Nieve de mango, por Paul Medrano

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En aquel tiempo debía tener unos treinta años, aunque yo me sentía como de cincuenta, porque además de subempleado de periodismo, debía medio año de renta y la casera me apolillaba todas las mañanas. Una cosa bien triste, como de telefilme venezolano. Pero todo cambió una tarde en la que me avisaron que una fundación me había otorgado una beca para escribir un libro de crónicas.
Gracias a una crónica sobre las palomas de campanario que publiqué en El Sol de Tequisquiapan, la cual fue muy comentada, conseguí cierto reconocimiento entre el gremio local, entre algunos fanáticos de la preservación animal y uno que otro funcionario de tercera. Fue tan popular que hubo algunos compañeros que me animaron a meterlo al concurso de crónicas de la fundación. El resultado no sé cómo ocurrió, pero lo gané.
De ese modo, tomé la mochila donde guardaba mis pertenencias más valiosas, le dije a mi casera que iba por cigarros a la esquina y me mudé a un pueblito de Acapulco, llamado Barra Vieja.
No es que yo adorara las playas, no. Pero la fundación me había dado dos opciones para irme a vivir: el DF o el pueblito de Acapulco. Lo idóneo era estar lo más lejos de Tequisquiapan y de mi casera. De modo que opté por Acapulco, aunque para eso tuviera que comprar chanclas, bermudas y repelente de mosquitos. Algo que no usaba ni de relajo en mi pueblo de procedencia.
Por aquella época, mi sueño de convertirme en cronista había mutado a pesadilla: se trataba de un proxeneta musculoso y cruel que me golpeaba todo el día. «A ver, pendejo, ¿cuánto has escrito hoy? ¿Qué crónica leíste?». Mi autoestima soportaba todas aquellas humillaciones sin chistar, pues soñaba con escribir a cuatro manos con Juan Villoro o Alejandro Almazán. Una cosa bien guajira.
Quien me recibió en Acapulco fue el calor. Una temperatura ideal para derretir cera o soplar vidrio. Pero no para escribir. Eso fue mi primera impresión, junto con varios arroyos de transpiración. Aquí el sudor es un capataz ojete y despiadado, por eso hay que huirle y buscar sombra.
Cuando bajé del taxi que me llevó desde la central de autobuses, pensé que la dirección que le había dado no era la correcta: se trataba de una preciosa casa de madera, con porche al frente. Aunque era pequeña, sus dos pisos la volvían gigante, comparada con el cuartucho que rentaba en mi ciudad.
En cambio, este chaletito era un encanto. Incluso, a pesar de la gran puerta principal custodiada por dos faroles de lo más pinche ridículo y a pesar de que hasta el aire se sentía salado.
Mi nombre estaba pegado en la puerta junto con un sobre color mostaza. Lo abrí. Se trataba de un texto de bienvenida y algunos requisitos que debía cumplir con la fundación. Uno de ellos era: «Se prohíbe terminantemente al becario comerse los mangos». Por un momento creí que se trataba de un guiño críptico, pero cuando recorrí toda la casa, descubrí el amplio patio trasero donde brillaban catorce árboles de mango cargados de maravillosos frutos; caí en cuenta que aquello era un trampa para perder la beca. Nunca jamás he visto mangos tan hermosos: eran enormes y jugosos (lo supe después, cuando perdí la beca). Y no creo que haya escritor, licenciado, médico o ser humano que hubiese podido resistirse.
Me eché otro rato más pensando en cuál habría sido el requisito de la fundación, de haberme ido al DF: «Se prohíbe terminantemente al becario comer tacos», leería, mientras el olor de catorce taquerías vecinas me cercenara la nariz.
Entré a la casa y, para mi fortuna, había aire acondicionado. Los muebles eran nuevos, sencillos pero elegantes. Casi todo era madera de ciprés (yo no lo sabía, obviamente, pero en el texto de bienvenida me lo explicaban). Había una salita súper cómoda. En la parte de arriba, la recámara y un gran ventanal que daba a una preciosa terraza, desde donde se veía, a lo lejos, el mar, me instalé y no habría despertado ni aunque Madonna me llevara serenata.
Al día siguiente, mientras preparaba café en una bien surtida cocineta, tocaron la puerta. Abrí. Era una señora morena que se presentó como enviada de la fundación para ayudarme con los quehaceres y prepararme la comida. Agradecí al destino por aquel gesto que yo no había tomado en cuenta y pensé en la cara de mi casera al descubrir que no había llegado a dormir.
