Narradores Mexicanos Nueva Generación: Alejandro Vázquez Ortiz

En esta novela la violencia es un tema que resalta, pero para mí el tema principal es la culpa: ¿quién es el malo? mi hermano, mi doble, yo…

Autor de dos libros cuentos y una novela, ganador de la XXXI emisión del Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción y editor en el sello artesanal An.alfa.beta, Alejandro Vázquez Ortiz (Monterrey, 1984) comenzó a llamar la atención con su libro La virtud de la impotencia (FETA, 2016), Premio de Cuento Joven Comala 2015, en el que cuestiona la alienante realidad de la vida posmoderna. Este año, su primera novela, El emisario o la elección de los animales (Caballo de Troya, 2017) lo revela como un narrador reflexivo, que si bien continúa indagando sobre la imposibilidad de los deseos y la fragilidad de la identidad, también se aboca a la violencia y la culpa.

Aunque no resulte necesario leer sus libros al hilo, sus cuentos han socavado una madeja de referencias que vinculan su narrativa por obsesiones muy nítidas. Basta recordar La garrapata, en el que un bicho se va apoderando del cuerpo de un impotente hombre hasta inseminarlo, en un aparente juego kakfiano que más bien prefigura la suplantación de identidad, asunto que también es base de la novela, donde el hermano gemelo finge ser El Coralillo, un embajador entre cárteles, luego de que este último fuese ultimado a tiros. A partir de esta anécdota, Vázquez Ortiz construye un relato con el que reflexiona sobre la violencia innata en los seres humanos.

En tu narrativa las relaciones familiares penden de un hilo…
Sí, son alienantes. Digamos que en el caso de La virtud de la impotencia están más por el lado de lo alienante de la vida moderna y en El emisario se trata más de la violencia y el peso del poder, la carga del familiar.

En la actualidad todo parece tener un coto de violencia. Quizá sea momento de resemantizar esta palabra…
Creo que se ha manoseado mucho la palabra. La mayor parte de la literatura sobre el narco o la violencia precisamente cae en la fascinación por los personajes o las situaciones, pero no llegan a darle la vuelta de tuerca a reflexionar la violencia. Justo eso es lo que intenté hacer en la novela. Vivimos periodicazos diarios de violencia violencia violencia y es como un hoyo negro, que se traga todas las palabras y nomás nos queda la fascinación, el miedo, el asombro, el horror y en el plano literario la imitación. Falta darle a repensar por qué está pasando todo esto.
Creo que a los escritores les pasa lo mismo que a los que les dicen que escriben Ciencia Ficción, les da pudor. Ven la literatura sobre el narco como un subgénero, con una formulita, el pastiche, las telenovelas, Netflix… entonces no quieren que se les relacione con eso. Definitivamente, en El emisario…, para mí siempre se trató de la reinterpretación de El chivo expiatorio, de René Girard que, de hecho, cuando estaba en España, lo imaginaba desde el punto de vista del inmigrante, del que es nadie, del que no tiene identidad. Y en cierta forma el personaje es ese mismo pero a mi regreso a México, en particular a Monterrey, dos o tres días después del huracán Alex, y en el pico más cabrón de la violencia, no pude darle la espalda a eso, a los ejecutados y torturados…

Mencionas el tema de la identidad. Recuerdo tu cuento La garrapata en el que aparece un parásito y a la vez juegas con la idea de los lazos de sangre; pienso también que el hermano gemelo de El Coralillo, narrador de El emisario…, plantea un problema de identidad: quién es el parásito de quién o, cuestionando a la manera de tu personaje: “si yo no fuera quien soy”…
Es importante cómo la genética determina nuestra identidad y nuestra pertenencia. En el caso de La garrapata es más paródico porque (el personaje) comienza a tener una relación con su propio parásito, se ve reflejado en él y ve a sus crías como su propia descendencia. Creo que en ese cuento que mencionas y en otros más de La virtud de la impotencia problematizo acerca de la identidad de forma lúdica; mientras que en El emisario… es un asunto más íntimo, de una forma más cruda. Allí se nota la dureza en la interacción familiar: la relación del padre, la madre, el hermano. Me interesaba que en esos lazos se viera la sangre, en el sentido de la violencia.
En cierta forma, este hombre sin identidad (que narra la novela) es, hasta cierto punto, una metáfora de los que no tienen nombre y que se meten a este mundo (el del narcotráfico) con la idea de ser alguien. Por eso al ponerse las botas siente que se transforma, como si viniera a ser lo que jamás ha sido; y siente esa presión.

