…en donde CRASS voluntariamente “estalla a los suyos”

Por CRASS | Traducción Luis Bugarini

[Cuando se piensa en el movimiento punk, se suelen recordar los provocativos gestos de Sid y Nancy, la combativa defensa de los sandinistas por parte de The Clash y las figuras desgarbadas de los Ramones. Como género y movimiento contracultural, el punk tiene un sitio asegurado. Puente entre los hippies y las tendencias musicales de los noventa, ha tenido variaciones sensibles en el tiempo aunque mantiene su vigencia en el horizonte de la música popular contemporánea. La Enciclopedia Británica en su artículo Punk: Major Works, registra a los Sex Pistols, The Buzzcocks y a otras ocho bandas que son parte integrante del núcleo histórico del género, sin embargo, CRASS no está considerado.

Su historia —al igual que su forma singular de activismo—, corre al margen de los grupos que fueron sus compañeros de armas. Su trabajo es un caso atípico y por demás notable en la historia de la música. Formados a finales de los setenta, su modelo de organización y participación política ha tenido continuadores que, rechazando la comercialización a través de grandes compañías trasnacionales, crean sellos autónomos para salvaguardar su independencia. Distante de la algarabía y el disfrute económico, CRASS realizó una sutil combinación entre la creación musical y el compromiso político.

CRASS ganó celebridad debido a lo que la prensa llamó el “Thatchergate”, una grabación de alta calidad que simulaba una conversación telefónica entre Reagan y Thatcher, en la cual ella admitía su responsabilidad en el hundimiento del Belgrano durante la guerra de las Malvinas, asunto sobre el cual no se le habría cuestionado a la Primer Ministro, lo que provocó que Reagan amenazara con misiles nucleares a Europa en defensa del patrimonio americano. Esto equivale a decir que un grupo de punk provocó un conflicto diplomático entre dos de las naciones más poderosas del mundo. ¿De cuántas puede decirse algo semejante?

en donde CRASS voluntariamenteestalla a los suyos”, es un documento de revisión a siete años de trabajo y lucha contra el autocratismo de la industria musical. Es un recuento de logros, fracasos y lecciones de una carrera por demás accidentada. Sin triunfalismos y con una actitud de saludable autocrítica, el texto permite analizar el fenómeno contemporáneo de la música y de la producción cultural en sentido amplio (especialmente la literatura), develando los engranajes que existen tras el éxito y la fama. Este escrito se imprimió originalmente en el disco Best Before en 1984 —año mítico que los miembros de CRASS eligieron para disolver el proyecto. No está atribuido a uno de sus miembros y aparece sin firma como apéndice a un proyecto colectivo. A este momento, no tengo conocimiento de una versión en español, por lo que aquí arriesgo la que podría ser la primera.]

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en donde CRASS voluntariamenteestalla a los suyos

Cuando en 1976 el punk comenzó a propagarse por medio de los encabezados de los diarios, con la proclama “hazlo tú mismo”, nosotros, que de varias formas y por muchos años eso habíamos estado haciendo, pensamos con ingenuidad que los señores Rotten, Strummer y compañía, era lo que querían decir. Al menos no estábamos solos.

La idea de formar una banda jamás se nos ocurrió con seriedad; sucedió simplemente. Cualquiera era libre de entrar y los ensayos eran escandalosas aventuras que terminaban en fiestas embriagantes. Steve y Penny comenzaron a componer y a escribir desde el inicio de 1977, pero no fue sino hasta el verano de ese año en que pedimos prestado o robamos el equipo suficiente para realmente organizar un grupo… CRASS.

Habiendo compuesto y ensayado cinco canciones, salimos al camino de la fama y la fortuna armados con enormes cantidades de cerveza para ayudarnos a visualizarlo con mayor claridad. Hicimos conciertos a beneficio: demostraciones caóticas de privaciones e independencia. Tocamos aquí y allá y fuimos prohibidos en el legendario Roxy Club. “Dicen que sólo quieren niños bien portados, ¿acaso piensan que nuestras guitarras y micrófonos son sólo juguetes?” .

