Sobre Los últimos días de Kant, de De Quincey

Salvador Elizondo opina, en un artículo publicado en un periódico, sobre Los últimos días de Kant, de De Quincey, que acierta al poner en práctica, avant la lettre, los preceptos esenciales de Marcel Schwob para el arte de la biografía como género artístico y que se sintetizan en la presentación de detalles significativos magnificados por procedimientos técnicos de la escritura.

De Quincey –este contradictorio autor, decadente y perfecto hombre de familia, nacionalista, extravagante y representante puro del romanticismo a la vez que pionero del periodismo y de las maneras de hacer el periodismo-, utiliza la figura, y la lectura, del trabajo de memoria del amanuense, Ehregott Andreas Wasianski, quien conociera a Kant en la intimidad y fuera el autor de Kant en sus últimos años (1804), para hacernos llegar los rasgos simples de la cotidianidad del filósofo alemán que, de esta manera, se recubren de profundo significado. Estaríamos, pues, ante su trabajo de traducción, apropiación y reescritura, del trabajo de otra persona. Por supuesto, da por sentado que, todo lector que se acerque a este opúsculo, sabe quién fue Immanuel Kant, lo mismo que haré para centrarme sólo en el texto y su reseña. Este libro, muy breve, data de 1827.

Kant –dice Wasianski a través de De Quincey-, un día, dejó de salir a comer para hacerlo en casa, e invitar a algunos amigos en un número no menor a tres, incluyéndose él mismo, ni mayor a nueve. Era, pues, fiel observador de la regla de Lord Chesterfield, que dicta que el número de comensales a la mesa no debe ser menor al de las Tres Gracias ni exceder el de las Nueve Musas. Seguimos leyendo, entre divertidos, asombrados y, por varias páginas, conmovidos, sobre las costumbres, manías y la enfermedad del gran filósofo, valgan estos ejemplos: su conversación era coloquial, aunque sus temas eran la filosofía natural, la química, la meteorología, historia natural y la política; cuando salía a caminar, lo hacía solo y respiraba exclusivamente por la nariz, pues estaba convencido que así no se resfriaría ni contraerá tos o afecciones pulmonares; para dormir, según sus palabras, se “empaquetaba como un gusano de seda”, se sentaba en el lecho, daba media vuelta en el aire, colocaba un ángulo de las ropas bajo el hombro izquierdo y pasándoselo por la espalda, lo llevaba hasta el hombro derecho, seguía con el otro ángulo y terminaba envuelto como momia.

Por temor a dificultar la circulación sanguínea, había ideado un complejo aparato o sistema de cajitas con ruedas y muelles, como maquinaria de reloj, que llevaba sobre las caderas y que sostenían cintas elásticas y ganchos para sostener sus medias. Cuando empezó a envejecer comenzó a perder la memoria de las cosas y hechos recientes pero no las pasadas, sin duda, hoy lo diagnosticarían como enfermo con el mal de Alzheimer.

Todo lo malo lo atribuía a la electricidad, la forma de las nubes, sus dolores de cabeza, cierta mortandad de los gatos de Viena, Basilea y Copenhague. Era un gran bebedor de café, mismo que tenía que ser servido en el mismo instante, según su frase, y hasta la misma espera del hervor del agua lo impacientaba. En cuanto a la servidumbre que lo rodeaba, su principal criado era Lampe, su ayuda de cámara, un ser zafio que peleaba todos los días con el cocinero y que llegaba a Kant, llevándole el periódico, con la consabida frase: Señor profesor, aquí está el periódico de Hartmann. Kant, invariablemente, “saltaba”: ¡Eh! ¿Cómo, qué dice usted? ¿El periódico de Hartmann? ¿No le tengo dicho que no es de Hartmann sino de Hartung? A ver, repítalo: No Hartmann sino Hartung. El bestia de Lempe repetía: No Hartmann sino Hartung. Así durante 312 veces al año por 38 años consecutivos. Kant había estado a punto de dejar fuera de su testamento a Lempe pero se arrepintió por “el que dirán,” de los hombres del futuro, respecto a su bondad. Kant amaba los paseos en coche y a los pájaros. Se impacientaba por la salud, y el destino, de los gorriones que anidaban bajo las ventanas de su estudio. En esto –nos recuerda el texto-, se parecía a Bacon. Llevaba un libro de notas, en el cual apuntó, cierta vez que Wasianski le propuso viajar para distraerse de sus pensamientos obsesivos de muerte: Los tres meses de verano son junio, julio y agosto; indicando que eran los idóneos para viajar. Empezó a fallarle la vista del ojo derecho, con el izquierdo ya no veía nada, uno más de sus achaques que recibió con un estoicismo frío y admirable, como todo aquello que le sucediera a su cuerpo cansado.

