Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker

“Feminización” del poder o las mujeres como ángeles

A esas mujeres talentosas que han hecho este mundo más habitable y generoso: Verónica Sandoval, Mónica González, Paty Fong, Judith Satin, Sara Raca, Merari Fierro, María Amor, Albeliz Cordoba, Ivelin Buenrostro,
Julia Wong, Mónica Gameros y muchas más.

Por Enrique G. Gallegos.

Los ángeles que llevamos dentro, de Steven Pinker, es un título inocuo que se podría prestar a malentendidos si no reparamos en el subtítulo: El declive de la violencia y sus implicaciones. Es un grueso volumen de novecientas páginas, traducido en ese horrible español para españoles en el que brotan como hongos los “tíos” y otros localismos tolerables para el habla de la península, pero para nuestra Latinoamérica son traducciones que molestan y empobrecen la riqueza del lenguaje.

El subtitulo encierra la hipótesis que vertebra los diez capítulos en los que se compone el libro. El autor sostiene que la violencia, en términos históricos y generales, ha disminuido. Es una hipótesis que bucea a contracorriente de los estudios biopolíticos y necropolíticos en los que se sostiene que vivimos en un estado de excepción caracterizado por la guerra. Una de las estrellas intelectuales de este pensamiento es el filósofo camerunés Mbembe. Para esta tradición de pensamiento, la radical transformación del poder soberano en gestor del neoliberalismo es fundamental. La necropolítica sería la gubernamentalidad de la muerte; decidir no tanto quién vive, sino quién muere. Desde esta tradición, por ejemplo, se intenta explicar la carnicería en la que se ha convertido el país, la desaparición de los 43 Ayotzis, los más de 28 mil desaparecidos y los miles de muertos por la guerra del narcotráfico y otros fenómenos como las migraciones, el feminicidio, las políticas de salud, el control de las poblaciones y los desplazamientos humanitarios en diferentes partes del mundo. Para el necropoder se trata de poblaciones prescindibles y de un excedente poblacional que hay que eliminar; y en ese marco, el Estado y los poderes privados fungen como gestores de la gubernamentalidad necrofílica.

El libro de Pinker se sitúa en el otro extremo de esas tradiciones de pensamiento. Heredero del Iluminismo del siglo XVIII y de cierto historicismo que alega que el futuro siempre alberga algo mejor, sostiene que el ascenso de la razón y su decantamiento —lento pero consistente— en ciencia, instituciones, leyes, derechos y prácticas, ha contribuido en la disminución de la violencia y la guerra. Particularmente afirma que existen cinco poderosas fuerzas históricas que han arrastrado a la humanidad a índices impensables de paz y tranquilidad (y para entender esto, hay que tener en cuenta que el autor hace un estudio diacrónico). Esas fuerzas históricas son el Estado, el comercio, el cosmopolitismo, la razón y la “feminización”. Con excepción de la última, las tradiciones críticas del pensamiento (y su declive biopolítico y necropolítico) han sostenido justamente lo contrario: el Estado, el comercio neoliberal y la racionalidad instrumental, han llevado a situaciones extremas de violencia; desde ahí se explica, por ejemplo, el Estado fascista y la instrumentalización racional llevada a su máxima expresión en las cámaras de gas.

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Pero lo que llama la atención y motiva esta nota no es tanto la apologética al Estado, las odas al comercio y sus banderas civilizatorios o la ciega confianza en la razón, sino la última fuerza pacificadora: la “feminización de la sociedad”. Es una hipótesis sugestiva y el autor trata de avalarla con estadísticas, datos y estudios de diferente origen disciplinar. Por ejemplo, afirma que en diversas investigaciones se concluye que “los hombres han constituido y comandado los ejércitos por abrumadora mayoría”, que “las mujeres tribales jamás se [han unido] para atacar vecinos y secuestrar” hombres, que el feminismo del XIX ha estado traslapado con los movimientos pacifistas y antiviolencia y que en “casi 300 encuestas de opinión” de las décadas de 1930 y 1980 se observó que los hombres apoyaban soluciones más violentas que las mujeres.

También sostiene que en el “feminista siglo XXI”, el “97% de los soldados del mundo y el 99% de los soldados del combate son hombres”, recuerda algunos estudios etnográficos en los que se establecen una correlación entre mejor trato a las mujeres y menos aceptación de la guerra y refiere diversas estadísticas en las que se describe que los hombres cometen la mayor parte de los crímenes violentos y votan más a líderes belicistas. Asimismo, analiza la “deconstrucción” de las ideas y prácticas de la dominación con sus atributos de virilidad, honor, prestigio y gloria (p.e., la palabra macho, que ha pasado de una connotación positiva a una negativa, peyorativa, asociada a la arrogancia y al abuso). Finalmente, afirma que la promoción del matrimonio bajo las condiciones de las mujeres, el control femenino de la reproducción sexual y el legado psicológico de la diferencia biológica entre los sexos, también han contribuido a hacer un mundo menos violento. Estos y otros datos llevan a Pinker a afirmar que “a lo largo de la historia las mujeres han sido, y serán, una fuerza pacificadora”.