En aquel momento, caímos en la cuenta de que nuestros amigos punks, The Sex Pistols, The Clash y los otros fantoches no estaban haciendo nada de nada. Quizá pensaron que estaban desbaratando el sistema, pero fueron ellos quienes salieron perjudicados. No ayudaron a nadie sino a sí mismos, iniciaron una moda digerible y facilona y apenas lograron darle cierto aire de vida a la King’s Road de Londres, mientras que proclamaban haber hecho una revolución. La historia de siempre. Estábamos solos una vez más. Haciendo de lado los nubarrones etílicos, definimos nuestra tarea: crear una alternativa real al negocio de la explotación musical. Queríamos realizar algo sólido, pero por encima de todo queríamos hacerlo durar. Muchas promesas se hicieron desde el escenario para ser luego olvidadas en la calle.

A lo largo del frío y solitario invierno de 1977-1978, tocamos regularmente en el White Lion de Putney, con los UK Subs. La audiencia consistía en los UK Subs cuando nosotros tocábamos y ellos cuando nosotros. La mayoría de las veces resultaba descorazonador, pero en ocasiones también divertido. El infatigable entusiasmo de Charley Harper fue siempre inspirador cuando los tiempos parecían nublarse. Su absoluta fe en el punk como la “música del pueblo”, tenía mucho más que ver con la revolución de lo que McClaren y sus gárrulos pudieron haber soñado jamás. Con aguda tenacidad fuimos desenmascarando a los farsantes del punk en lo que de verdad eran: productos de la industria musical. Nuestros conciertos continuaron siendo salvajes y desordenados. Seguíamos con miedo de salir a tocar al escenario sin el estómago lleno de alcohol, y muchas veces, nuestro estado de embriaguez era tal, que a la mitad de la canción nos dábamos cuenta de que cada quien interpretaba una distinta. Todo era muy divertido a causa de ese caos. Nadie lloraba por no tener unas lucientes botas de cuero o por un vaso de leche caliente; nadie estaba interesado en saber cómo la paz y la anarquía podían conciliarse y nadie nos aburría con farragosos monólogos sobre la obra de Bakunin —quien, por ese tiempo, con seguridad hubiéramos imaginado que era una marca de vodka. Las ideas se abrieron: comenzábamos a crear una vida juntos. Estos fueron los años gloriosos antes de que ese modo de vida libre se transformara en el cuadrado esquema de reglas ñoñas que llegaría a ser el punk; antes de que eso llamado “punk real” se convirtiera en otro demacrado gueto. Tocamos para el festival Rock Contra el Racismo (RAR), el único en el cual habrían de pagarnos algo. Cuando le dijimos al organizador que guardase aquel dinero para la causa, respondió que “esa era la causa”. Nunca volvimos a tocar para el RAR otra vez.
Mientras los lenguaraces dirigían sus pasos hacia Stateside, anhelantes de olfatear algo de frescura, nosotros nos endurecimos en el aislamiento. Decidimos dejar de beber y nos planteamos con mayor seriedad nuestros objetivos. Adoptamos vestirnos con ropa negra como una protesta contra el colorido narcisista de los punks de moda. Incorporamos cine y video en nuestras presentaciones e iniciamos la edición de pequeñas hojas que explicaban nuestras ideas, así como la publicación de un periódico: Internacional Anthem. Diseñamos el símbolo que colgaba siempre detrás de nosotros en las presentaciones y decidimos continuar el proyecto hasta finales del legendario 1984.