En los cuentos hay más posibilidad para el humor; sin embargo hay temas que aparecen reiterativamente, casi como obsesiones personales… ¿para ti que vendrían siendo la identidad y la realidad?
Son temas que me han interesado mucho desde siempre. Para mi la identidad más que esta noción del ser que viene a ser lo que es creo que es al revés, es dialéctica. Precisamente la imposición de una identidad es un ejercicio de violencia sobre el individuo. Este andamiaje que vemos en la realidad, bajo el sistema capitalista, es la realidad en la que cada uno cree que es lo que es y sabe lo que quiere. Cuando evidentemente no se sabe lo que (uno) quiere y la democracia, el voto está muy dirigido por una ideología. Creo que cuestionar la identidad y dudar de ella es lo más sano que se puede hacer. Problematizarla. Y la realidad es la imposición, diría ideológica. Alguna vez hablando con mi padre sobe la situación del país -y esto se conecta con el tema de la violencia- él me decía que todo esto tendría que explotar por algún lado y yo le decía que esto ya explotó y es por la forma más terrible. A veces pienso que el narcotráfico o el “crimen organizado” es una revolución de derechas, que imita los moldes de los de arriba. Eso es lo más grave porque es la oposición de la realidad en el sentido de que no se puede imaginar otra cosa y la gente desesperada, la que toma las armas, lo hace para repetir el esquema, para joder a otra gente. Es el desierto de lo real donde ya no puede haber otra cosa. En la novela intento reflexionar sobre esta noción de “crimen organizado” como un cuerpo ajeno al que denostando nos purificamos, porque la maldad del otro me hace a mí verme como “bueno”, pero quizás no seamos tan diferentes; sin embargo, está realmente entreverado, está estructurado dentro de nuestra sociedad a todos los niveles.

La novela lleva por título la lección de los animales, del que sobresale la figura del perro. En el primer capítulo aparece uno que es completamente indiferente a la violencia que se vive durante la madrugada…
Creo que el animal, en particular el perro, da una lección de impasibilidad ante la vida y la muerte. Esa escena se conecta con otra, cuando después de darle de comer al perro su papá lo golpea por haberle mordido pero el perro es como impasible ante su propia muerte. Esa violencia del animal tiene un grado de inocencia. En esa contraposición entre el hombre y el animal, ver como el animal -el perro, los pájaros, el chivo- con todo lo descarnado que aparenta ser es inocente. Dentro de la novela la violencia es un tema que resalta, pero para mí el tema principal es el de la culpa, por eso la conexión con Edipo, que aparece una y otra vez a lo largo del libro, creo que él era perfecto para aterrizar todo esto.

¿Quién es la víctima, quién el victimario?
Esa es la clave: ser el sacrificado o el matador. Creo que allí surge una culpa muy grande. ¿Quién es el malo? Mi hermano, mi doble, yo…. Más allá de la noción religiosa, la culpa griega, que viene desde los fragmentos de Solón de Atenas, uno de los Siete Sabios, a quien los filólogos lo toman como una influencia para Anaximandro, de quien sobrevive el primer fragmento textual de filosofía, que dice más o menos que todas las cosas van y vienen de lo indefinido. Y pagan la culpa unas a otras y la reparación de la injusticia, según el ordenamiento del tiempo. El desequilibrio al final se acaba equilibrando a través de fuerzas cósmicas; ese pensamiento griego está en la tragedia en el sentido de que todo el que desafía a los dioses es castigado. Y de cierta forma estamos pagando.

