Capitular: Barrenos

Jean-Paul Sartre afirmó: “Habremos de ser lo que hagamos, con aquello que hicieron de nosotros”. Otra de sus sentencias flamígeras. Aplicado a la producción literaria un autor considerado menor, no sería culpable del corto alcance de sus libros, ya que es un producto histórico y como tal el resultado de variables específicas. Del otro lado, un espíritu nutrido en el mejor entorno desde edad temprana debería concretar una obra múltiple e imperecedera. Y, no obstante, las condiciones en las que se perfila una labor llamada a perdurar son inasibles. La pobreza o la riqueza no serán obstáculos para llegar al fondo. Si hacemos algo con la libertad que ejercemos, además, pondremos todo el esfuerzo necesario para concretar otro acto del espíritu. Ahora bien, si alguien hizo con nosotros algo modesto, apenas perceptible, ¿esto nos condena a una existencia de parquedad y medianía? La infancia es un terreno virgen y parte de nuestras aspiraciones germinan de la vida onírica. Intimida el arrojo de Sartre. Nunca como antes la filosofía se volvió un juego de distribución equitativa de aciertos y errores. El zoon politikon además de ser un ser sociable es un ente que reparte sus éxitos y fracasos. Un hecho verificable con un par de horas de navegar en las redes sociales. Sin embargo su ideario filosófico se asume envejecido. Nadie pensaría en salir a vender su pasquín siendo una figura reconocida. Escribir un libro es una hazaña minúscula que se practica sin rigor y se imagina que el tiempo deberá emitir un dictamen. Pero la sobrevivencia de una obra es un misterio idéntico al que la genera. ¿En qué momento la obstinación se traduce en un objeto verbal para compartir que encarna un punto de inflexión de la curiosidad humana? A Sartre le interesó la creación al grado de ejercerla él mismo. Novelas filosóficas para lectores analíticos. Sus protagonistas son cerebrales y determinan su situación en el mundo a lo largo de las páginas. También podríamos negarnos a la acción y elegir no ser nadie. Los sistemas filosóficos tienen recovecos.

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Si los estornudos de un escritor intervienen en la construcción de una obra, o si tan sólo es otra variedad del tiempo que se fuga, es un detalle que ha pasado ignorado ante críticos e historiadores por igual. Refieren expertos que es un instante en que no somos dueños del yo, que durante ese relámpago nos abandonamos y todo se concentra en una salida volcánica de saliva microscópica, en el mejor de los casos. Un estornudo determina el estado general de ánimo de un escritor. Si está agripado o con fiebre, por ejemplo, pausará su labor hasta que recobre la salud. Algo que parece lógico pues no es posible escribir de los celos o la deslealtad con un padecimiento físico insoportable. El oficio literario demanda control físico y disciplina para retratar alguna forma sintética de la condición humana. Parece más fácil, incluso, escribir bajo los influjos de la droga que sometido a una calentura de sudor y calosfríos. Mismo caso de un dolor de dientes. ¿Qué puede importar el Walden o Simplicius Simplicissimus cuando se tiene inflamada una muela? El ejercicio del arte es sobrevivencia, en principio, y después ajuste de cuentas con una forma que lucha por desasirse. Estornudar es un presagio. Podría ser una alerta respecto a una alergia o, si es el caso, de una intolerancia a cierto alimento. Es la misma función de algunas obras literarias. La idea de que un libro no debe dejarnos indiferente es tan cierta como que la luz viaja en línea recta. Si leímos una línea y no hizo, al menos, que nos rascáramos la cabeza, lo mejor será abandonar el libro en el acto. Discriminar no es ofensa desde que somos finitos y el tiempo nos asedia sin posibilidad de huir. Un autor que guste de navegar estará más expuesto a una gripa que uno que disfruta de escuchar el crujir de la leña en la sala. La salud de los autores repercute en la construcción de una literatura nacional. ¿Cuántas plumas insignes han muerto antes de tiempo? La partida final es la forma más ilustre de abandonar los proyectos iniciados. Sería irreal pensar que se muere habiendo finiquitado todos los pendientes. Además nadie muere de un estornudo.

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Desaconsejo la lectura con la convicción de hacerle un bien a las personas. Es común asumir que en los libros se esconde un tesoro insospechado, o que nos salvarán de la ignominia para hacer de nosotros personas distinguidas. Luego de haber leído unos cuantos llego a la conclusión de su naturaleza es destructiva. Genera adicciones y nos sujeta a la supremacía de la palabra escrita por encima de la experiencia en sí. La industria editorial es como cualquier otra: persigue los dividendos, la plusvalía y otras ideas que mantiene a flote a cualquier unidad productiva. Tener en las manos un volumen de la poesía reunida de Verlaine no tiene nada de poético. Materializa un acto mercantil aunque nosotros no hayamos pagado por el ejemplar. Implica un esfuerzo orientado hacia la capitalización y el empleo sostenido. Hubiera querido disfrutar más de una caminata a fatigar hojas que ya no recuerdo. El entusiasmo por la lectura puede alcanzar alturas ridículas. Limité placeres elementales —conocer a más mujeres, emborracharme, escupir desde un puente peatonal—, por buscar ediciones raras, admirarme ante tipografías en desuso o, en el mejor de los casos, detenerme ante el espectáculo de una noche estrellada. Todo esto prefería leerlo. Una sola línea de Hugo, pensaba, equivalía a miles de amaneceres y a cientos de copas de vino. El regusto de un verso fulgurante es un acicate para continuar en esa exploración hilarante por infinita. Somos la única especie que se propone objetivos para no cumplirlos y para, además, celebrar la flaqueza del espíritu cual si fuese un motivo de orgullo. Leer me ha llevado a lugares insospechados que no por desconocidos han resultado paradisiacos. Nadie promete nubes de algodón cuando regala un libro, pero tampoco anhela que ese lector potencial pierda el sueño con una aventura del espíritu. La lectura de filosofía, por ejemplo, nos inocula preguntas elementales del ser. Y a partir de ahí todo se transforma en confusión. Así que sólo recomiendo libros para reír por las tardes y para enamorarse en las noches.