Volar. Apuntes sobre las aves

Por Juan Carlos de León.

En la ciudad, lo último que nos resulta interesante es observar el cielo: de antemano sabemos que no hallaremos nada extraordinario. A menos que alcemos la vista para cerciorarnos que la lluvia amenaza con arruinarnos la tarde, para ver cruzar un platillo volador o como fue mi caso, para correr huyendo del aguacero mientras daba un paseo por el Centro para refugiarme en una librería donde por azar di con el último ejemplar que les quedaba de Volar. Apuntes sobre aves de Henry David Thoreau, una antología de registros notariales sobre distintas especies de aves que el naturalista estadunidense encontró durante sus viajes.

La recopilación de estos Apuntes sobre aves, traducidos por el poeta palmesano Eduardo Jordá, es una selección minuciosa de los editores Ignacio Foronda y Antonio Casado da Rocha, quienes durante cuatro años cribaron en el diario del autor que contiene, dicen, más de siete mil páginas escritas entre 1837 y 1861 -un año antes de la muerte de Thoreau-. Son también una pequeña enciclopedia que muestra la variedad y riqueza más representativas en la mirada del poeta y agrimensor estadunidense acerca de las aves: lo mismo se ofrece un registro temporal de la llegada del primer azulejo, la aparición de sus primeros versos, que la anotación de una sensación fugaz y otros pasajes en los que el escritor establece una relación duradera con su ave descrita en Walden (1854), otro de sus libros.

Precisamente, tras caminar a la orilla del lago Walden y regresar a la pequeña cabaña construida por él mismo, escribió: “aunque no haya nuevo sobre la tierra, siempre hay algo nuevo en los cielos. En cualquier momento podemos encontrar un último recurso allá arriba. El viento cambia constantemente la tipografía de esa página azul”.

volar

Volar es un trabajo poético al aire libre y una conversación directa con los símbolos de la naturaleza: los pájaros, los alisos, los pinos, el viento, el traqueteo de un tílburi en el bosque, todos parecen serenos y ocupando su lugar, dice el autor; y no solamente los menciona, también cuestiona su propia estadía en medio del goce que le prodiga otra mañana singularmente cálida y agradable de verano: Me pregunto si mi vida les parece a ellos tan apacible como lo es la suya para mí. Esa decisión de gozar plenamente el tiempo y los placeres gratuitos de la vida solitaria y de la observación de la naturaleza.

En una de sus notas fechada el 18 de febrero de 1857, relata: “me excita tanto este maravilloso aire tibio, que me pongo a buscar el canto del azulejo o de cualquier otro pájaro recién llegado. La textura misma del aire parece haber sufrido una transformación que lo predispone a dejarse fragmentar por los trinos del azulejo. Creo que si el pájaro se hiciera visible o si yo pudiera espolvorearlo con una fina capa de polvo que delatara su presencia, adoptaría una forma en consonancia con el aire“.

Más adelante agrega: “En estas mañanas el jardín bulle de pájaros migratorios. El gato regresa después de haber dado su paseo matinal entre las hierbas. El animalito está tan harto de gorriones que rechaza el desayuno, a no ser un plato de leche. Le he visto estudiar ornitología entre los tallos de maíz“.

Montaigne alguna vez expresó “no hago nada sin alegría”, esta frase podría aplicarse a Thoreau, quien no escatimaba en su fascinación por el encantamiento que le producían los sonidos y olores y formas de vida del medio ambiente, las cuales retrata en este manifiesto geopoético producto de su excursión que divaga por un ecologismo asilvestrado y bajo una curiosidad asombrosa, que refleja una conciencia muy aguda de la interdependencia entre el medio ambiente y las formas de vida.

De vez en cuando habrá que voltear al cielo y detenernos a mirar el vuelo de alguna ave, abriendo la posibilidad de una nueva perspectiva para nuestros sentidos, como Thoreau, explorador de sí mismo encontrado en el canto libertario de un jilguero.

Thoreau, Henry D. Volar. Apuntes sobre las aves. Selección y edición de Antonio Casado da Rocha y José Ignacio Foronda. Traducción de Eduardo Jordá. Logroño: Pepitas de Calabaza, 2016.