Capitanazú y el relojero. Evocación de Raúl Renán.*

Por César Cortés Vega

Sí da magia la fuerza que desprende la música que mira;

gira aquello en que la redondez se apura.

Raúl Renán

I. Darle al clavo

Puntería, me dijo una vez un amigo –en medio de una borrachera que sólo no olvidé gracias a aquella iluminación grabada en mi memoria–, sería pegarle a un clavo con un martillo cuya cabeza tuviese el mismo diámetro que la zona en la que hay que dar el golpe**. Un martillo, pues, de tamaño normal, pero con un extremo de igual dimensión que la cabeza de un clavo. Encontrar ese instrumento, pensé al día siguiente navegando sobre las ilusiones dispersas de la cruda, sería lo complicado. Luego, aprender a usarlo, controlar potencia y puntería con el arresto de un guerrero y, a la vez, con la sutileza de un místico. ¿Quién será capaz, a lo largo de una vida, de portar ambas cualidades, de regular ese equilibrio en uno mismo, de encontrar el reflejo justo, la visión a través del espejo ahumado que devuelva una verdad interior que no nos desvíe o nos produzca gran desasosiego frente lo que no se puede regular tan fácilmente? Porque velar por los asuntos del alma propia –como nombra Marco Aurelio a la autocrítica–, puede convertirse en un espejismo que sugiera el primor del engaño, el impulso que la adaptación consigue en la búsqueda de la palabra eficaz para la comodidad y la mera autocomplacencia.

Así, mientras revisaba textos del recientemente fallecido maestro-amigo Raúl Renán, encontré una frase que contrarresta un poco la angustia de aquella incertidumbre en el libro Parentescos, en un poema llamado con justicia Espejismo doble, la belleza:

…no hay calma en los ojos ni adentro ni afuera (…) existe toda cosa vista tocada revestida por el ver.

El poema, una simple frase, son las palabras que le siguen al pensamiento, sí, pero también la fuerza que tiene dentro de sí lo visto, la energía brotada de quién sabe dónde –acaso de la poesía, acaso del deseo de un saber mayor en el más allá de la cosa o del suceso– el revestimiento que el poeta le da en su mente a una mujer dormida, por ejemplo, o a una máquina o a las sombras en la esquina de un bar. ¿Es, pues, la belleza independiente de la mirada? Así, el martillo y la cabeza del clavo que imagino ahora en este intento de sobriedad reflexiva, son una y la misma cosa, mirada y puntería; una hecha de lo otro y viceversa. Labor de engalanamiento del mundo, la traducción de ensueños que, henchidos de clarividencia pactada en el vacío, nosotros solemos llamar belleza.

Cuando pienso entonces en el acto de comprensión, en la fuerza física y mental capaz de hacernos imaginar que nos hemos apropiado de una cosa —antes un casto algo, y luego propio en la medida de nuestra sublimación—, evoco de nuevo otra frase Raúl que nos dijera a un puñado de talleristas confundidos a principios de el nuevo siglo y que me ha acompañado siempre; hay que encontrar el poema dentro del poema. ¿Será esa la potencia del alma, la fuerza que se necesita para la fuerza –pienso ahora? Porque en realidad es una frase que no sólo es aplicable al poema sino a todo lo que no lo es, a pesar de contener en las entrañas de su integridad la poesía. Hay también que encontrar al árbol detrás del árbol, a la casa detrás de la casa, a la llama detrás de la llama o a la vida detrás de la vida. Hay, pues, que retorcer a las palabras, como decía Paz, para que confiesen por nosotros, para que dejen de mentir, para reincorporar un sentido que se pierde detrás de las falacias que somos y que decimos acerca de las cosas, de los seres contrahechos que las expectativas de los otros han destilado como sabor de existencia configurada de simulaciones. La verdad detrás de la verdad es el perfeccionamiento no del ser en sí mismo, sino del ser de la cosa en nosotros. Es decir; en el imaginario llamado mundo. La fuente de sentido heiddegeriano, el ula-ula que gira alrededor de la cintura de la muchacha, de su vientre maravilloso, del ser dentro de su ser que, si tenemos suerte, podremos alcanzar. Esto me lo sugirió Raúl Renán, digno portador desde este momento del martillo-trofeo que ahora debería yo colocar junto a su tumba.

