Entrevista: Alí Rendón

Nacido en 1980 en Celaya, Guanajuato, Alí Rendón debuta como novelista con Lo que escuché mientras caía (Ed. Montea, 2017), obra en la que los personajes están inmersos en una especie de catástrofe existencial similar al derrumbe del sismo del 85; sin embargo, lo vital se va apoderando de las 220 páginas, por lo que la tragedia se va superando mediante una incansable búsqueda del verdadero amor por parte del narrador-protagonista, ‘Juan Chávez’ alias ‘el Toro’, quien rememora sus ligues fallidos intentando superar aquel momento en que un doctor le tocó los genitales.

En esta novela rosa y gris sobre los vínculos afectivos, el protagonista aprovecha su trabajo como operador en una compañía telefónica para fungir como doctor corazón bajo el seudónimo de ‘Valentín Cansino’.

Rendón es autor también de un libro de cuentos: La realidad con capacidades diferentes (Pictographia/INBA/CONACULTA, 2013), donde ahonda con cierto humor sobre la percepción de aquello que consideramos real. Además, su cuento Marcelia 43 fue mención honorífica en el XIII concurso de cuento corto del Premio de Literatura León 2017.

Me gustaría comenzar preguntándote cuáles son tus preocupaciones como narrador…
Me preocupa que mi idea o el sentimiento que quiero transmitir se conduzcan por el vehículo adecuado. Saber elegir entre cuento, minificción, novela, relato… Dependiendo de qué es lo que quiero contar, que historia o que asunto abordar, es como empleo una u otra forma narrativa. Dependiendo del destino fijado es la hoja de ruta que tomo. Esa es mi preocupación inicial, orientar la poética, saber elegir la hoja de ruta más directa para construir el discurso de la manera más fiel. Estadísticamente la que he elegido con más frecuencia es la minificción. Pero, mi preocupación principal, lo que siempre trato de obtener, ya sea en un género o en otro, es que a través del lenguaje haya una oportunidad para la poesía que engrose la densidad de la belleza, el ritmo y, por sobre de todo, que se logre esa verosimilitud que revalide el pacto no escrito con que el lector suspende su incredulidad cada que se acerca a una obra de ficción a cambio de obtener un goce, una pieza de arte que se sienta como un afilado trozo de realidad, algo que no se agote, que amerite una relectura, una revisitación, un diálogo con el lector, algo que no aburra. Esto es importante, por eso el escritor debe ser alguien que le teme –como nadie en el mundo- al aburrimiento. Y los lectores le debemos temer con toda el alma a los escritores que no tienen miedo.

¿Qué lugar ocupa lo femenino en tu obra?
Para mí, lo femenino es el camino más cercano a la belleza, y, por añadidura, a todo lo sublime que la acompaña; pero es un camino caro como toda carretera de cuota. Tiene sus bemoles. Creo que para mí es como tener un poco del complejo de Acteón: estar fascinado con la belleza y temerle al mismo tiempo. Tengo mucha curiosidad por la belleza de lo femenino en general, como puede ser La naturaleza, y ya de manera particular por la belleza -no sólo física, desde luego- de la mujer; y esa curiosidad, que de manera animal es de tipo sexual, es aquí una curiosidad venida de una necesidad por el conocimiento, por la apropiación que hace ‘un cazador’ (en aquél caso Acteón espiando los virginales misterios de Artemisa), y que Sartre define como ‘conocer es comer con los ojos’“, comparte vía electrónica.

