Un país de lectores (obesos)

De Libros:

Si México es un país de obesos, sobre todo niños obesos (no lo digo yo, lo dicen las estadísticas) es, también, una nación de lectores que podrían calificarse como “obesos”, y no porque tengan sobrepeso y lean, sino porque la ecuación lectura de calidad se quedó sin “sustento alimenticio”. Para quienes clamamos, a grito pelón, que en nuestro país no existe el hábito de la lectura, basta saber que leemos un total de 5.3 libros al año (no lo digo yo, lo dice la Encuesta Nacional de Lectura y Escritura 2015) y leemos mucho en redes sociodigitales. La pregunta, ya saben, debería enfocarse al qué leemos.

Si nos basamos en la lista de lo más comprado en la cadena de librerías más grande de este país, Dupeyron es el equivalente a la señora de los chicharrones, que vende lo que llena, es sabroso y no necesita masticarse mucho, aunque sus bondades nutritivas sean cuestionables. Pero no sólo Odyn pone su granito de arena, también Dross, Yuya, German Garmendia y otros tantos actores, comunicadores, comediantes y Youtubers que se dijeron “bueno, yo también puedo publicar un libro” y apoyados por una editorial (y quizá hasta por un ghostwriter), abarrotan las mesas de novedades. Y no es que sólo se venda chatarra en las librerías, no, pero estos autores son apoyados por un enorme aparato publicitario que, en la mayoría de los casos, no acompaña a los autores cuya propuesta es más “literaria”, y que marca la diferencia en los gustos del comprador.

Pero entonces, sí somos un país de obesos y de lectores obesos, y esto es por la dieta, ¿qué es lo que debemos consumir? Si bien en el caso de la alimentación contamos con una pirámide nutricional, que nos indica las cantidades de cada cosa que debemos ingerir, esto no es lo que pasa en el caso de la lectura. ¿Dónde está la pirámide lectora que nos diga cuánta superación personal es recomendable consumir al mes y cuánto José Revueltas? ¿Cuántas porciones de dramaturgia por día y cuánto de minificción? No se ha inventado, y aunque existiera, ¿en verdad le haríamos caso? Supongamos que en México nos alcanzara el dinero y el tiempo para leer más de veinte minutos al día, ¿qué libros deberíamos comprar? Porque la mayoría de los que leen lo hacen en libros que, sí, compran (suponiendo que la ENLE no miente) y sólo un pequeño porcentaje, un poco más del 15%, lee en librerías y salas de lectura. ¿Qué se debe consumir? Porque me parece que leer Quién se llevó mi queso, El caballero de la armadura oxidada y Las lunas de Plutón, todos los días, no nos brinda todo el espectro completo de la nutrición lectora.

Comemos como leemos, mucho y de baja calidad, sin un verdadero ejercicio de análisis al respecto. Los veinte minutos de lectura al día que nos recomiendan se parecen a los treinta minutos de ejercicio al día que nos sugieren, pero pocos lo llevamos a cabo, o lo hacemos con un enfoque equivocado. Afuera de las primarias y secundarias, donde los niños leen Sangre de Campeón y Mariano en tu familia, lo que abunda son frituras y dulces. Si la obesidad es producto de una dieta deficiente, como se lee en el sitio oficial del IMSS, ¿no podría decirse lo mismo en el caso de la lectura? Porque exigirle a un niño que lea La Ilíada, mientras los padres hojean el TVyNovelas o en su defecto Por qué las hombres aman a las cabronas, es como exigirle, tumbados en la cama, rodeados de migajas de Chocorroles, que se levante a prepararse una ensalada y luego salga a correr. Parece que preferimos la botana, la superación personal y el chisme a la hora de consumir lecturas porque lo nutritivo tiene fama de difícil de digerir y poco apetitoso aunque, en realidad, no son tan maniqueas las cosas: no todo lo sabroso es chatarra, ni todo lo aburrido es arte.

Pero no seamos pesimistas, existen iniciativas al respecto: Libroclubs, Salas de Lectura, Jóvenes lectores, A leer de boleto en el metro, gimnasios al aire libre, Prevenimms, todos ellos son programas destinados a combatir la obesidad y promover la lectura, y la mayoría ponen especial énfasis en el público infantil. Aunque, como también puede leerse en la página oficial del IMMS, la obesidad (y por extensión, la obesidad lectora) son cuestiones culturales, de aprendizaje vicario, así que hay mucho trabajo por hacer y a muchos niveles. Claro, no se trata de alentar la ortorexia, ni lectora ni alimenticia (algo así como evitar la lectura de otros libros que no sean clásicos, o no comer absolutamente nada de chatarra) sino de variar la dieta y comprender las propiedades de cada cosa que consumamos; saber qué es lo que estamos consumiendo y crear una dieta variada. Que no nos den gato por literatura, o que no nos hagan de chisme los tamales.

De Lobos:

Como la infancia es etapa definitoria para cuestiones de lectura, ejercicio y alimentación, me permito enlistar (y recomendar) los libros que más disfruté leer cuando niño.

1) El patio de los niños de piedra, de Eleanor Cameron

2) Sol del siglo XXII, de Marines Mederos

3) Periquito verde esmeralda, de Martha Sastrías de Porcel

4) El visitante nocturno, de Bruno Traven

5) El pájaro amarillo, de Myron Levoy

6) Cuentos de la selva, de Horacio Quiroga

7) El siervo y la mujer dragón. Antología de cuento chino

8) Las aventuras de Olga da Polga, de Michael Bond

Y como no todo es lo que parece, y los matices son importantes, sólo quiero recalcar que la cantidad de vegetales que se consumen en una bolsa mediana de Dorilocos es alta, y estos son variados. Aquí una nota en el Washington Post sobre dicha botana, de donde resalto “son una locura, pero no chatarra”.