Los crímenes que son nuestros

La dimensión de la violencia latinoamericana encuentra su expresión en una constelación de vehículos que la representan con la urgencia de las estaciones del año. Parte del esfuerzo por entender la dimensión castigada por el crimen y la impunidad y sus efectos viene de la literatura policiaca latinoamericana, la cual tuvo que encontrar sus propios caminos para distinguirse, en lo esencial, de esos detectives del género clásico que usaba la inteligencia y la intuición para restaurar un orden burgués largamente fracturado por las acciones del enemigo (García Talaván 81). Ese primer tipo de literatura decimonónica encontraría su desarrollo en los treintas y cuarentas del siglo XX con las modificaciones que Dashiell Hammet y Raymond Chandler introducen con “un realismo crítico que denuncia el mal estado de la sociedad en un momento determinado” (García Talaván 72).

Como tantos otros géneros, parecería que la incepción de la literatura policial en América Latina, a través de las traducciones de autores como Edgar Allan Poe, Wilkie Collins o Emile Gaboriau (Martín Escribá y Sánchez Zapatero 50), tenía que encontrar su propia metamorfosis a partir de su propia realidad. Imposible no pensar en José Martí como modelo ideal de construcción latinoamericana y extender su ejemplo para pensar en lo que está en juego aquí. Lo que llamo el pensamiento originalista de Martí lo encontramos en su ensayo “Nuestra América”, es decir, un intento de pensar en nuestras condiciones históricas para reproducir modelos que nos convengan: encontrar soluciones locales a problemas locales a partir de un esencialismo latinoamericano que no niegue lo extranjero pero que tampoco lo abrace. Así, podemos pensar en la novela policiaca latinoamericana como un intento originalista para traducir y representar nuestros crímenes en nuestras sociedades sin dejar de lado los modelos fundacionales del género. O sea: que los crímenes sean nuestros. Recorrer la historia de la literatura latinoamericana bien puede ser también el recorrido por la esperanza de encontrar, cara a cara, un espejo propio que nos refleje. Este género no podía ser la excepción.

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La literatura policiaca latinoamericana tuvo que desarrollar su propio camino en medio de sociedades poco democráticas donde las fuerzas del orden eran más bien cómplices del terror que restauradores de la paz. En el caso mexicano, por ejemplo, como continuadores de un aparato político único enmascarado por intermitencias de culpa democrática, como reformas electorales o partidos de oposición. De acuerdo a Martín Escribá y Sánchez Zapatero, no es sino hasta los años cuarenta del siglo XX cuando se empieza a desarrollar un género policial que podríamos llamar verdaderamente latinoamericano (51).

La ausencia de grandes obras policiacas tiene su explicación por causas políticas o, más concretamente, gubernamentales. Entre ellas, los fuertes nexos feudales y las claras implantaciones dictatoriales en Latinoamérica, que impidieron el desarrollo de una narrativa con visos de ser crítica respecto a lo establecido o que pudiese mostrar, a través del recurso argumental del delito, la violencia imperante en unas sociedades férreamente ordenadas y controladas (Martín Escribá y Sánchez Zapatero 50).

Se ha insistido demasiado en la especificidad latinoamericana y su excepcionalidad legal como parte del proceso de creación del policial en nuestras latitudes. Así, por ejemplo, Adolfo Pérez Zelaschi da en el clavo cuando dice “A través de la historia, (la ley) ha servido (…) como un instrumento de opresión y represión… El público latinoamericano rechaza cualquier idealización precisamente porque tiene una íntima familiaridad con nuestra policía” (citado en Trelles Paz, 85). Una crítica similar la puede encontrar el lector en “Ustedes que jamás han sido asesinados”, de Carlos Monsiváis, publicado en la Revista de la Universidad en 1973:

Esta sería también una de las razones que explican la ausencia de literatura policial latinoamericana: una policía juzgada corrupta de modo unánime no es susceptible de crédito ‘alguno: si esta literatura aspirase al realismo, el personaje acusado casi nunca sería el criminal verdadero y, a menos que fuese pobre, jamás recibiría castigo. (Monsiváis, 2).

