Sábado, Brasil , por Miguel Ángel Hernández Acosta

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Estuve enamorado de mi padre hasta los 12 años en que él murió. No sabía grandes cosas de él, sólo las que mamá decía cuando estaba enojada, mismas que yo no creía del todo. El divorcio para ella había sido una maldición y día tras día se encargaba de decirle al mundo que la vida era mala. No era cierto, pero ella era de izquierdas y ya se sabe cómo les gusta el melodrama a ese sector de la clase media alta.

Mi padre, por su parte, era uno de esos hombres que es feliz teniendo dinero para invitar una ronda en la cantina, para comprar los libros que amaba y para hartarse de cigarrillos. Además, cada que me tocaba pasar un fin de semana con él, se esforzaba porque me divirtiera más que nunca y era capaz de hacer cosas ridículas con tal de verme sonreír.

Su casa, un departamento de una habitación con una pequeña sala, cocina y baño, estaba repleto de ceniceros con colillas amarillentas de tanto tiempo que habían pasado sin que las tirara a la basura y aunque procuraba mantener en orden muchas cosas (los ensayos que siempre estaba escribiendo, el par de trastes que poseía, la poca comida que guardaba dentro del refrigerador y el detergente con que despercudía su ropa), por toda la casa uno encontraba pequeños montones de libros que habían caído ante el peso de demasiados ejemplares mal acomodados.

Entonces, a finales de la década de los sesenta, su pelo era lacio y delgado, de color castaño claro y, quizá porque era investigador universitario, nadie se fijaba mucho en su apariencia (gafas de un café oscuro, pantalones de mezclilla ligeramente acampanados y camisas que llevaba desabrochadas hasta el segundo botón superior). Tenía, además, una forma especial al hilvanar sus discursos con aspavientos que lo hacían parecer un poeta.

Mamá decía que a él le interesaba los libros más que su familia y aunque nunca atribuyó su separación a esto, cuando se trataba de hablar de literatura ella terminaba maldiciendo a cuanto autor se le pusiera enfrente. Tal vez ese odio fue el que me mantuvo lejos de los gustos paternos, a no ser por aquel inicio de 1968 en que lo acompañé a Brasil en busca de Maria da Costa, una mujer joven, de cuerpo carioca, que había entrado en contacto con él debido a uno de los autores que papá estudiaba.

Fue a mediados de enero cuando hicimos el viaje. Mamá se había opuesto durante más de cuarenta días y de no haber sido porque ella debía viajar a un congreso y no tenía con quién encargarme, seguro nunca hubiera consentido.

Papá estaba feliz cuando tomó mi mano en el aeropuerto. Sonreía como si en lugar de viajar con su hijo pequeño, fuera yo su mejor amigo de la adolescencia y se dispusiera a vivir una de esas aventuras de road movie. Mi madre, en su elegante traje sastre color crema, con sus gafas doradas y su melena rubia y enchinada, se despidió de mí con un beso y se fue de prisa porque también debía abordar su avión.

Durante las horas de vuelo mi padre me explicó un poco en qué consistía el viaje: a mediados de noviembre del año anterior un escritor muy importante en Brasil había muerto. Su nombre tenía algo que ver con flores o al menos así lo recuerdo yo. Maria da Costa, una de las asistentes en la oficina que había trabajado aquel hombre, había descubierto unos papeles escritos en español y debido a que algunos meses antes se había presentado un escritor mexicano en la oficina de su jefe pensó que a alguien de nuestro país podían interesarle. No era mucho más que una carta de presentación en donde se asentaba el nombre del escritor mexicano (Juan algo, Rulfo o García Ponce me han dicho a quienes les he platicado esta anécdota) y varias hojas escritas a máquina que según dijo el mexicano, eran parte del manuscrito de un libro que entonces escribía y que deseaba compartir con el brasileño, a quien admiraba profundamente.

Pensando que aquello sería de más utilidad a un mexicano que para la familia de este señor Rosa, o algo así, Maria da Costa decidió buscar a un interesado para entregarle aquellas hojas. La casualidad hizo que su llamada telefónica, que ya había pasado por la embajada brasileña en México, el ministerio de cultura y varias oficinas universitarias, cayera en el cubículo de papá. No sé, sin embargo, por qué no devolvieron esos manuscritos a su autor.

Mi padre estaba excitado mientras me platicaba aquello, aunque seguro en la mirada se me notaba la incomprensión de ese mundo que siempre estuvo vedado para mí.