En su casa se recibía con agrado a los visitantes que llegaban del extranjero para conocerlo, afamado y sabio. Un día tocó a la puerta un joven ruso, quien llegó hasta Kant y le besó ambas manos. El muchacho obtuvo, como regalo, las páginas manuscritas que Kant había dejado fuera de su ensayo sobre antropología. Y nos preguntamos hoy, dónde estarán esas páginas o si aún se conservan y a cuánto ascendería su precio en una subasta entre bibliómanos.

Para diciembre de 1803, leemos sobre un hombre que ya no es capaz de encontrar los cubiertos a la mesa, sin auxilio. Ya había perdido casi por completo la memoria reciente, pero contestaba con erudición cualquier pregunta sobre historia o filosofía que se le hiciera. Las manías se le habían multiplicado: veinte veces en un minuto aflojaba y apretaba el pañuelo que llevaba al cuello. No reconocía ya a quienes lo rodeaban. Para febrero de 1804, nos enteramos que balbucea unas palabras a su médico: muchos puestospuestos pesadosmucha bondadmucha gratitud…; que Wasianski traduce: lo que el profesor desea expresaros, doctor, es que considerando los muchos puestos o cargos que desempeñáis en la ciudad y en la universidad, representa una gran bondad por vuestra parte dedicarle tanto tiempo y os está en extremo agradecido. Kant interviene vivamente: Eso es, dijo. Aquél médico, admirador del gran pensador, jamás había querido cobrarle por sus atenciones. Kant se encontraba, en esa ocasión, de pie, pero a punto de desplomarse, Wasianski le explica al médico que no se sentará hasta que su visitante tome asiento. Con un esfuerzo sobrehumano, nos dice De Quincey-Wasianski, Kant habla: No permita Dios que caiga tan bajo que me olvide de las obligaciones de la hospitalidad. El día 9, Wasianski lo encuentra moribundo, en su rostro se trasluce la llamada facies Hippocratica, es decir, el aspecto cadavérico de los agonizantes.

Cito ahora textualmente: A las tres y cuarto del domingo, día 12 de febrero de 1804, Kant se estiró como para tomar posición para el acto final y adoptó la que había de conservar hasta el momento de su muerte. De manera emocionada y conmovida, prosigue el relato de Wasianski-De Quincey: Primero se debilitó la respiración; luego se volvió intermitente y el labio superior ligeramente convulsivo; después siguió una débil respiración o suspiro y luego, nada más. El pulso siguió latiendo unos segundos, más lento y débil, más lento y débil, hasta que cesó por completo. El mecanismo se había parado: en aquel preciso momento el reloj dio las once.

Al cadáver de Kant le afeitaron la cabeza para hacerle un molde en yeso, mismo que pasaría a la colección del célebre Dr. Gall, el equivocado creador de la frenología. Miembros de todas las clases sociales acudieron, por varios días y durante todo el día, a la repleta casa de Kant para despedirlo; a todos los visitantes les sorprendía la extrema delgadez del cadáver; al funeral, fastuoso, en oposición a los deseos del filósofo, acudieron dignatarios de la Iglesia y del Estado, la gente de Königsberg, los llorosos estudiantes universitarios, los extranjeros, los militares, etc. La procesión avanzó a la luz de antorchas hasta la catedral, deslumbrante de luces, a repique de campanas y seguida por un ejército de personas. Se celebró un oficio de difuntos admirable y el cuerpo fue descendido a la bóveda académica. ¡Paz a sus cenizas y honor eterno a su memoria! Así finaliza esta obra breve, pero grande como ejemplo formal de escritura biográfica por parte de Thomas De Quincey, basada en los textos de Wasianski.