Retratos por Carla Pereyra Sime

espejo

Es cosa de esperar al día de pago para pedirlas. Cuánta satisfacción, cuánto bienestar siento cuando mando a imprimir fotos antiguas y las pongo en marquitos alrededor de la casa. Aquí todas las cosas tienen su lugar establecido, pero los cuadritos errantes, coloridos, tienen esa locurita y esa frescura que cada hogar necesita.
Cuando paguen también me compraré una crema para las arrugas de la frente y me cortaré un poco el pelo. No me complace verme fea frente al espejo. Las heroínas son jóvenes y tienen el cabello largo, en capas y lacio. Lástima, yo tengo ondas y dicen que no me queda bien la melena larga, así es que siempre la mantengo a la altura de los hombros. Me miro y me miro tratando de encontrarme algo bonito, algo que llame la atención, pero es inútil. Hace días, no, hace meses que es inútil. Por eso no me tomo selfies y no los comparto, prefiero que se queden con mi imagen juvenil del pasado.
Él dice que me veo bien, que le gustan mis tetas. Creo que es lo único que le gusta de mí. Cuando yo me las toco no siento nada. Quisiera saber qué es lo que siente él, si realmente es alguna sensación o es sólo una costumbre, como tantas cosas que hace. No me gusta esa tos que tiene. No me gusta que se aclare la garganta como si tuviera flema. Me da asco. Tanto como verlo en su sillón reclinable. Luce detestable siendo tan alto, sentado en esa silla con las patas arriba. Se ve grotesco. Los dedos de sus pies son demasiado gruesos.
Le admiro que no sienta vergüenza. Yo trato de esconder las cosas feas que tengo. Ya dije que no me tomo fotos. Hablo poco para que mi voz chillona no sobresalga. Sonrío apenas para que no se noten mis dientes torcidos. Él, en cambio, es capaz de ignorarme todo el día y de pronto pasearse desnudo frente a mí, con el pene encogido y los pechos colgando, hacer un baile tonto para provocarme una sonrisa y convencerme de hacerlo. Así es él. Así soy yo. Así vivimos.
Las fotos antiguas almacenadas en mi vieja laptop son mi alegría. No sólo son buenos recuerdos, sino que además son la prueba de quién era yo, de lo linda que lucía. Hay una en particular donde se me ve sonriente, sin enseñar los dientes y con un cabello liso que debe ser de peluquería. Llevo un vestido turquesa y sostengo una copa de vino blanco. Estoy en una fiesta. ¡Esa! Esa foto la quiero imprimir para colocarla arriba de la chimenea, junto a las de mi matrimonio y a las de mis hermanos. La pondré en el centro.
Sentada encima de mi cama, me pierdo en el universo pensando el tipo de marco que compraré para mi retrato estrella. Blanco es el color de moda para decorar, aunque creo que me veré mejor en plata. El sonido que hacen los resortes de la silla reclinable cuando él se levanta me saca de mis cavilaciones. Se me pone la carne de gallina, ya viene. Rápidamente cierro mis archivos con la esperanza de hacerme la dormida, pero la distancia de la sala a la habitación es muy corta y él me pesca colocando la laptop encima de mi escritorio.
–Justo me iba a acostar–, le digo. Me acerco a la cama, levanto la almohada, agarro mi pijama y me dirijo al baño. Entro y no me demoro ni un minuto. Al salir, lo veo ya metido bajo las sábanas.
– ¿Por qué no te cambias delante de mí?–, pregunta.
–No sé–, contesto.
–Ni siquiera me dejas que te mire, ya que no me permites tocarte.
–No es así.
–¡Pero si nunca quieres!… Ya no me deseas, ¿verdad?
Quisiera decirle que tiene razón. Que no me gusta su pecho flácido, sus dedos gruesos, su aspecto de abuelo malo en la silla reclinable. Que menos me gusta que tenga esa tos como de perro y que no se haga ver por un médico a ver si se le quita. Pero lo que más me molesta es que nunca me mire nada excepto las tetas.
