Entrevista a Josemaría Camacho

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En su primer volumen de cuentos Los que hablan a gritos (FETA, 2016), Josemaría Camacho (Ciudad de México, 1979) arrastró a sus personajes hacia un momento radical que, en la mayoría de los casos, les derrota, mientras que en Interruptus (Luzzeta Editores, 2016), su opera prima, los personajes miran de frente el rostro de la desgracia. Sin embargo, más allá de esos trágicos microuniversos, lo interesante de su proyecto literario está en cómo afrenta los límites del narrador omnisciente y las paradojas de la ficción mediante la ruptura de la llamada “cuarta pared”. “Para mí el narrador siempre ha sido una entidad rarísima porque es como un sentido narrativo que te está contando algo pero ¿qué pasa si se interrumpe o si ese narrador toma consciencia de lo que está haciendo o se resiste a continuar el relato o renuncia a narrar?”, comenta el narrador capitalino, quien intentó darle respuesta a todas esas preguntas en los cuentos de Imagine un pez (Foc, 2015).

En Interruptus, que inicia y se desarrolla como una novela negra, con un crimen y “un policía judicial gordo, con cuerpo de luchador”, Camacho Sevilla atraviesa los géneros especulativos y crea una ruptura del plano ficcional que le permite establecer disyuntivas en la interacción de la realidad y su representación literaria.

Como en algunos cuentos de su autoría (Eternidad, La ficción que nos precede -que dicho sea de paso, recuerda a La Rueda de Ámparo Dávila-), su novela se sitúa en la Córdoba veracruzana, un escenario íntimo, dechado de su propia memoria: “Me resulta más fácil recordar que imaginar, de manera que todo se basa en recuerdos“, dice. “Sé exactamente la inclinación que tiene de norte a sur la Avenida 11, de manera que para mí es fácil ser consecuente con mis propios relatos: si imagino una camioneta cargada con costales de café y tres jornaleros y lo imagino en la 11 remontando hacia Fortín, no podría tener contradicciones porque está escrito como un recuerdo“, explica.

Aquí, la experiencia inmediata presenta un cisma hacia un universo paralelo y absurdo, sobre el que recuerda: “Quería que toda la situación sucediera en un territorio creíble pero que no fuera un lugar protagónico, como lo son las ciudades grandes, sino una que pudiera pasar inadvertida o correr en un segundo plano sin perder la verosimilitud de una urbe. En la novela sucede un prodigio y tengo la impresión de que para que suceda algo raro debes irte al extremo, de allí que el prodigio suceda en un lugar como un pueblo con pretensiones de ciudad, como es Córdoba, donde no pasa casi nada“.

Camacho aprovecha la meteorología cordobesa para desterritorializar sus relatos y trasladar a los personajes hacia un lugar improbable: “Hay un cuento en Imagine un pez que habla de eso, de cómo lo improbable termina siendo casi necesario. Por otro lado, la neblina específicamente es un elemento que utilizo casi sin darme cuenta cuando hago ese paso hacia la parte menos racional de mis textos, cuando quiero despegar al personaje del mundo. No necesariamente es (literatura) fantástica, a veces tiene más que ver con la falla en la cordura de un personaje. Me gusta tener un elemento físico que sugiere que hay algo más, es un truco de película de serie B, pero a mí me funciona, sobre todo para los cuentos que forman parte de mi próximo libro: en todos hay una especie de ruptura de la realidad, de manera que no hay una explicación en categorías kantianas”, afirma.

novela y cuentos del narrador defeño Josemaría Camacho

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Sus relatos, ya sean los cuentos de su primer libro, Los que hablan a gritos, como el de la novela Interruptus suceden dentro de escenarios absolutamente mexicanos. Esta diversidad social sirve de pretexto para la ficción. “Todo surgió en un viaje que hice a Guatemala, allí me di cuenta que tengo más puntos en común con Guatemala que con varios lugares de México. Eso me llamó la atención. Entonces quise aprovecharme de la diversidad para situar los cuentos en escenarios que más o menos conozco, que pudiera darle algo de realismo a mi narración, porque si sólo me hubiera situado en la Ciudad de México habría un límite porque los personajes tendrían una psique más o menos parecida”, explica. “El único (relato) que sucede en el D.F. es El derrumbe, porque quería tocar el tema del temblor, que fue mi primer gran shock“.

Justo en este relato, el personaje, un ex boxeador amateur, piensa que con el temblor “el futuro se borró, frase que podría leerse como metáfora de cierta condición…”
Creo que el hilo conductor de estos cuentos es la derrota. La derrota es el punto de partida del ser humano, es decir, el ser humano, de entrada, la tiene perdida. por eso uno celebra las victorias en la vida, porque son poquitas. La derrota siempre significa volver a ese punto de partida previo. Hay muchas formas de volver: a un amor, a la tierra que lo vio nacer a uno, a un vicio al parecer superado. Y bueno, los personajes principales de esos cuentos siempre pierden.