A finales del verano de 1978, Pete Stenner, propietario de la Small Wonder Records, escuchó uno de nuestros demos y le encantó. Quiso editar un sencillo pero no pudo elegir una sola canción, así que grabamos todas las que habíamos escrito y realizamos nuestro primer multitrack de 45. Lo titulamos The Feeding Of The 5000 porque 5000 era el número mínimo de copias que debíamos hacer y 4900 fueron las que no se pudieron vender. Feeding pudo vender cien copias y, debido a eso, fue poco lo que se escuchó en la prensa especializada. Así, con nuestras primeras composiciones grabadas y vestidos con sólo blanco y negro (innovador por aquél entonces), la prensa musical se lanzó de inmediato en ese torrente de ataques que nos perseguiría a lo largo de los años. Odiaron nuestro trabajo y a nosotros mismos, especialmente después de la positiva recepción que tuvo en ciertos sectores. No es arrogancia afirmar que hemos sido una de las bandas más influyentes del rock británico, no en el sentido musical, ciertamente, sino más bien en lo relativo a la dimensión política de nuestro proyecto musical. Desde el inicio, los medios de comunicación trataron de ignorarnos y sólo obligados por las imperiosas circunstancias, nos dieron algún crédito. Es simple: si no juegas su juego —que es el de la explotación comercial—, ellos no juegan el tuyo. La industria musical no sólo compra a los grupos, sino también a los medios de comunicación y a la prensa especializada. Los mercachifles eran más poderosos e influyentes de lo que imaginamos en un principio.

No obstante, apercibidos de que podíamos ser una amenaza fuera de control, comenzaron a llegar las primeras ofertas del enemigo. Mr. Big trató de comprarnos con vino barato y 50 mil libras si nos metíamos a su bolsillo. Al mismo tiempo, nos hizo saber que él podía “mercadear la revolución” y que jamás lograríamos nada sin su ayuda. Fue la primera oferta de muchas que rechazamos. Nunca hubo arrepentimiento y casualmente, jamás tuvimos más noticias de él. Cuando The Feeding of the 5000 salió a la venta en la primavera de 1979, el primer track se titulaba The Sound Of Free Speech. La censura había decidido que el tema que estaba originalmente en ese sitio, Asylum, era demasiado blasfemo para sus gustos y los tuyos. Tal es el verdadero rostro de la represión en el “mundo libre”.
Finalmente la censura cedió con Asylum y la regrabamos junto con Shaved Women. Realizamos la impresión de las portadas en casa, lo pusimos a la venta por 45 pennies y quedamos arruinados.

En su nuevo lanzamiento, el sencillo de Reality Asylum tuvo problemas de inmediato. “Quejas de la gente” motivaron incursiones policiales a las tiendas de todo el país que lo vendían, así como una generosa visita de Scotland Yard a los miembros de la banda. Después de una amistosa tarde tomando té con nuestros guardianes de la moralidad pública, fuimos puestos en libertad con la amenaza de prisión preventiva durante el año siguiente. Poco tiempo después, recibimos una notificación que nos informaba de que nos liberaban de la amenaza, pero que “no lo hiciéramos de nuevo”. El ejercicio de nuestra “libertad” se hizo incompatible con el cumplimiento de esa disposición policial y un interminable acoso se hizo presente en casi cada acto de nuestra vida pública —situación, por cierto, que continúa en la actualidad.

Fue por este tiempo en el que hicimos nuestra única intervención en radio con John Peel. A partir de esa breve aparición labramos nuestra interminable reputación de imprudentes y mal hablados, por lo que nos excluyeron de cualquier forma de participación en ese medio, aunque, ciertamente, aparecimos en varios programas de charlas que nos llevó a ser incluidos en la lista negra de la BBC. Aparentemente, expresar criterios independientes sobre la guerra de las Malvinas resultó inaceptable para un público que, fuera de toda lógica, atascó la comunicación de la emisora con quejas y comentarios críticos.