¿Cuáles aspectos valoras positivamente de tu personaje ‘El Toro’…
Su ingenuidad y la inocencia que luego pierde, el que no tenga la malicia necesaria para verse como un solitario que se idealiza. Juan “el toro mecánico” no quiso hacer lo que todo joven tiene que hacer para volverse adulto: fabricarse su propio espejo y pagarlo toda la vida. Nadie ni nada te va a devolver la imagen verdadera de ti mismo. Él, en cambio, opta por las máscaras, por un disfraz de víctima que le quede mal, como cuando se asume como ‘Valentín Cansino’: una doctora corazón muda porque no da consejos, los niega y se vuelve un espejo ajeno que, sin embargo, se guarda los reflejos para sí. Por eso me gustó ese personaje, porque puede dedicarle con ternura todas sus derrotas a alguien. Sólo un tipo así, con esas grisuras, podría ver los poemas de su madre como ensalmos para una salvación.

Estarías de acuerdo en que la manera en que divides tu libro de cuentos podría aplicarse también a la manera en que tu personaje ‘Juan’ actúa: miente y da su palabra, se ve envuelto en “infantilusiones”, tiene afanes ero y tanáticos…
Bueno, te agradezco la pregunta porque me entero de que leíste mis dos libros con la dedicación de cierto eje interpretativo, comunicante, digamos. Quería un protagonista que fuera cambiando, sin importarme las dimensiones de los estadios de su desarrollo. Ahora que lo mencionas, me inclinaría a pensar que la realidad del personaje transita por las capacidades diferentes en que se divide mi libro de cuentos, aunque lo hace de una forma menos lineal, es más un zigzag, un bailoteo, algo inherente a su condición humana que vemos articularse en unos planos que podríamos definir muy libremente como dialécticos y conductuales. Es un personaje en crecimiento que intenta decirnos algo de nosotros mismos.

En tus relatos es perceptible cierta idea respecto al acto de narrar como estrategia terapéutica…
Seguramente hay una relación terapéutica, pero no es directa. Una mujer muy amable se me acercó al término de la presentación de la novela y me dijo que tenía muchas cartas de su abuela, casi cien, y que quería darles un cauce por medio de la autoficción. Me pareció algo maravilloso, en verdad. También me preguntó si mi personaje “había sanado” en el desenlace. Yo no quise hacer autoficción, respeto a quien la hace, pero lo que intento hacer ahora no es eso. Tampoco creo que la misión de la autoficción sea meramente terapéutica. No sé. Alguna gente cercana que ha leído mi novela se quedó pensando en lo autobiográfico que pudiera ser.

Tanto en tu novela como en el cuento Marcelia 43 hay una delimitación temporal con un contexto de casi 30 años de diferencia y, sin embargo, en ambos hay un subtexto que hace referencia al dolor que viven los personajes, ¿consideras que somos un país de dolientes?
Nuestro país está circunscrito a este mundo de dolientes. El dolor no sólo viene de las situaciones de la violencia, las guerras y todo lo que primero salta a la vista en un primer abordaje al tema. Es inherente a la tan referida condición humana, génesis de los dolores perdurables: estamos solos en el mundo como especie pensante, sabemos que vamos a morir (“Nacer mata” dijo el poeta Orlando Guillén), sentimos la pulsión de los instintos, sabemos que somos capaces de provocar el mismo dolor que experimentamos, y un largo etcétera. A propósito, el cerebro humano es el único órgano del universo conocido que se estudia a sí mismo, que trata de autocomprenderse, ficcionarse, sobarse el dolor de muchas formas… Es una paradoja aparente y una empresa quijotesca.
Nuestro convulsionado país sigue siendo uno de dolientes, que al igual que otros, halla vías expresivas más allá de la conmiseración y la llana contemplación, para crear arte. La escritora Ethel Krauze apunta, en un poema, que el grupo de padres de los 43 normalistas asesinados y desaparecidos son nuestra mítica figura de ‘La llorona’ encarnada en estos tiempos. Yo hice que Marcelia 43 fuera los hijos de otra Llorona.

