Soberanía, ley y criminalidad en México

Las formas plurisoberanas del poder en México comprenden un universo fragmentado de actores a los que ya no es posible ignorar ni tampoco seguirles el paso. La literatura, sin embargo, ha hecho su trabajo: algunas narrativas —La voluntad y la fortuna (2008), del escritor mexicano Carlos Fuentes o, 2666 (2004), de Roberto Bolaño— lidian con la representación de formas de necroempoderamiento y tanatosoberanía que los distintos grupos criminales se han agenciado para ellos en partes de Latinoamérica, especialmente México. En el caso del primero, a través de su representación como actores primordiales de un crecimiento económico que depende de ellos. Recuerde el lector cómo en La voluntad y la fortuna los imperios económicos de ‘Max Monroy’ —un alter ego de Carlos Slim— y de ‘Nazario Esparza’ —paradigma del hombre ambicioso que confunde ambición con ilegalidad— se encuentran atados al crimen para darnos cuenta que la ilegalidad —no solo la de cuello blanco— busca adherirse al suelo de las formas legales para crear fortunas de muerte.

Los casos de asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, en el Estado de México y ahora en Puebla son terribles premoniciones de un cáncer que se ha extendido, necrotizado, a diversas partes de la geometría mexicana como una nueva gramática del machismo violento. El sadismo del feminicida no es únicamente un performance violento alimentado por la impunidad, la creación de subjetividades que Sayak Valencia ha llamado “endriagas” —en honor a la bestia con la que lucha Amadís de Gaula— o todo un entramado cultural y sociohistórico que las alimenta, sino como una forma de “mandato” (cfr. Rita Segato “Las estructuras elementales de la violencia”, 2003) ante otros feminicidas. Es decir, como una reproducción del estatus en donde el feminicida o el violador no actúan tanto por venganza ante el ideal femenino o como una búsqueda de satisfacción sexual, sino para comunicarse con otros. Así, restauran la ideología patriarcal y su autoafirmación de poder.

Esta simple idea —haría falta escribir un libro para explayarme en sus detalles— se encuentra representada en la novela 2666 de Roberto Bolaño, en el que los cadáveres en el desierto representan un silencio epistemológico intraducible a un habla común que los explique. Los cuerpos destruidos de esas mujeres son un saldo violento de una miríada de factores que quieren entenderlos, pero nunca del todo. Y es que el encuentro de un cuerpo devastado en el desierto posee una semántica tan grotesca que el ojo del mundo prefiere no mirar a intentar un boceto de explicación. El desierto: planicie indescifrable en donde la aridez le añade al cuerpo de la mujer la idea de su infertilidad, no como madre, sino como bios, vida. De algunas nunca se sabrá su nombre, de otras nunca se sabrán sus últimos momentos, de ninguna se sabrá su futuro. El abismo humano de sus muertes las reconcentra como desechos del patriarcado pero también como fracasos de las maquilas que con ganancias de miles de millones de dólares fueron incapaces de proporcionarles seguridad o presionar al Estado, este último cómplice de sus muertes al proteger al feminicida aunque sea a través de su negligencia. La responsabilidad última recae en todos para recaer en nadie. La expansión de Ciudad Juárez, sus constantes migraciones, el entrar y salir desde el anonimato, la impunidad estatal y las deficiencias de infraestructuras citadinas convirtieron a la ciudad en un campo de matanza.

Imposible no pensar este fenómeno en conexión con la forma en la que se presenta y comparte el poder público en México. Héctor Aguilar Camín lo ha hecho ver en La guerra de Galio (1991) y Morir en el golfo (1985). La primera es una novela sorprendentemente ágil a pesar de un trasfondo denso cuya misión es comprimir usos, costumbres e historia del poder presentadas ante el lector como un organigrama de la relación entre fuerzas diversas en México. El periodismo, representado por ‘Octavio Sala’, director del periódico ficticio La República que no duda en sacrificar su pragmatismo en aras de un ideal mayor. La política, representada por ‘Galio Bermúdez’, un actor del gobierno que administra sus secretos como una forma de posteridad. ‘Carlos García Vigil’, el protagonista, que representa a la Historia como escrutinio de todo lo demás. Lo que el lector puede sacar en limpio de la novela de Aguilar Camín es que el poder en México se hereda indirectamente no tanto a través de luchas descarnadas —que sí las hay— sino por medio de tácticas administradas desde el silencio, la tradición impuesta de la política, la convergencia sutil de señales contradictorias como estrategia. En La guerra de Galio se advierte que se gobierna para una élite y solo se administra para la mayoría. El botín de la política en México no se reduce al dinero, al poder o a las relaciones públicas sino al estatus simbólico de la Presidencia como centro último de decisión. Al final, el lector se dará cuenta que a pesar de la independencia narrativa que Aguilar Camín les proporciona a ciertos personajes, es desde la Presidencia de la República donde se concitan los resultados.

