Moebius, por Flavia Pantanelli

n4_moebius

Si yo tuviera mis piernas, ahí sí te quiero ver; si tuviera mis piernas de antes la cosa sería distinta: cualquier día iban a estar tirado yo acá, meándome encima porque la Lucía no me lleva al aseo y el mocoso de la Lucía, como buen hijo de puta, para lo único que sirve es para joder; al menos éste todavía no se le fue, no como la Patricia que vaya a saber por dónde anda, dicen que cruzó la frontera, que hay que ser tonta para cruzar la frontera a los catorce, pero bueno, tonta siempre fue y tan puta como la madre, puta y tonta, encima, porque la madre por lo menos, cobra; pero, ah, si yo fuera el de antes, la Lucía no se pasearía todo el día con las tetas al aire, buscando clientes, caminando adelante, atrás, mirando a los tipos así como los mira que es casi un ruego, ofreciéndose para que la gocen por dos pesos, todos los de acá del pueblo en mi propia cama y se cagan de risa del viejo podrido que soy, se gozan a la Lucía en mi propia cama y es lo mismo que me estuvieran gozando a mí, y ya van dos veces que le digo hoy al Juancito que me estoy meando encima y se hace el sordo el muy hijo de puta, y cada tanto le tira un piedrazo al Lobo, que está más viejo que yo, a duras penas si se mueve, y que si le llega a errar me parte la crisma, y para mí que el mierda lo hace a propósito, porque sabe que no puedo moverme, así como estoy con medio cuerpo podrido, que cuando veo caer la piedra me cago todo y lo único que me queda es rajarle una maldición que al chico, que igual, le resbala, como si hablara otro idioma, y corre, y a mí me vienen ganas de llorar y se me caen los mocos, y más vale que le va a resbalar la maldición si es chico, no sabe lo que es estar así, muerto en vida, qué va a saber el pibe lo que es la muerte y tampoco lo que es la vida, sólo sabe del polvo de este pueblo perdido, y de hambre, y del olor de los tipos que se revuelcan en mi catre con la madre; ahí viene otra vez la piedra y yo me cago todo y lo puteo y él se queda quieto, viendo si le pega al perro o le erra y le da al viejo podrido, en este banco todo el día al sol y a la sombra, con olor a meo, que no puedo ni espantar las moscas que me vienen a caminar por las llagas y él, atento, viendo volar la piedra, y para mí que debe apostar para adentro si me pega o le erra y debe decir: pucha, yo creí que esta vez sí, que esta vez le rajaba el mate al viejo, que ahora está ahí dando lástima pero bien que era un reverendo hijo de puta cuando estaba sano, que me cagaba a palos si no limpiaba la casa, bien que me molía a leñadas cuando a la noche no traía nada; como si las billeteras, como si los viajantes, los borrachos, como si los clientes para la mamá llovieran de los árboles en este pueblucho; Pago Seco, le pusieron; Pago Seco; y sí, qué otro nombre ponerle a esto y la mamá, que si consigue un tipo me hace dormir afuera y si no consigue nada me tiene con las tripas vacías, y encima ahora, desde que llegó el gringo no tiene ojos para ningún otro tipo y casi que no trabaja y corremos la coneja que da gusto y digo yo si no es mejor el sargento Cernadas que el gringo éste, más vale que el sargento es gordo y grasiento y tiene el ojo virocho, pero paga aunque paga poco y mientras culea con la mamá, yo me pruebo sus botas, y después deja la plata, me palmea la cabeza, me saca las botas de las manos y dice Juancito, algún día vas a ser colimba como yo y vas a tener las tuyas propias; dice eso pero yo sé que piensa otra cosa, yo sé que piensa: un pobre indio este Juancito, tarde o temprano me va a caer preso; ahora porque es pichón y corre como el demonio y con el calor que hace no hay quien quiera seguirlo dos cuadras por una billetera mugrienta o un par de anteojos, pero en un tiempito nomás, oíme Lucía, es cosa de poco tiempo, que el Juan empieza con la tranca y ahí sí, cae; ahí sí, te digo, que cae como caen todos, borrachos, o drogados, reventado a palos por el yanqui al que le afanaron unos dólares, o cagando sangre de la culeada que se dejaron pegar por una línea de coca, por una jeringa; o peor, aparecen fríos, verdes, en el fondo de alguna acequia, oíme Lucía, escuchame, que yo sé lo que te digo, es cosa de un tiempo nomás que al Juancito se le acaba la buena suerte; así le digo yo pero la Lucía ni bola, se tira en la catrera, abre las piernas y mientras yo me la monto, ella silba y mira el techo, y cuando le acabo se lava enseguida y me fuma un cigarrillo, o se queda con dos o tres o todo el paquete y se viste de nuevo para volver a salir, Lucía, le digo, vas a salir otra vez a trabajar a esta hora y ella me mira y no dice nada, en general no dice nada, a veces dice, Oíme Cernadas, las cosas