En ese sentido, para ti ¿cuál es la función de la literatura?
Yo no creo que la función de la literatura recaiga en lo utilitario. Si acaso, me aventuraría a decir que uno de los efectos que hemos hallado en ella es el de darnos sentido para tantear la existencia, pero mirando desde todas las ópticas y asumiendo todas las posturas. Vaya, es nuestro Aleph visual, táctil, olfativo… multisensorial; y lo hace dándonos belleza, pero también poder para crear, rebelarnos, aguantar, pelear, a veces incluso contra nosotros mismos. La literatura es el oxígeno que permite que el fuego arda, pero también que respiremos en el infierno. Es lo que hace mucho más habitable este mundo hecho de situaciones y personas complejas. A fin de cuentas es de lo que están hechos los mejores cuestionamientos: de literatura.

Por lo regular se piensa que la escritura es una actividad solitaria, como si los talleres y las tutorías (que forman parte de las becas) fueran una realidad aparte del acto creativo. En ese sentido, tu semblanza reafirma tu participación en talleres: ¿podemos hablar de un taller como una escritura que se nutre más allá del imaginario del autor?
La escritura suele ser solitaria. En los talleres rara vez se escribe, el tiempo limita mucho. Se da más esta especie de nutrición que viene del intercambio de opiniones sobre los textos. Un tallerista puede disertar sobre la obra “Lo sublime” de pseudo-Longino y darte una verdadera (y necesaria) cátedra que te haga salir del recinto sintiéndote un despierto, un buda, un aprendiz del kung-fu de las letras. Pero es apenas la mitad del camino, hay que, de verdad, ejercitar lo recibido. En los últimos tiempos han proliferado iniciativas diversas en la internet, desde los ya conocidos “cadáveres exquisitos” hasta los retos de escritura “Nanowrimo” que promueven una suerte de socialización de la escritura, competencias basadas en quién escribe más palabras, y se invita a que la gente comparta sus proyectos conforme los va desarrollando. He participado, aunque la actitud de muchos de los narradores es la de tomarse una “selfie de procrastinador junto a proyecto trunco”. Esa carnavalización es un extremo en los intentos por socializar la escritura. En ese sentido, me inclino más por una escritura colaborativa y comprometida; alguna es en tiempo real y otra no. Tuve una muy buena experiencia con la invitación del escritor Rodolfo J.M. a un proyecto interactivo de narrativa multimedia llamado Tatuaje en el que participamos muchas personas, entre escritores, programadores, diseñadores, ilustradores, animadores, locutores, músicos, etcétera, y que está disponible en la web. Y en cuanto a la escritura colaborativa en tiempo real, participé como coautor de un cuento con el escritor Antonio Ramos Revillas y fue genial proponer, vía Twitter, personajes y elementos del arco narrativo, simultáneamente con otros participantes, para que Antonio los fuera sopesando e incorporando al texto definitivo. Todo eso es muy estimulante y algo valioso te enseña acerca de la escritura. Pero esos casos son inusuales. Lo normal es escribir en solitario. Un gran escritor dijo, más o menos esto: que Bukowski no era ese juerguista empedernido que todos imaginamos sino un nerd recalcitrante, pues ¿de qué otra forma pudo haber escrito tantos libros?