Así, el desarrollo latinoamericano de este tipo de literatura tenía que ramificarse a partir de lo que el escritor observaba en una síntesis histórica y política que no les conferiría a sus detectives el instinto natural o la moralidad del detective restaurador. Eso supondría la importación de virtudes poco útiles para lidiar con una realidad mucho más compleja y, a veces, legalmente vaga. Durante los años sesenta y setenta se desarrolla ya en Latinoamérica un género policial que podemos llamar nuestro con características como “la tendencia al realismo más crudo, la revisión de las historias oficiales, la recuperación de formas de la cultura popular y la insistencia en la crítica social y en la reflexión metaficcional” (García Talaván, 72). Latinoamérica necesitaba una orientación literaria, brújula negra que nos llevara a entender la violencia y la impunidad desde nuestros márgenes. Y auspiciados por el encuentro de una identidad compartida, Latinoamérica también debía buscar en su propia mirada la exhumación de sus cadáveres, no como una fiesta necro macabra sino acaso desde una posición liberadora que también criticara los mecanismos del poder y las trampas del Estado y nuestra historia. Como tantas cosas, apenas descubrimos que nuestra realidad es más complicada de digerir.

Con la introducción del término neopolicial, acuñado por Paco Ignacio Taibo II en los noventa del siglo XX se clarifica lo que el policial latinoamericano introduce: “la obsesión por las ciudades; una incidencia recurrente temática de los problemas del Estado como generador del crimen, la corrupción, la arbitrariedad policiaca y el abuso del poder; un sentido del humor negro (…) y un poco de realismo kafkiano” (citado en García Talaván, 72).

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El homicidio como excusa.

Tres novelas: Días de combate, de Paco Ignacio Taibo II; Paisaje de Otoño, de Leonardo Padura y ¿Quién mató a Cristián Kustermann?, de Roberto Ampuero. Tres textos neopoliciales, tres novelas en donde el crimen funge como pretexto: acaso una manera de criticar a la sociedad en la que los tres detectives (‘Belascoarán Shayne’, ‘Mario Conde’ y ‘Cayetano Brulé’, respectivamente) se inscriben en órdenes caóticos multiplicados por sistemas y relaciones poligonales en donde interviene la economía, la política, el crimen, el capital y la globalización. Ya no se trata de la lucha del Bien contra el Mal. No hay ningún tipo de normatividad vertical sino una serie de polos ubicados en realidades sociales de frontera entre diversas formas de poder. Como nos recuerda García Talaván: “En la novela neopolicial cultivada en realidades como éstas, poco importa que el enigma pierda importancia o que la policía no sea capaz de resolverlo, lo que interesa es dejar constancia de la existencia del delito, de la corrupción y de la violencia” (75).

Como crítica del poder, en estas tres novelas la policía y las instituciones políticas asoman su cabeza como lugares que no vale la pena ni siquiera mencionar por su ligazón con aparatos de represión como el priismo, la dictadura cubana o la pos dictadura chilena. Los detectives operan bajo la realidad del enigma que anima su búsqueda pero también de una pararealidad con destellos de paranoia respecto al poder, que hay que marginar. No se trata ya de la restitución de un bien público –el orden, acaso; la libertad, dudoso– sino acaso de una transacción elemental de la justicia que, sabemos, ya no puede venir del Estado. El carácter tentacular del Estado es suprimido hasta en el caso de Mario Conde en donde su desencanto con la policía es palmario. No estoy diciendo que el poder no forme parte del contexto, sino que los detectives evitan a toda costa cualquier pacto institucional oficial en donde la narrativa del Estado y el poder puedan echar hacia adelante su indiscutible vocación por la pedagogía legal y también por su obsesión estadística de añadir una victoria más contra el crimen. Lo único que esto provocaría es un derrumbamiento pragmático del detective porque el crimen que investiga se convierte en dato oficial –con su dosis exacta de sospecha– perdiéndose en la narrativa de tantos otros delitos.

La economía en los medios bajo los que se resuelve el enigma es de por sí una crítica al capital y sus infraestructuras de seguridad que pueden comprarlo todo excepto la destreza del detective. Las horas en las que trabajan son también una crítica al horario determinista y determinado desde un oscuro documento administrativo en donde la justicia trabaja en un horario fijo. La crítica al poder no viene explicitada como discurso sino acaso como digresión inconsciente por parte del detective: la flexibilidad de sus horas; la escasez de medios para resolver el crimen; su lenguaje apurado. Se instauran en estas novelas un campo autonómico de acción del investigador en donde se evita el centro de la vida política –el Estado– para presentar una especie de restitución privada de la justicia. El lenguaje detectivesco opera también bajo el manto de lo transaccional, de lo económico que ahorra todo un lenguaje burocrático interminable y, muchas veces, arruinado, deteriorado, caduco y contraproducente. Se impone la flexibilidad de lo privado en contra del caparazón de lo público. Estos investigadores funcionan como iteraciones de una crítica política vital, inscrita en su propia actividad detectivesca, fuera del campo político de la oposición, dentro del campo privado de su trabajo. La frenética actividad motriz de los detectives insinúa un intento constante de imaginación y creatividad. En sus esfuerzos se presenta la contradicción inmediata de la rigidez multitudinaria y política de la institución policial.

