Twitteratura y las perlas derechistas de la Lésper

Por César Cortés Vega*

Ojalá los juegos discursivos de Avelina Lésper fuesen una obra de arte contemporáneo. Tendrían entonces mucho más sentido del que me parece poseen al ser realizados como apelaciones iracundas, pues con ello sólo consiguen alborotar a los más ingenuos, y a la vez reforzar una noción ultra-conservadora del arte. Pero trataré —aunque sepa que no voy a conseguirlo del todo— de no repetir en esta breve entrada las mismas cosas que sus detractores ya han pensado y publicado. Y es que en el exceso de respuestas ofensivas es donde ella finca su pequeño poder, defendido a la vez por lectores decimonónicos que se sienten perplejos ante la posibilidad de que una caja de zapatos o unos cortes asimétricos realizados en una roca puedan ser llamados ‘arte’. En todo caso diré que los intentos sarcásticos de Avelina me parecen a la vez chistes involuntarios; basta imaginar un par de réplicas a su discurso para comenzar a sonreír. Porque en todo caso su furiosa militancia está planteada desde una economía de las validaciones que intenta restablecer relaciones con el mercado y la naturaleza productiva de artistas engendrados en la realización de objetos para el disfrute de una concepción de arte que mezcla ‘genialidad’ y decoración. Cosa siempre delicada, que implica la revisión de posturas de distinta índole. Al elegir la queja fácil y el lugar común sin mayor apoyo bibliográfico, como lo hace Avelina, se señala una estrategia que le quite foco a problemas más interesantes, como por ejemplo el de la hegemonía de las imágenes y sus batallas. La discusión con ella se reduce a un plano meramente esteticista y se olvidan planteamientos mucho más serios respecto a la participación pública disidente que permite el arte, o los refugios de u pensamiento vedado por los aparatos de producción capitalista que implican relaciones entre nuevas economías, cuerpo y memoria. Ahí está el chiste lesperiano: hacer oídos sordos a pensadores rigurosos que ya han respondido a sus cuestionamientos emanados del siglo XIX.

Sin embargo creo que más allá de una intención del todo calculada, Avelina es también una especie de performancera involuntaria, cuya efectividad radica justo en la improvisación pirotécnica que imita los gestos de un animoso público que pertenece a un productivismo semi-ilustrado para las artes de hacer dinero, y no mucho más. Se trata de un fenómeno pop que intenta desarticular la estructura de poder en el campo de la producción contemporánea que sí, en cierta medida ha operado por compadrazgos y validaciones dudosas. Cosa que podrá pensarse y discutirse, por supuesto. El gran problema de Lésper es que lo suyo son apenas aspavientos críticos muy ligeros, que en todo caso consiguen re-estratificar las condiciones de compra-venta de obra para el deleite de aquellos que, dado que imaginan no compartir el ‘genio’ ni el ‘talento’ de los ‘maestros’, han crecido creyendo que el ‘buen gusto’ es un asunto universal por el que vale la pena pagar buenos precios, si es que el bolsillo lo permite. Si el bolsillo tiene agujeros, entonces a conformarse con su incorporación al convencionalismo capitalista de la producción en el que cualquier subjetividad está supeditada a la utilidad. Casi casi un problema de selección natural de la sensibilidad. La función crítica ahí se limita entonces a traducir las condiciones de aquellos inalcanzables, que por eso mismo deberán ser consumidos por quienes les admiran. Una operación simple, pero que en realidad ha alimentado los imaginarios productivos desde que los artistas dejaron los muros de las iglesias, para cotizar en un mercado del arte creciente apoyado por las nacientes burguesías, que luego ocuparon los centros de poder.

Avelina Lésper, ilustración de César Cortés

‘Avelina Lésper’, imagen de César Cortés

Una vuelta de tuerca de esta tragicomedia lesperiana revela un aspecto todavía más clarificador: no conforme con hincar su cuchillo de palo moralista dentro del territorio de las artes visuales, ha intentado reflexionar acerca de literatura en una entrega reciente de su columna “Casta Diva” del diario Milenio. Una apuesta que, para la documentación y revelación de las estructuras desde las cuales el pensamiento de derechas se desarrolla, espero continúe. Es decir, no me la quiero perder ahora peleándose con los escritores. Y es que no ha comenzado del todo mal: qué fetiche más útil para lograr el enaltecimiento del valor creativo y esforzado del ‘gran arte literario’, sino el de la llamada twitteratura. Un género naciente y probablemente efímero de la brevedad vinculada a los flujos de la inmediatez que han surgido en los últimos años. Por supuesto que a la Lésper no le pasa por la cabeza la posible comparación con los aforismos a los que Lichtenberg dedicó toda su obra, o al cuento corto que Edmundo Valadés tuviera en tan alta estima. Porque lo que a ella le interesa es señalar el facilísmo de las tecnologías contemporáneas, sin importarle si detrás de aquellos ‘twitterazos’ se esconden procesos culturales más complejos. Y así, desde ese reduccionismo que la caracteriza, asesta el primer golpe cuando comienza diciendo desde una ironía no muy pulida: ‘Es innecesario estudiar literatura, mucho menos preocuparse por lo elemental en sintaxis y ortografía, estorba el pensamiento profundo, para ser escritor basta con abrir una cuenta de Twitter’. Por eso Avelina me divierte; con su disfraz antagónico, al menos formula problemas interesantes, indignada y agitando su dedo flamígero, como si esperara que otros se ocuparan de ellos. Ella no; para qué, si ya tiró su chistecito. El argumento dejaría de tener peso si utilizara el pensamiento profundo del que parece ufanarse, y entonces recurrir a Monterroso, a Hemingway o a las greguerías de Gómez de la Serna. O a Shakespeare o Lope de Vega, Quevedo o Jules Renard, Saint-Pol Roux o George Santayana, Luciano de Samosata u Horacio. Si así fuese, el argumento no podría condenar a cualquiera que escribiera en Twitter, sin antes pasar por las condiciones históricas mediante las cuales los formatos y estilos se modifican. Podría luego buscar algunos ejemplos de twitteratura, y revisar a ciertos autores que no sólo utilizan ese medio para publicar. Y voilá; el chistecito no tendría lugar.