Al llegar a Río de Janeiro nos dirigimos de inmediato al hotel y ahí esperamos varios días, tirados en las tumbonas alrededor de la alberca, donde papá jugaba conmigo hasta las doce del día, cuando religiosamente (aunque él no lo fuera) tomaba uno de los libros que llevaba consigo y empezaba a leerlo con tal atención que el mundo ya no existía sino en medio de aquellas páginas. Yo, que siempre fui tímido, me quedaba pataleando un rato en la piscina y cuando me hartaba del agua, me envolvía en una toalla y dejaba que una palapa me cubriera del sol y me iba quedando dormido.

No sabía exactamente cuánto tiempo pasaba, sino cuando papá me despertaba con un beso en la frente y me invitaba a comer sándwiches que ordenaba para mí junto con una coca cola, pues sabía que no me gustaba experimentar en cuanto a comida.

Por las tardes me llevaba a pasear por las calles de Río. De aquel tiempo conservo la imagen de papá sobre unas sandalias color azul marino, un short color claro y una playera muy pegada a su cuerpo delgado de la que salían un par de picos pequeños que hacían la función de cuello de camisa. Del paisaje poco recuerdo, si acaso algunas calles de las que nunca he vuelto a oír sus nombres y los cuerpos de algunas brasileñas que me hacían darme cuenta que estaba a un paso de llegar a la adolescencia. La memoria es así y para mí Brasil era una mezcla de Acapulco y Puerto Vallarta. Quizá no haya nada menos semejante, pero yo era niño y entonces no me interesaba el turismo, sino estar con el padre a quien amaba y a quien poco veía.

De noche, salíamos al balcón de nuestra habitación en el hotel y mi papá me sentaba en sus piernas, me acariciaba el cabello y me hacía cosquillas mientras me contaba cuentos de hadas, de monstruos, de gigantes, de niños perdidos en bosques… Una de aquellas noches le pedí que me contara del escritor muerto por el que estábamos ahí. Papá, quien por su apasionamiento me confundía con un conocedor de la literatura, empezó a citar fechas y nombres, algunas palabras en portugués y aquella anécdota del miedo que tenía ese señor algo Rosa, sí, así se apellidaba, de llegar a la Academia Brasileña de Letras. Fascinado por lo poco que había comprendido, le pedí que me leyera algo de ese escritor. Hoy no recuerdo qué libro era aquel, no recuerdo ni siquiera el nombre exacto del autor (ya no me interesa saberlo), sólo recuerdo que la historia hablaba de un padre “cumplidor” del que nunca volvían a saber los hijos.

De ese entonces tengo en mente ya pocas cosas. La memoria disfraza nuestro olvido en lugar de reforzar nuestros recuerdos. Sé, por una foto que conservo de aquella época, que mi padre se bronceó de más y los hombros los tenía prácticamente en carne viva; sé que en algún momento de nuestro viaje nos reunimos con jóvenes brasileños que fumaron y bebieron con mi padre varias de las noches en que esperábamos la fecha para ver a Maria da Costa y sé que en la habitación del hotel había decenas de libros en español que papá había llevado a aquel país y que regalaba a la menor provocación a aquellos jóvenes que parecían siempre estar conspirando o contando secretos que nadie debía saber. Ahora no recuerdo, sin embargo, de dónde conocía mi padre a aquellos jóvenes, ni si la palabra revolución la repetían más que poesía, y menos aún si en algún momento escuché algo sobre la palabra dictadura, preguntas insistentes que tuve que responder días después. Mi madre, al morir papá, se deshizo de todas sus cosas y por ello es imposible saber si en ellas habría podido obtener respuesta a alguna de mis interrogantes. De ese desprendimiento material aún tengo en la memoria que mamá alquiló una camioneta y la llenó con las pocas cosas y muchos libros que había en el departamento de papá y durante un día nos dedicamos a recorrer la ciudad, yendo a sitios donde nos compraron por una bicoca los libros; donde casi se apiadaron al darnos unos pesos por la ropa de papá, y ya de tarde en La Lagunilla nos aceptaron en paquete los electrodomésticos a cambio de unos cuantos billetes. No sé qué hicimos con el dinero, si mamá lo ocupó para pagar las deudas que habían ocasionado su ida a Brasil; no lo sé porque de ese tiempo sólo me interesa guardar un recuerdo.

La mañana del sexto día que estuvimos en Río de Janeiro mi padre se arregló con un traje color crema y unos zapatos blancos. Se veía más alto de lo que era y el haberse afeitado lo hacía lucir tan guapo como en las fotos de boda que mi madre guardaba debajo de su colchón. Esa mañana me llevó a desayunar a un pequeño restorán para turistas que había en la planta baja del hotel y desde entonces la felicidad para mí es un plato de papaya rebanada con limón y azúcar rociada. También almorzamos huevo y un jugo de alguna fruta que nunca he vuelto a probar. Luego salimos de ahí y recorrimos muchas calles caminando, con el sudor en la frente y en todo el cuerpo, andando bajo un sol que a mí me hacía ver todo de una forma diferente. Tal vez no era el sol, sino ir de la mano de mi héroe. Después de un buen rato llegamos a un edificio enorme, con cuatro columnas al estilo romano, y ahí, en un silencio de los que preceden las cosas importantes, entramos a la biblioteca en donde vimos por primera vez a Maria da Costa, quien por mostrarnos la parte cultural de Rio había citado a papá en ese lugar.

