Guillermo Fadanelli y las alas del desencanto

Lo empecé a leer en mi época más cínica. Es decir, durante la carrera. Se suponía que iba a trabajar como abogado durante toda mi vida –mi fracaso en las letras no parece inminente; ignoro si será profetizado por algún crítico– y a mí me gustaba fingir, a ratos, que en serio entendía los términos legales –creo que ahora los he olvidado todos o casi todos– que los profesores pregonaban en clase y que para mí eran más bien un panal de avispas ociosas que, debido al zumbido peligroso de sus alas, se convertían en monstruos ininteligibles. La primera novela que leí de Guillermo Fadanelli fue Lodo, la cual me deslumbró no tanto por la desgracia que rodea a ‘Benito Torrentera’ sino porque de hecho podía pasarme a mí. Los escenarios no importaban, más bien la manera de convertirlos en alientos inmediatos de mi experiencia. Ser abogado significaba, para mí, la posibilidad de no dormirme en clase. Fadanelli me enseñó que si lo hacía, no importaba. Todos somos parásitos: solamente que a algunos les aterra la posibilidad de parecerlo. Sus novelas me confirmaron que valer madres no era una expresión de vagos sin rumbo sino de hombres valientes que reconocen que somos inservibles para ciertas funciones que el mundo espera de nosotros.

Ya que mi carrera duró seis años –el ITAM es una universidad inmisericorde– el cínico que fui en realidad nunca murió, y leí Educar a los topos, Hotel D.F., Más alemán que Hitler, Clarissa ya tiene un muerto, En busca de un lugar habitable, Mis mujeres muertas, ¿Te veré en el desayuno?, Malacara, Mariana Constrictor, El idealista y el perro y ahora Al final del Periférico. No voy a leer toda su obra, eso sería descubrirla por completo y yo prefiero mantenerme al margen de esas revelaciones. Estoy seguro que Fadanelli estaría casi de acuerdo conmigo. En entrevista con Héctor Iván González, en Revista Nexos, Fadanelli se explaya en varios temas, pero hay una frase que llama la atención porque es, me parece, lo que mejor describe su obra –sin llegar a explicarla por completo, por supuesto:

Detesto la autoridad que se impone sin poseer valor ni fundamento alguno; la autoridad heredada y no ganada a pulso. Quizá por ello me molesta, en general, la burocracia académica y los colegios de sabihondos.”

Sin duda me odiaría a mí: tecnócrata itamita venido a menos porque decidió, vaya tragedia, emigrar a Estados Unidos a estudiar Literatura en las universidades de Wisconsin-Madison y Minnesota-Twin Cities, lugares de privilegio sabihondo. Mi única defensa es que eso me lo he ganado a pulso. O tal vez no. Me vale madres.

six de Fadanelli

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La obra de Fadanelli navega entre los márgenes de las personalidades de personajes dados a una situación de frontera: la del vagabundeo existencial, nombre hechos para el fracaso y para convivir, cínicos, en una situación de perentoria necesidad. Su última novela, Al final del Periférico, representa un cambio respecto a su novelística anterior, ya que Fadanelli hace explícitos los mecanismos de las evocaciones, forzando a su narrador a extraer “el sarro de la memoria”. Es significativa esta transformación, sobre todo considerando la situación política actual, ya que se logran trazar los recuerdos y se impone la necesidad de recordar en un país lleno de fosas anónimas y cadáveres tirados. No es que a Fadanelli le interese hacer crítica política, sino que la memoria se impone como una manera de conectar con su infancia y convertir ese proyecto en una nostalgia aparte, deseando que la Literatura pueda cambiar el pasado, convertir a su narración en un río de posibilidades y no en la caja semántica, llena de significados, que la memoria contiene. En Al final del Periférico, Fadanelli sigue las andanzas de una pandilla de adolescentes inmiscuidos en un continuo jaloneo con la autoridad, contra sus padres, contra el hastío de la lentitud. El empuje vital de la adolescencia por encontrarse en el centro, por ser en lugar de continuar siendo en un proceso inacabado de posibilidades:

Los niños y los adolescentes anhelan estar en el centro de cualquier espacio, en el núcleo de las ciudades, no quieren vivir en los suburbios ni en las extremidades: quieren retozar en el ombligo, no al final del periférico. ¿Acaso no es esto más que obvio?

La necesidad de sus personajes por salir de su parálisis es lo que anima, irónicamente, las narraciones de Fadanelli. Mis mujeres muertas es el ejemplo de cómo un hombre puede retrasar incesantemente incluso una tarea que parecería trivial o, más bien, vital: poner una lápida en la tumba de su madre. Es una obra literaria, la de Fadanelli, construida por toboganes de vapores tóxicos; una obra literaria tejida como representación del excremento de la mediocridad que se parece demasiado a una convulsa búsqueda reconciliatoria; una obra literaria erigida por crispaciones humanas que aparecen necesarias solamente para revelarse trágicas.

Al final del Periférico puede considerarse, desde mi punto de vista, su obra más personal. A lo largo del libro el narrador, el propio Fadanelli metido a personaje, se impone la tarea de recordar al adolescente que fue, junto con una pandilla de gañanes zarrapastrosos y arrastrados y despreciables con un par de neuronas en el cerebro que utilizan para hacer desmanes que inflamarán, en el futuro, más vejaciones. Jamás describiría de esta manera a ningún personaje a menos que el narrador invitara a hacerlo. La memoria activa, pues, la historia: se trata de evitar la formación de óxido en los recuerdos y convertir el pasado en un concilio de proximidades por medio de la descripción artera y sin cortapisas del lenguaje, la inmediatez del tiempo, la lentitud del futuro. Se impone la necesidad de narrar.

No lo son, ellos fueron las únicas personas tangibles y concretas que he conocido a lo largo de toda mi vida. A comparación de ellos, mis fugaces compañeros en la editorial son hologramas, o lugares comunes que fingen trabajar a cambio de un salario con el que ganarse la vida. De pronto me ha asaltado el miedo de perder dinero al rechazar escribir el libro sobre los automóviles deportivos que la editorial me propuso. Fui muy tajante y alto: “Estoy de vacaciones y voy a escribir un libro personal”. El libro de mis viejos amigos”.

La parquedad adolescente de escapar del tedio abrumador de la vida adulta choca con la escasez de medios para hacerlo. Quizá por ello la pandilla de adolescentes es, a ratos, lo único que parece existir en Villas Cuemanco, lugar último del mundo, al final del periférico, donde los conductores que llegan ahí están indefectiblemente perdidos. El futuro no está ahí. Es un lugar hecho para la medianía. La memoria, sin embargo, redime ese mundo de eterna parálisis, de sueño inacabado. La obra de Fadanelli abre un arco indagatorio sobre personalidades abocadas al fracaso y los derroteros necesarios para escapar.

Ahora que he dejado la carrera de abogado mi cinismo ha disminuido, aunque sigue latente cada vez que me piden hacer algo que no quiero. Aplazo mis responsabilidades, veo con desgano al mundo, le pido a Dios que me mande un rayo, leo la obra de Guillermo Fadanelli que me pide a gritos que me reconozca como lo que soy.

Sigue latente, pues, la posibilidad de transformarme en cucaracha.