It’s Bogóta, but close enough. Respuesta a Eduardo Rabasa

Por Alfredo Lèal.3_bogota39

Igual que cualquier otra forma de relación humana de la modernidad, la relación entre escritores podría y, creo, debería considerarse a la luz de las posibilidades de lo que Bolívar Echeverría llama “la realidad del hecho capitalista”, es decir, la determinación histórica “inevitable, de [un hecho] del que no es posible escapar y que por tanto debe ser integrado en la construcción espontánea del mundo de la vida; [un hecho] que debe ser convertido en una segunda naturaleza por el ethos que asegura la ‘armonía’ indispensable de la existencia cotidiana” (Echeverría 38).

Para Bolívar, hay cuatro formas de integrar el hecho capitalista en tanto que realidad —dos de ellas como in-corporación, a saber, como formas de ordenamiento y control de los cuerpos y su uso en el marco de lo inmanente—, las cuales denomina ethos: 1) el ethos realista, que acepta y afirma el hecho capitalista, afirmando en ese mismo gesto la imposibilidad de un mundo alternativo; 2) el ethos romántico, que lo afirma como parte de un momento de la Creación —romántico, pues, en un sentido casi providencial, protestante y calvinista—, transfigurándolo en su contrario, es decir, acentuando su “naturaleza”; 3) el ethos clásico, que lo acepta (sin negarlo o afirmarlo de hecho) en tanto que parte del desarrollo y cumplimiento trágico de la historia; y, finalmente, 4) el ethos barroco, que no acepta el hecho capitalista y su realidad sino como “una afirmación de la ‘forma natural’ del mundo de la vida que parte paradójicamente de la experiencia de esa forma como ya vencida y enterrada por la acción devastadora del capital” (Echeverría 39).

En este sentido, podríamos concebir las relaciones entre escritores como un núcleo semiótico cuyo telos se determina por la elección, como toda elección, aparentemente arbitraria pero ideológicamente justificada, de una u otra forma de solución armónica o ethos; núcleo, pues, del que se desprendería asimismo el trato con editores, críticos y lectores. Quiero decir, simplemente, que, sirviéndonos de la propuesta de Bolívar como metáfora, podemos decir que hay configuraciones específicas en las relaciones entre escritores cuya direccionalidad acepta o niega —si es posible, acaso, negarlo de hecho— el hecho capitalista en uno u otro modo, configuraciones que, por cierto, nos ayudarían a entender a qué se refiere Bolívar cuando dice que “ninguna de estas cuatro estrategias civilzatorias elementales que ofrece la modernidad capitalista puede darse efectivamente de manera aislada y menos aún exclusiva” (Echeverría 40).

Así, pues, si las relaciones entre escritores, en cuanto núcleo semiótico, producen (necesariamente) otras formas de relación, a saber, si en total tenemos cuatro formas de relación entre escritores, éstas pueden entenderse como decisiones o, mejor, opciones éticas. Tratemos de entenderlas por medio de los binomios que parecen contenerlas en tanto oposición: tenemos, de este modo, los binomios: escritor-editor, escritor-crítico, escritor-lector y, por último, escritor-escritor, los mismos que, al invertirse, plantearían un cierto modo im-posible de determinar la trayectoria misma de la escritura, transformándola, precisamente, en un objeto, a saber, en el objeto de la lectura, el libro como producto, como ya producido. De este modo, por ejemplo, cuando la relación escritor-editor se invierte en aquélla de editor-escritor, la naturaleza misma de la escritura se transfigura, desplazando o, mejor, (a)plazando su centro, a saber, la creación, por medio de la lectura, poniendo de este modo el acento en las estrategias del texto que han sido producidas ya pero no en el cómo de ese producto, es decir, pasando por alto el proceso (mismo de la creación) y quedándose con el producto (de hecho). La relación determinada por el binomio editor-escritor se caracteriza, entonces, por trasladar el acto de crear al de contemplar lo creado. Ahí, en medio de ambos sujetos de la relación, ya no en tanto que individuos —mucho menos en tanto que hombres—, justamente en ese trait d’union entre el editor y el escritor, se juega la decisión por una u otra forma de comportamiento ético o armonización, la realista, la romántica, la clásica o la barroca, pues se trata precisamente de una modalidad de relación basada en la realidad del hecho capitalista en donde el producto (texto) se concibe como mercancía. Y, como dice Marx, las mercancías no acuden solas al espacio del intercambio, precisan de los que el propio Marx denomina como “poseedores de mercancías”, por lo que la decisión o la opción por una u otra forma ética de relacionarse en pos de la armonía es fundamentalmente un acto de posesión, un tener que es un hacer en sí mismo, pues que se tiene el cuerpo (textual, autoral, político), se de-tiene y ordena de acuerdo al modo de actuar del sujeto en tanto que parte de la relación.

