Sobre La vida futura, de E. M. Forster

Edward Morgan Forster, para efectos literarios E. M. Forster, es el autor de algunas refinadas delicias novelísticas que el cine se encargó de retratar de manera exquisita, como Pasaje a la India en la versión de David Lean y Una habitación con vistas de James Ivory, encargado también de llevar a la pantalla su novela póstuma homosexual Maurice, así como La mansión, que para el cine se tituló Regreso a Howards End; Forster es también el creador de una distopía cienciaficcionista titulada La máquina se detiene, de la que no se encuentra sino una sola traducción al español, imperfecta pero agradecida, realizada por un bloguero argentino.

Forster murió en 1970. Entre sus pertenencias se encontraron cientos de variados papeles inéditos que han venido siendo editados y publicados desde entonces. Entre estos destaca la ya mencionada Maurice, que fue publicada en 1971 y esta colección de cuentos titulada The Life to Come, de 1972, que contiene varias narraciones con esa temática y que fueron obviamente rechazados por los editores. Voy a valerme de la edición presentada por Oliver Stallybrass, que tiene su correspondencia en la traducción de José Luis López Muñoz, para Alianza Editorial. Compuesta por catorce cuentos, me ocuparé sólo de cuatro, esperando despertar la curiosidad y el interés por parte de los lectores, en dicho volumen y en el resto de la elegante obra de Forster.

El primer cuento que he escogido se titula El sobre de color púrpura. Leemos que Howard, el personaje principal, durante la fría mañana de su vigésimo primer cumpleaños, mientras se acomoda el bigote, empaña con su aliento el espejo y descubre una palabra, que él no ha escrito, en su superficie: lo inexorable. Al principio supone que lo ha hecho alguna de las camareras al servicio de la casa, pues a su habitación sólo tienen acceso él y los sirvientes. Cito uno de sus pasajes:

A la mañana siguiente, al afeitarse, empañó el espejo con su aliento para ver si pasaba algo. Era una diversión bien simple. Y no quedó decepcionado. “Ante toda mi vida” resaltaba ahora contra el fondo del espejo.
-Esa esclava está loca –meditó-. “Lo inexorable; ante toda mi vida…” ¿Para qué quiere pintarrajear eso en el espejo?

La solución al misterio del autor de dichas líneas no es, por supuesto, tan fácil, y Forster se deleita en llevarnos por vericuetos y confusiones. ¿Se trata de una de las camareras en realidad o, como se sugiere en el relato, del mismo ‘Howard’ quien, sonámbulo, escribe en el espejo? Informa Stallybrass que el origen de este cuento bien puede rastrearse hasta una anotación en el diario de Forster, del 8 de diciembre de 1903, sobre un hombre que hizo aparecer con su aliento el nombre de su amigo en un espejo y después no pudo borrarlo.

En El Doctor Woolacott, leemos que ‘Clesant’, paciente nervioso del doctor que da título al cuento, pasa el tiempo recluido en su casa pues Debía estar preparado a sufrir frecuentes recaídas y nunca podría viajar ni casarse ni administrar sus propiedades…; sorprende a un muchacho buscando setas en su propiedad, Clesant le aclara que no las encontrará ahí, establecen conversación, le hace saber al muchacho que está enfermo, el otro se interesa y sale a relucir el nombre de Woolacott. El desconocido le dice que conoce a dicho doctor. ‘Clesant’ supone que es lógico, el médico aquél debe ser muy conocido en el área. Otro día, en el jardín, mientras nuestro afectado héroe medita en su enfermedad, sorprende al mismo muchacho. Esta vez le pregunta quién es. El desconocido le dice que trabaja para él, como muchos otros en la propiedad. Mientras conversan sucede que Clesant: Cerró los ojos y los volvió a abrir inmediatamente (…) Pero el joven estaba todavía al otro lado de la habitación, sonriendo. Era atractivo: lozano como una flor, fuerte como un caballo.

En un pasaje Clesant y el muchacho tienen un encuentro carnal. El propietario de la casa esconde a su amante en un armario pero, cuando lo abren, no hay nadie en este. ¿El chico existe o es tan sólo la fantasía homosexual de un moribundo? Y, sobre todo ¿quién es el Doctor Woolacott?

Si varias de las narraciones anteriores sugieren o rozan tangencialmente el homoerotismo, El pabellón clásico, se trata, en cambio de una decidida fantasía homosexual en la cual las piezas de un museo parece que cobran vida y hacen el amor; la escultura de un hombre desnudo, con una pudorosa hoja de parra, añadida con un cordel sobre su desmedido miembro viril, cumple una venganza en la figura del hijo del director. Transcribo dos fragmentos:

Mientras se inclinaba para separarlas, oyó el chasquido de un cordel y la hoja de parra salió disparada hasta el otro extremo de la habitación. Podía haberle matado.
(…) Oyó decir a su hijo “¡Qué tremendo!” y después el ruido de un beso. Fintas de gladiador, succiones del período postclásico…, un bruto planeando su venganza. No había un momento que perder, y mientras las risitas se reanudaban y crecían hasta llegar a la risa incontenible con un contrapunto de gruñidos, el director se introdujo en el sarcófago cristiano e hizo la señal de la cruz. Tuvo éxito de nuevo. Una vez más el pabellón clásico y todo lo que contenía volvieron a la inmovilidad.

La vida futura, el cuento que da título al libro, nos narra la historia de ‘Mr. Pinmay’, un misionero católico y Vithobai, un rey indígena que confunde el amor en Cristo con el amor entre dos hombres. La vida futura a la que se refiere el título es aquella que se obtiene, cristianamente, tras la muerte. El cuento está impregnado de ese humor en el que Forster se recrea, no faltando las ironías sobre las supuestas bondades que los hombres blancos han llevado a ese paraíso, aunque su final, sorpresivo, desmienta la conversión del nativo al cristianismo. Cito un pasaje:

Hagamos que pase aquí lo mismo que pasó en tu choza. Despide a tus acompañantes y se cerrará la puerta detrás de ellos. Apagaremos la luz. Mi cuerpo y mi espíritu son tuyos. Estréchame contra tu pecho. Yo, Vithobai, el Rey, me entrego a ti.

Una última observación sobre la temática de esta colección de cuentos. Encontramos que todos los personajes homosexuales de Forster pertenecen a la clase alta británica y aman y sufren por indígenas u hombres de clases sociales bajas. Forster, un panteísta, un autor casi místico, no puede evitar, a la vez que realiza una concisa crítica social, el reflejar una típica fantasía erótica, muy del gusto actual del porno y de la incorrección política: la del sometimiento de seres lánguidos y decadentes, blancos y ricos, a las fuerzas brutas de las razas consideradas inferiores, a la vez que la naturaleza los envuelve, ardorosamente, en un abrazo tragicómico que les abre los ojos a la realidad democrática que nos revela que toda la humanidad es sufriente y miserable por igual.