Sobre Manon Lescaut del Abate Prévost

La Historia del caballero Des Grieux y de Manon Lescaut, de Antoine François Prévost también conocido como Abate Prévost, fue publicada en 1731. La intención del autor había sido que formara parte de un proyecto más amplio; el de las Memorias y aventuras de un hombre de calidad retirado del mundo; publicado en 7 volúmenes, de 1728 a 1731. Al tratarse de una novela romántica, es decir, desafiante, y que muestra el sentido pasional más amplio de sus protagonistas, fue condenada a la hoguera, como obra licenciosa, por el Parlamento de París en 1731. Para entonces el abate, de vida disipada y viajera, ya había escogido el sobrenombre que le describía Prévost “d’Exiles”. No es imposible rastrear y localizar las similitudes de los personajes de su obra más aclamada y su propia vida.

Será en 1753 que, obligado por la censura, este benedictino de a la imprenta una nueva versión, corregida y ampliada con un nuevo capítulo. La novela causó tal furor desde su aparición que el Barón de Montesquieu se preguntó cómo era posible que la historia de un villano, ‘Des Grieux’, y de una puta, ‘Manon’, sea en realidad una obra maestra, a lo que se respondía que en su historia todas las acciones de los protagonistas tienen como motivo el amor, a pesar de originarse en personajes de tan baja raigambre.

La novela comienza con un pasaje pleno de agitación. ‘El marqués de Renoncour’, camino de un viaje, llega a Passy, en donde se topa con la población inquieta, fuera de una hostería ante la cual se encuentran dos carromatos desvencijados, a los cuales se hayan enganchados dos caballos derrengados y sudorosos. La gente se apretuja y empuja para echar una ojeada hacia el interior de la hostería. El marqués localiza a un arcabucero, escolta de los carromatos y le pregunta qué sucede. El hombre le informa: No es nada. Formo parte de la guardia de esa expedición. Se trata de diez o doce mujeres de mala vida que conducimos a El Havre, desde donde embarcarán, deportadas, para América. Parece ser que entre ellas hay alguna que no está mal del todo y, claro, ello ha excitado la curiosidad de la gente de este pueblo. Antes de que el marqués continué en sus asuntos, le llaman la atención los gritos que profiere una anciana. La mujer le dice: Entrad y decidme ahora mismo si todo esto no es suficiente para partir el corazón del ser más duro de la tierra. El marqués entra en la hostería, abriéndose paso a empujones. Continúa: Vi, en efecto, algo realmente conmovedor e impresionante. Entre las doce mujeres encadenadas por la cintura en filas de seis, advertí la presencia de una muchacha cuyo porte, semblante y general aspecto formaban un verdadero contraste con su triste condición de deportada, y en cualquier otro lugar se habría tomado fácilmente por persona distinguida y de noble estirpe. Su aire infinito de melancolía y la suciedad de su vestido, no conseguían menguar en modo alguno su espléndida belleza, y su vida me inspiró respeto y lástima a un tiempo. Ella trataba penosamente de ocultar su persona y en especial su cara a los ojos inquisidores de la multitud de curiosos, y aquel esfuerzo suyo era tan espontáneo, sincero y natural, que parecía lo determinaba más bien un innato sentimiento de humildad, discreción y modestia.

‘El marqués’ llama a uno de los guardias, que le comenta cómo este le da un trato preferencial a la mujer, aunque no tiene órdenes de hacerlo, de que le había venido inquiriendo por su vida a lo que ella contestaba ambiguamente. Le indica, entonces, que le pregunte a un joven, que tal vez pueda informaros mucho mejor que yo acerca de los motivos de su desgracia. La ha venido siguiendo desde París sin cesar de llorar y de proferir lamentaciones. Deben ser hermanos, o tal vez amantes.
De esta manera el marqués conoce al caballero Des Grieux y será este quien tome el relevo en la narración, contándonos la desgracia que envuelve tanto su vida como la de ‘Manon’, que es el nombre de la desgraciada como hermosa deportada. Sabremos que, como apuntaba Montesquieu, ninguno es un santo, por mucho que el hermano de Manon les manipule, por cuanto ‘Des Grieux’ es un mantenido que acepta el dinero que los amantes de ella le proporcionan, y ella no duda en pasar de uno a otro hombre. Y, al final, como es de esperarse, la única opción para ‘Manon’, en una novela de naturaleza puramente romántica como esta, no será otra que morir, en plena huida, ya en América, justo cuando ambos protagonistas parecen alcanzar la libertad de vivir juntos su amor desproporcionado.

Durante el Siglo XIX se escribieron varias obras musicales y dos óperas basadas en el libro, empezando con el ballet de Halévy de 1830 y la ópera cómica de Auber de 1856; en cuanto a las otras óperas, estas comienzan con la de Jules Massenet en 1884 y la de Puccini en 1893. El cine se ocupó de la obra desde fecha tan temprana como 1912, en un filme de Albert Capellani, prolífico adaptador de obras literarias para el cine y perteneciente a la casa Pathé. Otros renombrados directores que la llevaron a la pantalla fueron Henry Georges Clouzot en 1947, Jean Aurel en 1968, con Catherine Deneuve en el papel principal, y Jean Delannoy en una serie para la televisión en 1978 y Liliana Cavani, en otra serie televisiva en 1990.

De esta cumbre de la literatura dijo Alejandro Dumas hijo, autor de otra heroína trágica como sólo podía serlo ‘Margarita Gautier’, que, Prévost: No ha querido ser moral o inmoral, no quería corregir, mucho menos corromper, sino que contó los hechos como él los veía, probablemente tal como él los vivió, y así hizo una obra maestra. El abate, intuimos, sabía de lo que escribía.

De la novela me queda en la memoria una poderosa escena, angustiada, plena de infamia y humillación, que roza con un erotismo sadiano y que explica a un nivel inconsciente su propia fuerza visual, la de una hermosísima mujer encadenada cual esclava a otras compañeras de igual condición, rebajada a lo más profundo, a la que sigue, obsesivamente, su amante doloroso y atormentado, atraído a ella por fuerzas eróticas de las que no es sino un juguete. Fuerzas de las que ambos amantes no son sino marionetas como muchos mortales que, desde entonces hasta hoy, deambulan por la Tierra.