Hablando de talleres y traiciones

De Libros:

No es baja la oferta de talleres de creación literaria en la Ciudad de México, al contrario, me parece alta. Y aunque a primera vista podría no entenderse para qué un taller, quiero poner como ejemplo que, de haber llevado este texto a uno (uno de más o menos calidad) quizás me hubieran sugerido (u ordenado, depende del que esté al frente) borrar eso de “me parece alta”, porque sale sobrando; bastaba que dijera “al contrario”.

La pregunta sería (¿o es?): ¿para qué sirven los talleres de creación literaria? Hugo César Moreno Hernández, fundador de lo que ahora es el taller de creación literaria del FARO Indios Verdes (que comenzó en lo que fue FARO Cuautepec) me dijo alguna vez, en una de las sesiones, que más allá de preguntarnos para qué sirven las cosas cabrían preguntarnos cómo se usan. Entonces, ¿cómo se usan los talleres de creación literaria?

Quiero tomar como ejemplo este fragmento de una carta dirigida al equipo editorial de la ya extinta revista El cuento, bajo la dirección de Edmundo Valadés:

Por acá en Ciudad Juárez hay casi nula actividad en este sentido y no hay a quién recurrir a que hagan esta tarea de analizar y criticar los trabajos. A menos que no sean los amigos, que a veces son muy complacientes“.

Quien redactó esta carta (José Luis Chávez Viguera) dio en el clavo en el asunto sobre el que versan los talleres: son para recibir críticas, acaso recomendaciones, para mejorar los textos que uno produce. Y mientras más nutrido sea el grupo (y más diverso sea el bagaje lector de los miembros de ese grupo) más acertadas, más limpias pueden ser esas críticas. Y en la misma respuesta a esa carta yace otra de las claves de los talleres:

Lea a los buenos cuentistas, de ellos aprenderá lo que quiere saber“.

Entonces, uno de los usos que podemos darle a un taller es el de coincidir con personas que tienen intereses comunes y metas afines, a través de la compartición de lecturas y puntos de vista. Ahora bien, ¿cómo distinguir un buen taller de un mal taller? Cuando me preguntan respecto a mi labor al frente del taller de creación literaria del FARO Indios Verdes, me gusta decir que es un taller que realizamos entre todos, pero yo soy el que recibe el cheque. Prefiero, además, decir que “coordino” el taller, no que lo “imparto”, porque creo que en cuestiones de literatura nada se enseña, sólo se comparte. Considero éste un buen taller, ya que no hay monopolio en cuanto a la opinión o crítica del texto, y las observaciones de cada asistente, en conjunto, entretejen una red sobre la que el texto puede reposar y hallar la mejor salida. Esto, a diferencia de otros talleres a los que he podido asistir donde (ahí sí) la opinión del profesor (ahí sí profesor) es la única válida y la única que debe aceptarse, me parece sumamente valioso y acaso la única forma de conducir un taller de este tipo.

Creo que un buen taller se distingue por la pluralidad de voces, por la diversidad de ideas que cada uno de los asistentes puede aportar: cada opinión es valiosa y ayuda al autor a encontrar sus propias fallas y aciertos, y trabajar sobre ellos. Aunque la respuesta que cité más arriba me parece la directriz idónea para cualquiera que desee incursionar en el ámbito de la escritura creativa: lea a los buenos cuentistas (poetas, ensayistas, novelistas, dramaturgos), de ellos se aprenderá lo que deseamos saber, y para eso sirve también un taller, para conocer a esos buenos cuentistas, esos buenos poetas, dramaturgos y ensayistas: cada sesión debe estar acompañada de recomendaciones sobre nuevas lecturas, sobre nuevos autores.

A escribir no se enseña, eso me atrevería a decir, porque si alguien que coordina un taller (imparte) asevera que puede hacerlo, lo más seguro es que enseñe a escribir como lo hace él, y entonces estaríamos frente a una fotocopiadora, donde cada nuevo folio es más borroso que el anterior. A hacer judo se aprende haciendo judo, aseguran algunos maestros, y no puedo pensar en una mejor forma de describir el proceso de tratar de crear obras de buena calidad: a escribir se aprende escribiendo (y leyendo).

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De Lobos:

Por todo lo anterior, me permito citar algunos puntos que me parecen clave a la hora de estar frente a un taller, muchos de los cuales, claro, son ideas tomadas de quienes me han ayudado a mí en los talleres (no sólo de creación literaria).

*Identificar qué tipo de asistente hay al taller. No se puede exigir lo mismo al que asiste a convivir y conocer un poco más sobre libros que al que desea tomar la escritura como forma de vida o de trabajo. Es importante saber cuál es la finalidad del asistente y, con base en ello, exigir resultados de él.

*Atender a la pluralidad de voces. Toda opinión es importante, aunque ninguna es indispensable. A veces los detalles más pequeños son los más importantes, y lo que escapa a la vista de uno resulta obvio para otro.

*Recomendaciones de lecturas. En alguna ocasión, mi hermano, estudiante de derecho, me contó que uno de sus profesores aseguraba que un buen abogado no es el que sabe de memoria todos los artículos y códigos, sino el que sabe bien a dónde dirigirse para buscar. La labor del que coordina un taller es así: hay que saber qué lecturas funcionarían para cada compañero y a ellas enviarlo.

*Gusto contra funcionalidad. Hay que desapegarse un poco de los gustos, y ser capaz de ofrecer una lectura crítica de un texto. He estado frente a textos que no me gustan (por aficiones, por temas, por el lenguaje usado) pero que reconozco como funcionales, de calidad. El gusto lector no está peleado con la visión crítica, pero debemos ser capaces de diferenciarlos.

*Estadísticas. Un taller no es una fábrica de escritores (aunque hay algunos que pretendan verlo así, sobre todo los que obtienen beneficio económico de ello) y es lógico que muchos de los asistentes no logren calidad en sus textos (más allá de una limpieza en la construcción en el mismo) o abandonen el taller. Es totalmente lógico, me parece, ya que al estar en un país de lectores obesos, pocos podrán dar el salto a la maratón que puede representar el leer y escribir constantemente, sin resultados satisfactorios inmediatos.

*Oídos abiertos. La pedagogía bancaria de la que hablaba Freire (maestro habla; alumno, escucha: el cerebro como recipiente del conocimiento de una figura de autoridad) no tiene cabida en ningún lado, mucho menos en un taller. Hay que aprender de los asistentes tanto como ellos pueden aprender de nosotros. El proceso enseñanza-aprendizaje no puede florecer en un taller donde sólo el que coordina/imparte habla y opina.

*Ejercicio de lectura. Quien está al frente de un taller debe ser un lector (riguroso, disperso tal vez, pero lector al fin y al cabo) y debe reconocer que su labor, más que de “formador” es similar a la del que labora en una caseta de información: no lleva a las personas de la mano, les indica un par de rutas útiles para llegar a su destino.

*Desintoxicación. Una amiga psicóloga me contaba alguna vez que los terapeutas tienen sus propios terapeutas, y creo que algo similar debe suceder con quienes conducen un taller: deben tener su propio tallerista, alguien que les haga recomendaciones y ayude a salir de la zona de confort, que recomiende lecturas e impulse a desarrollar nuevas estrategias.