El fetiche de la ficción frente al negocio de la realidad

Por César Cortés Vega*

¿Qué es la verdad? Una multitud en movimiento de metáforas, metonimias, antropomorfismos; en una palabra, un conjunto de relaciones humanas que, elevadas, traspuestas y adornadas poética y retóricamente, tras largo uso el pueblo considera firmes, canónicas y vinculantes: las verdades son ilusiones de las que se ha olvidado que lo son, metáforas ya utilizadas que han perdido su fuerza sensible, monedas que han perdido su imagen.

F. Nietzsche

 

a) Obsesionados por la muerte, permitimos el olvido // Porque, lo sabemos: a pesar de presenciar asesinatos en los medios, linchamientos, bombas y suicidios, hay una especie de recurso que hace que luego del shock, nuestra conciencia se apacigüe. Ocurre a menudo que imaginamos —o preferimos imaginar— que nuestro contexto más cercano no se verá afectado. Bastan así unos cuantos días luego de algún suceso traumático, para que el olvido haga de nuevo de nuestros diálogos una retahíla de normalidad. Optamos, pues, por la ingenuidad como principio de vida, más acá de los destellos de conciencia que son posibles en el dolor. Y es que quizá una foto como la del periodista Javier Valdez, por ejemplo, tirado sobre el pavimento poco después de haber sido acribillado, ya es una imagen común de la prensa en nuestro país. Si bien las interpretaciones que son posibles en quienes le vemos pueden variar según las lineas políticas de cada uno, o el contexto en el que la noticia se difunde, pareciera que ya estamos vacunados contra toda capacidad de acción. Lloramos o nos indignamos, posteamos una y mil veces la nota en los muros de nuestro cementerio facebookero. Incluso nos tomamos el tiempo para marchar un par de horas, y algunos un poco más para realizar mantas escritas con verdades incontestables. Sin embargo, al día siguiente todo parece ser diferente, como si las circunstancias se acomodaran en el tiempo de un modo distinto. Claro; los mexicanos hemos observado tal cantidad de imágenes siniestras, que se puede prever un pronto enfriamiento del desasosiego.

Así pues, es posible entenderlo: como todo animal vivo, necesitamos evadir los sucesos más traumáticos para no colapsar, como pasa en todo combate, en toda guerra. Porque el miedo es la raíz de un follaje que opaca la mirada, y que tiene motivos que van más allá de la mera indiferencia. Sin embargo la potencia de imágenes de tal magnitud no radica en su nivel indicial, es decir, en aquello que señalan específicamente según su contenido material. Por el contrario, su fuerza está en aquello que son capaces de evocar. Es ahí que la maquinaria del terror comienza a funcionar. Precisamente de eso se vale la doctrina del shock de la que ha hablado Naomi Klein: capitalismo del desastre que intenta generar confusión entre los ciudadanos para imponer reformas económicas y/o sociales. También conductas restrictivas. Control, en pocas palabras.

Basta contextualizar la pesadilla de la cual queremos escapar siempre que lanzamos un sarcasmo de medio pelo para dejar de hablar de frente, e imaginar lo que algunos seres humanos han tenido que presenciar en un espacio bélico, para luego aceptar que la posibilidad para adecuarse a condiciones particulares es el intento por eliminar de la memoria la obsesión de la muerte. Una búsqueda de mínima salud mental que permita volver a relajarse, a costa de la verdad. Luego, convivir con semejante violencia parecería más fácil de lo que es en realidad, pues a pesar de ser sus herederos y su resultado existencial más logrado, el fantasma de lo ominoso hará nuevos actos de presencia. Porque más allá de aquel alejamiento, en sueños comprendemos bien sus lógicas y sus procedimientos. De ese modo nos convertimos también en sus re-productores.

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b) La historia no es la contraparte de la ficción // En el libro ‘La memoria, la historia, el olvido’, Paul Ricouer realiza una pregunta muy interesante:

¿Cómo mantener la diferencia de principio entre la imagen de lo ausente como irreal y la imagen de lo ausente como anterior?

A la cual le sigue una constatación del argumento con el cual sigue desenredando una respuesta compleja sobre los motivos de la memoria y las consecuencias de su pérdida:

La imbricación de la representación histórica con la ficción literaria repite al final del recorrido la misma aporía que la que había parecido abrumar a la fenomenología de la memoria.

A muy grandes rasgos, una de las tesis centrales de Ricoeur en el libro es que la historia es en su totalidad escritura, y que por ello muestra su pertenencia al dominio de la literatura mediante construcciones narrativas que son representaciones de lo sucedido. Esto es lo que no las hace verificables, sino acaso desde una preocupación didáctica que proporciona la apariencia de una sucesión cronológica. Así, compara la epistemología de la historia, con lo que él llama la fenomenología de la memoria que se basa en dos preguntas clave: ¿de qué hay recuerdo? y ¿de quién es la memoria?  Al ubicar no sólo quien recuerda, sino aquello que es recordado, Ricoeur realiza una interacción en la cual se pone en duda la especificidad de los sucesos. Así, tanto la epistemología de la historia como la fenomenología de la memoria se encuentran ante la dificultad de distinguir entre un recuerdo y una imagen.

