Amorcito corazón, de Carlos René Padilla

La realidad de la policía mexicana actual nos hace ajena la figura del detective. Ese hombre de semblante oscuro, de riguroso traje y sombrero de ala ancha. Nada que ver con el policía judicial más emparentado estéticamente con un buchón que con un trajeado. Quizá el policía judicial sea la sombra de los detectives del extinto Servicio Secreto Mexicano, agencia policiaca donde los agentes sí eran denominados detectives. Al iniciar la lectura de Amorcito corazón se me atragantó la figura de los detectives con la búsqueda, que sentí entre líneas, de verosimilitud. No existe, hoy, el detective mexicano, entre peritos y ministerio público se construye un caso y de ahí viene mucho de nuestra patética impunidad, de nuestro maltrecho estado de derecho militarizado. Avanzaba en la lectura y me gustaba, pero me disgustaba la necedad de recurrir al detective.

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La novela se ambienta en la década de los cincuenta en la hoy llamada Ciudad de México, los policías son un par de exmilitares sonorenses, parcos, duros, inteligentes. En la elaboración del contexto, Carlos René Padilla nos lleva a la Dirección General de Investigación, en Independencia y Revillagigedo. Uno ha vivido la policía de este país vapuleada por su corrupción, enmarranada por su ser que poco creería en otra forma, en esa forma lúgubre y a la vez luminosa con que se van desencadenando los acontecimientos de Amorcito corazón. No pude más y me puse a googlear sobre la Dirección General de Investigación. Encontré esto:

En 1917, tras el crecimiento demográfico en la Ciudad de México, fue creada la Comisión de Seguridad del Distrito Federal y 21 años después, en 1938, durante el mandato del general Lázaro Cárdenas del Río, cambió su nombre por el de Servicio Secreto, denominación que prevaleció hasta 1976, cuando asumió la Presidencia José López Portillo. López Portillo ordenó la desaparición del Servicio Secreto y dio paso a la tenebrosa División de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia, dirigida por su amigo, Arturo El Negro Durazo Moreno, y los temidos comandantes Salomón Tanuz y Francisco Sahagún Baca” (Sánchez López 2016).

Hasta ese momento, la novela me recordaba más a Pulp de Bukowski que a una novela negra con búsquedas más realistas. A ver, debo explicar esto: mi disgusto estaba en mi propia ignorancia. Y como la novela me gustaba, trataba de asirme de algo que también me hubiera gustado y con conocimiento de causa hubiera prescindido de la verosimilitud. Claro, la novela tiene su tono fantástico, pero la construcción de una historia policiaca seria (cualquier cosa que eso sea y Pulp, de Bukowski, no lo es) se sostiene en lo real, digamos, histórico. Gracias a mi incomodidad con este aspecto, dejé atrás el disgusto y disfruté de una historia bien narrada, sin aspavientos o engorrosas elucubraciones, con un misterio fácil de resolver, pero que sólo al resolverlo se nota la facilidad, lo que permite al lector exhalar un ¿cómo, así nomás? Pero ya satisfecho con el devenir de los sucesos.

Una novela de este tipo, sencilla en su construcción, anudando su posibles desvíos en el canon (veo en esto una virtud) y directa en sus vericuetos, emocionando, deslindando responsabilidades adecuadamente, recreando atmosferas históricas más amables (con su dosis de sordidez), recurriendo a los iconos de la cultura popular mexicana (el título lo indica todo) y prometiendo una saga, abriendo la posibilidad de episodios, mundos posibles, genera una pregunta obvia: por qué tenemos unos medios de entretenimiento tan venidos a la miseria. Repito, la del obregonense es una novela sencilla en términos de un consumo masivo, esto no la convierte en basura, sino que le da una pulsión hacia públicos que podrían divertirse y, al mismo tiempo, como me pasó a mí, preocuparse por el pasado que hoy nos constituye. Digo esto porque estoy seguro de que no existe una crisis de creatividad en nuestro país (si uno sólo viera televisión creería que todos los creadores mexicanos tenemos el cerebro reblandecido); y si bien a veces los artistas se sienten por encima de lo masivo, si alguien escribe una novela de subgénero (otra de esas cosas que significan quién sabe qué), es claro que entiende en la exposición masiva la posibilidad de crear cultura, enorme cultura popular. En fin. Cómo me gustaría ver una buena versión televisiva de esta novela, con sus respectivas continuaciones.

Padilla, Carlos René. Amorcito corazón. México, 2016.