Sobre Bom-Crioulo, de Adolfo Caminha

Adolfo Caminha, el autor brasileño de Bom-Crioulo, murió en el año 1897, a los 29 años, víctima de tuberculosis, lo que le impidió legarnos una obra extensa. Hizo mucho, a pesar de ello, pues escandalizó a su sociedad con dos novelas: la que nos ocupa, de temática homosexual, publicada en 1895 y A Normalista, aparecida en 1893, la historia de una maestra que es seducida, embarazada y abandonada; un melodrama bien conseguido, pero Bom-Crioulo, título que muchos sitúan un escalón abajo, es en realidad mucho mejor. Tras largos años de censura, la novela no fue publicada en Brasil sino hasta 1956, y en México por Editorial Posada durante sus años de decadencia. Para esta última casa editorial fue traducida y prologada por Luis Zapata, el autor de la célebre odisea homosexual capitalina El vampiro de la Colonia Roma (1979), un clásico inmediato que asaltó a las letras mexicanas con sorpresa, y que casi provocó el olvido de otra novela pionera sobre el devenir gay: Safari en la Zona Rosa (1970) de Gonzalo Martré, que fue justamente reeditada en 2015.

Me valdré, pues, del prólogo de Luis Zapata y de la novela misma para comentarla. Amaro, el “buen criollo” del título, es un negro cimarrón, es decir, que ha escapado de su esclavitud, ha logrado ser admitido como marinero y, aunque atraído por las mujeres, termina descubriendo su homosexualidad al enamorarse de Aleixo, un joven blanco, rubio, de ojos azules, afeminado, necesitado de protección y cariño, a quien Caminha otorga rasgos femeninos, hecho al que Zapata alude, preguntándose si se trata de una broma o de un acto de rebeldía por parte del autor, a través de algunas frases entresacadas del cuerpo del libro: “Sólo le faltaban los senos para ser una verdadera mujer.” Transcribo uno de los pasajes iniciales en el que se narra el nacimiento de este amor:

Jáctándose de conocer “el mundo”, Bom-Crioulo pensó primero en halagar la vanidad de Aleixo, regalándole un espejito barato que había comprado en Río de Janeiro, “para que viera qué guapo era”.

Como bien destaca Zapata, Caminha evita señalar la condición homosexual, y sus vertientes, de manera directa, a bordo de esa corbeta que representa una verdadera olla podrida de la sociedad brasileña, en la cual tienen que cooperar todas sus razas, a través de eufemismos hoy ingenuos como: “la carnalidad griega” o “aquello” y es que, aún faltaba un largo trecho hasta la prosa feísta y cruda, terriblemente pura, de un Jean Genet con sus marineros homosexuales, y el resto de la fauna letal, que deambula por los muelles del puerto francés de Brest, en su icónica Querelle de Brest, que tan bien llevara al cine Rainer Werner Fassbinder en un testamento cinematográfico alucinante y descarnado, pleno de violencia, droga, dagas y heridas.

Amaro renta un cuarto a una ex prostituta, Carolina, a quien había auxiliado durante un asalto e inicia con Aleixo una especie de vida conyugal que, sabemos de antemano, no podrá durar demasiado.

-Estás flaco, Bom-Crioulo, ¿qué diablos te pasa?
-¿Yo, flaco? –y se pasaba la mano por el rostro, examinándose-. ¿Estaré enfermo?
-Alguna negrita, ¿eh?
-¡Cuál negrita!
Un día le pidió su opinión al grumete:
-¿Te parece que estoy enflacando?

Aleixo también dijo que sí, pero que no era gran cosa.
A Bom-Crioulo no le importó: siguió viviendo en calma, a veces a bordo, a veces en tierra, con una gran paz de espíritu, viendo crecer a su lado a Aleixo, presenciando el desarrollo prematuro de ciertos órganos, el despertar de la segunda edad, como quien estudia la evolución de una flor curiosa.

Su amistad con el grumete ya no era lúbrica y ardiente; se había convertido en un sentimiento tranquilo, en un afecto común, sin ímpetus febriles ni celos de amante apasionado.

La pasión, finalmente, alcanzará a sus protagonistas cuando Alexo, extrañamente, deslizará su amor hacia Carolina. Amaro, el buen criollo, no encuentra otra salida que la destrucción –muy en la línea de un Óscar Wilde y, una vez más, a través del apuñalamiento- del objeto de su amor, de su desatada pasión.

A nadie le importaba el “otro”, el negro, que allá iba, calle abajo, triste y desolado, entre bayonetas, bajo la luz ardiente de la mañana: todos, no obstante, todos querían “ver el cadáver”, analizar la herida, meter la nariz en ella…

Por último, me permito destacar el carácter de obra alienada, de esta novela imperfecta pero atrapante, desde que, se dice, durante la década de los años treinta del Siglo XX, la Marina brasileña intentó detener su distribución por considerar que la obra denigraba la institución sobre cuya trama descansa la historia de estos seres desbocados –tan desbocados como cualquier otro par de enamorados, pero “distintos” a la vez-, y que en fecha tan tardía como 1984 fue incautada en Inglaterra de la librería “Gay´s the Word”, cuando sus propietarios fueron acusados de importar y vender libros obscenos e indecentes por parte de Her Majesty´s Customs and Exercise, en un –al parecer-, deliberado olvido (que bien indica Zapata) del doloroso proceso sufrido por Óscar Wilde en su momento.