Sobre “Carta a la presidenta” de Théophile Gautier

Apollonie Sabatier recibía en su salón de la calle Frochot de París a innumerables artistas, entre estos a los escritores Gerard de Nerval, Gustave Flaubert, Alfred de Musset, a uno de los más grandes malditos, Baudelaire, el músico Héctor Berlioz, el grabador Gustave Doré, el pintor Édouard Manet y a varios otros personajes célebres de la época, así que terminó por convertirse en la musa de la bohemia parisina decimonónica al grado que el escultor Auguste Clésinger la tomó como modelo de su Mujer mordida por una serpiente y causó un escándalo. Por supuesto, también acudía Théophile Gautier quien, en sus Recuerdos íntimos escribió:

La Presidenta era superior a las otras mujeres, en primer lugar porque era más hermosa y, luego, porque, contrariamente a las costumbres de las personas de su sexo, no exigía que nadie le hiciera la corte y permitía a los hombres que delante de ella hablasen de las cosas más serias y de las más abstractas; la habíamos apodado ‘la Presidenta’, y la señora Sabatier llevaba ese sobrenombre con el mayor espíritu y encanto imaginables.

La carta que Gautier le envió circuló de mano en mano y fue copiada con autorización, tanto del autor como de la Señora Sabatier, tantas veces que alguna de esas copias llegó a un editor que la publicó, para regocijo de Gautier y de la destinataria. Nadie está seguro de que, en realidad, esta carta haya sido enviada a la presidenta desde Roma y San Petersburgo como apunta Gautier; en todo caso, comienza de esta forma:

Roma, 19 de octubre de 1850.
Presidenta de mi corazón:
Esta carta obscena, destinada a reemplazar las porquerías dominicales, llega a Ud. con bastante retraso debido más que al autor a su obscenidad. La pudibundez reina en estos lugares solemnes y antiguos, y me llena de pesar no poder enviarle más que porquerías merdosas y espermáticas.

Lo que nos da una clara idea de qué clase de asuntos trata dicha misiva. Louis de Conemin, hijo de un célebre panfletario que viviera durante el reinado de Luis Felipe, acompaña a Gautier de viaje por Europa. De Conemin lleva consigo catorce preservativos y, juntos, irán usándolos a lo largo de las húmedas como espermáticas rutas; por ejemplo, en Ginebra intentan acostarse con todo un grupo de muchachitas saltimbanquis alemanas pero la barrera del idioma se los impide; en el cantón de Valais dan con una mujer de quien se dice que tiene tres tetas pero la tercera, replica Gautier, más bien le parece un horrible bocio así que siguen delante sin mirar atrás, por quince horas de camino, hasta Domo d´Ossola, ya en Italia, dónde se sienten liberados y pueden, por fin, respirar aliviados de sus necesidades fisiológicas y encuentran, sobre una repisa, una botellita de aceite con una pluma de ave que no tiene otra función que ayudar a usar el trasero del camarero por parte de su clientela masculina británica. En Sesto Calende dan con un gallinero en el cual observan varias gallinas que, a fuerza de ser penetradas por tantos gallos, tienen la espalda pelada y en carne viva con una sola pluma en la rabadilla que los camareros afeminados, con el solo hecho de ver llegar la calesa inglesa, corrían a arrancar. En la catedral de Milán se topan con varios poemas que aluden a lo sucios que son los italianos:

Las gentes de buena raza,
Lo hacen en la letrina de la plaza.
Si de repente les vienen ganas de cag…
Por favor no ensucien este lugar.

Costumbre que –reflexiona Gautier-, mantiene muertos de hambre a los limpiadores de letrinas del país. Ahí mismo se enteran que tanto hombres como mujeres se bañan juntos en hermosas bañeras de mármol pero, tristemente, ellos sólo tenían delante las bañeras. Así, no les queda otra opción que quedarse con las ganas y lavarse solitos sus partes pudendas. En Venecia conocen a dos jovencísimas prostitutas y, la que le toca en suerte a Gautier, le cuenta de su paso por los escenarios pero que, debido a que el teatro donde ella bailaba había sido destruido durante la guerra, había dado en mostrar el trasero en privado y no ya exitosamente en público, como antes. La muchacha estaba embarazada pero ella ignoraba cuál de todos sus clientes, quienes al mismo tiempo formaban parte del ejército austriaco que no se retiraba de entre sus piernas jamás, ni a fuerza de cañonazos, era el padre de la criatura. En ese momento Gautier tiene esa fantasía obscena y lujuriosa, digna de un Sade y que ha devenido en clásica: la de penetrar a la madre y al feto al mismo tiempo. Para entonces, habiendo gastado ya dos de los catorce preservativos, dan con un rufián en la Plaza de San Marcos. El sujeto los lleva con una mujer obesa y chupada por todos lados, cubierta de cicatrices bubónicas y con escrófulas en el cuello, que los insta a usarla por ambos lados pero como Gautier y de Conemin ponen pies en polvorosa para escapar de tal adefesio, el guía no encuentra más remedio que irlos llevando a través de las calles torcidas e ir tocando a la puerta de las casas, preguntando hacia el interior si hay alguna chica, de entre todas las familias, dispuesta a acostarse con ambos extranjeros a cambio de una buena paga. Nuestros personajes no tienen suerte con ninguna y suponen que, o todas las muchachas de Venecia están ocupadas en las camas de sus clientes o en las de sus amantes o, simplemente, todas han sido virtuosas esa noche; pero jamás les pasa por la cabeza que tal vez es a ellos solos a quienes las muchachas han despreciado al verlos tan traqueteados y ansiosos a la vez.

En Florencia se topan con que, al haber tan sólo una muchacha dedicada al oficio de “putana”, se la debe pedir con quince días de anticipación y sólo se le deben de dedicar unos cuantos movimientos sexuales, rápidos y precisos (atrás y adelante) debido a la premura con la que esperan los demás clientes. Ya en Roma se dan cuenta que todas las prostitutas están casadas porque así lo indica la ley y los maridos participan de dicho negocio. Por supuesto, también el clero forma parte, así como el ejército francés, que está metido en el asunto hasta los codos y los potros estallan por las ingles como obuses, la gonorrea les fluye a ambos a chorros purulentos y rivaliza con las fuentes de la plaza Navonne.

Las romanas han causado más heridas que los romanos, reflexiona Gautier. Por último sabe de una tal Nana, que vive cerca del obelisco de Monte Cavallo, falo de piedra que le sirve de insignia y cuyo marido daba en salir, desde las doce del día hasta las tres de la tarde, en un horario estricto que ella ocupaba en dar satisfacción a sus clientes. A la hora de regreso del esposo, Nana, ya vestida, volvía a ocuparse de las labores del hogar feliz, de cuya renta se ocupaba ella por supuesto, para deleite de su sonriente como satisfecho y zángano esposo.

No he narrado todas las desopilantes aventuras de Gautier y de Conemin con todo propósito. La carta, de la cual me ahorré en transcribir las divertidísimas obscenidades, debe leerse de corrido y de una buena vez. La desfachatez del lenguaje, aunado a las ocurrencias o descubrimientos que van realizando sus protagonistas (ciertas o no) enriquecen la larga tradición de la literatura erótica debido a su tono jocoso y despreocupado, mismo que resalta el carácter único del texto y, a la vez, lo emparenta con las obras actuales que tratan de la problemática del turismo sexual bajo una óptica distinta, aquellas con un trasfondo social y de denuncia, alejadas ya del romanticismo alegre y decimonónico de Gautier y compañía.