Editor y escritor se juegan, entonces, la posesión del texto sea aceptando la realidad del hecho capitalista y afirmándola, es decir, optando por el ethos realista, sea aceptando el desgaste de ese mismo hecho y la necesidad de trascenderlo es decir, optando por el ethos barroco. Posesión, posición, posicionamiento. En suma, “cómo y por qué nos relacionamos de cierto modo y no de otro”.

Supongamos, pues, que el escritor se relaciona de manera realista con el editor; mejor dicho, que el editor se relaciona de manera realista con el escritor. ¿Qué es lo que está (de hecho) en juego en esta decisión/opción? Primero que nada, la realidad misma en la que se inscriben o, en su caso, se in-corporan las relaciones, la relación entre editor y escritor, la posibilidad misma de la enunciación del binomio editor-escritor y, sobre todo, la posibilidad de unir a ambos sujetos por un guión, in-significante, en apariencia, aunque sea empero donde (de hecho) se determina el modo de actuar de uno y otro sujeto. Es decir que lo primero que se establece en esta relación es que la relación (de hecho) es posible, que existe, digámoslo así, la posibilidad para que alguien, a quien se le puede nombrar “editor”, se relacione con otro alguien a quien se le puede nombrar “escritor”. De ahí que los nombres y los hombres (como especie, no como género) no sean trascendentes ni trascendentales: se trata de funciones sígnicas que se cumplen o se niegan de acuerdo a la misma realidad del hecho capitalista que las posibilita.

Lo anterior nos lleva a la segunda consecuencia de que el editor se relacione de manera realista con el escritor: dadas ciertas condiciones específicamente económicas que determinan el quehacer del editor, el escritor se encuentra en una posición de subordinación —que, por cierto, es visible en la coordenada misma editor-escritor, donde el escritor aparece al final. Habría que estudiar históricamente el modo en el que estas condiciones específica y estrictamente económicas se imponen como una realidad de la realidad misma del hecho capitalista, a saber, como una configuración sine qua non la relación editor-escritor existe, es posible, es. A grandes rasgos, la primera es (de hecho) el paso del mecenazgo directo al indirecto, es decir, el paso de la literatura anterior a la Revolución Francesa, la que Darnton denomina como literatura del Ancien Régime, a aquélla posterior a los llamados derechos del hombre. Cuando el escritor queda solo, en ese momento en el que no depende económicamente de nadie que sustente de manera directa su trabajo, es decir, cuando tiene que ser él mismo el que lleve sus mercancías al sitio del intercambio, ahí es donde, en sentido estricto, nace el editor como figura, como componente sígnico del hecho realista de que haya relación entre editor-escritor. Balzac lo retrata de manera magistral en Les illusions perdues, si bien el nombre editor no se distinga aún de aquél del “librero”.