Para terminar con las críticas de la prensa, en donde se nos colocaba como fanfarrones de izquierda-derecha —idea que jamás pudieron quitarse de la cabeza—, comenzamos a colgar símbolos anarquistas en nuestras presentaciones. Por aquél tiempo, la “A” dentro de un círculo se veía poco en la calle y más bien estaba reservada para los pequeños grupos que hacían de la teoría su signo distintivo. En sólo unos meses, el símbolo comenzó a utilizarse en chamarras, mochilas y muros a todo lo largo del país y, en un par de años, se dispersó por el mundo. Quizá Rotten pudo haberse proclamado anarquista, pero fuimos nosotros quienes impulsamos el movimiento y lo hicimos popular para millones de personas en todo el mundo. Al mismo tiempo, viendo que aún existía la Campaign for Nuclear Disarmament (CND) —aunque pisoteada, agónica y ruinosa—, decidimos promover su causa dado que era incapaz de hacerlo por sí misma. A partir de ese momento, a pesar de las burlas de la prensa, comenzamos a utilizar un símbolo de amor y paz en los conciertos.
Nuestros esfuerzos regresaron a la vida a la CND. La introdujimos a miles de personas que fueron la parte dura de su resurrección. Un oculto y prolijo sector de la sociedad fue expuesto al pensamiento radical, lo que motivó concentraciones, manifestaciones y acciones de todo tipo. Hechos que continúan hoy día.
El verdadero efecto de nuestro trabajo no será hallado en los anales del rock’n’roll, sino en la radicalización de miles de personas en todo el mundo. De las Greenham Gates al muro de Berlín y de las acciones “Detén la ciudad” a los conciertos subterráneos en Polonia, nuestra singular mezcla de pacifismo anarquista —ahora casi sinónimo de punk—, se infiltró en la sociedad de manera inusitada.

Desde los inicios de 1977, emprendimos una guerra de grafitis a todo lo largo del Central London. Nuestros mensajes rotulados, desde “Fight Wars, Not Wars” a “Stuff Your Sexist Shit”, fueron los primeros de su clase en aparecer en el Reino Unido e inspiraron un movimiento que, tristemente, se ha eclipsado en la actualidad por los profesionales del hip-hop que no hacen nada sino confirmar la triste influencia de la cultura norteamericana. Para celebrar nuestros éxitos con el spray, decidimos ponerle a nuestro siguiente disco, Stations Of The Crass, una portada que era la fotografía original de uno nuestros trabajos en el metro londinense.

Stations fue el primero de su clase en realizarse con una presentación de seis folios y un pequeño parche anexo que fabricamos en casa.
En esa época, Pete y los Small Wonder Records se cansaron de la permanente vigilancia de las fuerzas del orden sobre su tienda, así que pedimos dinero prestado y editamos por nuestra cuenta Stations. El disco se vendió tan bien, que pudimos integrar el monto del préstamo casi de inmediato y no sólo eso, sino que adquirimos máquinas impresoras para evitar hacer las portadas con procedimientos caseros.

Mientras Stations se vendía, meditamos sobre la idea de dar a la luz material de otras bandas. Creamos Crass Records y el primer sencillo que editamos fue de Zounds, el inaugural de más de cien que dimos a conocer a un público sediento.

En la primavera de 1980, habiendo realizado varios conciertos a beneficio del fondo de ayuda a presos anarquistas, —conocidos, paradójicamente como Unknown Persons—, éstos nos pidieron asistencia para constituir y solventar un centro anarquista. Grabamos el sencillo Bloody Revolutions con el tema Unknown Persons de las Poison Girls del otro lado, y el centro se abrió. Hubo un año de discordia entre la vieja guardia de anarquistas, pertenecientes a las Unknown Persons y los jóvenes anarcopunks. Finalmente, después de conflictos ideológicos indisolubles, el centro cerró. La relativa facilidad con la que juntamos el dinero nos demostró no sólo nuestra capacidad para generar ideas, sino también recursos para llevarlas a cabo. Para ese periodo nuestros conciertos convocaban a cantidades enormes de personas, lo que reunía considerables sumas que dinero, así que a partir de ese momento decidimos tocar sólo conciertos a beneficio. Con el paso de los años, fuimos capaces de reunir dinero para las causas más diversas.

