Apostilla a mi lectura de Los niños perdidos: de la crítica a la policía del pensamiento

Por Alfredo Lèal.

Trataré de ser breve.
No leí el artículo no-modificado de Valeria Luiselli que, supongo, a falta de una indicación al respecto, llevaba asimismo el título de “Nuevo feminismo” que tiene la versión que, según el diario español, fue “modificad[a] a petición de la autora”. Y no lo leí porque, como lo he expuesto antes (de ahí que este texto sea una apostilla), me parece que los derroteros por los que ha transitado Luiselli en busca de legitimación se dividen en tres fases o, para decirlo en términos de Ángel Rama, en tres “estrategias de significación”, las cuales he denominado: 1) dispositivo de legitimación (que tiene que ver con un acto casi ritual de leer y citar autores, en su mayoría masculinos); 2) desproporción entre estructura y ejecución (básicamente un problema de técnica, de ars); y 3) la canibalización de la experiencia (beneficio que se obtiene al transformar en valor de cambio ciertos valores de uso, literarios o no, para volver a Rama). No obstante, supe del artículo y de lo que éste desató, y me pareció prudente escribir acerca de las que, a mi parecer, deben ser las diferencias fundamentales entre la crítica y censura, el análisis y el señalamiento, el acto de poner en duda y el acto de poner contra la pared, el ejercicio de interpretar y aquél otro, contrario, de denunciar.

Captura de pantalla 2017-02-16 a la(s) 02.11.51

Uno de los primeros consejos que trato de darle a mis alumnos de literatura es el de ser conscientes, o tratar de serlo, al menos, de que al posicionarse frente al texto tienen una ventaja espacio-temporal y, si se me permite la hipérbole, epistemológica por sobre el autor: ustedes, les digo, ya saben cómo termina la historia, ya saben quién ganó y quién perdió y, por lo tanto, no pueden sino posicionarse a partir de ese conocimiento. No obstante, esta “ventaja” es al mismo tiempo un problema fundamental para el ejercicio de la crítica, el cual, les comento, no es otra cosa que “poner en crisis” las que parecen ser estructuras fijas de un pensamiento coherente, preciso y cerrado (en su forma): mientras estén por delante del texto y crean que lo pueden saber todo de éste, hay ciertos mecanismos que están pasando por alto y que no ven precisamente porque tienden a imitar esa forma cerrada y, por lo tanto, a imposibilitar el diálogo. Pasó en una clase hace unos días tan sólo: leíamos el Noli me tangere, de Rizal, y yo proponía como un problema el final en el que los dos protagonistas parecen diluirse en una sola figura: ¿con cuál de los dos se quedan ustedes? Varios puntos de vista, varios acertados, otros un tanto inverosímiles, todos ahondando en el problema de fondo: el texto nos plantea una toma de decisión que es casi inmediata y para la que contamos realmente con muy pocos argumentos. Pero son los argumentos los que, finalmente, determinan la veracidad o la falsedad —la autenticidad de lo falso, mejor dicho— de las hipótesis literarias: realmente no hay nada científicamente comprobable en Literatura y creerlo es, como propone Michaux, crear una nueva ignorancia. El ejercicio interpretativo funcionaba muy bien hasta que un alumno dijo: pero [nombre del personaje], ¿es el protagonista de El filibusterismo, no? O sea que él es el que sobrevive.

Más que por pedantería, he citado este pasaje porque me parece que ahí, cuando llegamos al dato duro, al hecho, a lo fáctico, estamos ya en terrenos de la razón operativa y, por lo mismo, no podemos discutir con los argumentos de la retórica sino con los de la matemática. Y creo que, si lo hay, el feminismo en reversa al que se refería Luiselli no es tal en un sentido de estancamiento, de freno, de pérdida del impulso: se trata, en todo caso, de una serie de movimientos autorreflexivos que es preciso considerar para poner en duda, cartesianamente, lo único de lo que se supone que no dudamos: el “yo”. En prepa leímos El lazarillo y trataba de plantear —ignoro si lo logré— que éste era cartesiano avant la lettre: “Yo por bien tengo que cosas tan señaladas y por ventura nunca oídas ni vistas vengan a noticia de muchos y no se entierren en la sepultura del olvido, pues podría ser que alguno que las lea halle algo que le agrade, y a los que no ahondaren tanto los deleite”. El resto es una comprobación metódica y, de este modo, el tratado cuarto, no ha menester de más palabras de las que tiene. Por ahí, creo, iba la propuesta de Luiselli: tratar de mostrar que el feminismo ha tenido que volver a sus propias bases para plantearse una duda metódica, por lo demás, y que quede al margen, falocéntrica, con respecto a sus propios fundamentos, a sus propios postulados y sus hechos. Un argumento sin mucho sustento, si se me permite, que había menester de un poco más de desarrollo y un poco menos de libre-ensayismo.

El problema es que el autor no está para cumplir con los caprichos del lector. O no debería estarlo, me parece. Y cuando un montón de lectores denuncian, ponen contra la pared, señalan y censuran, podemos estar seguros de que están tomándose muy en serio su “ventaja” crítica porque (creen que) saben el final de la historia, porque se han forjado una narrativa que tiene sentido para ellos sencillamente porque ellos la han estructurado. Pasamos, de este modo, de la crítica a la policía del pensamiento: el “lector” no es capaz de decodificar el mensaje que tiene delante en un sentido crítico como el que he intentado exponer a grandes rasgos, así como tampoco es capaz, siquiera, de reconocer su incapacidad: lo que necesita es mostrar su enojo, su in-conformidad.

¿Por qué habría un autor de modificar su texto ante tales lectores?
Dije al principio que trataría de ser breve. Aventuro una respuesta: para no perderlos.