Las condiciones económicas que determinan la relación editor-escritor son las condiciones de la circulación del texto, sus diversos estratos significantes y, sobre todo, el alcance que tiene un determinado texto en éstos; en suma, la aparición de los otros dos modos de relación que se desprenden de la relación entre escritores como núcleo semiótico: los críticos y los lectores. Los primeros quedan históricamente significados y superados en la figura de Sainte-Beuve; los segundos en la de Emma Bovary —no en Mme. Bovary, por cierto, porque no es la esposa de Charles la que nos interesa en este sentido, sino el individuo específicamente femenino que lleva por nombre Emma—. Condiciones económicas que tienen en cuenta, en pocas palabras, la recepción de las obras en su sentido crítico, a saber, institucional, ahí donde las estrategias de la creación vuelven a ponerse en duda inter, intra y trans-textualmente, pero también, y esta es la parte más importante de la decisión/opción por el ethos realista como el que determina el telos de la relación editor-escritor, por los consumidores, a quienes (de hecho) podemos nombrar “lectores”. “Qué quiere el lector y por qué” es la fórmula para resumir el cuestionamiento de base en la pregunta “cómo y por qué nos relacionamos de cierto modo y no de otro” entre escritores. Y ese querer, ese deseo entendido en términos de negatividad, se convierte en una forma de dirección, una teleología, para cuya construcción es fundamental la intervención del crítico.

He dicho que los nombres y los hombres no importan y, empero, quisiera terminar con ello en la medida de lo posible, porque el hecho mismo al que he intentado referirme no puede escapar de lo que comúnmente se denomina, si bien de manera, a mi parecer, hiperbólica, como ataque ad hominem. Pues cuando la decisión/opción por el ethos realista, el modo afirmativo de la realidad capitalista, es el que determina las relaciones entre escritores, no es posible salir de un esquema que modifica éticamente el resto de relaciones, el cual quiero plantear del siguiente modo: si el binomio editor-escritor se determina por el ethos realista, en consecuencia los binomios siguientes serán: crítico-escritor = ethos romántico, lector-escritor = ethos clásico, escritor-escritor = ethos barroco. La fórmula es muy simple y presupone que, si el ethos romántico es el que determina el binomio editor-escritor, entonces queda: crítico-escritor = ethos clásico, lector-escritor = ethos barroco, escritor-escritor = ethos realista —esta es la única dirección, por cierto, que “salvaría” la literatura de ser consumida por la realidad capitalista, por la realidad el todo-consumo, del imperio de las mercancías.

¿Puede, entonces, un escritor beneficiarse de su posesión, posición, posicionamiento —es decir, del lugar donde se determina, como he tratado de mostrar, la decisión/opción por una u otra forma de armonización con la realidad del hecho capitalista? La respuesta es afirmativa justamente en la medida en la que este beneficio es, sin duda, el mismo que está cifrado en la afirmación/negación del hecho capitalista en sí. ¿Puede acaso el escritor criticar la realidad del hecho capitalista y, al mismo tiempo, beneficiarse de esa crítica? Sí, sin duda, puesto que el asunto está determinado por la relación que mantiene, precisamente como escritor, con las tres instancias restantes: editor, crítico y lector. Lo que no me queda claro, justamente a nivel ético, es el “cómo”, a saber, cómo puedo escribir en contra de la decisión/opción que me ha llevado a ocupar el nombre que ocupo, el lugar desde donde enuncio.

Me parece que ninguna de las configuraciones éticas propuestas por Bolívar, para cerrar la metáfora que he utilizado a lo largo de este texto, sirven ya. Por ello, cito algo (aparentemente) más sencillo: un capítulo de Friends, aquel en el que Chandler y Ross le ayudan a Joey a practicar su rol en la audición para un programa de juegos, Bamboozle. Joey, en su papel de host del show, le pregunta a Chandler, en su papel de concursante, cuál es la capital de Colombia. Chandler dice: “Bogotá”, a lo que Joey, con toda la confianza en lo que dice, afirma: “it’s Bogóta, but close enough”. El acento es toda la diferencia. Y ahí radica la ironía: si ninguna de las configuraciones que plantea Bolívar son suficientes para entender “cómo” un escritor puede escribir contra la realidad del hecho capitalista y, al mismo tiempo beneficiarse de ella, quizás el cómo se encuentre cifrado en el acento, en dónde lo coloca y, en última instancia, en cómo lo coloca. En cómo coloca el “cómo”: he ahí, quizá, la respuesta, la única, que se le puede pedir a un escritor en el marco de sus relaciones con otros escritores.

Tlalpan Centro, 7 de mayo de 2017.