—La fundación desea que usted no se distraiga —dijo doña Chayo, muy en su papel, mientras almorzaba arroz, pescado frito, frijoles y jugo de toronja.
En ese momento sentí que me estaba convirtiendo en un cronista de verdad. Pronto llegaría mi primer pago y, con él, la posibilidad de salir de la semipobreza en la que me tenía sumido el periodismo ranchero. Incluso, la posibilidad de invitar a comer a Diego Enrique Osorno no sonaba tan disparatada. Podría invitarle una botella de vino y platicar sobre la obra de Jon Lee Anderson.
Pero otro tema de conversación me movió el tapete:
—Joven, ¿no escuchó nada en la noche? —me dijo, temerosa, doña Chayo.
—¿Escuchar qué?
—Pues, cosas, pues.
—¿Cosas? ¿Qué cosas?
—Mmm, pues. Olvídelo, joven.
—No, doña Chayo, dígame qué pasa. —Lo primero que me vino a la mente era la imagen de mi casera afuera de la puerta, alumbrada por los faroles ridículos, exigiendo lo de la renta. El hambre se me fue.
Doña Chayo puso cara de «Chin-para-qué-abrí-mi-bocota» y habló:
—Mire, joven. A mí no me crea, pues. Pero dicen que en esta casa espantan.
El hambre me regresó de súbito. ¿Espantos? Con que eso era, pensé. Le dije a doña Chayo que yo no creía en espectros, ni vainas paranormales, incluso le recordé que como cronista profesional, la ética me impedía dar por ciertos rumores infundados. Sobre todo, rumores de un tema bastante cuestionable. Ya no me acuerdo si también le recité algunas frases de Kapuscinski, pero sí recuerdo su cara de burla cuando me respondió:
—Bueno, joven. Pues allá usted.
Un mes después, ya no recordaba aquel episodio. Recibí mi primer remesa de la fundación, me compré algunos libros y varias botellas de vino. Obvio, ni siquiera pasó por mi mente pagarle a mi casera.
Envié algunos textos a la fundación y recibí comentarios muy positivos. Los tutores me animaron a seguir y auguraron un futuro exitoso. Mi camino a la fama se achicaba.
Hice amistad con los que habitaban las cabañas vecinas. Resultaron ser becarios de otras fundaciones para los más extraños proyectos. Había un tipo que obtuvo una beca para fotografiar animales muertos junto a la carretera. Me mostró una asquerosa colección de imágenes de caballos, vacas, tortugas, gatos y lagartijas atropelladas. También conocí a una chica que su proyecto consistía en hacer música con el sonido de gotas de agua. Seguramente, para ellos mi libro de crónicas viajeras era una tomada de pelo, pues ni siquiera conocían a Juan Villoro.
Sin embargo, solíamos reunirnos algunas noches en la playa cercana, donde encendíamos fogatas, bebíamos y conversábamos.
Una noche que regresé a casa, luego de tararear melodías hechas con gotitas de agua y varios litros de vino, sonó el teléfono. Yo ni siquiera me había dado cuenta de que en aquella casa de madera había teléfono. Contesté y de inmediato la reconocí: era mi casera.
—Buenas noches, ¿sería usted tan amable de comunicarme con el licenciado Diego D. Montesco?
Evidentemente ella no había conocido mi voz, trastocada por la bebida y el clima de Acapulco. Decidí jugarme el todo por el todo.
—No sería ninguna molestia, apreciable señorita —yo sabía que era madre de tres aborrecibles chamacos, pero adoraba que le dijeran señorita—, pero lamento informarle que marcó al número equivocado.
—Qué equivocado ni qué la chingada, ¿cuándo me vas a pagar, Diego? ¿Cuándo?
La convencí que me había ido becado a Acapulco (aunque después recapacité: ¿quién puede creerte que vas a Acapulco a trabajar?), no para siempre y que con la primera remesa le depositaría lo de la renta. También le dije que le pagaría por adelantado varios meses, lo cual le bajó el coraje. Al final, me despedí con un «buenas noches» y un «cuídese mucho» que en realidad llevaban intrínseco: «váyase mucho a chingar a su madre, pinche vieja culera, hija de perra». Seguro ella hizo lo mismo.
