Capitular: Nikolái Leskov

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Nada más terminar la lectura de La pulga de acero (1881), vuelvo a la pregunta sobre por qué Rusia genera excéntricos irrepetibles, uno de los cuales, Nikolái Leskov (1831-1895), se mantiene como un desconocido parcial en nuestra lengua y cuya obra descubrimos a paso lento debido a las pocas traducciones disponibles. Ese libro se titula originalmente Relato sobre el zurdo bizco de Tula y la pulga de acero, lo cual no hace sino confirmar la historia estrambótica de borboteos y temblores que sus páginas guardan para los lectores.
Este autor, admirado por Tolstoi y Gorki, escribió de su formación y desorbitado temperamento lo siguiente: “El abuelo de Leskov era eclesiástico, su abuela pertenecía a una familia de comerciantes, su padre se hizo funcionario, su madre era noble; así pues, por sus venas corría la sangre de esos cuatro grupos sociales”.

A Leskov puede hallársele, por lo regular, en las antologías generales de literatura rusa, tales como Un siglo de cuentos rusos (2011) o Cuentos de Navidad. De los hermanos Grimm a Paul Auster (2015). Lo que no hace sino confirmar su lejanía no sólo del lector promedio sino igualmente del editor de antologías. Lo anterior implica que es un raro cuya aproximación pide al lector habilidades detectivescas. Y es que la trama de sus obras, siguiendo el pensamiento de los propios autores rusos, bordea el folclor más sensible del alma eslava y se combina con elementos fantásticos que derivan hacia una geografía alegórica de perfiles indefinidos. Desgajadas de su contexto, la mayoría de sus narraciones encarnan una explosión de imágenes que bordean el onirismo más puro y haría falta una explicación rigurosa de ciertas figuras para entender a cabalidad el universo de Leskov.

El peregrino encantado (1873), por ejemplo, relata la historia de una travesía por el lago Ládoga, en donde los pasajeros sienten curiosidad por un hombre casi indescriptible, mezcla de gigante con sotana y rasgos de un héroe del pasado. El personaje se dirige al monasterio de Solovki, donde busca “un sentido a toda mi vida anterior, tan vasta”. Esta novela es una secuencia de relatos de aventuras la mayoría de las veces deshilvanados, que se sirven de estrategias de emborronamiento narrativo para lograr una estética fragmentada e irresuelta. Y esto, claro, no fue célebre en su tiempo, ya que la hegemonía de la narración realista, de sesgo moralizante, impedía que fueran apreciadas otras tentativas literarias.
Sin embargo, de la lectura de los comentarios de sus contemporáneos, es posible verificar cuánto su escritura se aprecia por escapar de la forma tradicional rusa. Su cuento Lady Macbeth de Mtsensk (1865) inicia como un homenaje/reescritura de la obra shakesperiana, alrededor de los crímenes de una mujer espiritualmente dividida por la aparición súbita de un amante y la conducta esperada por la sociedad. Conforme avanzan las páginas, el relato se transforma en un cuadro delirante de vivencias de sesgo tremendista y equidistante de la locura y el horror. Esto es, el producto final se vuelve una arquitectura modélica del desastre controlado.

Es más raro aún comprobar que no se coloca a Leskov al lado de Gógol o Dostoievski, lo que ha emborronado su imagen para los lectores occidentales. Al igual que Andreiev, es uno de esos escritores rusos a los que se llega sólo por quienes tienen la curiosidad se asomarse más allá de los escritores de la primera línea de tiro. Mi experiencia de su lectura es que su obra se amolda a la vivencia actual, debido a la proliferación de fantasmagorías de las que se ignora su (posible) realidad, además de la permanente inconclusividad de casi todo lo que narra. A esta ambivalencia en la terminación de las obras, en las que no hay “finales abiertos” pues deliberadamente se abandona la narración, Carlos Rubio la atribuye como una insignia tradicional de la literatura japonesa (Prol. a Cuentos de amor de Junichiro Tanizaki [2016]), pero Leskov hace uso de ella, felizmente, y troza sus narraciones por la mitad para publicar únicamente un fragmento, al parecer de manera azarosa. Así que cualquier parecido con la realidad de cada uno de nosotros es mera coincidencia, ya que conocemos líneas de luz y nunca un retrato de cuerpo completo.

La literatura hispanoamericana no cesa de nutrirse con la recepción de autores del exterior que impactan su manera de leer y escribir. Ahora que el chovinismo y los retratos de la colonia y el barrio se vuelven una constante en nuestras literaturas, es momento de asomarse a otras geografías. Es difícil mantener la inexpresividad y admirar el torrente de publicaciones que no se detienen para celebrar algún descubrimiento. Leskov moriría de nuevo al saber que sus narraciones volaron dos siglos y llegaron a países que beben ese folclor mutado, como una carcajada delirante lejos del efectismo que no deja de visitar las cada vez más insoportables mesas de novedades.