En una cultura como la nuestra, atravesada por el control y dominio falocrático, datos como los anteriores generan suspicacia. Se dirá que las mujeres también son violentas, que también golpean a los hombres y que las violencias de su poder son poco visibles porque son minorías en los cargos públicos o directivos. Puede ser. Podrán existir excepciones, pero no deshacen el núcleo duro del argumento de Pinker: existe una abrumadora evidencia empírica que demuestra dos cosas: “que los actos violentos los ejecutan sobre todo los hombres” y que la feminización es una fuerza histórica que ha contribuido a hacer el mundo menos violento.

No sé si los hombres podamos hablar adecuadamente sobre las mujeres sin dejar de girar en externalidades y sin poder traspasar la cultura falocentrica, pero tiendo a creer que cargan con un “peso histórico” que las ha aplastado durante siglos y al que las tradiciones feministas son particularmente sensibles, como en aquella tesis de la historia de Walter Benjamin en la que el aire que respiramos, tiene un olor a los antepasados que reclaman su redención. Así como los afroamericanos cargan con siglos de esclavitud y decenios de discriminación, las mujeres gravan su historia con milenios de sojuzgamiento, violencia, maltrato y desigualdad. Es un peso, una densidad o coagulación histórica, que para los hombres ha sido invisible y desde el cual se podría explicar y justificar el radicalismo y los brotes de violencia de algunos movimientos feministas. A una agresión física no siempre se puede responder con jazmines. Quizá una anécdota aclare parcialmente esto.

Hace unos meses viajaba en el metro de la ciudad de México. Mi compañera me hizo notar que un individuo acosaba a una mujer. Pero por varios minutos lo que yo observaba era una pareja e infería con cierto “automatismo” mental, que quizá eran novios o esposos; mi mirada no veía el acoso; educada en nuestra cultura falocentrica, se emplazaba desde ese lugar y no a partir del otro desde el que mi compañera miraba. Lo que para ella era evidente, no lo era para mí. La imperceptibilidad del acoso era reforzada por mi mirada patriarcal. Debió pasar algo más burdo para sacarme de mi emplazamiento cultural y hacer legible el acoso: la mujer manoteo al individuo. Sólo a partir de ese gesto que no admitía ninguna otra interpretación, logre ver lo que no era evidente para mí y sí para mi compañera. El lugar desde el que ella hablaba se apoyaba en una cultura, educación, sensibilidad y una densidad histórica que no era el mío y el cual me imposibilitaba para percibir las señales más tenues de la agresión sexual. Ese gesto —mínimo e insidioso— en el que las mujeres perciben la punta filosa y agresiva del acoso. Con otras palabras y diferente contexto, esto también lo planteó un poeta, Paul Celan, “Nadie / testimonia por el / testigo”. Si no podemos testimoniar en el lugar del testigo, si no podemos suplantarlo ni hacer como si, sí podemos acercarnos a esa otredad que son las mujeres y mediante un doble movimiento despatriarcar la cultura y contribuir a su “feminización”.

El autor se pregunta “¿sería más pacífico el mundo si lo dirigieran las mujeres?” y responde con un “sí con reservas”. Pero quizá es tiempo de eliminar esa reserva y plantear un sí sin limitaciones. La fuerza expansiva de la utopía —tan desgastada por la caída del socialismo real— puede ser reactivada por la militancia social, política, cultural y poética de las mujeres.

Pero si la hipótesis de la feminización es convincente, resulta más que cuestionable la pauta “cientifista” con la que el autor extrapola cifras (p.e. estandarizar la población del siglo XX a siglos pasados) para sostener que el XX es el menos violento de la historia; y cuando aparecen siglos menos violentos que el modélico XX, la única explicación que le parece razonable al defensor del progreso, no es que sean más pacíficos, sino que “jamás hubo constancia” de las masacres (de esa manera, el autor puede cuadrar la realidad con sus afirmaciones); asimismo, cuando recurre a investigaciones neurocientíficas, neuroanatómicas, genómicas, biológicas y resultados de experimentos con ratones, para argumentar tendencias que demuestran los cambios en las transformaciones sociales, nunca termina por quedar claro el salto del cerebro a las ideas y a las configuraciones sociales y morales. Si bien esos estudios pueden ser razonables y aceptables cuando se mantienen al nivel de sus campos científicos, el problema resulta cuando los llevan, sin mayores mediaciones, al comportamiento moral, al desarrollo de las instituciones y a las transformaciones históricas. Digamos que el científico Pinker, entre datos duros y afirmaciones apoyadas en evidencia empírica, no ha resistido la dulce tentación de inventar un mundo moral acorde a las experimentaciones de su cómodo gabinete. Un poco de oxitocina, sal, pimienta y amorosos poemas de Neruda y voilà, como en el Fausto de Goethe, surgen del laboratorio mundos maravillosos.

Pinker, Steven. Los ángeles que llevamos dentro. Barcelona: Paidós, 2ª Imp., 2014.