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Hay en estas novelas una conexión controlada de lo local con lo global casi como si fuera una estrategia literaria para capturar el repudio que se tiene en contra del Estado. La descentralización cultural del misterio en otra realidad de signos que no por ser extranjeros le resultan extraños al investigador transformándolo, a él mismo, en figura global, lejos de las densas narrativas oficiales sancionadas desde los centros de poder, es un elemento a tomar en cuenta en el neopolicial. ‘Cayetano Brulé’ es un cubano radicado en Chile que viaja a Alemania para aclarar parte del crimen; ‘Belascoarán Shayne’ es mexicano de padre vasco y madre irlandesa; una pieza importante de la investigación de ‘Mario Conde’ resulta de una estatuilla milenaria proveniente de Asia. No se lean estas excentricidades como elementos gratuitos de la narración sino como estrategias impositivas desde la horizontalidad privada que pone a los detectives no como ciudadanos latinoamericanos sino acaso como figuras que escapan a lo local pero que se encuentran atadas a éste.

El espacio en el que se mueve el detective es el de las calles y barrios cohesionados en sus signos, morfología y semántica. Solo un investigador anclado en la comunidad puede descifrar los mensajes urbanos en los que el crimen se desenvuelve. La tensión entre lo local y lo global se asoma como un punto de encuentro espacial y también como espacio de contradicciones, ya que los microlenguajes de los barrios se ven potenciados hacia afuera con el macrolenguaje de la economía y la globalización. El salto internacional escapa del Estado y sus fronteras.

La literatura neopolicial se ubica en un momento de encrucijadas nacionales en donde Latinoamérica ve con horror la violencia doméstica, muchas veces instigada por procesos de afuera –la crisis de seguridad en México auspiciada en parte por el consumo de drogas en Estados Unidos– pero también ve con escepticismo las promesas del neoliberalismo que protegen únicamente a aquellos que poseen los medios económicos para aprovecharse totalmente de sus procesos.

Como novelista, encuentro en la propuesta neopolicial un campo feraz de posibilidades para explorar los misterios de la violencia pero también el contexto cultural latinoamericano como un anclaje vital en contra del huracán globalizador. Es en la combinación de las estructuras elementales de nuestra cultura con todo un espíritu humano de innovación en donde se puede fermentar un campo nuevo de ideas que sirvan como crítica al poder desde la agencia del detective que, lejos de la perfección moral pero también lejos de la perversión administrativa, encuentra su lugar en la piel de los enigmas como una forma de adentrarse en las cavidades más siniestras del delito y los secretos que esconde.

Obras citadas.

García Talaván, Paula. “La novela neopolicial latinoamericana: una revuelta ético-estético del género”. Cuadernos Americanos, vol. 2, no.148, 2014, pp. 63-85.

Trelles Paz, Diego. “Novela policial alternativa hispanoamericana (1960-2005).” Aisthesis, no. 40, Instituto de Estética, Pontificia Universidad Católica de Chile, 2006, pp. 79-91. ISSN 0568-3939.

Monsiváis, Carlos. “Ustedes que jamás han sido asesinados”. Revista de la Universidad de México, vol. XXVIII, no 7. Universidad Nacional Autónoma de México, Marzo 2013, pp. 1-11.

Martín Escribá, Álex y Javier Sánchez Zapatero. “Una mirada al neopolicial latinoamericano: Mempo Giardinelli, Leonardo Padura y Paco Ignacio Taibo II”, Anales de Literatura Hispanoamericana, vol. 36, 2007, pp. 49-58.

Obras consultadas.

Ignacio Taibo, Paco. Días de combate. Kindle ed., Joaquín Mortíz M.R. 2013.
Padura, Leonardo. Paisaje de Otoño. Kindle ed., Tusquets. 2013.
Ampuero, Roberto. ¿Quién mató a Cristián Kustermann?. Kindle ed., Random House Mondadori. 2014.