Lo simple y lo no tan simple | Letras y superficialidad

Por César Cortés Vega*

I. Tomando un whisky frente a la ventana.- Presente de espectros del mundo operativo. Nunca les había visto sonreír así, ir tan bien vestidos. Nunca parecerse tanto unos a otros. Yo estoy tomándome un whisky diurno frente a la ventana, mientras les veo cruzar la calle con sus cafés y sus celulares entre las manos. ¿Qué les define? ¿Qué tipo de humanidad es esta? Posiblemente una que está muy de acuerdo con ciertos preceptos y maneras de entender la realidad. En lugar de la singularidad inserta en la diversidad, la homogeneización de las miradas. La perfección milimétrica de ciertos espacios, del diseño o la moda han dado al traste con las particularidades inclasificables. De este modo la simpleza es la norma, porque si aquello que caracteriza a alguien no es comprensible de inmediato, parece no existir. Un deseo de transparencia entonces que implica la repetición de las fórmulas al infinito. Transparencia del mal, decía Baudrillard, es una “epidemia de simulación”:

Ni la Revolución, ni la filosofía de las luces, ni la utopía crítica se han realizado en una superación de las contradicciones, y si los problemas se han solucionado, ha sido por la ruptura de la balanza negativa, por la dispersión de las energías malditas al hilo de una simulación totalmente entregada a la positividad y a la facticidad mediante la instalación de una transparencia definitiva. Es un poco como el hombre que ha perdido su sombra: o se ha vuelto transparente a la luz que le atraviesa, o es iluminado por todas partes, sobreexpuesto sin defensa a todas las fuentes de luz.

Así, una estética global predice la naturaleza algorítmica de nuestros errores con tal exactitud, que no es posible escapar de aquella sobreexposición de secretos convertidos en banalidad. Apariencia de que nada puede ocultarse tras esa iluminación artificial que produce efectos de positividad siniestra. Lo mismo con las palabras y los discursos derivados de una pérdida de constantes referenciales. Así también la necesidad de un cierto tipo de simplicidad reductiva que abarca muchos campos, incluido el de la literatura. Sí; ¡el punto de quiebre! Nuestra manera de ordenar las palabras en la escritura para contar la sensibilidad del presente.

sh_blitzkrieg_Cesar_Cortes_vega

II. Juegos del ingenio.- Para matar el tiempo y cierta angustia en el transcurso de un largo viaje, memoricé mecánicamente frases en latín entresacadas de los Ensayos de Montaigne. Y en uno de sus textos dedicado al tema de cómo la filosofía prepara a quien la lee para la muerte, cita un fragmento de Cicerón que nunca olvidé: transcurramus solertissimas nugas, que quiere decir algo así como “no nos detengamos en fugaces juegos del ingenio” o en “bagatelas”. Una frase comodín que viene a cuento porque muchos de los discursos de nuestra producción cultural son apenas juegos ingeniosos y no mucho más. Cosa que en sí misma no tendría nada de malo; ¿por qué descreer de algo que pueda ser al menos divertido? Quizá el problema esté en que muchas veces desde aquel ingenio estandarizado, la producción de discursos que intenten elaborar un pensamiento de otro tipo parecería fuera de lugar. Y es acá donde sugiero una primera tirada: ¿estaremos condenados a una simplicidad reductiva que requiere siempre la claridad, un fingido ingenio y la configuración de operaciones que al intentar la construcción de una pedagogía comunicativa, disminuyen las posibilidades para acceder a pensamientos de mayor elaboración? Un problema que puede resultar polémico si se le discute en países como el nuestro en el que, por ejemplo, los niños tienen una comprensión de lectura similar a la de países como Uganda, donde solo uno de cada diez estudiantes de tercero de primaria son capaces de leer y comprender un texto del nivel previo (ver http://www.sinembargo.mx/16-05-2015/1344550).

Y luego, claro, ¿qué quiere decir un ‘pensamiento elaborado’? ¿A quiénes podríamos exigírselo, sin exigírnoslo a nosotros mismos? Es decir; a quiénes imaginamos en ‘buenas’ condiciones culturales y por qué. Y es que sin indagaciones del estilo, esto podría dar pie para pensar que la alta cultura sólo puede ser asunto de unos cuantos, imaginados en condiciones óptimas para que la selección natural se sienta orgullosa de los logros de sus más aventajados evolucionistas. Pero claro, esto no se cumple, por ejemplo, en empresarios nacidos en cuna de oro que poseen un proverbial pensamiento supino. Más allá de una segregación acerca de lo mejor o lo peor, basta darse una vuelta por la superproducción de discursos simplones en todos lados, para percatarse de la funcionalidad operativa que apuesta por un reduccionismo del pensamiento, antes que hacerlo por planteamientos cabales de temas que requieren de habilidades lectoras y de una comprensión de mayor nivel. Incluso de un humor más complejo. Y, agregado a esto, está el esfuerzo que el mercado y todos sus discípulos comprometidos con la adaptación al capitalismo realizan al simular espacios de supuesto encuentro e intercambio ‘buena onda’ que aparentemente les convienen a todos; pero mucho más a aquellos que los configuran mediados por una sospechosa administración de los valores.

