Curzio Malaparte, humano entre humanos

El hecho más significativo en mi incipiente vida como narrador, antes de descubrir a la mayoría de los clásicos griegos, latinos y occidentales, tuvo lugar cuando en una ferretería de la pequeña ciudad donde crecí, Tuxpan, Veracruz, en la que también se vendían libros, material escolar y de papelería, descubrí una colección de cuentos en cuya portada aparecía una mano derecha con un tajo profundo y sangrante. El título era Primera sangre y su autor Curzio Malaparte. Portada vulgar en franco contraste con el contenido, relatos magistrales, en los que se adivinaba una fuerte carga autobiográfica y onírica a la vez. Yo leía las páginas, los párrafos, las líneas, de aquél autor sinestésico y me puse a participar del mundo como lo huelen los perros, como lo perciben las esculturas rotas, a la manera como lame el mar los portales de las casas antiguas o la forma en que bebe el árbol el agua de la misma tierra.

Escribe Malaparte en el relato que abre el volumen: “Me corté profundamente la mano, y la visión de mi sangre me hizo permanecer absorto y dichoso. (…) Tenía nueve años, ya comenzaba a darme cuenta de la fuerza misteriosa y terrible que late en los pulsos de los seres humanos.”

El final de Primera sangre me descubrió uno de los pasajes eróticos más violentos en sus soterrados alcances: “Torquato, que tenía unos cuantos años más que nosotros y que trabajaba de dependiente en una carnicería, venía a veces llevando oculto bajo la chaqueta un gran pedazo de carne roja y amoratada (…) Diríase que experimentaba un misterioso placer en palpar aquella carne dura y lisa. La cogía con ambas manos, la levantaba en alto, la dejaba caer dos, tres veces, con un frío chasquido, sobre la piedra del murete, comenzaba a abofetearla con la palma abierta, y aquellos “chaf-chaf” comenzaban suscitando en nosotros, chiquillos, un sentido de alegría, pero luego, poco a poco, una extraña turbación, mezcla de miedo y de vergüenza”.

Aquél personaje, no sé si real, no sé si inventado por Malaparte, cogía un cuchillo y con gestos de placer lo hundía en el pedazo de carne. Lo sacaba después. Y he aquí el pasaje revelador, pleno de deseo criminal, de amor alienado, vuelto un acto puro y pornográfico:

“…y metiendo en la herida los dedos de ambas manos, ensanchaba sus labios, inclinándose a contemplar la llaga. Le temblaban las manos, movía la boca balbuceando palabras incomprensibles, y me parecía distinguir de vez en cuando en aquel confuso balbuceo un nombre de mujer, algo como Nannina, Nannina.”

Supe de la carne y la sangre y la putrefacción, que son motivos recurrentes en la prosa malapartiana, e instrumentos de la fisicidad en un mundo cuyo orden corriente ha sido perturbado. A partir de pasajes como ese y otro, donde narra una excursión a Pompeya acompañado de amigos y amigas y una jovencita de quince años y se encuentra perdido con ella en el laberinto de callejas, sintiendo un extraño pudor, una más extraña angustia, a punto de manifestarle sus ansiosos sentimientos, cuando la niña le dice, con voz turbada: “Mira allí abajo, mira”; él mira, pero no ve nada; y ella repite: “Mira allí abajo, mira” y él escucha su voz, el recuerdo de una voz más que una voz y, por fin, cree ver una niña muerta, abajo, pero es, en realidad la carroña de un perro, yo aprendí a narrar. Aprendí a describir atmósferas y a enrarecer las situaciones vividas entre los personajes.

Kaputt y La piel, sus obras más importantes, las leí muchos años después, ya cuando habían quedado infancia y adolescencia en el pasado y esos ambientes cerrados y esos olores, esos casi sueños, que pueblan sus relatos, habían permanecido conmigo.