El cuento que abre tu libro La realidad con capacidades diferentes es sobre el robo de lecturas, es decir, el robo al “derecho a imaginar”…, lo que lleva a pensar si en la actualidad vivimos un exceso de ficción…
Con respecto a mi cuento El secuestrador de libros, creo que pasa como con todo derecho: debe estar sujeto a obligaciones. Y a mí en ese texto me interesaba demostrar que me parece indignante esgrimir cualquier obra de arte o de pensamiento en contra de inocentes.
Ahora, mientras platicamos, hay muchas personas que están usando tecnologías de la comunicación y de la información. Esos mecanismos nos superan en muchos sentidos y nos dotan de la posibilidad instantánea y ubicua de acceder a conocimientos, estadísticas y otros contenidos al tiempo que también nos analizan en nuestros hábitos de consumo y un largo etcétera. Yo creo que ahora somos más conscientes de que hay muchas obras de ficción porque antes no teníamos una ventana al mundo en nuestras manos que nos llenara de noticias, de contenidos dirigidos, o no, a nuestros intereses.
En ese mismo terreno, el acto de publicar nunca había estado tan diversificado como ahora. Desde hace algunos años cualquiera puede hacerlo. Mandas tu mecanuscrito a una de las muchas empresas que hay de autopublicación profesional y te envían, bajo demanda, ejemplares de tu libro y/o suben el libro electrónico a La red (con paquetes de publicidad y gira de presentaciones). Ya se puede uno brincar la etapa de revisiones, dictamen por un consejo editorial, corrección ortotipográfica y de estilo, edición, corrección de galeras, prueba de impresión, etcétera. Generalmente ese nuevo proceso carece de una valoración estética de un contenido que está fuertemente ligado a un canon artístico, por lo tanto, muchos libros ya no tienen cualidades que cabría esperarse en una obra que transitó las vías tradicionales de la publicación. Tampoco es que me gustaría una cacería de brujas, no. Tenemos que ser escépticos. Hay obras autopublicadas y/o cartoneras que son buenas, hermosas y necesarias, yo he adquirido algunas; pero creo que se ven sobrepasadas en número por esas otras que quedan a deber.

¿Publicar cambió en algo tu manera de escribir?
Me está haciendo escribir a un ritmo más vigoroso, producir más y ser más exigente con mis textos; pero también más cauto en mis temas, en las formas, en el estilo. También me debe de estar volviendo mejor lector. Indirectamente me ha ido dando acceso a retroalimentación, a alguna beca o tutoría; me ha acercado a amigos que comparten el gusto y el oficio; todo eso te va moldeando la forma de escribir porque también va cambiando tu forma de entender el proceso de la escritura. Mi último tutor, el maestro Eusebio Ruvalcaba (q.e.p.d.), cuando se dio cuenta de que ya tenía algo publicado, me hizo superar una gran dificultad (casi un tour de force) para terminar la novela.

Por último, ¿qué virtudes o defectos encuentras en la narrativa mexicana actual
Bueno, la pregunta me queda grande. Tendría que tomar mucha distancia para poder argumentar algo. Sin embargo, como juicio de valor, hay muy buena narrativa, sin duda. A bote pronto, uno de los defectos que alcanzo a mirar, aunque no es generalizado, es el hecho de que ronde la etiqueta de “actual” o incluso la de “joven” más allá de una clasificación cronológica en la narrativa. Esa distinción me parece una disculpa por parte de algunos editores o un baño de pureza de otros tantos libreros.
Quizá los mismos lectores hemos sobrevalorado todo aquello con tintes de novedad, frescura y actualidad. También hay quienes entienden la promoción como una campaña que pide limosna para escritores que van empezando. En redes sociales es común ver gente mendingando “likes” o apelando a ser solidario con el arte pidiéndote que reenvíes y compartas publicaciones de promoción de autores emergentes. Yo creo que hay que apoyar a quién sea si a tu entender hay talento y entrega genuinos, independientemente de lo demás. Me gustaría más promoción que incluya fragmentos de las obras, contenidos. También creo que se han colado al panorama literaturas que hacen apologías de la violencia, del narco, que estorban a esa parte de la literatura que sí propone apuestas estéticas y presenta formas nuevas de observar la violencia, el narcotráfico, la migración, el racismo, la trata de personas, las desapariciones y esa corrupción enquistada en las instituciones de nuestro país. Veo afortunado que no hay una tradición ni una clasificación encorsetada con la etiqueta de “generación”; hay una libertad de escribir experimentando o no; existen afanes declarados hacia la hibridación genérica; hay mayor conocimiento de autores mexicanos avecindados en el extranjero escribiendo desde allá, aportando al espectro de la literatura; hay también un auge tremendo de la minificción que se ha hecho respetar mundialmente. En fin, hay mucho más que esto que he mencionado.