Parecía momento de lanzar un ataque feminista. Por algún tiempo fuimos etiquetados como una banda que ignoraba el elemento femenino. Editamos Penis Envy (1981) y la prensa musical, tergiversando la intención, vociferó que lo realizaron “los únicos feministas suficientemente atractivos para asegurarte que cantan más por oportunismo que por venganza”. ¿Qué hacer con estos tipos? La reacción de algunos “fans” de CRASS fue similar aunque su crítica tenía una perspectiva diferente. La canción final de Penis Envy titulada Our Wedding —una acerba sátira contra el romance edulcorado—, fue ofrecida por “Creative Recording And Sound Services” a Loving, una revista especializada en la explotación de la soledad juvenil. Loving la convidó con vanidad a sus lectores mostrándola como un “deber para ese feliz día”. Cuando la farsa se descubrió, varias cabezas de Loving rodaron por el suelo. El lanzamiento de Penis Envy confirmó la sospecha que abrigamos durante algún tiempo. Después de una semana en las tiendas, entró a la lista de éxitos nacionales en el lugar quince y a la semana siguiente no se podía hallar ni siquiera dentro de los cien lugares. La misma suerte corrió Nagasaki Nightmare. Sabíamos que no era posible que en una semana tuviera un lugar destacado y que a la siguiente, hubiera desaparecido de manera súbita. Parecía obvio que si las disqueras pagaban para mantener a sus marionetas “dentro” de la lista, pudieran pagar para “sacar” a alguien. Sabíamos que EMI nos odiaba y supimos que enviaron comunicaciones a sus departamentos prohibiendo cualquier acercamiento con el personal de CRASS, lo que incluía no vender nuestro material en sus tiendas.

Por algún tiempo salimos de Londres e hicimos conciertos en todo el Reino Unido, incluso en lugares en los que ninguna banda había visitado alguna vez. Plazas populares, centros comunitarios y parques al aire libre, cualquier lugar era bueno, salvo los clubs regenteados por profesionales a precios privativos y circuitos universitarios infectados de teología marxista. Cientos de personas se unieron a nosotros para compartir ese peculiar sentido de la libertad. Compartimos nuestra música, películas, literatura, conversación, comida y te. A dondequiera que llegábamos nos recibían caras sonrientes y dispuestas a tratar de construir una alternativa al paisaje gris de todos los días.

No fue fácil y siempre había quien estaba dispuesto a destruir lo que nos tomaba tanto tiempo construir. Intentamos tocar en el Stonehenge Festival, pero una turba de fanáticos boicotearon la oportunidad; asimismo, tuvimos conciertos boicoteados por el National Front y SWP. Hubo muchos problemas, pero la diversión jamás declinó.

A lo largo de 1981, grabamos Christ – The Album (1982), que para el verano de 1982 estaba listo para editarse. Sin embargo, en este breve periodo, la diversión menguó. La “Gran” Bretaña se alistaba para la guerra. Hechos irrelevantes en una isla denominada South Georgia, de la que por cierto nadie había escuchado nada antes, condujeron a otros hechos irrelevantes en otras islas llamadas las Malvinas, de las que, igualmente, nadie tenía noticia alguna.
Mientras los jóvenes morían por cientos, nuestras canciones, protestas, marchas, panfletos, palabras e ideas, parecían no tener efecto alguno. Sabíamos que nuestro trabajo era valioso y útil, pero entonces parecía obsoleto, rancio.

Thatcher quería la guerra para impulsar la imagen de su Partido en el periodo de pre elecciones. Si quería la guerra, la tendría sin importar los costos o las consecuencias de su capricho. A riesgo de ser considerados como los “traidores” que en realidad éramos, lanzamos un mini LP contra la guerra de las Malvinas, y fuimos, como era de esperarse, marcados con el infame motete de “traidores” por los medios de comunicación y la prensa especializada. Igualmente, recibimos una amonestación de la Cámara de los Comunes en el sentido de que debíamos “cuidar nuestros pasos”. Protestar contra la guerra era un hecho inexistente; todo juicio crítico sobre el enfrentamiento era suprimido al instante. Cuando todo parecía conformidad y silencio, el Peace Movement no paró de gritar “No más guerra”, pues ahora había una guerra sobre la cual gritar y el silencio, además de absurdo, resultaba doloroso.