La mujer se deshizo en atenciones con nosotros, me dio un beso en la mejilla y su olor a frutas y su piel suave hizo que por años buscara una novia que se le pareciera. Después de un recorrido por las varias salas que conformaban la Academia Brasileña de Letras, por fin le entregó a papá unas cuantas hojas y él, nervioso, las empezó a leer olvidándose de todo. Creo que de haber podido habría gritado o lanzado una de esas expresiones jubilosas que hacía decir a los protagonistas de los cuentos que me contaba, sin embargo sólo se pegaba aquellos documentos al pecho y pasaba las hojas queriendo conocer todo lo que decían en un solo vistazo.

Comprendiendo que ella y yo estábamos de más en ese lugar, Maria da Costa me llevó por unos dulces y sin darse cuenta de lo que su cuerpo provocaba en el mío, me sentó en sus piernas y comenzó a hacerme cariños creyendo que yo tenía menos años de los que aparentaba mi menudo cuerpo.

Después de no sé cuánto tiempo papá apareció con cara de preocupación en el lugar donde nosotros estábamos. Lo vi suspirar aliviado al verme, aunque Maria nunca se dio cuenta del hecho. Mi padre le entregó una carta que la Universidad habían enviado a las autoridades brasileñas y salimos de ahí.

Tomamos un auto de alquiler para llegar pronto al hotel. Mi padre me llevó a la alberca y mientras fingía verme jugar, leyó de un solo tirón aquellas hojas. Se le veía excitado y radiante, como si ante sí tuviera un tesoro. Y quizá lo tenía, pues a la hora de la comida, ansioso por compartir con alguien lo descubierto, me contó de qué trataban esas hojas, del escritor mexicano que las había escrito y de lo valioso que era ese descubrimiento. Dijo que era un fragmento de un libro que todo mundo esperaba desde hacía muchos años, pero que su autor (Rulfo, sí, pudo haber sido Rulfo) se había negado a publicar. Añadió que de lograr que el autor autorizara la publicación de ese manuscrito, la carrera de mi padre se iría las nubes al haber conseguido lo que ni editores entusiastas intentaron sin fin de veces. Luego hizo algunas llamadas a México y a pesar de que no era su costumbre, lo escuché decir más groserías que nunca en su vida. Estaba jubiloso y parecía que las palabras no le alcanzaban para expresarse.

Por la tarde volvió a las hojas una y otra vez y apenas leía, dejaba ver una sonrisa tonta, saboreando lo que él creía que pronto vendría.

Esa noche, era sábado, fuimos a un restorán cercano y probamos un guiso de frijoles con carne de puerco, tocino y chorizo. Papá dijo que aquello era típico comerlo en Río de Janeiro. Después mi padre comenzó a beber y lo que empezó siendo gracioso terminó en un desastre: un mexicano que gritaba jubiloso en español y que desquició a un hombre que estaba sentado junto a nuestra mesa. Comenzaron los gritos y mi padre, con su escaso portugués, quiso defenderse, pero de nada valió que yo intentara llevármelo de ahí, ni que el gerente del lugar me ofreciera con señas dejarnos ir; el hombre (alto, rubio, fornido) insistió, o eso creo, en que las cosas sólo se resolverían a golpes, así que empezó a pegarle a papá que de tan borracho ya ni siquiera podía defenderse. Por cierto, fue la única vez que vi ebrio a papá. Pronto llegó la policía y nos llevaron a una comisaría de la cual salimos tras los testimonios a favor de los testigos. Mi padre mantuvo todo ese tiempo una súplica en su mirada, con la que me insinuaba su arrepentimiento. Yo no paré de llorar, porque era, a fin de cuentas, un niño mimado de mamá y no sabía qué más hacer.

Después del altercado, ofrecieron llevarnos al hotel y no fue sino cuando nos dejaron en la habitación cuando todo pareció ir mejor. Sin embargo un policía con iniciativa entró a nuestra habitación argumentando que quería ver Río de Janeiro desde esa altura. Vio los libros que papá había llevado al viaje regados en la cama y seguro alguno le pareció sospechoso.

