El hecho latinoamericano

¿Qué es una literatura nacional? ¿Acaso es aquella que se pasa en una localidad determinada, que expresa el sentimiento nacional, o la cultura, el lenguaje y la razón de determinado pueblo?

Todas esas preguntas darían una serie de libros, de literatura, antropología, etcétera. No es mi pretensión; sin embargo, quiero ensayar sobre las coordenadas de una brújula de un tipo de literatura transnacional.

Pienso en El juguete rabioso de un Roberto Arlt que camina por la Avenida Corrientes de Buenos Aires que guarda tantas dimensiones simbólicas en sus libros empolvados y sus libreros ríspidos y sus teatros bellos. La comida que huele dentro de la alegría carnavalesca de Gabriela, Cravo e Canela de Jorge Amado. La saga de los vaqueros de Guimarães Rosa. El oligarca ‘Artemio Cruz’ de Carlos Fuentes. El ‘Buendía’ y sus revoluciones fracasadas de García Márquez.

Todas esas construcciones narrativas son parte de lo que se vive en el nacional, de sus dramas, de su olor cultural, que impregna el lector de una realidad llena de sentimientos. Cuando leemos la literatura nacional ajena a nuestro pueblo nos ponemos en la posición de imaginarse parte de aquel drama.

¿Entonces la literatura latinoamericana sería la suma de los hechos de cada país tomado individualmente? En cierto sentido, desde una visión de la unificación de la lectura de latinoamericana como la sensibilidad literaria frente a los sucesos en cada nación. Pero de aquí podemos pensar una sensibilidad europea que al leer diferentes autores latinoamericanos, le da por sentado que somos lo mismo.

Lo que quiero defender aquí es que la literatura latinoamericana es la expresión de un hecho regional frente a la vivencia latinoamericana, de aquello que traspasa a los países; es decir, la vivencia de los hechos latinoamericanos. No necesita vivir en todos los países de la región para ser un personaje o autor latinoamericano. Pero es necesaria la transcendencia del espanto que traspasa nuestra identidad y nos hace interpretar la diferencia como unidad.

Así que no somos lo mismo, somos diversos y el hecho latinoamericano por el latinoamericano es el espanto del argentino con el mundo mexicano. Del brasileño con el salvadoreño. La cisión-unidad de una vivencia y transposición literaria de ello a partir de una lente de aquel que ve mucha semejanza pero también diversidad y eso le causa una grieta subjetiva permanente. Pues así puedo ver el río de la masacre de Sumpul, de ahí mirarlo con otra mirada que la del acostumbrado salvadoreño con el terror. Ya nunca más veré el río de la finca de mi abuela como antes, voy a reconstruir mi identidad con los ríos; y siempre un poco de esa sangre salvadoreña estará presente en mis cuentos sobre ríos. Aunque con un color alegre del rural brasileño o del melancólico platense.

Me acuerdo cuando me preguntaron por qué razón había vivido en América Central, había una pregunta subentendida (“¿Por qué no fuiste a Europa?”). Era y es difícil explicarme, tal vez un día podré hacer la pregunta inversa. Pero cuando miro la pobreza indígena guatemalteca veo la distancia de los hombres vestidos de corvos y su timidez, lejana al brasileño, a la indígena de pies descalzos y no hay como no recordar a muchas campesinas brasileñas, como si fuesen cosechadas y tuviesen raíces. En mi pueblo, por el café con mate, yuca y carne del sur, bien mezclado como nos gusta y en Guatemala hecho solido de la tortilla.

De alguna forma la transcendencia identitaria sería como sí esa tortilla viviera simbólicamente dentro de mis letras, ya no es más la letra llena de alegrías malandras, pero tiene algo nuevo, algo subjetivamente mezclado.

He creado un personaje, ‘el Chileno Falso’, un perfecto mexicano que se creía chileno, que parte de la pandilla más peligrosa y anárquica de América Latina en mi libro Relatos inconsecuentes e historias llenas de culpa, pero este ‘Chileno Falso’ nunca había conocido un chileno, tampoco era mexicano común y corriente, ya que había adoptado un hecho nuevo, un personaje trans en el sentido fuerte del término.

¿No sería la literatura esa forma cambiante de reconocer las subjetividades nuevas y creativas? Ya no basta con contar historias sobre amores heteronormativos y personajes de estética estándar, es necesario escarbar la diversidad en el contar de la aventura humano.

El camino latinoamericano es lleno de piedras que nos parecen hacer saltar hacia un humano fuera de la brújula del norte.

No se anula las identidades, se transcienden volviéndose hacia ellas, adaptando nuevas formas de expresar. Aunque el núcleo de la mirada mantiene reviviendo esas memorias del camino, de la nueva vivienda interna y de las nuevas expresiones lingüísticas (¿portuñol?).

Así esa subjetividad surreal es el hecho de lo nuevo que conecta los hilos mágicos de una región tan cercana y tan lejana. La niña angelical puede volar cómo un onírico reinterpretado por la necesidad de ‘Tí Noel’ de Carpentier hacerse ganso frente a la maldades humanas, pero no apenas la suma de esos símbolos y sí el Ti Noel mirando a la niña angelical y extrañando esa transcendencia, ahora el negro de muchas vidas puede hacer nuevas transcendencias, no mimetizar a la niña y sí usar su recurso mágico para responder a su propia humanidad.

¿Una literatura del migrante? Pero no cualquier migrante, no es aquel latino que se espanta con la modernidad del sajón o del europeo que mira a los tristes trópicos y exporta cabezas de aborígenes como en los cuentos de Augusto Monterroso, pero alguien que se descubre como parte de ese mundo. No son las lentes de los gringos que se ponen sus bermudas tropicales e intentan mimetizar algo que no conocen. Es el movimiento de extrañarse, reconocerse, adaptarse y revolcar su propia subjetividad. Así la literatura no se encierra en su porvenir formalista, pues en cada combinación de elementos culturales hay nuevos colores narrativos, nuevas formas de pintar a sí mismo y el otro, donde veo el cuadro con muchos ojos.

¿Qué estética podría ser un color fuerte latinoamericano? Para mí estaría dentro del color del existencialismo mágico, la reinterpretación del onírico bajo otra brújula. La Rayuela de Cortázar expresaría esa mediación de estilo, aunque de un personaje latinoamericano que va hacia la búsqueda del oro estético en Europa. Pero esa conversa queda para el siguiente ensayo…