Sobre “Gamiani”, de Alfred de Musset

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Alfred de Musset era ya un célebre autor romántico; es decir, liberal y decadente, entregado a los excesos, los lujos, las mujeres, los vicios, y uno más de los hombres que constituyeron esa corte de amantes fastuosos en intelecto, en artes y maneras de la travestida George Sand, cuando apareció publicada en 1833 una novelita erótica o, mejor dicho, pornográfica, titulada Gamiani: dos noches de pasión, escrita bajo el seudónimo de Alcide, Barón de M.

Con la fama que se traían, los lectores atribuyeron de inmediato la autoría del libro a de Musset y a George Sand. Debieron imaginarlos escribiéndolo a la luz de la chimenea y entre los restos del calor sexual, entre licores verdes y poemas enrojecidos y, aunque jamás se ha comprobado que lo hayan formado entre ambos, o siquiera alguno de ellos, todavía se atribuyó la primera parte de la obra (la más convencional) a él y la segunda (la más descarnada e imaginativa) a ella.

El destino editorial, que se parece tanto a los caprichos humanos, expurgó la obra de las escenas lésbicas y borró del perverso mérito de la autoría a George Sand para endilgárselo solo a de Musset. En el libro no se advierte la mínima intención de denuncia social y de reflexión ética -como sucede con la novela La monja del enciclopedista– de Denis Diderot o la razón filosófica teñida de asesinato y destrucción corporal como sucede con el Marqués de Sade, ya que se nota de inmediato un goce por lo narrado, un divertimento surgido por los detalles y la complicidad con el lector en desear y lograr transmitir lo contado. Apenas tres personajes sostienen las acciones de la delirante trama y eso basta; la pervertida ‘condesa Gamiani’, la jovencísima ‘Fanny’, entregada alumna del sexo y el narrador, a quien se nombra una que otra vez como ‘Alcide’, el supuesto autor de la obra, que contempla a lo largo de varios pasajes, desde la orilla de la entrega corporal o como voyerista maravillado, los salvajes encuentros amorosos y sexuales entre las dos mujeres participando intermitentemente de forma furiosa o como testigo que escucha las narraciones que se cuentan mediante la técnica literaria de la analepsis.

Gamiani comienza así:

Era medianoche y los salones de la condesa Gamiani aún resplandecían con el destello de las luces.

Y de inmediato asistimos como invitados a un mundo no sólo de esplendores sino de placeres inauditos y prohibidos para la mayoría. La condesa es un ser solitario de quien se cuentan cosas terribles. ‘Alcide’, asistente a sus fiestas, se entera de las preferencias sáficas de ‘Gamiani’ por parte de un viejo libertino, decide esconderse en la alcoba de ella y averiguar de una vez por todas la realidad de la naturaleza esquiva, enigmática y magnética de la condesa que no tarda en aparecer acompañada de una joven amiga, ‘Fanny B’. Casi enseguida la muchacha es violentada sexualmente por ‘Gamiani’, el narrador irrumpe en el escenario y los tres se dan al sexo no sin la resistencia y la entrega a partes iguales de ‘Fanny’. Durante el período de postración post coital ‘Gamiani’ cuenta los comienzos de su vida y su iniciación sexual, a manos de una tía que oculta bajo la forma de la piedad religiosa sus perversiones. Las escenas son las típicas de un Sade: monjes que azotan cuerpos desnudos, pasiones desbordadas y el despertar carnal al desenfreno.

La segunda parte profundiza en el pasado de la condesa y los motivos caros al Divino Marqués se acentúan. ‘Gamiani’ narra cómo escapa de las garras de la tía y pide asilo en un convento sólo para hundirse aún más en la locura del sexo. La superiora del convento de las Hermanas de la Redención, llamada por la condesa con el nombre de Santa, es a quien toca el turno de develar su pasado a una ‘Gamiani’ recién iniciada (y ya adicta) a los descubrimientos extenuantes del placer y el dolor. Santa se destacó desde pequeña como una exploradora de la carne y da en curiosear cerca de la jaula de un orangután que su padre, capitán de barco, tiene en casa.

El mono se acercó, se colgó de los barrotes y se excitó tanto que la pobre Santa perdió la cabeza. Empujada por su locura, forzó uno de los barrotes de la jaula y practicó un espacio que el lúbrico animal aprovechó de inmediato sacando los ocho largos dedos, bien pronunciados, de su tesoro viril.

La narración de ‘Gamiani’ en el convento continúa y la estrella de las orgías pasa a ser un asno que antecede a otra orgía, lésbica esta vez, en la que se usan falos de cuero, se forma un anillo humano interconectado por penetraciones valiéndose de los falos y la aparición inesperada de un hombre desnudo que pone en huida a las monjas. El intruso es asaltado y usado por ellas hasta el desmayo por agotamiento. Las monjas intentan colgarlo para matarlo y enterrarlo después. Una madre superiora delirante le hace el amor al supuesto cadáver, suspendido del cuello, cuyo peso provoca que ambos caigan por los suelos, que el muerto resucite y dé como resultado todos los huesos quebrados de la monja.

Para lograr lo que el Marqués de Sade y, que posteriormente Georges Bataille explorara desde su filosofía, es decir, el placer en y mediante la muerte o que logra su significado a través de la muerte, la condesa Gamiani no encuentra otra forma más extrema de satisfacer su indagación erótica que el asesinato. Envenena a ‘Fanny’ y se envenena a sí misma ante el asombro de Alcide.

Este es el final de una obra brevísima pero saturada de efluvios orgánicos y crimen, alucinante y escandalosa, que rinde homenaje a las más desnudas fantasías sadianas y de la cual Sully Prudhomme expresara que se trataba de “la más curiosa, la más erótica y la más literaria de las producciones del siglo (XIX)”.