Sobre Oscar Wilde, de André Gide

Gide encontró por primera vez a Wilde en 1891. Por entonces, escribe en este libro breve, escrito desde los recuerdos maravillados y admirados, Wilde tenía aquello que Thackeray designa como “el don principal de los grandes hombres: el éxito. Era rico, era grande, era bello. Estaba colmado de aventuras y de honores. A distancia otros, a Apolo mismo. El hecho es que resplandecía.
Componen esta obra dos “bocetos”, como los llama Gide, publicados, uno, en un volumen de críticas diversas titulado Prétextes y el otro publicado en 1905, en el Ermitage. Gide, que se había vuelto un acólito de Wilde, nos dice que, fue en Biskra, en Argelia, donde se había enterado de la muerte de Wilde debido a los periódicos. La distancia –escribe-, me impidió, ¡ay!, unirme al magro cortejo que siguió al cadáver hasta el cementerio de Bagneux; en vano me desolé de que mi ausencia parecía disminuir aún más el número tan escaso de los amigos que permanecieron fieles; hubiera querido escribir de inmediato, al menos, estas páginas.
El libro funciona, pues, como un ejercicio de catarsis, un acto de expiación hacia la figura adorada, ida ya, como un intento de aprehensión de los jirones del ingenio que compusieron una de las almas más artísticas de la literatura, así, podemos leer: Una de las últimas noches en Argel, Wilde parecía haberse propuesto no decir nada en serio. Llegó aun a irritarme con sus paradojas harto espirituales. –Usted tiene algo mejor qué decir que meras bromas –comencé-. Me habla esta noche como si yo fuera el público. Lo que debería más bien es hablar al público como le habla a sus amigos. ¿Por qué no son mejores sus piezas? Lo mejor de usted, lo conversa. ¿Por qué no lo escribe?
-¡Oh! –exclamó de inmediato-, mis piezas no son muy buenas. No les tengo mucha estimación. ¡Pero no se imagina usted cómo divierten!… Casi todas son el resultado de una apuesta. Dorian Gray también; lo escribí en pocos días porque uno de mis amigos afirmaba que nunca podría escribir una novela. ¡Me aburre tanto escribir!… luego, inclinándose bruscamente hacia mí: “¿Quiere saber la gran tragedia en mi vida? Que he puesto el genio en mi vida y sólo el talento en mis obras.”
Muy cierto –dice Gide-. Lo mejor de su escritura era sólo un pálido reflejo de su brillante conversación. Aquellos que lo oyeron hablar encuentran desilusionante leerlo.
Gide nos recuerda cómo, Wilde, era el gran histrión de su propia vida. Apenas llegado a París, el público, ávido de chismes y de realidades, hizo correr de boca en boca, anécdotas absurdas: Wilde, comentaban, era sólo aquél que fumaba cigarrillos con punta de oro y que se paseaba por las calles con un girasol en la mano. Hábil para engañar a los que hacen la gloria mundana, Wilde había sabido crear, delante de su verdadero personaje, un divertido fantasma que representaba con talento.
Gide recuerda que fue en casa de Mallarmé donde escuchó por primera vez sobre Wilde: se le dibujaba como brillante conversador, y anhelaba conocerlo, esperando verlo ya. Un azar feliz o más bien un amigo, a quien había comentado mi deseo, me sirvió. Se invitó a Wilde a una cena. Éramos cuatro, pero Wilde fue el único que habló. Wilde no conversaba: contaba. Durante casi toda la cena, no paró de contar. Contaba dulce, lentamente; su voz era maravillosa. Sabía admirablemente bien el francés, pero fingía buscar un poco las palabras que deseaba hacer oír.
Uno de los valores que hacen de esta brevísima obra de Gide, algo más que un mero cúmulo de observaciones sobre la figura de Wilde, interesante pero sólo eso, son los cuentos cortos –minificciones diríamos hoy- que Gide recupera de las conversaciones con Wilde. Pequeñas joyas de concisión e ingenio que se hubieran perdido de no haberlas escrito Gide quien recuerda esa velada: Los cuentos que nos contó interminablemente esa noche eran confusos y no de los mejores, Wilde, inseguro de nosotros, nos probaba. (…) Terminada la cena, salimos. Al ver que mis dos amigos caminaban juntos, Wilde me llevó aparte:
-Usted escucha con los ojos –dijo con brusquedad-; le voy a contar por eso una historia.