como son, media hora, y te vas; no te me vengas a hacer el padre que ya tengo uno, ahí afuera, no me vengas a hacer el marido que yo marido ya tuve y bien muerto que está, y con vos me las entiendo porque mucho no queda: el gringo que en siete meses no me dio nunca la hora, y algún que otro viajante, de los que quieren cosas raras, pero pagan bien; y ojalá me diera algo de calce el gringo pero nada, siempre ahí, en la ventana del hotel, fuma y mira, fuma y mira, y cada tanto lo llama al Juancito para que le haga algún mandado, y sigue ahí, guardado, ese tiene algo con la ley, y para mí que los que llegaron hoy tienen algo con él, algo les debe, porque estos no vinieron ni a ver a la virgen ni buscando putas ni a jugar en el casino; andan dando vueltas desde la mañana como perro en celo; perro en celo, ojalá perro en celo, que mis buenos mangos me haría yo, solo de ver los relojes que traen, las cadenas de oro; estos tipos me huelen mal y el gringo que no aparece en la ventana desde el mediodía y mirá las cadenas que tiene aquel que habla con el viejo, con esa pinta de macró que se cae, y bien que el Juancito se daría maña para sacarle la cadena o al menos dos billetes de la cartera si me lo consiguiera llevar a la pieza, pero qué va, estos no vienen a eso, andan oliendo el aire como carroñeros, pero bien que el Juancito les sacaría algo, claro que después yo tendría que correrlo medio día para que largue el bulto, o cocinarle arroz con leche o guiso de lentejas, y entonces sí, después del arroz con leche y un poco de upa, que el grandulón todavía quiere cada tanto que le haga upa y con eso le saco cualquier cosa, se ablanda, si es un pibito, no tiene ni ocho todavía, es un pibito, tierno, no como dice Cernadas, es un pibito, yo a mi hijo lo conozco, se me sube a upa y me toca el pelo y me pregunta ¿vos me querés mamá?, ¿me querés?, mirá lo que conseguí, se lo saqué al blanco que vino en el sedán a la mañana, le preguntó al abuelo por un tal Estíven, que para mí que es el nombre del gringo, y el abuelo le contestó algo, viste como habla, que no se le entiende nada, y levantó la mano y señaló la habitación allá enfrente, quién sabe por qué, no creo que ni le haya ni escuchado la pregunta al blanco, pero viste al abuelo, que se la pasa todo el día sentado ahí como una planta con los ojos clavados en la ventana del gringo, como te digo: bajó el tipo del sedán y el Lobo se le vino encima y el coso ese le metió una patada en el costado, y el abuelo dijo dos o tres pavadas de las que él dice desde que quedó tullido y señaló la ventana; el tipo cruzó la plaza y entró al hotel, y yo me fui por la parte de atrás, porque ahí iba a pasar algo gordo, que por algo el gringo me había mandado a traerle la otra noche un bulto que estaba escondido en la iglesia, atrás de la eucaristía, dos pesos, mamá, me dio, y me dijo que si se lo llevaba sin abrir, me daba tres más; ahí iba a pasar algo gordo, si hoy no me encargó ningún mandado, ni cigarrillos me mandó comprarle, pero yo sé que estaba ahí, atrás de la persiana cerrada, yo sé, estaba ahí. Iba a pasar algo, y no me equivoqué, mamá: entré por el patio de atrás y cuando la Polaca se fue al baño, me metí por la cocina, salté la ventanita del lavadero y me llegué hasta la pieza del gringo; lo vi tirado en la cama, de bruces; al principio pensé que dormía pero estaba tan quieto que me dio susto, me acerqué y lo zamarreé y estaba frío, pesado; le pegué un grito a la Polaca y lo dimos vuelta entre los dos, y ahí vimos que no era el gringo, que era el blanco: tenía un balazo en la frente y la camisa llena de sangre; del gringo ni noticias y en eso entró Cernadas y me hizo sacar, sacámelo al chico, Polaca, llévaselo a la Lucía, que me trajera con vos, y ya no me dejaron ver nada; lo que sí, mamá, yo me apuré, que el tipo tenía bastantes billetes en la cartera, y el reloj este que parece bueno, mirá mamá, y también tenía esta cadena al cuello. Mirá cómo brilla, ¿ves mamá?, ¿ves?, no es como dice el abuelo, el mocoso de la Lucía, como buen hijo de puta, para lo único que sirve es para joder, y yo, acá, meandome encima, porque la Lucía no me lleva al baño y el chico de la Lucía tampoco y eso que ya le dije dos veces, al mierda, que me estoy meando, pero, ah, si yo tuviera mis piernas, cualquier día me iban a ver acá tirado; si fuera el de antes, ahí sí te quiero ver; la cosa sería distinta.

*Flavia Pantanelli, es cuentista y vive en Buenos Aires, Argentina. Es autora de Haceme lo que quieras (2015) y Carne rota (segundo premio del Concurso de la Fundación Victoria Ocampo, 2015). Su libro El extraño lenguaje de las casas fue finalista de la convocatoria de la editorial Pelos de Punta 2016.