “rodeado por una fortuna de más de cuarenta mil francos” en libros raros. La atribución de esta novela a Rebell se debe al crítico literario francés Gustave Le Rouge en Verlainniens et decadents, una colección de cartas pertenecientes a dicho trío encabezado por Carrington, quien tenía “mesas” especializadas en literatura “obscena” en su editorial. Rebell ocuparía la de los libros sobre flagelaciones. Otros las correspondientes al voyerismo-exhibicionismo, a la coprofilia-urolagnia y alguno más la del homosexualismo-lesbianismo.

La primera edición no expurgada en español, basada en la que hiciera Charles Carrington en Paris, en 1899, fue publicada por la editorial Edasa en 1975, e incluye un prólogo de Paul J. Gillette, novelista, guionista, enófilo y editor de The Complete Marquis de Sade, y autor de otras obras eróticas con temática BDSM, historiador de la pornografía y cuya novela Play Misty for Me (Obsesión mortal) fue llevada al cine en 1971 por Clint Eastwood. Existe otra excelente edición en la indefectible biblioteca La sonrisa vertical de editorial Tusquets.

Pero lo que eleva por encima del resto de la Spanking Literature a este libro, tiene que ver menos con el tema erótico que los unifica bajo un solo carácter y mucho con el trasfondo histórico. Su título completo es Memorias de Dolly Morton. Historia del papel que desempeñó una mujer en la lucha por la liberación de los esclavos. Recuento de las flagelaciones, violaciones y violencias diversas que antecedieron a la Guerra civil americana, acompañado de diversas observaciones antropológicas sobre las radicales diferencias en la conformación del trasero femenino y del modo en que diversas mujeres hubieron de soportar el castigo. Montgomery Hyde, aquel abogado, biógrafo, escritor, ensayista y miembro del parlamento inglés que perdió su asiento en la Cámara de los Comunes por intentar reformar las leyes sobre la homosexualidad, lo califica de “interesante y conmovedor, por captar con vivacidad el ambiente de las plantaciones, seguramente con mayores aciertos que La cabaña del Tío Tom” en su erudita Historia de la pornografía, publicada por Heinemann en 1964.

El narrador, un británico que, al poco de terminada la Guerra de Secesión, se ve a punto de tomar un vapor en Nueva York de vuelta a casa, se encuentra deambulando por Central Park, en una de cuyas bancas, mientras las niñeras de diversas nacionalidades pasean a los niños americanos, localiza a una hermosa mujer con quien pronto se mira charlando. La invita al teatro, alquila un coche de punto y la lleva a su casa. La mujer le pide unos momentos, se pierde tras unas cortinas y reaparece ante él:

En breve volvió a presentarse ante mí, vestida con un salto de cama adornado con cintas azules. Se había quitado las botas, y en su lugar llevaba unas primorosas zapatillas francesas, en tanto el pelo le caía sobre los hombros hasta llegarle casi a la cintura. Estaba tan atractiva que, sin dudarlo un instante, la hice sentarse sobre mis rodillas y le di un beso en los labios, que ella me devolvió metiéndome en la boca la punta de la lengua. Deslicé la mano por debajo de los pliegues de su bata, y descubrí que debajo no llevaba otra cosa que una blusa de fino encaje y unas medias de seda negra, ajustadas por encima de las rodillas con unas ligas de satén rojo, por lo que tuve la posibilidad de palpar todo su cuerpo a mis anchas”.

El libro continúa en un estilo chocante, que enfrenta en el lector refinadas descripciones de ambientes y situaciones con vulgares escenas pornográficas:

Y entonces separó los muslos, y en cuestión de segundos le proporcioné una intensa cabalgada matinal que me plació más incluso que las de la noche anterior, ya que, mientras me la trabajaba, la mujercita se meneó con más ganas, y movió el trasero, entre espasmos, de manera mucho más lasciva que en las dos ocasiones anteriores. Dio la impresión de que estaba disfrutando verdaderamente del revolcón que le di, y no creo que fingiera hallarse voluptuosamente excitada tan sólo por agradarme —si bien las mujeres de su profesión suelen simular la pasión—. Lo cierto es que, al cabo, nos pusimos a charlar sobre temas diversos, y por su conversación pude comprobar que se interesaba, no sin dar muestras de inteligencia, en los asuntos de aquel entonces”.

Dolly (Dorothy) confiesa ser una “mujer del Norte”, que siempre estuvo a favor de la Unión. Durante la conversación expone sus razones para oponerse a la esclavitud, en especial, la crueldad de los castigos corporales, entre los que destaca la flagelación femenina. Nacida en Filadelfia, hija de un empleado pobre de banco y madre fallecida, a los 26 años, Dolly comienza la narración de sus aventuras. Sus primeros azotes se remontan a las correcciones con un pedazo de cuero que su padre le propinaba a nalga limpia. Al quedar huérfana y sin dinero, comienza amistad con Miss Ruth Dean, de la secta de los cuáqueros, bonita mujer de treinta años, adinerada y de espíritu filantrópico, abolicionista comprometida, que la emplea como secretaria. Dolly conoce las “estaciones” del “Tren subterráneo”, que era como se denominaba a las vías de escape creadas para los esclavos fugitivos que llegaban al estado libre de Pensilvania, y que estaban formadas por casas, establos y establecimientos para alojar y esconder a los fugados. Conoce a Randolph, un hombre agradable que resulta ser un patán que intenta someterla a cambio de mantener en silencio la actividad ilícita de ambas mujeres. Ambas son descubiertas y azotadas con una vara de avellano:

Uno de los hombres le llevó rudamente las manos al vientre y, tras mucho enredar, le desabrochó los bombachos y se los bajó hasta los tobillos, dejándola desnuda desde la cintura hasta el final de las medias negras que llevaba puestas.
Cuando la despojaron de su última prenda, sus pálidas mejillas se le encendieron tintadas de escarlata, así como el nacimiento del cuello y las orejas; un estremecimiento la sacudió de pies a cabeza, ocultó el rostro y cerró los ojos
”.