Pero por supuesto, la Lésper juega bien su papel de villana cómica calderoniana, personaje de apariencia maligna, pero con sentido del humor —que incluso parece burlarse un poco de sí misma—, y que no pone en cuestionamiento los orígenes de su propio pensamiento defectuoso. Me sorprende por ello que pocas hayan sido las voces que señalen que este es el síntoma de algo más grande que trasciende meras elecciones individuales; se trata de formulaciones de filiación derechista que tienen en sus planteamientos una genealogía ya muy documentada. Y si bien la derecha no es una y la misma cosa, debido a que su amplio territorio es habitado por ideas nacidas de pensamientos diversos como el liberalismo, el conservadurismo, la religiosidad extrema o el franco capitalismo, al menos es posible enumerar un par de constantes que operan en sus posturas. El estatismo, la protección de los valores tradicionales, el respeto a los mitos de origen. Pero sobre todo, nociones que normalmente se centran en el individuo: su engrandecimiento y, como contraparte, su dominio y explotación.

Hay una joya literaria reciente que viene a cuento a propósito de todo esto: ‘La literatura nazi en América’ de Roberto Bolaño, cuyo trabajo emplea un recurso en el cual se escribe desde una convicción de realidad no confesa, como en el célebre ‘Vidas imaginarias’ de Marcel Schwob, o a la muy divertida ‘Historia abreviada de la literatura portátil’ de Vila-Matas. Del texto de Bolaño, que es una suerte de compendio biográfico de personajes posibles aunque inventados, pueden entresacarse un par de posturas que, como en el ‘Diccionario de lugares comunes’ de Flaubert, son perlas definitorias muy similares a las que se podrían emplear para escribir una biografía de Avelina. Por ejemplo aquello que se dice de EdelmiraThompson de Mendiluce, poeta de Buenos Aires que conoció a Hitler:

[…] “Edelmira abandona la visión contemplativa y pasa al ataque. Arremete contra los críticos, contra las literatas, contra la decadencia que envuelve la vida cultural. Propugna un regreso a los orígenes: las labores del campo, la frontera sur siempre abierta. Atrás quedan los requiebros y deliquios amorosos. Edelmira quiere una literatura épica, epopéyica, a la que no le tiemble el pulso a la hora de cantarle a la patria.”

O acerca de Luz Mendiluce Thompson:

“Es dura. Sus reseñas literarias son temidas y esperadas con fruición por aquellos a quienes su ingenio y sus dardos envenenados no tocan.”

Pero ¿en dónde puede encontrarse la mayor similitud con estas divertidas biografías de Bolaño? En el espacio que comparten todos aquellos personajes en el arte, tomado como refugio para los delirios de grandeza más insólitos. No sólo la cancelación de las posibilidades creativas en los otros, sino sobre todo el acatamiento a la estratificación que el conservadurismo necesita para vender la idea de necesidad clasificatoria y segregación de la subjetividad. Entonces los laureles a aquel que lo señala desde una idea estética precisa. Por ello fenómenos de esa naturaleza son ‘garbanzos de a libra’ de las derechas desarrolladas en todos lados.

Simone de Beauvoir decía que “situarse a la derecha es temer por lo que existe”. Es decir, pretender conjurar el desarrollo de la necesidad. Toda adaptación permite el surgimiento de formas diversas que crecen a la sombra que los espacios predeterminados en la cultura hacen posible. Sin embargo, aquello que es su motor es un sobrante que excede los límites de cualquier clasificación. El acomodo disciplinario ocurre en todo caso como una política: no es necesariamente ‘verdadero’, sino que su parcialidad se adapta a aquello que en una época con constantes específicas es nombrado como posible. Lésper debería saberlo, como cualquier otro crítico que esté interesado en la comprensión de los motivos ideológicos detrás de los cánones.