>Recordé de pronto el cuento de Naufragios y pensé que quizás este prefiguraba un poco la novela, con el agua como elemento
El agua tiene un papel preponderante en Monterrey por toda la historia. Desde 1909 hay crónicas de la inundación de la ciudad. En 1989 Gilberto, luego el Alex. Cada tormenta trastorna toda la ciudad, una ciudad que es tan orgullosa y que, sin embargo, con una lluvia se pone a temblar. Eso me parece fascinante. Lo que me interesa es la contraposición entre natura y polis. En El emisario… es más notorio porque me interesaba remarcar un aspecto, porque considero que a la literatura del Norte se le ha hecho mucho daño con esa noción del desierto. Es una cosa que he intentado repensar y reestructurar. En alguna conversación con Luis Felipe Lomelí le decía que el espacio desértico “ideológico” o construido bajo la idea de que todo Monterrey es un desierto y no es cierto, hay partes como Galeana pero hay otra muy verde. siento que eso se ha utilizado como una ideología para destruir y urbanizar. Más bien nosotros construimos el desierto, tanto metafóricamente como con concreto. El Estadio es un ejemplo. La escena del Río La Silla en la novela sucede en lo que después destruyeron para construir el Estadio BBVA Bancomer, por eso mi interés en describir las plantas, nombrar las flores, para que no se diga que allí no había nada, que era un terreno baldío, un vacío.

Entre tantos vasos comunicantes, ¿te interesa que tus libros se lean de manera hilada?
Aspiro que cada obra sea independiente y que a través de guiños se comprenda que estoy hablando del mismo lugar, el mismo país, la misma realidad. Me interesan otras cosas pero sí siento que es estos libros sí tienen un tono que estoy encontrando. Justo viene un libro de cuentos con el que gané el Premio Estatal de Conarte, que se titula “Yonke”, que espero salga en noviembre; ese está conectado con este mundo y justo también trabajo una novela que también está conectada.

¿Concursas en el Comala con Artefactos en 2014 y no ganas, te repones y lo obtienes al año siguiente. ¿Por qué la insistencia en ganar ese premio?
El cuento es mi género. Aunque la novela tiene más reflectores, solo requiere hora-nalga y clavarte, pero el cuento requiere creatividad. Para mi el cuento es el género donde me siento más a gusto y donde siento que se puede aportar más en lo técnico, representa más reto y como creador me resulta más interesante. Creo que el Comala era el premio con el que debía empezar.

Escribiste El mono que escribió el Quijote. Es un relato lingüístico.
Para mí fue un reto porque era escribir miles de años en un cuento. Tardé unos siete años en darle forma, desde el primer borrador hasta el punto final. Independientemente de que lo escribí como viñetas quería plantear el tiempo y cómo saber que está transformándose una sociedad, entonces pensé que a través del lenguaje podría demostrarlo. Si en 400 años hablamos completamente diferente al Quijote, qué no va a pasar en 10 mil años. La idea entonces fue que El Quijote fuese un libro canónico, como la Biblia, y a partir de allí ver cómo el castellano cambia. Había un gramático que, con conocimiento de causa decía que, en el lenguaje, las cosas suelen terminar por donde empiezan; es decir, la ley de la economía de nuestra lengua desaparece cosas que no estaba al principio. Jugando con esta regresión del lenguaje se me ocurrió este Quijote ciberpunk. En el futuro vamos a terminar como iniciamos. Es el Planeta de los simios.

¿Tienes alguna teoría propia o te sumas a alguna teoría narrativa sobre la creación del cuento?
No sé si diría que los cuentos de Raymond Carver son un Knock Out, más bien son la herida que deja el Knock Out. Uno tiene que imaginarse ese Knock Out pero en la elipsis. Ahora se utiliza más la ambigüedad y si los cuentos están bien ejecutados dejan la inquietud, la incertidumbre. Es muy válido producir esa emoción en el lector. Si mi preguntas mi teoría principal, creo que estoy cambiando de teoría. Artefactos y La virtud de la impotencia son deudores de la idea de creer que la narrativa están ahí para disfrazar ideas, de crítica social. A partir del trabajo de la novela y trabajar en un taller literario estoy más abocado a la narración de historias. Y aunque no deja de tener la crítica como sustrato creo que ya estoy más enfocado a la historia, una cuestión más literaria. Quiero creer que me inclino por la ambigüedad a la manera de Carver, por lo sutil.