Me lavé los dientes y terminaba un cigarro, ya recostado en la cama, cuando un ruido en la parte baja de la casa hizo que me incorporara. Al principio no pude notar qué diablos era. Era como un murmullo sordo y gutural. Mi mente buscaba entre miles de figuras qué rostro tendría el responsable de aquel horrible sonido. Primero pensé en ratas, tlacuaches o murciélagos. Luego recordé las palabras de mi casera y el pellejo se me aguadó. Pensé en seres de ultratumba, muertos vivientes y almas en pena. En eso volví a escucharlo, pero esta vez con más fuerza. Era como un rugido sordo, como el grito encerrado de una bestia. Presa de miedo, me levanté en la cama y tapé mis oídos con la almohada. Temblaba como gargajo, con la nuca erizada y los ojos abiertos, casi sin parpadear. Así permanecí casi toda la noche: en vela y con el miedo arañándome el rostro. Aquel ser horrendo nunca se apersonó en mi cuarto, pero rugía y rugía y a ratos hacía como gárgaras. Casi al amanecer, el ruido se aplacó.
No salí del cuarto hasta que escuché llegar a doña Chayo.
Cuando acabé de contarle mi calvario, la señora, comprensiva, me dio una explicación:
—Estos terrenos eran de una familia de campesinos filipinos. Había un cacique que estaba obsesionado con sus tierras. Las quería a como diera lugar. Pero los filipinos no tenían planes de venderlos: era tierra fértil que, junto con sus ganas de trabajar, lograban cosechas enormes de café, maíz, frijol. Carcomido por la envidia, el cacique llegó un día junto con sus peones y mató a toda la familia, que era de catorce integrantes. Con los años, crecieron catorce árboles de mango; se dice que son las almas de aquella pobre gente. Por eso se dice que en este lugar espantan.
Cuando acabé de escuchar la historia, pensé en regresar a casa y lidiar con la odiosa de mi casera, en vez de soportar los espectros de catorce campesinos filipinos (entonces entendí por qué los sonidos eran inentendibles: eran fantasmas extranjeros). Pero luego salió a relucir mi orgullo: ¿cómo iba a regresar derrotado, yo, la joven promesa de la crónica? ¿Juan Villoro accedería a prologar mi libro, sabiendo que había huido de una casa embrujada?
Decidí quedarme.
Los sonidos de ultratumba no eran frecuentes. Pasaban días o hasta semanas sin que se manifestaran. Me acostumbré a su compañía. Incluso, descubrí que los sonidos provenían de debajo de la casa. Iban y venían. Como almas aprisionadas.
Quedé petrificado al investigar que en Filipinas hay más de 150 idiomas y que identificar algunos sonidos me llevaría dos vidas y media. Me fui a internet, donde una noche, luego de varias horas de escuchar los ruidos y subirlos a una plataforma traductora, descifré una frase: «kumain ng mangga», es decir, «come mangos».
No supe si era advertencia, sentencia o hechizo, pero lo hice. Empecé a comer mangos. Pero muchos, muchos, mangos. Cortaba canastos de los catorce árboles y me los comía a escondidas de doña Chayo. Los frutos eran una delicia: a la primera mordida, una cascada de jugo escapaba de mi boca y tenía que aspirarla para que no cayera al piso. Desde un principio, para que la fundación no hallara evidencia de mi delito, comencé a tirar los desechos de los mangos por el inodoro, pues supuse que, de tirarlos al cesto, de inmediato se iban a percatar.
Así viví durante dos meses, comiendo mangos, descifrando sonidos de fantasmas filipinos, bebiendo con mis vecinos becarios en la playa y escribiendo mi libro de crónicas. Una gozada.
Pero una mañana, mientras tomaba el café, el cartero hizo sonar su silbato y aventó un sobre por debajo de la puerta. Era una carta de la fundación. Me informaba que una comitiva me haría una visita la siguiente semana para dos cosas:

1. Debido al cumplimiento de los lineamientos con la fundación, procederíamos a la firma de un contrato para publicar el libro con una editorial de gran calado. La fundación tendría los derechos y movería el libro, pero, a cambio, me llevaría a muchas presentaciones por todo el continente (eso dijeron). Al acabar de leer aquello, alcé los brazos como lo hacía Hugo Sánchez luego de anotar.

