Javier Cercas y la realidad de la memoria

Recuerdo que una de las primeras veces que descubrí el poder de la ficción consistió en una historia que me contó mi padre o más bien en una serie de relatos que hilaba, noche a noche, en la intimidad de su imaginación: de niños, mi hermana y yo solíamos escuchar, cuando regresaba a la casa, historias increíbles acerca de pulpos gigantes, peligros predadores y una capacidad infinita para salir de las emboscadas que nos tendía su imaginación, disfrazada con el ropaje auténtico de la memoria. Hace algún tiempo, un profesor de literatura de la Universidad de Wisconsin-Madison me confesó que la última ficción de los novelistas era creer que se habían convertido en escritores precisamente porque en su infancia habían escuchado demasiadas historias como las que yo escuché. No se aboque el lector a buscar una confirmación de esta hipótesis: como toda especulación literaria, lo mejor es dejar los misterios de la literatura a la corriente invisible de las preguntas.

La gran virtud de las historias de mi padre no consistía en sus tramas o la densidad psicológica de sus personajes, sino precisamente en esa mezcla extraña de realidad y de ficción que Javier Cercas (Cáceres, 1962) ha conseguido en sus novelas, actualizando una tradición que desde el Lazarillo de Tormes y Don Quijote de la Mancha se ha convertido en la obsesión del novelista: la verdad de su mentira.

Escondida a lo largo de varios libros, Cercas le presenta al lector su teoría de lo que debería ser una buena historia o de una historia que parece verdad aunque sea mentira y que aunque sea mentira parece verdad. Parecería que el gran escudo de la literatura consiste en esconderse a ratos de la luz y presentarse a ratos en la oscuridad.

La teoría novelística de Javier Cercas, pues, consiste, desde mi punto de vista, en dos puntos principales: el primero, en que una buena historia siempre tendrá un punto ciego -o varios- por excelencia:

“…En cierto modo el mecanismo que rige las novelas del punto ciego es muy similar, si no idéntico: al principio de todas ellas, o en su corazón, hay siempre una pregunta, y toda la novela consiste en una búsqueda de respuesta a esa pregunta central; al terminar esa búsqueda, sin embargo, la respuesta es que no hay respuesta, es decir, la respuesta es la propia búsqueda de una respuesta…”[1]

La victoria de cualquier tipo de literatura que se precie de serlo consiste en engañar al lector al hacerle creer que la historia ha terminado porque el libro está cerrado. Así, la literatura aparece como un instrumento anti utópico cuya instrumentalización consiste en renovar la realidad, complicarla para hacerla más rica, establecerse como una herramienta anti autoritaria que no promueve un punto de vista unívoco sino una multiplicidad de polos que aumentan su verosimilitud y aumentan la inverosimilitud del mundo. Su verdad esencial está en no tener ninguna. La literatura es anti utópica, aunque sus temas sean utópicos, porque nunca se declara satisfecha con su forma.

thumbnail_CercasJavier Cercas ha conseguido, a lo largo de su obra narrativa, que la verdad del mundo nunca sea revelada o al menos aplazada al infinito. Roberto Bolaño se llegó a preguntar en 2666 (2004) qué cuál era el secreto del mundo, que quizá fue otra manera de preguntarse que cuál era el secreto de la literatura y si la literatura tenía un secreto. En sus textos novelísticos, Cercas le abre al lector la complejidad de la imaginación y las costuras del universo. Su obra se centra en la historia de los hombres que le dijeron que no a la historia oficial o que al menos no renunciaron a tener vidas extraordinarias. En El impostor (2014) Enric Marco miente porque se niega a creer que él fue un hombre normal, acobardado, que no supo decirle que no al franquismo español y que tuvo que crear una historia extraordinaria para decirse no a sí mismo: me niego a creer que fui un hombre que dijo que sí.

Misma operación sucede en Anatomía de un instante (2009) en donde Adolfo Suárez, el primer Presidente español después del periodo de Franco, le dice que no al coronel Tejero a pesar de que las balas zumbaban a su alrededor. Ese gesto, ese hombre que le dijo que no al peligro es para Cercas motivo de una obsesión que lo llevó a hacer una investigación histórica del porqué de su inmovilidad. Lo maravilloso de la novela es que el lector nunca pone en duda el aparato ficcional construido a propósito de ese gesto y por ello nunca nos preguntamos, a lo largo de la novela, si Adolfo Suárez decidió no moverse porque le dolían las piernas. A través de la memoria y de la imaginación, Cercas también nos dice que el lector quiere ser engañado, que una buena historia no puede serlo sin la complacencia o al menos sin la ingenuidad del que quiere ser engañado. Como un truco de magia, el truco no está en el mago sino en la credulidad del que cree en la magia. Finalmente, en Soldados de Salamina (2001) el soldado republicano que no le dispara a Rafael Sánchez Mazas, un ideólogo fascista, también constituye la negación personificada, no solo porque no dispara sino porque su decisión también anula su personalidad, su identidad, su subjetividad: ¿Quién es? ¿Por qué no disparó? Las negaciones son la gran oportunidad literaria de Cercas, el cual aparece como un narrador incompleto, casi indeseado, reacio a contar la historia no porque le falten palabras sino porque no quiere revelar ciertos hechos.

