Sobre Elogio de la azotaina, de Jacques Serguine

Existen pocos seres a quienes se pueda considerar que han alcanzado el grado del refinamiento en el amor o en el sexo. Los habrá aún menos que lo sean para el amor y para el sexo. El autor Jacques Serguine tiene que ser uno de ellos. Lejos de la basura seudo erótica que pretende, también, ser literatura BDSM, Elogio de la azotaina, es una obra que integra en un solo texto un ensayo y un manual de prácticas, para los no iniciados, en el arte del azote erótico (que también podemos llamar Spanking), y que constituye tanto una fantasía como una práctica que requiere del consenso de sus practicantes.

Ya he hablado de Jacques Serguine y su obra Cruel Zelanda, una de las novelas eróticas más intensas jamás escritas, fuera del ámbito de poder de un Marqués de Sade; con este manual, escrito de forma exquisita y divertida, la colección La sonrisa vertical de Tusquets, dirigida por el erotómano español Luis G. Berlanga y publicada en español en 2009, se vio enriquecida desde que el libro se convirtiera en un inencontrable ejemplar para coleccionistas. Fue publicado por primera vez por la francesa Éditions Gallimard, en 1973 y, como el resto de las obras de Serguine, pasó de inmediato al terreno de las obras prohibidas.

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El libro se divide en tres partes que analizan, mientras proponen, los estadios de la práctica a través de su por qué, el cuándo, y el cómo de su quehacer. Pero antes, reflexiona, y nos mueve a reflexionar, así:
El sexo de la mujer nos resulta más familiar a los hombres. Lo conocemos desde hace mucho tiempo, o al menos lo reconocemos, lo hemos domesticado o hemos sido domesticados por él, lo hemos penetrado, lo hemos sostenido en nuestras manos, en nuestros sueños y entre nuestros labios. Lo hemos asediado a la vez que nos hacía sufrir. Pero el trasero permanece lejos de nosotros. ¿Qué significa eso?

Repito, Serguine sabe de lo que habla, al punto que medita:
El término mismo, una azotaina, que por mi parte encuentro más carnal, más sugestivo y amable, más burlonamente picante que la palabra de la que deriva, las nalgas (en francés “fesée”, azotaina, resulta de “fesse”, nalga), tan fea y tan pesada, parece estar asociado en el espíritu masculino, y en general en el del adulto, a cierto mundo de la infancia. O bien una pura perversidad, si no a una perversión, con un matiz libidinoso, con todo lo que ello implica de débil, senil y malsano.

Recurre al Diccionario alfabético y analógico de Robert:
Azotaina. Golpes que se dan en las nalgas. Dar una azotaina a un niño…
Y más abajo: Azotar. Pegar dando golpes en las nalgas. Azotar a un niño para castigarlo.
Por todos los santos, ¿qué ha podido vincular, en la mayoría de las mentes, el trasero, o el uso delicioso que de él se puede hacer, con el mundo de la infancia, de manera tan íntima que los dos ejemplos destinados a ilustrar el uso habitual en una lengua del primero se refieran los dos al segundo? Dar una azotaina, azotar un niño. Pero, diantres, ¿por qué no a una mujer, a la mía, a la vuestra, o incluso, por qué no, a un hombre, si uno quiere se equitativo, como es mi caso? ¡Azotar a un niño para castigarlo! Volveré luego sobre el concepto de castigo, que parece tan asociado a la encantadora idea de la azotaina. Pero incluso reconociendo esa vinculación, ¿por qué precisamente a un niño? Es absurdo. Azotar a un niño para castigarlo, ¿qué quiere decir eso?

La azotaina, insiste Serguine, se realiza en el consenso, esa palabra que siempre debe estar presente entre los practicantes de cualquier rol BDSM, que, ¡vamos!, deberían tener en este texto a un manual de cabecera.
Seguramente, la azotaina, más que todas las demás palabras, dado su peligroso poder de abstracción, permite construir un acuerdo, el permanecer unidos, por tanto, y acercarse aún más a partir de esa agresividad, de esa hostilidad soterrada, de esas inevitables divergencias, de esa violencia que, en fin, no me extrañaría que fuese uno de los resortes más potentes del amor. Puedo odiar muchas palabras, y quizá a quienes las dicen. Pero ¿quién podría odiar un trasero tan bello en su desnudez? ¿No es cierto que son bellos cuando están desnudos y, además han elegido estarlo?

Más adelante, al finalizar el primer capítulo:
Mientras ame a mi mujer y esté convencido de que todo ser humano es mi semejante, incluso si no se parece a mí, ya que no solamente es de hecho, sino de derecho también de lo que se trata, me creeré y me sentiré incapaz de pedirle cualquier cosa que yo, a mi vez, no pudiera soportar que me pidan.

¿Cuándo es bueno practicar la azotaina? Serguine apunta:
Yo quería azotarla porque la amo y porque ella me ama. No tenía tiempo para esperar. En ese sentido, realmente, primero viene la azotaina y, luego, las leyes. Las reglas de oro sólo pueden ser negativas o privativas: dicen lo que no hay que hacer, o mejor aún, lo que no puede ser; no dicen lo que puede o debe ser.
Decidí darle una azotaina a mi mujer al menos todos los viernes. (…) El viernes es un buen día, como lo sería cualquier otro. Cada uno debe elegir su día.

Serguine descubre, en el capítulo dedicado al cómo la fuente primordial, diríamos freudiana, del comienzo del placer, que sólo de adultos podemos reconocer si tiramos una línea hacia el pasado. Autor y esposa se encuentran en una ciudad de oriente. Ella le cuenta de cuando, siendo adolescente, llegaba tarde, por la noche:
Le pregunté qué pasaba entonces, si el viejo gritaba mucho. (…) En primer lugar, dijo, su padre no era tan viejo. Y era un señor muy digno. No le gritaba, sino que le pegaba. Sentí que se me llevaban los demonios, y, al mismo tiempo, confieso que me noté excitado. ¿Se atrevía realmente a pegarte? ¿Y cómo? Dime, ¿cómo te pegaba? (…) “Créeme, mi padre no tenía nada de perverso; no era como tú. ¿Qué hubieras querido que hiciera? Si quieres saberlo, me cogía por el brazo, me hacía girar como un trompo y me daba dos o tres buenos azotes en el culo. Y claro, me hacía daño, intentaba escaparme, primero corriendo alrededor de la mesa. Pero yo estaba de pie y vestida, ¿qué creías?”

Serguine finaliza:
Ciertos lectores que me habrán seguido hasta aquí quizá continúen creyendo que bromeo o exagero. Quisiera repetir, para concluir, que no es eso. En una época y un mundo, quiero decir un tipo de sociedad, en los que la carne, mientras tiende a exhibirse cada vez más, es en el fondo la gran derrotada (…) haz el amor y no el odio. Y no hagas tampoco el ángel, o pronto tampoco podrás conocer la alegría embriagadora de hacer el animal. Hubo tiempos pletóricos de carne y sangre. Así se cree, al menos. Ya no lo son, o aún no han vuelto. No nos desgarremos más, porque todas las heridas sangran, las del cuerpo y las del alma, y ya no nos queda mucha sangre.

Como Serguine, comulgo con aquellos que saben que tanto el amor, como el sexo, son terrenos de conquista para unos pocos avezados, para unos cuántos osados, hombres y mujeres. Que el resto se quede con sus ideas blandengues y la corrección política, esa que censura obras como esta, y que constituye uno de los grandes males de nuestro tiempo.