2. Junto con la comitiva, iría el mismísimo Juan Villoro, quesque para conversar conmigo sobre la experiencia de escribir crónicas y a partir de aquello, elaborar el prólogo de mi libro. Volví a alzar los brazos luego intenté darme una maroma sobre el sillón de la salita, como lo hacía Hugo Sánchez luego de anotar.

En el último párrafo, la fundación escribió: «Valoramos mucho el cumplimiento que le ha dado a la cláusula de no comerse los mangos». Me quedé petrificado, como si Hugo Sánchez hubiera fallado un penal para definir un partido mundialista. Fui corriendo al patio trasero y vi los catorce árboles de mangos. No había mucha diferencia entre el número de frutos que había encontrado a mi llegada y los que permanecían hasta ese momento. Además, los desechos de cada mango se habían ido por el excusado. Nadie se daría cuenta. Ni doña Chayo, pues, de lo contrario, la fundación ya me habría avisado de la cancelación de la beca. Para evitar problemas, ese día dejé de comer frutos.
Me preparé a conciencia para el encuentro con Villoro y para la firma del contrato. Me vi varios años adelante, viajando por todo el continente en aviones de primera clase, impartiendo conferencias sobre la crónica moderna. En varios escenarios compartiría mesas con mis ídolos y con otros cronistas que envidiaba nomás por ser excelentes. También me vi aventando un cheque con una suma muy superior con mi adeudo con la casera, nomás por el gusto de decirle: «Por las molestias que le ocasioné, quédese con el cambio, pinche vieja ambiciosa».
La noche antes de la fecha pactada, los fantasmas filipinos volvieron con tal intensidad que interrumpí la lectura de una especie de discurso que preparaba para Villoro y para la fundación. La fuerza del rugido parecía que iba a romper la duela del piso. Volví a perder la confianza que le había tomado a aquellas manifestaciones espectrales. De nuevo sentí miedo. Mucho miedo. Hasta sentía que las tablas se movían, como si un monstruo estuviera a punto de abrirse paso entre la madera, gritando como engendro del infierno.
Intenté descifrar sin éxito algunos de los lamentos. Me ganaba el terror de saber que finalmente vería a alguno de los espectros de los catorce campesinos con sus ojos de rendija. No sé si fueron los nervios, el espanto o el cansancio, pero no pude más y caí dormido.
Cuando desperté, ya era de día. No se escuchaba ningún ruido de los fantasmas y faltaban menos de cuarenta minutos para la cita con Villoro. En cuanto estuve bien despierto, subí corriendo a la recámara para acicalarme para la cita de mi vida.
Antes de entrar a la regadera, cagué como tifoso, quizá producto del miedo la noche anterior y de los nervios. Cuando bajé la palanca del inodoro, un estruendo como de una explosión se oyó en la parte de abajo. Toda la casa se cimbró y yo caí al suelo, presa del horror. Pensé en los fantasmas, pero luego, un sonido bien conocido comenzó a escucharse en la parte baja del chaletito. Era el sonido del agua.
Bajé corriendo por las escaleras y vi con horror que el piso estaba abierto como un enorme cascarón, de la grieta manaba un borbollón de aguas negras. El olor era aniquilante.
Me tapé la nariz para no vomitar. Luego, como espectros de ultratumba, de entre el hontanar de mierda y agua puerca, salieron los restos de las decenas de mangos que me había comido. Todo aquello comenzó a inundar la cocineta, la sala y escurrió hacia la puerta principal. Antes de que el nivel del agua subiera más, subí por mi mochila y huí. Comprendí que la historia de los fantasmas era una invención popular para justificar una pésima instalación hidrosanitaria; que la fundación no sólo cancelaría la beca, sino que me obligaría a pagar los desperfectos y, finalmente, que Juan Villoro me odiaría hasta la muerte por darle esa asquerosa bienvenida. También comprendí que nunca sería cronista, que tendría que lidiar con mi casera mucho años más. Entendí que los mangos y los fantasmas no se mezclan. Volví a Tequisquiapan, donde abrí una nevería. Mi especialidad, debo decirlo, es la de mango

*Paul Medrano vive junto al Pacífico mexicano. Es amante de la comida, catador de cualquier tipo de música y alérgico a las ciudades. Su libro más reciente: Balada de testaferro (Secultura/Mil Voces, 2016). Habita en @balapodrida