Plan de acción

Fue la tarde en que decidí recuperar la fe.

Yo no creía en los milagros, pero llega un punto en la vida de un hombre en que no puede seguir dando la espalda a lo evidente. Puede utilizarse un término equivalente, si es que “milagro” tiene una connotación indeseable para alguien.

Luego de mucho esfuerzo logré abrir una pizzería en la esquina de una avenida transitada. No había otra por esa zona y eso me dio el favor de los transeúntes, que pasaban a comprar una rebanada o una pizza para llevar. No tenía mucha variedad, aunque ofrecía la ventaja de que estaban cocinadas en un horno y la pasta era diferente a las que podían degustarse en las pizzerías comerciales que las producen a granel.

No tenía días de descanso, ya que siempre estaba en la pizzería. Me ayudaba mi esposa y su hermana, a la que pagábamos por su labor. Los primeros meses fueron de angustia, no obstante que las cuentas se fueron ajustando hasta llegar al punto de equilibrio. Llegué a considerar que podríamos vivir de aquello.

Una tarde entró una mujer mayor a la pizzería. Sólo tenía dos mesas para quienes optaran por comer en el sitio. No pensé en un restaurante al abrir, aunque quizá debía explorar diversas formas de crecimiento. Tomó asiento y pidió una rebanada de pizza. Miraba el lugar con atención. Yo había terminado de preparar las pizzas de la tarde, así que estaba con Mónica en la barra. El tiempo se fugaba lento.

La mujer tenía dificultades para comer la rebanada porque tenía muy pocos dientes. Además, sin querer, se le escapaba la dentadura. Una imagen tan escabrosa como insoportable. Aquello me hizo recordarla, ya que de otro modo hubiera sido imposible. Entraban y salían personas del sitio.

Introduje algunos postres para llevar y se vendían tan bien como las rebanadas de pizza. Aquella mujer pasaba de manera esporádica al lugar, aunque ya no volvió a sentarse. Habría sido igualmente incómodo para ella. La zona era frecuentada por estudiantes, en su mayoría, pues a unas cuadras había una universidad pequeña aunque nutrida de alumnos.

Una tarde llegó la mujer a la pizzería con el rostro descompuesto. Estaba pálida, le faltaba el aliento. Mónica la asistió a la entrada y corrió por un vaso de agua. La sentó en la mesa de la esquina. Ella sacó dos pastillas y utilizó el agua para tragarlas. Refirió que estaba enferma y que su muerte estaba próxima. Yo estaba acostumbrado a que los viejos hablen de su muerte, porque mi abuelo era igual.

La vieja se estabilizó y Mónica volvió al mostrador. Me quedé con ella durante algunos minutos por educación. No se moriría en la pizzería, pensé. Sería de mal augurio. Me hizo una seña para que me acercara y me habló al oído: “no debes abrir el próximo jueves”. Empleó un tono imperativo y suplicante a un tiempo. Me hice para atrás como quien acaba de escuchar una sentencia maldita. Ella quedó con un rostro enjuto y minutos después recobró el aliento. Empaqué dos rebanadas de pizza y se las di para el camino.

Aquella noche le platiqué a Mónica lo sucedido. Ella no lo notó y tampoco le importaba. Cerrar un día equivaldría a perder dinero y enviaría un mal mensaje a los clientes, que empezaban a arremolinarse para comer rebanadas de pizza. Yo no estaba tan seguro. Aquello sucedió el lunes y en los días que siguieron no pude conciliar el sueño.

No es fácil reponerse a unas palabras dichas con ese temple profético. ¿Por qué me lo habría dicho a mí, únicamente? Hice el cálculo que lo que perderíamos, en términos monetarios. Quizá no era tanto, pero las compras de víveres estaban calculadas y eso generaría un retraso en el uso de los insumos. No obstante, había modo de evitar pérdidas.

Hablé de nuevo con Mónica y le pedí su apoyo. Luego de darle vueltas, decidimos cerrar ese jueves e irnos de paseo a Taxco. Trabajamos con normalidad de lunes a miércoles y si bien puse especial atención al desarrollo del día, no advertí nada diferente en los clientes. El martes coloqué un anuncio de que no se abriría el jueves, por motivos de inventario.

El jueves nos levantamos temprano y desayunamos cerca de la ciudad platera. La Ciudad de México y la pizzería estaban muy lejos de nosotros. Me sentía tranquilo de haber respetado aquel mensaje oracular. No era supersticioso —o consideraba no serlo—, pero hay líneas de pensamiento que es mejor no ignorar. Tenía una corazonada que golpeó fuerte hasta hacerme entender.

Regresamos por la noche a la ciudad. Viernes y sábado eran días de mucha actividad y nos acostamos temprano. Al día siguiente, al llegar a la pizzería, notamos que había patrullas en la avenida. Los policías tomaban notas en sus libretas e individuos de bata blanca sacaban fotografías de los detalles menos imaginables.

Al verme abrir la pizzería, se acercaron a mí con actitud intimidatoria. Confirmaron que yo era el dueño del lugar y me explicaron que el día anterior entraron a la casa que estaba junto a la pizzería. Asesinaron al dueño a sangre fría, lo mismo que a su hijo y a los dos perros que cuidaban el lugar. No se llevaron nada de valor, por lo que todo parecía indicar que había sido un ajuste de cuentas.

En principio dijeron que debía presentarme a declarar en la agencia, porque les parecía sospechoso que no hubiera abierto el lugar. Mi tranquilidad no les aportó indicios y me olvidaron en el acto. Mónica empezó con el amasado y yo saqué la escoba para barrer las hojas caídas de los árboles. Cocinamos las primeras rebanadas de pizza, mismas que obsequié a los oficiales. Celebraba en silencio aquella decisión sin apenas fundamento.

Jamás supe si se logró la captura de los asesinos. No conocía al finado o a su hijo y la vieja nunca volvió al lugar.