De cualquier modo, no fue sino hasta el fin de la guerra cuando editamos How Does It Feel To Be The Mother Of A Thousand Dead? y fue cuando la mierda nos llegó al cuello. Después de que en la Cámara de los Comunes se le preguntó a Thatcher si había escuchado nuestra grabación, era previsible e inevitable que su Partido quisiera darnos una lección. Tim Eggar tuvo la engorrosa tarea de iniciar los procedimientos judiciales y desde el inicio comenzó con el pie equívoco. El caso se derrumbó por completo cuando lo expusimos como un completo idiota en la radio en un programa al aire. Eggar dio marcha atrás al instante e hizo circular una nota en la cual pedía a los miembros del Partido ignorar cualquier provocación proveniente de algún miembro de CRASS. Repentinamente comenzamos a recibir cartas de “apoyo” por parte de los miembros de la “oposición”. Tal vez no estábamos solos. Nos encontramos de repente en una arena extraña y aterradora. Quisimos hacer públicos nuestros puntos de vista, quisimos compartirlos con gente afín, pero ahora esos puntos de vista se analizaban por las sombras inasibles que habitaban los corredores del poder. Eggar creó una gran parafernalia sobre nuestro caso en la prensa, pero ésta buscó los medios de ponerla en resguardo, fuera del conocimiento público, sobre todo aquélla concerniente a las condiciones reales de la contienda. Una acción que muchas veces se realizó, literalmente, con pistola en mano. Era como si hubiésemos atrapado una ballena pescando peces de río. Dudamos entre abandonar el ruedo o seguir dando la batalla hasta quedar exhaustos, lo que, por cierto, terminaríamos haciendo. La velocidad con la que se efectuó la guerra de las Malvinas y la devastación que Thatcher realizaba al interior y al exterior del país, nos forzó a responder más rápido de lo que usualmente veníamos haciendo. Christ – The Album tomó tanto tiempo en producirse que, dado que algunas canciones alertaban sobre el caos y destrucción propios de la guerra, la mayoría de los temas se volvieron redundantes. Toxteth, Bristol, Brixton y las Malvinas fueron una bomba por el tiempo en que editamos el disco. Nos sentimos avergonzados por nuestra lentitud; humillados por nuestra ineficiencia. A finales de 1982, convencidos de que el “movimiento” requería de un impulso moral, organizamos el primer concierto en un edificio ocupado ilegalmente: el hoy extinto Zig Zag Club en Londres. Con comida gratis e inmensas cantidades de bebida, festejamos, una vez más, nuestra independencia. Compartimos ese espacio con otras veinte bandas de la crema y nata de lo que se pudo haber considerado “punk real”. Juntos dimos vida a un evento de 24 horas que fue modelo de miles más que se organizaron alrededor del mundo. Habíamos aprendido la lección. El “hazlo tú mismo” jamás había sonado tan real como aquella noche en el Zig Zag Club.

En muchos sentidos ese concierto confirmó nuestro pensamiento. El trabajo de ningún modo se había agotado. Una vez repuestos, decidimos pelear con la ballena y lanzamos un ataque a Thatcher y sus aliados. La justa por las elecciones de 1983 había comenzado y la “oposición” estaba en franco declive. Los laboristas hicieron lo inevitable y sacaron su naipe antinuclear dado que el Peace Movement estaba arruinado, preso de sus propios miedos.

El álbum Yes Sir, I Will (1983) fue nuestra primera respuesta estratégica. Fue un apasionado grito dirigido contra los detentadores del poder y contra todos los que aceptan sin reservas esa autoridad. El mensaje del disco era claro y contundente: “no hay más autoridad que tú mismo”.

Conforme nuestra posición política se polarizó, sentimos la necesidad de definir nuestros objetivos de una manera tan clara como no habíamos hecho hasta ese momento. El “qué”, “dónde” y “porqué” de nuestra rabia requería de explicación, lo mismo que nuestra idea del “yo”. Se nos acusó en repetidas ocasiones de vivir prendados de los slogans y era el tiempo de abrir las puertas de par en par.

Varios miembros de la banda realizaron Acts Of Love (1984), cincuenta poemas de halo lírico en un intento por demostrar que la fuente de nuestro odio era más bien el amor y que nuestra idea del “yo”, estaba muy lejos de la concepción egocentrista del individualismo recalcitrante, partiendo, más bien, de un sentido íntimo de la autopertenencia y el autocontrol. La ambigüedad de nuestras acciones y actitudes comenzó a perturbarnos. ¿Era posible, en verdad, realizar una revolución sin derramamiento de sangre? ¿No estábamos siendo derruidos por nuestras propias paradojas?