Ninguna de estas historias estaría completa, sin embargo, si Cercas no ofreciera el punto ciego que lleva al lector a preguntarse las razones de la negativa. Y es que toda vida, literaria o no, se encuentra inmersa en una serie de incertidumbres que ni siquiera sus protagonistas saben o pueden explicar. Igual que el lector, el cual piensa que la historia ha terminado cuando en realidad la historia se ha quedado en él, de manera consciente o inconsciente. No hay aquí -o no lo creo así- ningún tipo de romanticismo literario sino el deseo de creer que una idea o un personaje son remanentes de la conciencia y que nos llevan a tomar decisiones. El punto ciego consiste, precisamente, en recrear esos remanentes que nos llevan a decisiones pero que nunca podremos explicar. El lector atento ya sabrá a lo que me refiero: aplicado a la novelística de Javier Cercas, el punto ciego se encuentra en las decenas de situaciones en las que Cercas no explica una decisión, una acción, un porqué.

El segundo pilar de la teoría novelística de Cercas está en eso que hacía mi padre y que los grandes novelistas siempre han hecho:

“…empecé a decirme que una buena mentira no es una mentira pura, exenta, que una mentira pura es una mentira inverosímil, que, para que sea verosímil, una mentira tiene que construirse en parte con verdades, y me pasé todo el programa preguntándome qué parte de verdad contenían las mentiras de María…”[2]

La mentira de Cercas es presentarle al lector datos duros ficcionalizados, aunque suene a ironía, por su memoria; y objetivados, aunque suene a mentira, a través de su imaginación. La dinámica literaria en Cercas, pues, aparece como una verdad histórica que solo puede ser completada a través de mentiras aunque también como una mentira histórica completada a través de retazos de verdades. ¿Se le puede reprochar a Cercas la elección de presentar su literatura a través de esta ambigüedad que a veces parece juego y a veces indecisión? De ninguna forma. Vivimos en una época en donde la verdad también parece transformarse en una cuestión subjetiva. Esto, por sí solo, no representa ningún retroceso, excepto cuando ciertas verdades se han convertido en algo tan necesario para la humanidad que nuestra supervivencia consiste en creerlas a pies juntillas. Me refiero, por supuesto, al cambio climático, aunque también a los derechos civiles, al respeto entre razas, a la desigualdad global económica. La nueva administración norteamericana viene a poner todo esto en peligro. La verdad de nuestro tiempo no es que no haya verdades sino que éstas se utilizan como mentiras. La gran diferencia es que una teoría de la novela falsa o verdadera no le hace daño a nadie. Una política racista y clasista basada en mentiras que se hacen pasar por verdades es una farsa peligrosa cuya aplicación devora las fronteras de la prudencia política global. Amaestrados para dudar de todo, el electorado conservador ha llevado al extremo el mito de la autonomía intelectual. Sacrificando su conciencia, el único deber ético de la derecha parece el de oponerse a cualquier cosa.

La gran lección de Javier Cercas no es, pues, su teoría novelística sino que la relatividad de la verdad no implica necesariamente un aplauso inmediato. La verdad, en su contexto, también necesita ser ponderada. La verdad también necesita sus defensores pero no defensas equivocadas. La literatura de Javier Cercas nos permite vislumbrar a la literatura como una gran verdad hecha de mentiras; y a la vida como una gran verdad que necesita ser defendida de la historia. La literatura se mete en los resquicios que aquella le permite y desde ahí la rescata para redimirla de sus mentiras. En un tiempo como el nuestro, en donde cada uno construye sus propias narraciones siniestras, Javier Cercas y mi padre aprendieron, en tiempos y lugares distintos, que las mejores historias son las que mienten parcialmente y también las que dicen la verdad parcialmente porque no conocen y no quieren conocer la verdad a fondo.

En un tiempo como el que vivimos parece que la literatura es de las pocas experiencias vitales que siguen siendo honestas consigo mismas porque, en el fondo, se sabe falsa y engaña sin hacerlo, convirtiéndose en una verdad permanente, continua y real.

Una mentira que no miente.

[1] Cercas, Javier. El punto ciego, Las conferencias Weidenfeld 2015. Literatura Random House, Barcelona, 2016, p. 17.

[2] _____________. Las leyes de la frontera. Literatura Random House, Barcelona, 2012, p. 315.