Cuando Narciso murió, las flores de los campos estaban desoladas y pidieron al río unas gotas de agua para llorar. -¡Oh!, respondió el río, aun si todas mis gotas de agua fueran lágrimas, no tendría suficientes para llorar a Narciso. Cómo lo amaba- -¡Oh!, retomaron las flores de los campos, ¿cómo no podrías haberlo amado? Era hermoso, -¿Era hermoso?, preguntó el río. -¿Y quién mejor que tú lo sabría? Cada vez que se inclinaba en la orilla, miraba en tus aguas su belleza. Wilde se detuvo un instante. –Si yo lo amaba, respondió el río, era porque cuando se inclinaba sobre mis aguas veía el reflejo de mis aguas en sus ojos. Luego Wilde, engallándose con una extraña carcajada, añadió: -Se llama esto El discípulo.
Varias veces, ese año, y el que siguió, Gide encontró a Wilde. En una ocasión le pregunta a Gide qué hizo el día anterior, Gide, cuya vida corre despreocupada, no tiene nada interesante que contar. Wilde le reclama que, si no hay nada que contar, no debe hacerlo. Hay dos mundos: aquél que es propiamente el mundo real, y del que no hay necesidad de hablar para verlo. El otro, es el mundo del arte: es del que debemos habla, porque no existiría sin ello.
Había una vez un hombre, a quien lo querían en su pueblo porque relataba historias. Todas las mañanas dejaba el pueblo, y cuando volvía por la noche, los trabajadores, luego de la jornada ardua, se reunían a su alrededor y le decían: -¡Anda!, cuenta: ¿Qué has visto hoy? –He visto en el bosque a un fauno que tocaba la flauta, y que hacía bailar a una ronda de silvanos. –Cuenta más: ¿Qué has visto?, decían los hombres. –Cuando llegué a la orilla del mar, vi tres sirenas en la cresta de las olas que se peinaban con un peine de oro los cabellos verdes.
Y los hombres lo querían porque contaba historias. Una mañana, como todas las mañanas, dejó el pueblo, pero cuando llegó a la orilla del mar, vio aparecer tres sirenas, tres sirenas en la cresta de las olas que se peinaban con peine de oro los cabellos verdes. Y como continuara su paseo, vio, al llegar cerca de un bosque, a un fauno que tocaba la flauta para una ronda de silvanos. Esa noche, al volver al pueblo, le preguntaron como las otras noches: -¡Anda! Cuenta: ¿qué viste? Respondió:- No vi nada.
Pasan tres años y Gide no ve a Wilde. Cuando se encuentran, en Bernaval, en los alrededores de Dieppe, localidad francesa del Sena Marítimo, ya no es a Wilde, sino a Sebastián Melmoth, con quien se cita. Sí, es Wilde, pero el Wilde que ha sobrevivido a la cárcel. Hablan de eso y cómo Wilde obedecía a una letra y un número: C33. Cómo conoció a los demás presos, cómo se hizo amigo de ellos, cómo les prometió, al salir, les enviaría una carta con dinero. Cómo algunos le visitaban ahí, a Melmoth, tras la condena. Se despiden. El coche de Gide aguarda. Wilde le dice algo más, encomia Los alimentos terrestres, una de las obras más importantes de Gide: Está bien, está muy bien. Pero “dear”, prométame: no escriba nunca más YO. En arte, usted sabe, no existe la primera persona.
Gide asegura que todo lo contado es simple y estrictamente exacto. Y que le apenaría que alguna palabra haya podido disgustar en lo mínimo a Lord Alfred que se ha comportado en este asunto con la mayor nobleza.
Como todos recordamos, Lord Alfred fue el origen de la caída de Wilde pero Gide, como Wilde mismo lo eximían de todo pecado. Acompañan a la bella edición, por lo sencilla, que he usado para esta reseña, unos grabados de José Luis Cuevas que la hacen aún más única, un objeto de coleccionistas refinados.