La aprendiz por Mariano Villegas Osnaya

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La suerte se compra —sentenció el maestro— y la mala fortuna se regala. La aprendiz, que también era su amante, se quedó pensativa mirando el rostro del maestro tratando de recordar algo mientras éste daba un trago a la cerveza que tomaba. Lo había conocido en la fiesta que, hace un par de años, dio una amiga en común. Las primeras semanas de su relación le impresionó la forma como hablaba, el modo como podía hilar un discurso que parecía improvisar a partir de cualquier cosa —un recuerdo, una escena callejera, una frase escuchada a lo lejos— para concluir algo en apariencia ajeno a lo que las motivó, aunque vistas de cerca —la frase escuchada a los lejos, la escena callejera, el recuerdo—, y gracias a las palabras del maestro, adquirían un nuevo sentido como si antes de aquéllas hubiera sido imposible entenderlas de otro modo. También le gustaba que fuera alto, pero no demasiado; esbelto, de facciones neutras, aunque moreno, podría parecer guatemalteco o pakistaní según la luz y el largo de su barba. En la cama —confesó la aprendiz en una ocasión a sus amigas— era de regular a malo. Dependía de la cantidad de alcohol que hubiera tomado y de la cantidad de carne y frutas que hubiera comido. Su conversación era ágil, con destellos de humor: resultaba difícil saber cuándo bromeaba y cuándo hablaba en serio. A decir verdad, el chiste consistía en la ambigüedad de la frase, la cual, entendida de una forma u otra, podría hacer transparente la personalidad, los prejuicios y los afectos de quien la decía, en este caso, del maestro. El chiste era decidir si se trataba o no de un chiste. El resultado era que todos los machismos, feminismos, racismos y homofobismos —la palabra le sonó rara a la aprendiz cuando la pensó en ocasión de una conversación— fluían en sus diálogos de manera tan natural que terminaban por confundirla y tendía a exculparlo cuando se encontraban con otras personas. Las tres últimas obras del maestro no le habían gustado a la aprendiz. Es cierto que en días recientes a la aprendiz le comenzaba a cansar la compañía del maestro, sin embargo, eso no afectaba el juicio objetivo sobre su trabajo. Le parecía reiterativo, anticuado y sin ningún tipo de convicción estética o poética, sea el caso, mucho menos política. Por otra parte, a nivel personal, sus gestos le parecían demasiado familiares y le repugnaban, así como los giros coloquiales o vulgares que utilizaba en su conversación para no hacerla tan pesada, pretendiendo hacer inteligible lo que de otro modo sería muy abstracto o teórico. Cuando hacían el amor, lo hacían de forma desganada, cumpliendo una rutina y un compromiso implícito, nunca dicho: cine, cena, cama. Cada vez hablaban menos y cuando lo hacían era sobre cuestiones del oficio y de las interminables quejas del maestro sobre el estado del arte y la cultura. También conversaban de su próximo trabajo. Una noche, la aprendiz, en lugar de irse a la cama con él, prefirió mostrarle la obra que recién había terminado. El maestro, emocionado —ella lo notó en su rostro—, accedió a revisarla para hacerle sugerencias. La aprendiz decidió no quedarse esa noche en el departamento para no afectar el juicio de éste sobre la obra. Pasó dos días sin verlo. Cuando se reunieron para comentar el trabajo, para “recibir la crítica” como le dijera por teléfono esa misma tarde, la aprendiz escuchó con atención hasta la última frase del largo monólogo que le “regaló”, a modo de lección universitaria, el maestro. A diferencia de otras ocasiones, le pareció que nada de lo que había dicho tenía sentido o, por lo menos, guardaba relación con su obra, excepto por la última frase con la cual cerró su discurso con gesto triunfal: la suerte se compra y la mala fortuna se regala. Ella lo miraba sabiendo cada uno de sus gestos, de sus ademanes, sabía cómo reaccionaría si es que ella rebatiera algunos de sus asertos, de sus juicios. Antes de que todo eso sucediese, la aprendiz recordó dónde y cuándo había escuchado esa frase: eso ya me lo habías dicho cuando nos conocimos —señaló la aprendiz. El viejo pareció no darle importancia. Entonces, la artista supo que todo había acabado entre ellos y que quizá no lo volvería a ver después de esa noche. Sin embargo, fueron al departamento para terminar de cumplir el trámite: crítica, cena, coger.

*Mariano V. Osnaya (Ciudad de México, 1985) es escritor y editor audiovisual. Su cuenta de Twitter es @marianoviom.