Por otro lado, Morir en el golfo representa una reducción crítica del objeto a narrar respecto a la monumental La guerra de Galio, pues aquí el petróleo se transforma en una figura soberana de reproducción de la presidencia. Los caciques locales median entre gobierno y población desde la legalidad pero siempre conscientes que traspasar la frontera entre crimen y ley no supone afrenta alguna sino acaso oportunidad. También en esta novela el periodismo se hace presente pero no como una forma de denuncia sino acaso de testimonio. Se presiona al poder público a sabiendas que el capricho del poder descansa en última instancia en su propia decisión. Asesinatos, protección, impunidad. Todo depende de una firma, de una orden sucinta, de un orden vertical. Morir en el golfo es también una novela de la abundancia y de cómo el subsuelo —en la iconografía católica el lugar del infierno— transforma comunidades enteras en una versión mexicana del Paraíso. El petróleo mexicano reduce a sus beneficiarios a cenizas, pues su control y dominación depende del funcionamiento de máquinas gigantescas, instrumentalizándolos y convirtiéndolos en siervos de una petromáquina que en la superficie sirve a todos los mexicanos, pero que en el trasfondo es solo una excusa de dádivas secretas.

¿Cómo se relacionan estas dos formas de soberanía en el México contemporáneo? De las novelas de Aguilar Camín se extrae que el poder público en México reduce sus verdaderos flujos y beneficios a un puñado de personas y que es necesario el performance público para activar secretamente sus favores; de las novelas de Carlos Fuentes —hablo de su última novelística— que crimen y ley conviven en una zona indiferenciada donde la legalidad ya no es guía moral pues el capitalismo y su sed del dinero le dan sentido de dirección a la acción humana; de 2666 de Roberto Bolaño vemos el resultado concreto de macroprocesos abstractos que se olvidan que los receptores últimos de decisiones colectivas son individuos concretos ¿Cuáles? La globalización, la internacionalización de capitales financieros, la inversión directa, el crimen transnacional, los flujos oscuros del capital, la impunidad estatal, el machismo, el asesinato serializado.

Si la Presidencia de la República le funciona directamente a pocos y solo a la sociedad por medio de la acción de secretarías de estado que al final responden ante estímulos externos, la descentralización de la federación mexicana fragmenta las acciones de control sobre la impunidad, la corrupción y el crimen. A su vez, ni siquiera el poder centralizador de las instancias federales alcanza a aprehender los límites bajo los cuales el crimen se ha enquistado en empresas, compañías y fortunas privadas. La inversión multimillonaria en zonas de desigualdad solamente agrava el fenómeno, ya que la concentración del dinero en fábricas con tecnologías de punta y colonias cerradas amuralladas absorbe ese dinero para sí, dejando afuera las zonas sacrificiales en las cuales al capitalismo no le interesa invertir, como en el caso de Ciudad Juárez. La presión continuada de consumo, el crédito como sueño y la deuda como amenaza, la falta de oportunidades educativas, una cultura del espectáculo que fomenta la risa y el vacío como forma de control que recicla bajo programas que ordenan comportamientos, la cultura machista y el trabajo precarizado, contribuyen a formar al sujeto endriago que se empodera a través de la muerte y se colectiviza en bandas criminales que secuestran territorios y, más específicamente, que los compran. En un sistema en que el dinero es visto como estatus de éxito, el acceso de bandas criminales a grandes flujos de efectivo reduce a ciertas geometrías estatales, especialmente los municipios mexicanos, a una mera compraventa en donde formalmente el estado mexicano gobierna pero en realidad es el crimen el que ordena, demanda y administra.

La crítica debe de poner más atención a estas conexiones entre crimen, poder, soberanía y ley para entender mejor cómo desde la literatura es posible trazar una historia de la impunidad y el beneficio privado. A falta de imaginación política para diagnosticar y reparar los males públicos de México, la literatura se presenta como una breve amenaza a la cortedad de acción para el futuro mexicano y sus víctimas directas consideradas alientos y sacrificios necesarios de un progreso que algunos admiten como indiscutible.

Las mujeres asesinadas en el desierto nos señalan un abismo. Nadie ha querido mirar a través de él.