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II.- El relojero

Las palabras de Raúl siguen siendo mis maestras. Ellas me hacen evocar no sólo la condición de la poesía, sino lo complejo que resulta convertirse en un poeta. Llamados a construir con frases lo que sólo otros poetas comprenden acerca de la poesía, parece ser que nos quedamos irremediablemente solos cuando, por ejemplo, debemos salir al mundo a comprar alguna pieza para reparar el inodoro, que nos muestra con su goteo idiota que lo mundano inunda de sinsentido lo sutil, la levedad que se esconde detrás de lo más funesto. Por ello el carácter jovial de Raúl siempre me intrigó en un hombre de su edad, en tanto que yo intuía, en el paso de los años, la amargura como constatación de que toda estrategia era fallida. Yo, quizá, en aquella época habría reaccionado con necedad, pateando mis propios versos o los de los otros como dándole de puntapiés a monumentos en honor de seres abyectos. Por el contrario, la paciencia de Raúl era la de un monje tibetano: no se molestaba con los versos mal logrados y generosamente corregía, no sin puntualizar errores y carencias. Nunca le vi romper un poema o declararle muerte irremediable. Y esto quizá lo comprendo ahora, porque sabía que no se trataba de un mero asunto de palabras, antes que de afinación de la mirada. El filtro era la corrección, la puesta en limpio de una idea que tenía de por sí su fuerza y su sentido. No había razón para renunciar al acto de creación, porque los poetas respetuosos de la poesía no se entregaban a reivindicar las palabras más que a recomponer la sensación producida por lo natural. Por eso el marco para la sorpresa en los talleres de Raúl era inmejorable. Detrás de los vitrales blancos de la casa Universitaria del Libro se sentaba, ya con el cabello cano, con una hipersensibilidad en las manos cuando tomar los papeles esparcidos en la larga mesa. Sus ojos que se movían de un lado al otro escudriñando las inseguridades de sus alumnos. Alguna vez me imaginé aquel lugar como el interior de un reloj imperfecto que tendría dentro de sí a un relojero preocupado por el mejoramiento de la maquinaria. Su cálculo, el manejo de los engranajes y las piezas dependía de la intuición ganada a fuerza de experimentar con las palabras: cada sistema de tiempo requería un trabajo distinto y orquestar su movimiento armónico era un asunto de respeto –no el conseguido por medio del ejercicio de las buenas maneras, que pasan la sal mientras patean la espinilla debajo de la mesa, sino del que surge de la necesidad, como un acto de purificación en el que una voluntad forzada siempre sobra.

Levedad, pues, en el acto de observación. Aquella a la que nos conmina Italo Calvino a entregarnos en tanto el mundo se acomoda, por el contrario, a una significativa simpleza. La levedad, dice Calvino, es la gravedad sin peso; un pensar que puede hacernos parecer pesada y opaca la frivolidad.

Si le debo algo a Raúl es eso: la comprensión final de que no se está sólo en el acto de creación, de que los otros y lo otro configuran la maquinaria de la mirada y uno es un vehículo, un intermediario entre una fuerza que es más grande que la comprensión, y otra que necesita de ella. Por ello el justo medio para luchar y a la vez ser respetuoso era la entrega a la necesidad del poema como vehículo de la mirada. Nada más importante, porque esa era nuestra única trinchera y a la vez nuestro único templo. Más allá de ello éramos entidades fluctuantes y era, justamente, la levedad la que nos curaba de lo que habíamos sido antes de entrar en su taller: seres del mundo ordinario.

III.- Capitanazú alquimista

Lo imposible posible sucede en el texto. Es cierto que es irrealizable, en el mundo de lo concreto, el ponerle un poco de azúcar a algo, porque fraccionando azúcar dejaría de ser azúcar. El ejemplo lo da Renán en el libro de micro relatos Gramática fantástica:

…pongamos azu a capitán y resulta capitanazú; queda car que tampoco endulza nada.

Así la naturaleza del neologismo o de los idiomas aglutinantes. En realidad no se trata sino de un recordatorio: los hablantes somos, con nuestras palabras, artífices de la lengua y a la vez creadores de cosas y realidades imaginarias que ya nombradas no son tan imaginarias. ¿Será, como afirma el crítico Albert Beguin, que la creación es una especie de predestinación? Ocurre en la mirada quizá lo que luego pasa en el mundo físico, como afirma Renán en el poema que le da epígrafe a este texto. Y si es así, más nos valdría cuidar nuestras palabras (luego entonces no es lo mismo decir Capitanazú que, por ejemplo, Capitáncianur). Eso apenas lo estoy incorporando a mi propio trabajo. Porque hay lugares de la mente a los que es difícil entrar, si no va uno bien armado. La Gramática fantástica de Raúl Renán, es quizá uno de esos libros que pueden usarse a la vez como manual de relaciones. Un código de infinitud, no sólo en la medida en la que puede ser incalculablemente útil ya así como está, sino también a causa de que puede permitir la inclusión de nuevas correspondencias incestuosas entre las palabras.

No podía dejar de decir que este libro me ha servido también para formular mis propios talleres de creación. En ellos me parece fundamental hacerles entender a los participantes que el pensamiento está más allá de las pocas palabras que aprendemos a lo largo de la vida. Lo que nombra la literatura que yo prefiero es aquello que está entre naturaleza y cultura. Lo que no es visible sino por medio de un ejercicio regulado que tiene como fundamento la creencia y, por supuesto, una cierta dosis de carencia de sentido general en la que hemos sido educados. Porque a primera vista parece ser que esta nada en la que nos estamos acostumbrando a vivir, esta vida líquida como la nombra el sociólogo Zygmunt Bauman, estaría justo llena de eso mismo; plena de vacío. Ahí, nos dice Bauman, no hay cabida ni para Héroes ni para Mártires, pues toda mirada está puesta en la inmediatez, en lo cambiante e incorpóreo. Puedo decir, en todo caso, que las ediciones y las palabras y la presencia de Raúl me sirvieron para flotar un momento antes de que todo esto se concretara, como un suspiro, como un hálito que me permitía estar más allá de lo líquido, no desde su antípoda en una especie de resistencia polar que suele ser maniquea, sino justo desde la flexibilidad, desde el entendimiento de que –para decirlo en los mismos términos del Raúl alquimista–, era necesario transmutar lo líquido justo a través de lo líquido. De nuevo, el poema dentro del poema.

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Notas

* El texto publicado acá con algunas modificaciones que dependen del momento presente, fue leído en un homenaje en honor a Raúl Renán realizado en la Casa Universitaria del Libro en el 2008.

** Este lúcido comentario se lo debo a Daniel Vivanco, también fallecido en el 2015, amigo de pensamiento vivaz e intensa  permanencia en el mundo.