Salvo ‘Priscila’, casi todas las mujeres de tus historias son madres o esposas que, en cierta forma, son engañadas por sus hijos o esposos…
No lo había visto así. Y claro, todas están atrapadas en una situación psicológica. Si toda escritura es psicoanálisis, justo llevo seis… ocho… como diez meses en psicoanálisis tratando ese tema. Es muy difícil prefigurar un personaje que escape a la estructura psicoanalítica que uno tiene. Obviamente la mamá siempre aparece y en ese sentido creo que mi madre es un personaje importante en esta etapa de mi vida, que es en la que escribí estos libros. Creo que por ahí viene…

Si en el primer cuento de Imagine un pez el narrador cede su labor al lector, en Interruptus el lector se vuelve protagonista de la novela que está leyendo. Más allá de temáticas, lo que va ligando tu búsqueda es el manejo de una estructura narrativa…
No estoy inventando nada. Ya se ha hecho desde Pirandelo, Unamuno, Borges y una larga tradición de escritores. Lo que intento hacer es cómo convertir un texto a la fantasía sin llevarlo temáticamente a un mundo fantástico. Lo que se llama metalepsis, que siempre siento que es cuando la ficción se sale hacia el mundo real. La verdad no soy muy estudioso de la teoría, pero normalmente hay dos planos, el real y el ficticio y uno empieza a actuar sobre el otro. yo lo que traté de hacer es que hubiera tres planos: el del lector, que es el real; el intermedio que es semi-ficticio con un lector-personaje y un plano completamente ficticio.

¿También podría hablarse de realidad, ficción y mentira?
El epígrafe que iba a poner en La ficción que nos precede (2017) es sobre la mentira; creo que tiene que ver con mi concepción de la literatura, en general, como una gran mentira. Cuando estudié la verosimilitud con respecto a la literatura me di cuenta que si tienes que trabajar en que algo sea verosímil entonces estás mintiendo. La verdad no necesita verosimilitud. Y la ficción es una mentira divertida, que la gente busca. Creo que es uno de los temas que más me interesan. En mi tiempo no libre trabajo en una agencia de publicidad que es una fábrica de humo… y eso es lo que vendemos. Y bueno así como me caga cuando la gente dice que el hubiera no existe también me molesta cuando la gente cataloga a la mentira con connotaciones negativas porque el hubiera es donde se esconde toda la ficción, entonces también hay un aspecto de la mentira que es lúdico. En fin, es una parte importante de la vida que está denostada y no debería ser así.

¿Si la escritura es un juego, el narrador es un demiurgo?
Uno de los temas que siempre me llamaron la atención fue la relación entre la teología y la filosofía y una vez que comienzas a estudiar a autores como Leibniz, Spinoza o Malebranche o clásicos como Aristóteles mi principal tema fue el determinismo; es decir, la injerencia del creador con su creación, con el tiempo, con los sucesos, con la providencia -con todo el sentido judeocristiano-. Desde los estoicos con su forma religiosa de entender el mundo se hablaba de eso. Para mí es el tema y llevándolo a la escritura, la figura del narrador -como el dios del relato- me hace muchísimo ruido, me molesta, me encabrona que con poco tacto se le llame “omnisciente” y sabe todo y además decide qué contar y qué no. Es el demiurgo del cuento pero es una figura que estorba muchísimo. A mí me molesta no saber quién está contando ni el motivo, siempre me ha hecho interpelarlo y ponerlo en duda. Entiendo que es un mal necesario, pero a la vez es mi motor, aunque ya en Interruptus lo agoté, pero me llevó dos o tres libros.

Finalmente ¿qué papel juega en tu obra el realismo?
Aristóteles dice que el espectador va a ver una tragedia y purga los sentimientos malos para la salud del alma. Esta purga es entendida como una catarsis y para que exista esta catarsis debe haber verosimilitud en el relato. En ese sentido creo que para eso sirve el realismo en mis cuentos. Es un instrumento. En Los que hablan a gritos hay relatos sumamente realistas pero hacia el final los cuentos dan pie a la entrada de lo fantástico. Si quiero meter al lector en una historia en la que sucede algo rarísimo, un prodigio, primero debo llevarlo a una situación creíble para que en verdad sea disruptivo, exista un shock con la realidad. En el caso de la novela, si estamos hablando de Veracruz y aún más específico, en Córdoba -el lugar donde nació Javier Duarte, un tipo nefasto- y no hablas de corrupción, entonces no es creíble.