He llegado a pensar que la dictadura brasileña, las latinoamericanas en general nutrieron sus temores del desconocimiento de miles de personas como aquel policía, quien empezó a hacer llamadas, a esculcar la habitación y a impedir que nosotros hiciéramos cualquier cosa con tal de ganarse el favor de su jefe. Mi padre tartamudeaba frases en su vago portugués, gritaba maldiciones en español, pero nada valió para que después de unas horas nos recluyeran en una habitación blanca de donde se llevaron a papá y nunca lo volví a ver.

Después de varias horas en que a mí me trataron como si fuera el hijo consentido de alguno de ellos, vino un militar y empezó a interrogarme. Me preguntó a qué habíamos ido a Brasil, cuándo habíamos llegado, con quién nos habíamos reunido, me mostró fotos de jóvenes a quienes no habría reconocido así los hubiera visto un minuto antes. Cada que empezaba a llorar, me abofeteaba y me decía palabras que a veces me sonaban a algo conocido, pero la mayoría de las ocasiones no eran sino sonidos rítmicos que no me decían nada.

Por fin llegó un representante de México y me repitió en español todas las preguntas hechas por el militar y pude responder lo que sabía. Mi madre llegó dos días después, cuando yo ya temblaba a todo instante y dormía sin parar debido a que el llanto, los nervios y el miedo me habían hecho olvidarme de todo. Recuerdo que al verme corrió a abrazarme y se soltó a llorar sin decirme nada. Me apretujaba y sollozaba culpándose de lo que me había pasado: “por qué te dejé venir”. Y entonces empezó a mentirme en lo que haríamos apenas saliéramos de ahí, en lo bien que la pasaríamos al llegar a México; me dijo que nunca más nos separaríamos y me prometió que nunca permitiría que volviera a pasar por una situación como esa.

Me acuerdo que el funcionario mexicano que había estado conmigo todo ese tiempo se acercó a ella y la llevó hasta la puerta, donde le habrá comunicado la muerte de papá, pues su cara de asombro se volvió un derrumbe del que no salió ni aun cuando ya habíamos regresado al país, rematado las pertenencias de papá y vuelto a la tranquilidad de la casa. Los cargos contra mi padre eran de asociación delictuosa, reunión clandestina con dirigentes guerrilleros, así como posesión de drogas. En una historia que hoy todavía me resulta inverosímil, las autoridades brasileñas dijeron que, al verse con oportunidad, mi padre había querido escapar y no habían hallado mejor forma de detenerlo que disparándole 15 balas en su bello y delgado cuerpo, que quedó desfigurado de tal modo que mi madre optó por la incineración inmediata. El estado brasileño se negó a darle sepultura a ese hombre que pretendía desbalancear su orden y progreso y tras innumerables trámites en los que la embajada mexicana no apoyó a mamá en gran cosa, terminamos por abandonar el cuerpo de papá para que ellos hicieran lo que quisieran. Si nos lo habían arrebatado vivo, para qué lo queríamos muerto.

Por semanas entré en un mutismo que ni los cariños fingidos de mamá pudieron sacarme. No fue sino cuando llegó al antiguo departamento de papá una carta desde Brasil cuando mi vida pudo reiniciar. Un estudiante a quien le interesaba la literatura mexicana y quien había ido a visitar a papá al hotel para hablar de la novela de la revolución le había enviado aquella foto que en algún momento tomaron. Mi padre lleva el torso desnudo y por eso adivino que el sol le había destrozado la piel. Los jóvenes alrededor fuman y beben en una especie de brindis. Al fondo de la escena yo juego al tonto y con los dedos me forzó a tener una cara de tristeza jalando la comisura de mis labios. Sin embargo, mis ojos se ven felices, mi cuerpo se ve ligero. Papá es el gran dios que siempre fue y posa al centro de la imagen. Entonces, como si viniera del corazón, de las entrañas, de la impotencia, recuerdo esa última tarde que pasé junto a papá y empiezo a repetir (como si tuviera delante de mí esas hojas que hicieron tan feliz a mi padre) las frases que una y otra vez leyó en voz alta y que han de haber terminado en un expediente judicial carioca: “Rutilo Castelares se fue por la cordillera que baja a la tierra yerma. Estaba cansado de tanta revuelta infructuosa. La bola andaba por todos lados, menos por acá. Se había secado el pueblo y era hora de reverdecer”.

Entonces no observo más la foto, sino que miro a papá sentado en una tumbona fuera de la alberca, sonriendo con esa mueca fácil y tonta que siempre lo caracterizó, y lo veo feliz, soñando con convencer al autor mexicano de publicar aquel fragmento. Yo, en la alberca, también estoy feliz. En ese instante amo a mi padre que es grande, es el mejor, es inmortal…, aunque falten pocas horas para que unos malditos brasileños me demuestren lo contrario.

*Miguel Ángel Hernández Acosta (Pachuca, 1978) es autor de la novela Hijo de hombre (2011) y colaborador de SupledeLibros.