El episodio de la violación de una mulata de catorce años, narrada por Dolly a propósito del pasado de uno de los azotadores, prefigura el cine en su vertiente Sexploitation, aquel que explota las situaciones más obscenas y grotescas, bajo una forma, casi siempre hipócrita, de denuncia social o de una advertencia moralista, que, en el libro parece sincera:

Dio la impresión de que su mirada se le había enredado hasta en los más nimios detalles de su figura, la cual habría de ser suya antes de que envejeciera siquiera unos minutos; de cuando en cuando lanzaba ojeadas de soslayo al jefe, miradas rebosantes de envidia y de celos. Por si fuera poco, la pena que la abrumaba embellecía aún más los rasgos de Peachie, hasta dar la sensación de que aquella asquerosa cabaña se calentaba gracias a su cuerpo y se iluminaba y perfumaba por el asfixiante perfume de su moribunda virginidad”.

Cuando se entrega, para evitar la tortura continuada, al responsable de sus sufrimientos, como su amante, conoce a Dinah, ama de llaves que manda sobre veinte sirvientas, quien la atiende y la considera, a pesar de los azotes recibidos, lo que la pondría al nivel de una esclava: “una dama blanca del Norte, en tanto ella no era más que una esclava”.

Randolph, quien la ha tomado como concubina, la obliga a presenciar una cena servida por las diez más bellas esclavas desnudas, a quienes se puede tomar después en las habitaciones, y a las que se somete a una carrera, en uno de cuyos tramos una esclava debe llevar sobre la espalda a otra. Observa a escondidas los azotes propinados a varias esclavas que no cumplen con el peso debido, en la pizca de algodón, repara en el hecho que las mulatas, entre más clara la piel, soportan menos el castigo que las negras. Llega a una conclusión terrible:

La esclavitud tenía un efecto estremecedor sobre las gentes del Sur, ya que acababa por privarles de toda consideración moral; los sureños no llegaban a ver a los esclavos como seres humanos. A menudo oí a los blancos decir cosas tales como que «un negro no es mejor que un puercoespín»”.

Descubre que las mulatas sienten desprecio por las esclavas de piel más oscura, y que han llegado a asimilar el castigo corporal como algo propio de su condición de esclavitud, incluyendo el comportamiento de Dinah, el ama de llaves, que guarda la intención de ver azotada a una de las sirvientas, pero que, en contraste, es ella quien sufre la azotaina. En dicho pasaje, como en otros capítulos de la novela, las descripciones eróticas se suceden con trazos psicológicos de los personajes:

Era evidente que a ella no le resultaba nada extraño que una mujer de su edad recibiera tales azotes y de forma tan ignominiosa; no acusaba a su amo de ninguna malicia. Ella era su esclava; su cuerpo, por tanto, le pertenecía a él, quien podía, por consiguiente, hacer con ella lo que se le antojase. Tal era el efecto de la esclavitud sobre la mentalidad de aquella especie de muebles humanos”.

Dolly llega a experimentar placer cuando Randolph cambia los azotes de castigo por los eróticos, despertándola a un tipo nuevo de sensaciones. Es entonces cuando los rebasa la historia. Los estados del Sur se separan de la Unión, Jeff Davies es elegido presidente de la Confederación y, cuando Fort Sumter es tomado inicia la Guerra de Secesión.
L

a venta de algodón se detiene. El producto se acumula en los cobertizos. No hay ingresos. Randolph ve como cada vez más esclavos, con un valor de hasta dos mil dólares, se fugan diariamente. Cuando recapturan a una de las esclavas de la casa Dolly, que se ha vuelto un tanto insensible ante la cotidianidad de los severos castigos, asiste a un nuevo tipo de azote que consiste en atar a la fugitiva a una banca, mediante correas, y se le golpea en las nalgas desnudas con una palmeta, cuyos golpes son más dolorosos que los de la vara o la correa. El castigo, como era costumbre, excita a Randolph quien, tras propinarle los salvajes palmetazos a la esclava, tumba bocabajo a Dolly y la posee sin miramientos, para después salir juntos a pasear.

Cuando tropas federales toman la plantación, Dolly se enamora del Capitán Franklin. El sexo es, por primera vez, apasionado y entregado. Tras un breve idilio se separan. Un año después Dolly se entera de la muerte del Capitán en acción de guerra. Ella lo llora sinceramente y guarda un mechón de pelo que él le entregara el día que se separaron. Posteriormente, cuando Randolph la requiere por carta y viaja a su encuentro, es asaltada y violada por “guerrilleros”, hombres blancos que no servían a ninguna causa como no fuera la suya. Se encuentra libre, por fin, de esa sumisión por parte de Randolph quien se cansa de ella y la deja marchar. Dorothy se dedica, con éxito, a la prostitución, hasta que logra casase con un cliente adinerado.

Como bien argumenta Paul J. Gillette, el libro fue escrito para un público victoriano, es decir, inmerso en una doble moral, que podía reírse y excitarse a costa de unos personajes que no fueran británicos por lo que se inscribiría en el número de las sátiras literarias, hecho que no restaría su valor, también, desde el punto de vista histórico. Gillette finaliza su prólogo de la siguiente manera:

Rebell, o el que escribió Dolly, ha creado, con colaboradores o sin ellos, una novela auténtica y estupendamente amena, una verdadera obra maestra del erotismo. Y eso, en verdad, parece ser mucho más de lo que se proponía hacer”.

Y no podemos sino estar por completo de acuerdo.