–No es eso, es que siempre me buscas cuando estoy cansada–, respondo en vez.
–Anda pues, se buenita, ven aquí…
No quiero que me penetre ni que me toque los senos, pero pienso en los marquitos y en mis fotos y en que si nos peleamos no voy a poder imprimirlas ni enmarcarlas. No voy a querer hacer nada por este hogar que es suyo también. No puedo hacer una casita feliz cuando él no me habla. Por eso me acuesto a su lado y le ofrezco mi pecho. Cierro los ojos. Quisiera rezar para que acabe pronto, pero no sé si es correcto. Trato de no pensar mientras suelto unos leves gemidos. No sé ni por qué lo hago, no sé si él los perciba. Tal vez lo hago por manía, por costumbre.
Se sacude fuerte dentro de mí y luego se queda inmóvil y mudo. Me alegro un poco. Se levanta y se va al baño, mientras yo recojo mi camisón y me lo pongo. Sale, me toma la cara con sus manos gigantes y me da un beso en los labios. Me mira y me dice que me ama. A mí me da risa.
–¿De qué te ríes?–, pregunta.
– A veces me haces reír.
–¿Y qué cosa de mí te da risa?–, me dice ladeando la cabeza como un cachorro confundido.
Y yo en vez de inventar algo agradable o cambiar de tema, suspiro y me pongo a llorar.
–Oye, que te pasa. Te ríes, lloras. ¿Qué tienes? ¿Mi pene te ha puesto bipolar…?
Como de verdad no sé qué responderle, lo esquivo y me encierro en el baño. Pienso que va a tocar la puerta inmediatamente. No lo hace. Pasan unos cinco minutos antes de que me pregunte si estoy bien. Me miro al espejo. Tengo esas arrugas horribles en la frente. Pero no es lo peor, con ese camisón de florecitas, con el pelo sujetado en una cola que ni el sexo ha podido aflojar, me descubro convertida en la perfecta pareja de ese joven esposo mío que parece un anciano, se ahoga de flemas y levanta las patas en esa silla reclinable asquerosa. Nada está bien.
Me odio. Lo odio. Diviso la bandeja de vidrio con mis perfumes y los tiro al suelo. Lo hago despacio, por lo que hacen ruido, pero no un escándalo. Él grita que lo deje entrar, toca fuerte. Ahora tomo la bandeja y la golpeo contra el lavatorio, de manera que logro partirla en varias partes. Escojo la que me parece más puntiaguda y busco valor para cortarme las venas. Dudo. Entonces, él abre la puerta de una patada. Chilla, se encoje, seguramente se ha cortado los pies descalzos con los restos de los frascos rotos. Igual se me acerca y me pide que le entregue el vidrio que tengo en las manos. Le contesto que no y que se vaya. Insiste. Sube la voz. Ya no le voy a hacer caso. Forcejeamos, logro herirlo en el brazo. Se cae. Empieza a decirme cosas que no entiendo, me pregunta por qué. Se soba, lloriquea, casi se ahoga con su tos y creo que me pide que me calme. Deseo que se calle. ¡Tiene que callarse!…

No sé, pero ahora que me solté el pelo, me siento hermosa. El delineador de ojos corrido, los cabellos desordenados y la sonrisa que tengo me hacen sentir como Courtney Love, toda una anti heroína de los noventa. Vuelvo al cuarto dando saltitos para esquivar la sangre y los vidrios y agarro su IPhone para tomarme un selfie. Al fin valdrá la pena hacerlo. Va a resultar una foto linda que colocaré en un cuadrito hermoso. Mejor, que esa vaya al centro.

*Carla Pereyra Sime, peruana, comunicadora social, vive entre las nubes de Denver, Colorado. Persona tímida con tendencia a exagerarlo todo. Cuentista desde siempre. Escribe relatos para adultos y también para niños. Ha publicado un cuento en la antología Maldito amor mío (Signo Tres) y tiene un blog