Sobre “Cruel Zelanda” de Jacques Serguine

En 1978 el legendario editor Jean-Jacques Pauvert publicó en Francia una novela anónima con el título de Cruel Zelanda. Pauvert había cobrado celebridad como el único que se atrevía a sacar a la luz a autores y títulos marginales y prohibidos, y el primero en resucitar al Marqués de Sade bajo su sello editorial la Societé Nouvelle des Editions Jean-Jacques Pauvert. Será a raíz de la publicación de Juliette del Divino Marqués en una imprenta casera, el año 1947, que Pauvert se las tenga que ver con la ley en un pleito que duraría más de diez años, en cuya defensa saldría Maurice Garcon, conocido por su defensa de las causas literarias.

Así, por la imprenta victoriosa de Pauvert pasarían obras tan legendarias como la misma editorial, entre las que se cuentan la inicial Historia de O de Pauline Réage, que tanto aportó a la estética del movimiento BDSM, y que fuera publicada en 1954 o autores tan perturbadores, por su erotomanía iluminada de filosofía, como Georges Bataille y Pierre Klossowski, quienes, por cierto, le rendían tributo en una gran amistad. Pero también un Salvador Dalí en su primera y preciosista edición de El mito trágico del Angelus de Millet a la vez que, debido a sus múltiples intereses, mantenía correspondencia con el situacionista Guy Debord.

Sobre Cruel Zelanda, expresó que “el autor, que jamás había publicado textos eróticos, podrá quizás ser reconocido por sus múltiples lectores habituales“. En español la primera edición se debe al extraordinario (lo digo sin concesiones) guionista y cineasta, e indefectible erotómano español, Luis G. Berlanga, que la publicó en la famosa colección de Tusquets, La sonrisa vertical en 1980. Y, aunque por los apuntes de Pauvert se suponía al autor un francés vivo, sobre el género del mismo se tenían serias dudas. ¿Podía ser una mujer, puesto que el autor hacía gala de una sabiduría anatómica, de una sensibilidad de gustos, de un lúcido descubrimiento erotogénico, superando “el atávico desconocimiento que tiene el hombre de la sexualidad femenina”?
La sorpresa vendría años después cuando Jacques Serguine, autor de obras eróticas censuradas por obscenidad y apadrinado, ni más ni menos, que por Jean Paulhan, en la Nouvelle Revue Francaise, se adjudicaría la autoría de esta, una de las novelas más intensas del género.

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Cruel Zelanda narra el viaje y el descubrimiento sexual más amplio, que constituye tanto una iniciación en la feminidad más profunda, como un salto de cabeza al vacío del Yo más asombrado y revelador, y que tiene un gran parecido con el horror. El de una mujer ahogada y reprimida de la época victoriana que viaja con su marido, un oficial de la reina y exiliado por un oscuro motivo, a unas remotas islas neo zelandesas. La novela comienza con la frase La forma más corriente de felicidad consiste en ignorar que no se es feliz. Tras el matrimonio de esta pareja, igual que tantas otras, Stella, la protagonista y narradora, expresa: Frank sólo una vez me desagradó enormemente. Me refiero, por supuesto, a ese momento en que concluyó el día en que nos casamos. Por suerte, a pesar de todo había sido suficientemente advertida sobre lo que los hombres hacen a las mujeres. Este tono inicial nos otorga una visión del tamaño de las revelaciones que, esta pobre mujer, está a punto de obtener cuando caiga en manos de toda una tribu, incluyendo niños, cuya cultura está por completo entregada al sexo.

Cuando parte de la tribu tiene por primera vez en sus manos a este desdichado ser humano, por mucho que su esposo le conociera carnalmente, en realidad virgen, ella recuerda: A los veintiséis años, nadie me había visto nunca realmente desnuda, en todo caso desde la más tierna infancia. Ya lo he dicho antes, incluso evitaba mirarme cuando me lavaba, me vestía, o me desvestía. Se trata del primer choque con la tribu. El primer Shock a través de cuyo pasaje, desnudan, exploran íntimamente, lavan y violan, un grupo de niños indígenas a Stella.

Es testigo de la erotogenia entre los niños de la tribu: Desnudos como cuando la verdadera infancia del mundo, a la que ni ellos ni sus padres jamás habían realmente renunciado, seguían descubriéndose. Las chiquillas, las mujeres-niñas, eran como siempre las más más inventivas. No les molestaba en absoluto asociarse para acometer, dos o tres de ellas, a uno de sus pequeños compañeros. (…) Todo les estaba permitido y resultaba posible. Evidentemente, el conocimiento ciega, éste es el sentido de la imagen del fruto prohibido del árbol.

A través de varias páginas ‘Stella’ pasa de descubrir su propio cuerpo a morirse de vergüenza, a encontrarse a sí misma a través de inauditas sensaciones cuando toda la tribu la posee y la despoja de su último recurso, la intimidad. Para, por fin, convertirse en una criatura perversa que goza cuando la tribu apresa a su esposo y practica con él lo que hicieran antes con ella. En un momento Stella expresa: La pretendida virilidad de cualquier rebaño de hombres no podría agotar la minúscula vulva de una mujer. Sin embargo, estaba molida. Era como si me hubieran apaleado con barras de hierro.
Por supuesto que esta destrucción de la segura masculinidad de ‘Frank’, el esposo de ‘Stella’, cuando es atado a un árbol y penetrado, por hombres y mujeres, por objetos y con frutas, no encuentra más tabla de salvación que culpar de grandísima puta a su mujer, al darse cuenta que ella ya ha sobrepasado los límites, que se ha entregado a su amplísima feminidad, que le parece a él monstruosa: Las niñas lo adoraban. (…)

Nunca me mezclaba a estos juegos, ya que me parecía absurdo privarle de estos placeres.
Cuando escapan, a petición de ‘Frank’, ella se entrega en su casita de campo escocesa, desde su vida trivial, aburrida, a escribir sus recuerdos: ‘Frank’ y yo hacemos el amor, sobre todo cuando él tiene ganas. Nos quitamos primero nuestros largos camisones. He ensuciado todas estas páginas a escondidas. Incluso ahora, acechando cualquier ruido, una puerta que se abre, estoy preparada, me escondo. ¿De quién? No lo sé. Sin duda de ‘Frank’. De todo el mundo. Quizás de mí. Allá, nunca me escondía.

Así, desangelada, culmina una de las novelas eróticas más vivas jamás escritas. Lo intenso de su prosa tiene correspondencia en la intensidad del deseo y la fantasía de muchos seres que van por ahí, sin atreverse a conocerse a fondo nunca.