Correas de tinta

Ya lo sabe todo aquel que ha intentado escribir un libro o unas líneas decentes: el trabajo no es fácil. O sí lo es solo que no como el escritor quisiera: hay baches, simas y abismos. Aunque hay también montañas, escaladas feroces recompensadas por vistas reveladoras y retorcidas gratificaciones en la forma de un lector agradecido, un inesperado descubrimiento gramatical o narrativo o la imaginación entretejida por sus virutas y espirales. Cada escritor se busca en su ambiente un pretexto para seguir escribiendo o para seguir engañándose. La labor no es fácil, no porque pocos lean, sino porque encontrar una buena historia parece —no me guardaré la lengua porque aquellos que lo han experimentado lo saben— a veces fruto del azar y la casualidad. Aquel que no ha tenido un espasmo literario —de esos que te suben a la cabeza con la velocidad de un escalofrío— para contar una buena historia se está perdiendo una de las experiencias más inauditas del escritor. Es como si la mente del que crea ficción siempre está trabajando en las sombras, elucubrando y tejiendo una revolución de formas y cosas.

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Fue con Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) que descubrí que el azar y la casualidad no solo son materia literaria sino acaso el fragmento perdido de toda creación. Su obra, vasta, revolotea, sin embargo, sobre dos o tres temas que lo obsesionan: uno de ellos, por supuesto, el azar; otro, la muerte; otro, la libertad. Respecto al primero Auster ha logrado conjugar la irremisible tirantez del destino por presentarle al ser humano opciones pasajeras que lo determinan con las decisiones que tomamos una vez que aquellas se presentan ante nosotros. Acaso una de sus mejores novelas, La música del azar (1990), es el encuentro entre dos personas que se dejan llevar por una telaraña de arbitrariedades que los definen. Cuando Jim Nashe decide viajar por todo Estados Unidos —su único destino es pisar el acelerador— conoce a un ensangrentado Jack Pozzi en una carretera perdida. Pozzi, un jugador de pokar algo rebelde con tendencia al más puro instinto de libertad, y Nashe —que ha heredado una cuantiosa fortuna que ha ido despilfarrando a lo largo de su viaje errante— deciden hacer una mancuerna en donde el viejo Nashe le prestará dinero al joven Pozzi para que éste lo apueste todo en una partida contra Flower y Stone —unos tipos clase medieros que, gracias a la lotería, se convirtieron en excéntricos multimillonarios— en la mansión de estos. La partida, por supuesto, contendrá todos los ingredientes que Auster enfila como marca de su literatura: la introspección psicológica de los personajes como un apéndice que delimita su campo de acción pero que a su vez lo expande porque le permite al lector atisbar el camino de los protagonistas; una escritura sólida que no se distrae en elucubraciones sino que apunta directamente a la narración y a la trama y, sobre todo, el esfuerzo de Auster por esconder, siempre que puede, una sensación de falsa seguridad en la que desembocará la narración. El lector que tenga en sus manos La música del azar sabrá de lo que hablo al final del libro.

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A salto de mata: crónica de un fracaso precoz (2012) de corte autobiográfico, aborda, convulsa, las distintas fases del Auster joven para convertirse en escritor: desde su fracasado matrimonio hasta los múltiples trabajos que sobrellevó para sobrevivir y el destino de su primer libro. Aquel que quiera jalarse de los pelos y descubrir las vicisitudes del escritor que lo entrega todo a la ocasión de parecerlo deberá leerlo. Hay un esfuerzo por descubrirse a sí mismo también como fruto del azar y de la casualidad: su obra como una moneda al aire que alguien recogió en pleno vuelo y que ahora le permite vivir de sus libros. Al igual que sus personajes, la biografía de Paul Auster parece constreñida por los encuentros fortuitos que olvidamos pero que poseen un significado secreto, acaso un aliento de vida que en el pasado fuimos incapaces de reconocer. Su narrativa me recuerda a la constancia de las olas: repetitivas, aunque nunca las mismas.

En general, Paul Auster describe las tribulaciones de la vida moderna a partir del espíritu de libertad que al hombre le permite la tecnología, los medios de comunicación, un Estados Unidos que se abre para revelar puertas inadvertidas. Una herencia inesperada, la facilidad por encontrar trabajos de medio tiempo que le permitan sobrevivir, la decisión de entregarlo todo por una búsqueda: así, sus personajes poseen una libertad característica que les permite el vagabundeo como forma capital de entendimiento. Sutilmente, los temas de Auster reverberan en toda su obra narrativa con una capacidad por el mensaje oculto y la vuelta de tuerca que esperemos que suceda. Sus personajes parecen perdidos porque deciden soltarlo todo pero no están desorientados: tienen perfectamente identificadas sus metas y sus aficiones; sus medios y sus guías. Con lo que no están de acuerdo es la manera inmediata de conseguirlos: confían en su propio instinto, las instituciones oficiales son de poca ayuda y los encuentros fortuitos desatan la trama. No se trata de personajes excéntricos ni desbocados sino acaso de hombres y mujeres en continúa negociación con su existencia. Figuras de fondo, sombras, comparsas de la vida a la que la vida les llega en forma de desastres, malas rachas y descubrimientos. Están tejidos con la seda vital de nuestros pasos y penetrados por creencias convencionales a veces llevadas al extremo. En sus novelas hay un punto de quiebre, un instante de decisión vital que mueve el piso bajo sus pies.

Me imagino a Auster constreñido únicamente por sus teclas y no por los diagramas mentales que utiliza: al igual que sus historias, su estrategia literaria es ver la forma detrás de sus historias aunque no adivinar sus detalles. La literatura es improvisación. Todo escritor necesita un sentido de dirección y el de Auster es el pretexto del azar como forma creativa. Resalta su confianza en la historia y en la capacidad de los personajes —en alguna entrevista llegó a decir que sus personajes le dicen qué hacer— para demorar su final mediante la contemplación de sus propias vidas a través del pasado y sus decisiones. Hay una continua reflexión de porque están ahí, de quiénes son y adónde quieren ir. No se trata de novelas psicológicas sino de relatos abiertos a cualquier tipo de providencia. Auster, casi sin querer, nos muestra que nuestras decisiones son artefactos de contemplación que nos animan a entenderlas a través del prisma de la vida diaria que, en cualquier momento, al igual que un derrumbe insospechado, se puede salir de control.

Lo extraordinario de lo cotidiano. Desde ahí se vertebra la vida.