Entonces, quizá esto pueda ser planteado como un problema de origen. ¿Cómo asumimos el uso del lenguaje? Usar una palabra para denotar algo es intentar bajo todos los medios posibles asir un significado. Nombrar así es una empresa -es decir, un ejercicio de aprensión-, que está dedicada a conjurar todas aquellas cosas que enturbian su sentido y lo hacen menos común. Finalmente usar un término que designa alguna cosa o situación implica eso; permitir que los otros comprendan algo muy parecido a aquello que quien nombra parece entender. Así pues, es un equilibrio que exige la evolución de múltiples factores como los derivados de la historia de las ideas o de las intenciones políticas de diversos grupos humanos que, usando de manera constante el lenguaje, emplean aquello que se dice para ganar control sobre los otros. Desde acá se puede decir, entonces, que ninguna palabra ha surgido de algo así como un proceso democrático, ni desde una configuración inocente de su contenido, porque en el momento de ser ideada ya es conducida hacia su uso para necesidades relativas. Y es que toda denotación -que es el uso concreto de las palabras-, es el resultado de confrontaciones connotativas o, digamos, abstractas, en las que sus significados fueron el resultado de conflictos sobre la hegemonía de los decires y su empleo. O, para decirlo en otros términos, una confrontación entre subjetividades y su real objetivación. Y es en los procesos elaborados por quien S. Pierce llama el interpretante donde la intencionalidad de todo signo permite una representación en función de una necesidad concreta. Porque sin aquel que manifieste un deseo respecto al objeto representado, no es posible ningún nombre.

Entonces, un discurso es común no porque quiera ser fiel a la generalidad, sino porque representa tendencias que le sirven a un grupo determinado. Esa es una de las razones por las cuales no es fácil hablar de lo popular sin tocar siempre de sesgo el tema de las ideas con las que el pueblo configura sus lugares comunes. En una entrevista reciente Jacques Rancière decía, por ejemplo, que “… el pueblo no existe per se”. Es decir que “…no es algo en sí mismo, sino más bien el efecto de una construcción: nosotros somos el pueblo cuando nos reunimos en una plaza, cuando llevamos a cabo nuestras reivindicaciones, pero la Constitución crea también un pueblo, los medios crean un pueblo”. Nada más exacto. Los discursos de lo popular pueden ser muy distintos entre sí, y las voluntades que los animan, contradictorias. El concepto mismo de pueblo depende, pues, de quien lo use.

Y un ejemplo vivo transcurre al otro lado de mi ventana: esta mayoría amorfa que fluye es el pueblo también, aplicados y controlados desde su clase media, regresan con seguridad a sus oficinas luego de la comida de la tarde en las fondas de la zona. Todos parecen pedir, así como imaginar que comprenden, un discurso que les incluya, directo y sensato, acerca de la vida y su movimiento. En todo sentido asequible en su operación productiva, sencillos y por eso mismo, incapaces de incorporar ideas distintas. Cuadrados por los imperativos de la necesidad, y abandonados por el aparato educativo que tan sólo requiere de ellos convicciones establecidas, sedentarismo y respeto a los límites de los campos. Luego, el supermercado de las emociones ya sabe qué hacer con ellos.

III. Tontos, no pesados.- Leo mi timeline de Facebook y pienso que no entiendo cómo muchos de los que se quejan -con razón, sí- de los libros de superación personal, son a la vez capaces de prestarse a juegos de un ingenio tan mediano, movidos tan sólo por la búsqueda de likes. Pero no quiero hacer pensar que su estilo me parece demasiado importante, porque yo mismo lo hago todo el tiempo así, fugazmente y sin prestarle mucha atención a aquello que también publico ahí. Sin embargo, creo que un sano alejamiento puede llevarse a cabo desde una crítica que al menos no tenga empacho en hacer uso de la misma fuerza con la cual se publican chistoretes o fotos de cafés capuchinios con figuras de corazones en la espuma. Así, sin pudor, realizo mi segunda tirada antes de que el whisky se me acabe, ocultándome tras una frase de Gombrowicz entresacada de sus diarios:

[…] el hecho de que el arte se vea inerme ante los juicios humanos es la triste consecuencia de su orgullo. “¡Yo estoy por encima de todo esto, yo sólo tengo en cuenta la opinión de los sabios!” Pero esta ficción es absurda, mientras que la verdad, una verdad difícil y trágica, es que el juicio de un imbécil también tiene su importancia, también nos crea, nos plasma por dentro y por fuera.

Un exiliado de sí mismo como Gombrowicz tendría que haberlo señalado de manera políticamente incorrecta. Pero tiene razón: la literatura es, también, un asunto de juicios. Incluso uno de los campos más moralistas que existen. Los efectos que es capaz de conseguir en un lector son consecuencia de la administración de su discurso a través del tiempo. Nada en ella es lo que parece ser, debido a que depende de técnicas del lenguaje que son producto de ese largo y contradictorio desarrollo. Su multipolaridad implica entonces que en ella puedan caber todo tipo de juicios. Y uno que me parece de los más peligrosos es el de una clasificación que la simplifique en la medida del impacto espectacular que cause, sin ocuparse del tipo de representaciones que alienta más allá de sus límites. Y desde ahí, aquellos conservadurismos que, en lugar de empujarnos a entender cosas difíciles de comprender, defienden en ella un anecdotismo muchas veces vacío que lo que hace es volvernos paulatinamente a todos un poco más tarados de lo que ya éramos.