Quizá por ello, con esta dura fotografía de Javier Valdez sangrando en la vía pública, más que con ninguna otra quizá, estamos cruzando un límite que tiene que ver con la credibilidad, no del suceso en sí, sino de aquello que lo representa. Se trata de algo que señala que por mucho que su difusión multipolar lo convierta en un suceso difícil de asir conceptualmente —y que se emparenta con el término ‘posverdad’, hoy tan usado—, su difusión tiene su límite en los territorios éticos de una realidad que, a pesar de la constatación material en la imagen, está fragmentada. Por ello el cuerpo tumbado sobre su propia sangre no es información, antes de ser un cierto tipo de creación frente a la cual nos cuesta trabajo tomar postura. No sólo, pues, un hombre tirado en el pavimento, sino las mil y un imágenes y notas posibles, las de fotógrafos y periodistas profesionales junto a las de los transeúntes que capturaron con su celular el acontecimiento. Así, es imposible en este contexto no asumir el papel observadores que completan las maniobras que hacen de este un país terrible que se aferra, mediante el silenciamiento, a su propio miedo. País de un terror de dos vías; el de quienes miramos estas cosas sin saber muy bien qué hacer, y el de quienes están dispuestos a toda costa a dominarnos mediante el ejercicio de una violencia comunicativa —de principio— cuyo correlato sucede en la constatación de otros tantos acontecimientos. País de los muertos vivos, el de los flujos contradictorios, que se sostiene aún sobre una liturgia soberana que invisibiliza el mal, y un desequilibrio siniestro que se manifiesta mediante la muerte.

c) Fetiche de la ficción, negocio de la realidad // La idea de que la ficción es un ‘producto’ —pensando incluso desde su etimología productus como ‘lo logrado’, lo ‘llevado a cabo’— es una concepción reciente que depende de sus usos y su circulación. La literatura ha hecho suya esa función, como desarrollo y dominio de la cultura de Occidente que ha intentado desmarcarse —sin lograrlo, en realidad— del pensamiento religioso. Como ya lo esbozara Walter Benjamin, el capitalismo es una consecuencia del cristianismo:

El capitalismo —como se evidenciará no sólo en el Calvinismo, sino también en las restantes direcciones de la ortodoxia cristiana— se ha desarrollado en Occidente como parásito del Cristianismo, de tal forma, que al fin y al cabo su historia es en lo esencial la historia de su parásito, el capitalismo.

La producción en él puede tener el lugar entonces de una liturgia que se niega a sí misma, en términos de mito (aunque no de rito, como ya lo ha señalado Agamben a propósito de Benjamin). Así, la construcción de ficciones realizadas con unos ciertos modos de narrar, unas formas específicas de circulación y unos determinados hábitos, no son sino la forma reificada de una escisión entre su forma útil y su forma religiosa. Es decir, si la ficción tiene una función más que aquella objetividad meramente ritualista —obtusa y sin sentido aparente, más allá de un consumo abstracto de cultura, ajeno a la revisión de los motivos de su propia mitología y pregonada sobre todo por los moralistas de la forma—, por eso produce ‘realidad’ mediante la historia, y otras vías. Así, por un lado existe un uso de la ficción que, gracias a su evolución, se ha fetichizado según un dominio logrado en la aceptación cultural de los pueblos y la especialización en un campo como el literario. Por otro, hay una producción —consciente o inconsciente— de ficción, mediante diversos métodos de objetivación, como la política o la información. Observado desde aquí, decir por ejemplo que en todos los pueblos ha habido literatura, no sólo es incierto, sino en gran medida, ocioso. Es más certero decir que en todos los pueblos ha habido construcción de realidades mediante la ficción. Es decir; técnicas de representación de muy distinta índole. Algunas de ellas escritas y otras no. Si a dichos ritos que reconocen la construcción de su propia imagen, le llamamos ‘literatura’ hoy, es gracias a nuestras propias mitologías, que raras veces habitan nuestra conciencia. Por eso es posible la objetualización de sus contenidos, gracias a que esto que llamamos realidad —gracias a las mismas mitologías que erigen fetiches que no parece serlo, o que no se declaran como tales—, es el gran negocio de las ideologías de lo real, muy parecido a lo que el mismo Ricoeur menciona en otro libro —’Sí mismo como otro’— como ‘filosofías del sujeto’, donde el yo se da por sentado, más allá del cuestionamiento de las características de su voz.

d) Mitologías del miedo // Nuestro olvido no se trata de aquel que ha surgido luego de un proceso concluido, frente al cual la política implicaría no la amnesia, sino el procesamiento de los recursos imaginativos del sujeto. El nuestro es un olvido traumático, logrado en la imposición de un relato de la violencia. De aquella que se ve, pero que sobre todo con ello se evoca. Violencia fetichizada, convertida en producto de los medios, desligada de su propia mitología, y transformada en fetiche ritual que es resultado de una estratificación de causas complejas. Es así que nuestros recursos imaginativos para la acción parecen estar clausurados, debido a que somos incapaces de reconstruir su sentido, ligarlo a concepciones que nos permitan creer en algo más que no sea la mera producción de contenidos que la evoquen para solo condenar moralmente su uso, y así modificar su valor simbólico de cambio. El cuerpo lacerado de Javier Valdez y sus sucesiva difusión es, como ya sugería, la trama que refuerza un relato del cual es difícil salir. Él mismo estaba dedicado a contar una versión distinta del narcotráfico. Y algo que parece una provocación menor, apenas una reconstrucción de las causas que hiper-determinan a sus actuantes, hace que la misma violencia y su relato convencional vuelvan a operar. Y lo paradójico es que la difusión del miedo mezclado con una indignación de fin de semana, sigue reforzando la misma versión de la cual parte.

Quizá para que este círculo vicioso pueda romperse, nos quede llevar a cabo una autocrítica de nuestra participación en la producción de dicha violencia. La re-mitologización de quienes estamos también produciendo aquel rito, sin una ficción autoconsciente. Porque quizá aquella exclusión de la responsabilidad sea una de sus causas primeras.