Sobre Las canciones de Bilitis, de Pierre Louÿs

El escritor y poeta Pierre Louÿs nace en Gante, Bélgica, en 1870 y muere en París, en 1925. Se destacó por un estilo refinado que descansa, a la vez, sobre una muy amplia base cultural.

Louÿs escribe en 1894, específicamente en agosto, Las canciones de Bilitis, compuesta por 143 cantos eróticos, en los que se hace pasar como el traductor de la obra de una cortesana de tiempos de Safo de Mytilene, tanto que el lesbianismo atraviesa el libro y el aliento de la poeta suicida la cubre de melancolía. Al principio, la treta de hacer pasar la obra propia como escrita por otro, funcionó y la obra gozó de celebridad. Cuando se descubrió este engaño típico de la literatura, se celebró al autor. El libro se divide en tres partes, Bucólicas en Pamphylia, que narra la infancia de Bilitis en su tierra natal antes de su viaje a Mytilene; Elegías en Mytilene que describe el nacimiento del amor y del despertar de la carne en nuestra heroína, su revelación sexual hacia el amor sáfico y Epigramas en la isla de Chipre, que narra la última estancia terrenal de Bilitis. Cierran la obra Tres epitafios, a cual más bello, sobre su tumba.

Adentrémonos en su prólogo. Esta criatura deliciosa, fruto dulce-amargo de la invención de Pierre Louÿs, habría nacido en un pueblo montañoso, a orillas del río Melas, a comienzos del Siglo Sexto antes de Cristo, en una tierra boscosa, profunda y triste. El monte Tauros dominaría el lugar. El padre de Bilitis habría sido griego, fenicia la madre. Habría sido muy probable que ella jamás hubiera conocido a su padre y por ello llevaría un nombre fenicio, otorgado por la madre. Viviría, pues, en paz con ella y sus hermanas. Cuando no corría por el campo en compañía de sus amigas pasaría el tiempo en el gineceo, hilando en la rueca. Habría sido devota de las ninfas a quienes, dolorosamente, jamás pudo ver. Antes de viajar y dejar atrás su tierra natal, según nos cuenta Louÿs en esta reconstrucción ficticia, Bilitis habría tenido un amor desdichado, que abandonó como a su hijo, producto de la tristeza. Llegaría después a Lesbos, huyendo del pasado, y capital del mundo por entonces. A la isla, Louÿs nos la describe así:
A medio camino entre la bella Ática y la fastuosa Lidia, la isla tenía por capital una ciudad más iluminada que Atenas y más corrompida que Sardes.

En aquella ciudad entregada a la sensualidad, a la danza, al comercio, en aquella isla central del mundo, donde los hombres se entregaban al vino y a las bailarinas, las mujeres buscaban consuelo entre sí. Era el tiempo en que Safo era bella. Así la conocería Bilitis, y como Passapha, su nombre en Lesbos pero de quien poco más nos dice. Hecho que Louÿs, como nosotros, lamenta. Sería, en cambio, Bilitis amiga, durante diez años, de Mnasidika, una de las tiernas muchachas a quien Safo cantó en alguno de sus primorosamente despedazados fragmentos. Bilitis amaría a Mnasidika, pero los celos la condenarían. Partiría de nuevo, esta vez a Chipre, la isla consagrada a Afrodita. Que Louÿs describe así:
(…) el amor era una cosa santa entre los pueblos antiguos. Las cortesanas de Amathonte no eran, como las nuestras, criaturas destinadas solamente al desenfreno, exiliadas de toda sociedad, sino que, por el contrario, eran muchachas salidas de las mejores familias de cada ciudad. Afrodita les había otorgado el don de ser bellas y ellas lo agradecían a la diosa consagrando su belleza al servicio del culto de Afrodita.

Louÿs nos recuerda, maravillado, que aquél era un ¡Pueblo admirable, ante el cual la Belleza desnuda podía aparecer sin excitar ni la risa ni la falsa vergüenza! Para sostener su ficción aporta datos que parecen verdaderos: acaso Bilitis aprendería a cantar, en la tradición difícil del verso eoliano, ya vieja, dando solución a la duda de cómo una pastorcilla podría haber escrito con tal perfección. No se sabría la edad a la que murió y su tumba, descubierta por G. Heim, en Palaeo-Limisso, al borde de un antiguo camino, cerca de las ruinas de Amathonte, revelaría una tumba subterránea, del uso de los fenicios, debajo de un pozo cegado con arena, en una cueva pavimentada con losas de piedra calcárea, entre cuatro muros recubiertos de placas de anfibolita negra con los versos que ahora conocemos, grabados en su superficie. También habría tres epitafios que decoraban su sarcófago. Mnasidika yacería con ella, en un ataúd de terracota, con el rostro de la muerta modelado en su tapa. Al abrir el correspondiente a Bilitis, se la habría encontrado con dos frascos de perfume, uno que aún embalsamaba esa región del sueño literario y con una diosa Astarté de pequeño tamaño, así como su espejo y el estilete para arrastrar el polvo del maquillaje.

Sería una lástima y un error transcribir alguna de las breves canciones, sin echar a perder la belleza del conjunto, me limito, pues, a contar algunos fragmentos. En La última prueba leemos de una Bilitis desconsolada a quien visita una anciana, que sabe de su estado y le ofrece una esclava:
Es una joven esclava nacida en Sardes. Parecida a ella no hay nadie en el mundo, pues es a la vez hombre y mujer, puesto que su pecho y sus largos cabellos y su voz clara provocan ilusión. ¿Su edad? Dieciséis años. ¿Su talla? Alta. Bilitis acepta. Hace veintidós noches que trato en vano de escapar al recuerdo… Sea, la tomaré conmigo, pero avisa a la pobre pequeña que no se asuste si yo sollozo en sus brazos.

Copio, en cambio, completo el primer epitafio:
En el país donde las fuentes nacen de la mar y donde el lecho de los ríos está hecho de hojas de roca, yo, Bilitis, nací. Mi madre era fenicia; mi padre, Damophylos, heleno. Mi madre me enseñó los cantos de Biblos, tristes como la primera alba. He adorado a Astarté, en Chipre. He conocido a Passapha, en Lesbos. He cantado como nunca. Caminante que pasas, díselo a tu hija. Y no sacrifiques para mí la cabra negra, pero, en dulce libación, muñe sus ubres sobre mi tumba.

La película, que muy poco tiene de la obra de Pierre Louÿs, fue dirigida por el afamado fotógrafo de desnudo artístico David Hamilton, y se estrenó en 1977. Hamilton se vio varias veces envuelto en el escándalo por supuesta pederastia, hasta su posible suicidio en 2016, acusado de violación por sus antiguas modelos adolescentes. Sus libros de fotografía, hoy prohibidos, atravesaron varios grados en una escala que va de lo artístico a la degradación en la percepción del público. En un principio hubo quienes vieron solamente arte en estas obras (un erotismo ingenuo, muy parecido a las pinturas de los impresionistas), o mera cursilería, hasta alcanzar el estatus de obra pornográfica hoy en día. La banda sonora, sumamente melosa, fue compuesta por Francis Lai y se echa en falta la maestría de un Debussy, que en tiempos de Louÿs compuso música inspirada en su libro.