Malaparte, italiano hijo de alemán, nacido en 1898, con un seudónimo que es un guiño humorístico al apellido Bonaparte, comenzó su carrera como periodista satírico, se encontró como uno de los fundadores del fascismo italiano, expulsado del partido por sus críticas a sus dirigentes; sirve en la Segunda Guerra Mundial como corresponsal en Rusia y Finlandia, escenarios de Kaputt, que escribe en plena acción y cuyo manuscrito tiene que esconder en cada sitio al que se dirige; el titulo se traduce como ese algo “deshecho”, ese algo “roto” o destruido que penetra en el mundo.

Los capítulos de Kaputt describen la Europa ocupada, sus capítulos llevan los títulos “las ratas”, “los perros”, “los pájaros” y “las moscas” y en cada escenario aparecen dichas criaturas y otras, en un contexto humano, caballos congelados bajo la superficie de un lago, un alce tirado a las puertas de un edificio oficial, los perros asesinados por los temerosos nazis porque los rusos los enviaban a morir bajo los tanques, conduciendo bombas en el lomo, todo entre altísima poesía descriptiva que se nos revela inverosímil cuando nos enteramos que el libro se escribió de manera secreta y en pleno movimiento, de país en país, de frontera en frontera, como una crónica devastadora de los únicos países vencidos, Polonia e Italia, según Malaparte.

Y si todo es belleza tremendista en Malaparte, como cuando narra su encuentro con los mendigos deformes que pueblan y brotan de las cloacas, huyendo de los bombardeos, al revés que el caso de un Jean Genet, donde todo se explora a través del reverso de la belleza y sus pestilencias, en Malaparte lo obsceno y lo pestífero deviene en búsqueda espiritual. En expiación.

Se volvió oficial de enlace para los aliados ya en las páginas de La piel, y pasó de ser un comunista interesado en el maoísmo a cineasta, con una sola película El Cristo prohibido, dónde se descubre cristiano, más que católico y terminó muerto por el cáncer en la Roma en 1957.

La piel es más oscura. Narra allí el envilecimiento y las vías que llevan al envilecimiento. Al derrumbe del espíritu. No sólo del pueblo más generoso de la Tierra, el napolitano, sino el suyo mismo, su caída insondable en el cieno de la humillación y la ruindad en pos siempre de ayudar al prójimo. Nos describe la venta de niños y niñas a los soldados afroamericanos, habla de un ejército de enanas deformes entregadas al vicio, se ríe pero se conduele de la ridiculez pasada de moda de la aristocracia italiana, y nos horroriza con un pasaje profundamente conmovedor pero estremecedor, escalofriante, al mismo tiempo, en el que cuenta cómo se pierde su perro y lo localiza, abierto en canal pero vivo todavía, con una sonda en el hígado y que lo miraba con los ojos inundados de lágrimas, en una clínica de experimentación con animales.

Sibarita, Malaparte tenía una casa, hoy convertida en museo y centro cultural y arrancada a la China comunista a cuyo gobierno había donado, encaramada en los farallones de la bellísima costa de Capri, un de paralelepípedo color rojo ladrillo, en cuyo techo y escalinata con forma de pirámide invertida, deambulan los personajes de la película El desprecio, de Jean-Luc Godard. En su lecho de muerte (la enfermedad había acunado en su cuerpo a partir de la inhalación de los gases de la Primera Guerra Mundial), ya se discutía si Malaparte debía morir como cristiano, es decir, católico o estaba muriendo como comunista, es decir, ateo.

Si un pecado podría achacársele a Italia –o a cualquier otro país-, es el de cuestionar la obra de sus hijos más preclaros, un Gramsci, un Pasolini, un Malaparte. Pero, convencido de ser él mismo sobre todo, escribiría una frase esclarecedora que lo divorciaba de sus devaneos partidarios y religiosos: “El fascismo es el último aspecto de la Contrarreforma”.

Aunque muchos dudaban de la atemporalidad de su obra, autor de dos de los libros más impresionantes del Siglo XX, Curzio Malaparte nos llega al Siglo XXI siempre impregnado de piedad cristiana en estado prístino, sin dogmas católicos, al final sería tan sólo, o no “tan sólo”, Curzio Malaparte, un escritor y buscador honesto, amigo de los perros, humano entre humanos, humano aun cuando los otros ya no eran humanos, uno de los pocos escritores a los que me atrevería yo a llamar mi hermano.