Sobre Fanny Hill, de John Cleland

Fanny Hill. Memorias de una mujer de placer, es una de las novelas eróticas más célebres y prohibidas de un género, de por sí, siempre proscrito. Su autor, el británico John Cleland, nacido en 1709, fue un escritor mediocre cuya única obra sobresaliente fue esta que nos ocupa.

De Cleland se tienen pocos datos biográficos: fue cónsul británico en Esmirna y formó parte de la East India Company antes de volver a Inglaterra arruinado y vivir desde entonces en la miseria. Sus deudas frecuentes lo llevaron en varias ocasiones a la cárcel en dónde, se cree, redactó la primera parte de la novela, que también pertenece al desaparecido género epistolar y que está dividida en dos largas cartas. El manuscrito fue vendido por imperiosa necesidad económica –había sido escrito por encargo-, en la bicoca de veinte guineas de la época. Ralph Griffiths fue su primer editor y publicó bajo el seudónimo de G. Fenton.

El carácter obsceno de la obra lo convierte en un primitivo bestseller y lleva, momentáneamente y, a pesar del seudónimo, al editor y al autor a la cárcel por el siempre hipócrita acto de la censura. Durante 200 años el libro conocería el destino de las ediciones prohibidas, no pudiéndose publicar en Estados Unidos hasta 1963, en México en 1969 y en Inglaterra, su país de origen, hasta 1970. Sería la edición mexicana la que se conocería, de forma clandestina, en la España franquista a pesar de ser en este país donde primero se publicó, en 1927, y de cuya tirada no sobrevive, al parecer, ni un solo ejemplar.

En la novela, Cleland se hace de una voz femenina, la de ‘Fanny’, que se encarga de narrar a otra mujer sus memorias. La protagonista se presenta así: “Mi nombre de doncella era ‘Frances Hill’. Nací en un pequeño pueblo cercano a Liverpool, en Lancashire, de padres muy pobres y, según creo, muy honrados“. En la Inglaterra del Siglo XVIII el lector comprendía: Frances era el nombre más habitual entre las prostitutas y su hipocorístico “Fanny” era el eufemismo para nombrar a la vagina, mientras su apellido, “Hill”, traducido literalmente al español como “colina”, designaba a los senos.

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A los quince años ‘Frances’ pierde a sus padres durante una epidemia de viruela y se encuentra camino de Londres, acompañando a una mujer mayor, ‘Esther Davis’, que pronto intenta deshacerse de ella en la gran urbe. ‘Frances’ acude a una oficina de colocaciones de manera infructuosa. Ahí la descubre una mujer, ‘Mrs. Brown’, engalanada con terciopelo en pleno verano, que la desnuda con la mirada y le ofrece un hogar. La ingenua muchacha es conducida al salón de la casa, al cual: …decoraban dos espejos de pie dorados y un aparador, sobre el que unos pocos platos ostentosamente dispuestos me maravillaron y convencieron de que había entrado en una casa de buena reputación.
Se le hace ver que ella no será una simple sirvienta en dicha casa, sino una compañera que, al principio, se encargaría de la ropa blanca y es asignada a la sirvienta, a quien se le recomienda tratarla con la mayor consideración. Tras una cena inicial es conducida a su habitación por ‘Miss Phoebe’, a quien ‘Frances’ calcula en unos diez años mayor que ella y que, una vez solas, prácticamente la desnuda, se mete a la cama con Frances y la colma de caricias impúdicas, que nuestra inocente y pueblerina heroína toma por una cortesía o una amabilidad típica de la capital. Al día siguiente, despojada del poco dinero que llevara encima con el pretexto, por parte de ‘Mrs. Brown’ de guardárselo, y ataviada con un lujoso vestido, es presentada a un supuesto primo de la dueña de la casa, un hombre feo y mayor que se sorprende del casto beso de saludo que ‘Frances’ le ofrece en la mejilla. El hombre, al contrario, la toma y la besa apasionadamente en la boca. Una vez en su cuarto ‘Frances’ lucha con el sujeto al grado de desfallecer las fuerzas del hombre y evitar la pérdida de su virginidad, que había sido vendida por el precio de 150 guineas, con 50 como adelanto.
Poco después el falso primo, que obedecía al nombre de ‘Mr. Crofts’, es arrestado y multado con cuarenta mil libras por actividades ilícitas como el contrabando. Ante esto ‘Mrs. Brown’ ve perdidas las cien guineas que aquél le debiera y decide convencer de una vez por todas a ‘Frances’ de entregarse a la vida que le tiene destinada. Para esto hace desfilar a todas las pupilas de la casa a fin de convencerla. La treta surte efecto y la niña campesina ve cómo sus pocas defensas de pudor se “derriten como el rocío bajo el sol”, tiene la libertad de moverse por toda la casa, bajo la condición de no recibir visita alguna hasta la llegada del ‘señor B.’, de Bath, a quien ‘Mrs. Brown,’ en atención a su probada generosidad ante estos casos, le había propuesto que tomara esa codiciada joya que yo poseía, a la que se atribuye tan alto valor imaginario. Mientras tanto ‘Frances’ es testigo de una escena sexual entre ‘Mrs. Brown’ y un joven soldado de caballería, alto, moreno, moldeado como un Hércules.
La chica, perturbada y excitada, ya en su cama, sueña y se toca íntimamente; le cuenta lo que ha visto a una divertida ‘Phoebe’ y esta le hace ser testigo de otra escena sexual entre ‘Polly’, otra de las chicas de la casa, de tan sólo dieciocho años y un italiano de veinticinco, mientras espían por la rendija de la puerta. La razón obvia es la de despertar la curiosidad carnal en la muchacha.
Al poco tiempo ‘Frances’ conoce a ‘Charles’, un joven apuesto a quien sus compañeros han jugado una mala pasada, dejándolo en el burdel, borracho. En un hotel cercano ella, por fin, pierde la inocencia con este joven y se enamora. ‘Charles’ saca a ‘Fanny de la casa de ‘Mrs. Brown’ y la lleva a vivir con él. La novela no carece de pasajes decididamente melodramáticos, como el aborto sufrido por ‘Fanny’ mientras su amado ‘Charles’ es secuestrado, por orden de su propio padre, y conducido a bordo de un barco a modo de castigo; conoce a otro hombre, se entrega al sexo descarnado con los sirvientes, ingresa en otro burdel, alcanza la riqueza y se rencuentra, por fin, con ‘Charles’.

La novela, la obra erótica más censurada de la historia, superando cualquier prohibición impuesta a las letras del Marqués de Sade, ha sido llevada al cine varias veces, entre estas en la notable Los burdeles de Paprika, por parte de uno de los directores más afamados, dedicados al género del erotismo, el italiano Tinto Brass, en 1991. La intención del cineasta, en un principio, era adaptar fielmente la novela, al no poder realizar dicho proyecto situó el hilo básico de la historia en la Italia de los años ´50s, aunque conserva, en lo general, muy poco del original.