Sobre Amores, de Paul Léautaud

La biografía de Paul Léautaud que se puede encontrar en la red, y en francés, dice: “Escritor y crítico de teatro francés, hijo de padre ausente y madre indiferente, dejó la escuela a los 15 años para desempeñar toda clase de trabajos para vivir; se educó a sí mismo en la lectura de los grandes autores.” Entre estos autores estaría Stendhal.

Sus padres eran actores cómicos, que es lo mismo que decir artistas “pobres” de finales del Siglo XIX. Su madre, en realidad amante de aquél actor cómico, lo abandonó al poco de nacer. Léautaud trabajó para el Mercure de France como crítico inmisericorde y al principio fue conocido sólo entre los círculos literarios, pero cobró fama con las entrevistas para la radio que le hiciera Robert Mallet en los años cincuenta del Siglo XX. Tras su muerte se descubrió su extenso diario y sus apuntes eróticos y biográficos que obligaron a revalorar su obra. Se deja traslucir un ingenio, y hasta el genio, en esas páginas.

amores

Amores es una obra breve y cuenta la juventud de Léautaud, sus oficios y, por supuesto, sus amores. Se sabe que Marcel Proust opinó que este librito era “lo más atroz y lo más imbécil que existe”, pero a Léautaud esto debió importarle poco cuando expresara “Nada me interesa sino yo mismo”, y ese debería ser el principio sobre el que se levantara toda obra autobiográfica sincera y, por supuesto, honesta.

Amaba a los perros y a los gatos callejeros y en su casa de Fontenay albergaba alrededor de cuarenta animales. Su Journal littéraire alcanzó los diecinueve tomos y finaliza a los cinco días antes de su muerte; mientras que Amores no llega a noventa páginas. A sus narraciones las caracterizan su trato directo con el lector, su oralidad, su falta de rebuscamiento.

Extraigo de su diario la anotación del 29 de noviembre de 1898:
Valéry vino a buscarme a mi casa esta tarde, después de cenar, para dar un paseo. Mientras me preparaba, tomó una hoja de papel, y escribió:
Cuento. A Paul Léautaud.
Había una vez un escritor,… que escribía.
Valéry.

De la anotación del 22 de marzo de 1903, extraigo otro fragmento, que da cuenta de su rechazo de los premios literarios:
Decididamente no estoy lo bastante loco. En estos días me hicieron que enviara ejemplares para el Prix Goncourt. Me parece espantoso. ¡Un premio! ¡La literatura premiada! ¡Pobres cosas! ¡Colegiales! ¡Es cierto que son cinco mil francos! Pero… Quizá eso pase en silencio. Qué buenas voluntades encontradas. ¡Ah! Podré decirlo: hubiera inspirado simpatía todos los que me hubiesen conocido, pero tres días después, soy tan seco… La vida no es suficientemente vivida, no hay más que vivir a mansalva, y las intermitencias son muy largas. También estas notas están escritas muy de prisa, sin la suficiente reflexión. ¿No es esto entonces sino trabajo y dificultades?

Las primeras líneas de Amores comienzan así:
Dormid, dormid, amores del alma. Amé por primera vez en 1888.

Léautaud goza de una libertad sin límites. Su padre le había indicado a los diez años de edad: Basta con que cojas la llave. Mientras vuelvas, ya es suficiente. Viaja, conoce, frecuenta y lo frecuentan grandes personalidades del mundillo literario, entre estos Marcel Schwob, André Gide, Apollinaire, André Malraux, Pierre Louÿs, pero todos lo olvidaron, todos o relegaron. Léautaud escribe entonces. Y recuerda… o niega recordar.

¡Primeros momentos del amor, que dejan en nosotros huellas tan hondas! Intento recordar cómo empezaron mis amores con Jeanne Ambert, y me asombra no encontrar nada.
(…) Sentados en torno a la gran mesa del comedor, permanecimos únicamente la mujer del tío y su hijo, la abuela y la madre de Ambert, y Jeanne y yo. Tomábamos el té, conversábamos, jugábamos al loto. ¡Ah! Aquellos apretones de mano bajo la mesa (…) y se quedaba así (…) mientras duraba la partida.
(…) Salí, a mi vez y me disponía a pasear sin verla, cuando ella me asió del brazo y me atrajo para besarme, y ahí, en un minuto (…)

Retrata la atmósfera de prostitución a la que se entregaban los jóvenes parisinos:
Por lo que se refiere al marido y padre, no era persona enojosa. Era viajante de comercio, al parecer, o algo por el estilo. Cada mes aparecía para visitar a su mujer, a altas horas de la noche, y luego se marchaba otra vez de madrugada, con objeto de proseguir su vida ambulante. Al menos, madre e hija lo presentaban bajo esa apariencia a sus jóvenes adoradores, que, como ya he dicho, abundaban. ¡Ya se lo pueden figurar ustedes! Dos actrices, nada ariscas ni la una ni la otra, con el encanto del talento y la tentación de unos muslos fáciles, la madre a falta de la hija, o la hija a falta de la madre, ¡o hasta las dos juntas a la vez!
Pero Léautaud no se entrega a la vida disipada, reserva su amor, su cuerpo y su asombro para Jeanne, que le llevaba cinco años de edad, es decir, ella tenía 22 y él 17:
Pues en efecto, ahí se detienen mis recuerdos, los recuerdos de aquel gran día en que hice el amor con Jeanne, por primera vez y de verdad. Ni siquiera vale la pena que me esfuerce en buscar. Vuelvo a ver aquel cuerpo de rosada palidez, aquellos pechos llenos y duros, aquel rostro que brillaba de ardor, unos atractivos aún más tentadores, respiro aquel olor de pelirroja, cabellera y cuerpo, pero los detalles, pero mi propio placer, mi ardor

Léautaud conoce, y se enfrenta, también que la rutina del amor cansa:
Un domingo, Jeanne se sintió muy enferma y no tuvo más remedio que guardar cama. Como sus gemidos me fastidiaban, no se me ocurrió nada mejor que salir de paseo y no volver hasta la noche.
O el final del amor:
También conservo algunas cintas que ella usaba para anudarse las trenzas, y hasta un rizo de sus pelos íntimos que me dio un día riéndose, para consolarme, durante un período de nuestras últimas citas, todo esto guardado en un pequeño portafolios que también procede de ella. No hay que exagerar. He guardado todo eso un poco sin querer.
(…) Y no obstante, toda esta historia me importa un rábano, incluso la parte que atañe a mi juventud. Siempre he vivido hacia adelante, y pese a mi manía de escribir recuerdos, sigo siendo el mismo hoy en día. (…) Hay otra carta de Jeanne, con fecha del 12 de junio, citándome en casa de su madre para el día siguiente por la noche, pero no me sugiere ningún recuerdo concreto. ¡Uno más o uno menos, francamente!
Año 1906.

Sí, tenía razón Proust, la sinceridad de la muerte del recuerdo y, en ello, la del amor que alguna vez significara tanto, pertenece a los terrenos de lo atroz. Con todo eso, esto es lo que hace valiosa la obra íntima de Léautaud que, con la moda actual de la “autoficción,” debería de ser territorio fértil para ser una vez más, muchas veces más, leída y gozada.