Fue por aquél tiempo en el que distribuimos a la prensa el hoy infausto “Thatchergate”. Una grabación de fina calidad que simulaba una conversación telefónica entre Reagan y Thatcher, en la cual ella admitía su responsabilidad en el hundimiento del Belgrano, asunto sobre el cual no se le había cuestionado a la Primer Ministro y que implicaba un conocimiento de la increíble decisión de estudiar o analizar el Sheffield —un hecho, que por cierto, aún no termina de salir del todo a la luz. Las cosas se desataron. Provocamos que Reagan amenazara con misiles nucleares a Europa en defensa del patrimonio norteamericano.
La cinta permaneció en la oscuridad durante un año antes de que llegara al Departamento de Estado en Washington DC. Las negativas rotundas sobre el contenido de la grabación, fueron un claro indicativo de que los métodos que usamos para enlodar a Thatcher y a Reagan, no eran muy distintos a los que usualmente utilizaba el Departamento de Estado. ¿Por qué tomar en serio una grabación tan insignificante como la nuestra y hacer de ella un ríspido conflicto diplomático? El dedo acusatorio se dirigió hacia el Kremlin. Poco después, varios periódicos de Estados Unidos, así como el The Sunday Times de Gran Bretaña, acusaron a la KGB de hacer “juego sucio”. Fue la primera vez que la prensa aventuró una hipótesis sobre el particular, pero que, a pesar de estar candente en el panorama político, jamás pudo poner en tela de juicio la higiene moral de Thatcher respecto al Belgrano. Vivimos una mezcla de euforia y miedo. ¿Debíamos o no ventilar el engaño? Nuestra duda se resolvió cuando un periodista del The Observer nos contactó en referencia a “cierta cinta”. Al principio negamos saber cualquier cosa, pero gradualmente aceptamos la responsabilidad del hecho. Fuimos especialmente cautelosos en su manufactura y distribución para evitar cualquier tipo de involucramiento una vez que saliera a la luz pública. Sobre cómo aquél periodista del The Observer logró rastrear la paternidad de la grabación, es un completo misterio. Esto fue una advertencia. Si las paredes oían, ¿qué más sabían de nuestras actividades?

Desde los tempranos días grafiteros de 1977, intervenimos en varias formas de activismo político, desde el uso de sprays y el cortado de cables, hasta el sabotaje y la evasión. Nos preocupaba el hecho de que si la autoría de la grabación se conocía, salieran a la superficie los otros “delitos” que habíamos cometido. Nos expusimos al riesgo y ahora el teléfono comenzaba a sonar.
Los medios de comunicación del mundo resaltaron el suceso, con el argumento de que un “grupo de punks” hizo ver como un idiota al Departamento de Estado, y ya enfilados, dieron minuciosa cuenta de cuanto habíamos hecho. En los años que teníamos como banda, jamás logramos llamar la atención de ese modo. El teléfono no paraba de sonar, viajamos de un lado a otro concediendo entrevistas y fuimos tratados como “grandes personajes del mundo del espectáculo”. Nos entrevistó la prensa rusa y la televisión norteamericana filmó el evento. Estuvimos en vivo en American Breakfast TV y hablamos para estaciones de radio desde Essex a Tokio, siempre dando las respuestas con una perspectiva anarquista. Ganamos una forma de poder político, hallamos una voz, nos trataban con un incómodo respeto en donde lindaban el pasmo, el miedo y la admiración. ¿Era lo que queríamos? ¿Fue eso lo que se buscó y que al final logramos después de tantos años de esfuerzo y duro trabajo? Pasados siete años de fatiga interminable, nos volvimos aquello que se atacó desde el inicio. Hallamos una plataforma para impulsar nuestras ideas, pero en algún lugar del largo camino se perdió lo esencial. Donde alguna vez fuimos generosos y despreocupados, ahora éramos cínicos y retraídos. Nuestras actividades siempre habían tenido el matiz de la jocosidad y el humor y, en ese momento, nos internaron hacia lo deslucido de la uniformidad militante que tanto fue objeto de nuestro repudio. Nos agriamos donde alguna vez hubo gozo; nos apesumbramos donde antes había convicción. A lo largo de siete años vivimos acosados directa e indirectamente por las entidades del Estado, y en ese momento, una vez más, nos golpearon con todas sus fuerzas.

1984 llegó peor de lo que Orwell predijo. Desempleo, falta de vivienda, pobreza, hambre. La policía política era una realidad, como descubrieron los mineros. La “muerte accidental” provocada por los esbirros vestidos de azul que Thatcher equipó, se volvió norma aceptada. El equilibrio de toda una sociedad pendía de las frágiles cuerdas de una pérfida y viciosa déspota. Al lado de esto, nuestro destino era cosa mínima. Fuimos arrastrados a juicio para enfrentar los duros cargos por obscenidad que casi nos derrumban. “Tenemos medios para hacerte callar”.

El verano en el que tocamos nuestro último concierto, realizamos una caótica presentación a beneficio de los mineros del sur de Gales. Desde el escenario juramos seguir luchando por la causa de la libertad, y mientras manejábamos de regreso a casa, todos supimos que aquél camino que emprendimos hacía algunos años, había terminado. Necesitábamos nuevos métodos para aproximarnos a nuestros objetivos y semanas después, Hari Nana dejó la banda para buscar los suyos. No sentimos melancolía de suspender los conciertos. Perdimos la certeza de que lo que hacíamos tenía un efecto real. Realizamos nuestro trabajo durante siete años y si la gente pasó por alto lo que le ofrecimos, no era porque no lo hubiéramos trabajado duro.

“No hay más autoridad que tú mismo”, dijimos alguna vez, pero nosotros dejamos de lado ese “yo” para que CRASS pudiera existir. Estamos en ese proceso de búsqueda de nuestro “yo”, reexaminando nuestra participación y curándonos las heridas causadas por nuestra fugaz incursión en la “vida pública”. El “movimiento”, desde la Class War To Christians For Peace, necesita recuperar la dignidad que perdió en el proceso de confrontar los problemas que parecían creados por otros. Somos culpables de haber señalado un enemigo y, aunque sin duda hay quienes se especializan en obstaculizar el ejercicio de la libertad, lo cierto es que el enemigo se encuentra dentro de uno mismo. No hay “ellos” y “nosotros”; sólo hay “tú” y “yo”. Necesitamos consolidarnos, tranquilizarnos, rechazar sin titubear lo que no funciona y estar preparados para adoptar las ideas y actitudes que sí lo hagan. Encontrar ese “yo” que auténticamente pueda ser esa autoridad que buscamos. Necesitamos ver más allá de las oficinas de policía y el alambrado de púas para buscar una visión de la vida que sea de nuestra elección, sin tomar esa que nos viene impuesta desde los cínicos y los déspotas. El practicante de karate no se concentra en el ladrillo cuando intenta romperlo, sino en el espacio que se encuentra más allá de éste. Sería bueno aprender del ejemplo.

Hemos gastado mucho de nuestro espíritu, energía y tiempo tratando de dispersar la sombra de maldad que nos endosó la violencia y el terror de la era nuclear. Esa sombra se ha vuelto una mancha en nuestros corazones. Es tiempo de lavarla y salir a la luz. Nos atraparon, en sentido metafórico, las Greenham Gates. “Toca y entrarás… el reino de los cielos está dentro de ti”.

Hemos probado demasiado la amargura del mundo. Debemos ser cuidadosos de no envolverla con nuestra salud física y mental. Si alguna vez conseguiremos nuestros objetivos, con seguridad habrá de costarnos mucho trabajo. Hemos fallado en todo y hemos ganado en todo. No hay un doloroso final de cola-entre-las-piernas para esos años de trabajo, sino un eufórico, bullicioso y prometedor inicio.

Amor, paz y libertad, lo que fue CRASS y que ahora, sabe mucho mejor.

*Aquí puede encontrarse el texto en inglés: