Después de la Feria del Libro Tlalpan 2016

Alfredo Lèal

Hasta donde sé, para la mayoría de los capitalinos y alguno que otro viajante asiduo a la Ciudad de México, la palabra Tlalpan tiene dos sentidos, radicalmente opuestos, incluso contradictorios entre sí.
El primero alude a una calzada mucho tiempo ha dividida por un tranvía que conectaba el Centro de la Ciudad con la salida a Morelos, dividida, ahora, por la línea 2 del Metro, a cuyos costados se extiende un paisaje de lonas amarillas y naranjas que, apenas entrevistas a través de los resquicios que dejan los colectivos continuamente parados en doble, a veces triple, fila, cubren de la lluvia y el sol puestos de todo tipo de productos, desde tacos y discos piratas —cada vez menos, es cierto— hasta lencería para las prostitutas exhibiéndose casi en cada esquina de Viaducto a Miguel Ángel de Quevedo, para dibujar, después del Estadio Azteca y Huipulco, los matices de gris de la Zona de Hospitales y, al fin, el conglomerado de anuncios que circundan La Joya, cuyo parque de béisbol es a su vez el inicio de otra avenida que termina con las Pirámides de Teotihuacán.
El segundo sentido es tan sencillo que merece entrecomillarse: “Tlalpan es un pueblito como Coyoacán o San Ángel”. Este sentido se desliga completamente de todo lo que implica el anterior, incluido, además, el hecho de que, al interior de los límites de Tlalpan, convivan —o, hipotéticamente, puedan convivir— personalidades cívicas tan dispares como las de los habitantes de Villa Coapa, San Pedro Mártir o La Carrasco con la de aquéllos de Fuentes del Pedregal. En suma, se trata de un sentido de élite, tanto para los visitantes cuanto para los habitantes del núcleo (semiótico) de Tlalpan, mismo que produce un efecto económico y biopolítico a todas luces plausible: las rentas en Tlalpan, quiero decir, en “Tlalpan” en este segundo sentido de la palabra, van de los cinco mil (35m²) hasta los 20 mil (150m²) pesos.

Se me ocurre que quizás haya un tercer sentido, ese que, dialécticamente, reúne los dos anteriores y se produce desde y por su encuentro, un sentido que, empero, pocos son los que se interesan en conocer, y, me atrevería a decir, muchos menos los interesados en entender: Tlalpan es no solamente la Delegación más grande y más verde de la Ciudad de México sino un verdadero centro cultural en potencia completamente abandonado por el Estado Federal, cooptado, en cambio, desde 1997, por las administraciones perredistas y ahora (ignoro si el adjetivo exista) morenistas.
Ahora bien, si comienzo con una microhistoria de este pueblito es porque, creo, nos ayuda a entender su importancia socio-política para la Ciudad de México.

De herencia dieciochesca y porfirista, por su disposición y trazado urbano Tlalpan es ejemplo viviente de lo que Rama explica en La ciudad letrada como el damero. La Iglesia y el Palacio de Gobierno quedan, empero, muy lejos de la Casa de Cultura (quizás una de las más hermosas de la Ciudad), si bien al otro lado de la explanada, en torno a cuyo quiosco, los viernes, los viejos bailan danzón, está la Casa Frissac; al lado de la Iglesia, el Museo de Historia de Tlalpan; un poco más adentro, hacia Insurgentes, en el parque que lleva el nombre de la autora del Primero Sueño, una librería del Fondo de Cultura que lleva el nombre de otra autora, Elsa Cross. Entre esos puntos clave y el Mercado La Paz, uno de los más antiguos de la Ciudad de México, rodeada de las exhaciendas y los conventos que se diseminan por las calles aledañas, cada año se despliega la que este año y por primera vez lleva por nombre Feria Internacional del Libro de Tlalpan.

A ojos de cualquiera, tal vez sea muy ambicioso llamarla Internacional. A ojos de los iniciados, incluso el nombre mismo de “Feria del Libro” parece quedarle grande, o lo es si la comparamos con la FIL del Zócalo capitalino, la FILOaxaca y, huelga decirlo, la de Guadalajara. Centros de mercado y mecas para los empresarios del editorialitarismo, esas ferias son nada más que mamparas compuestas por stands de las editoriales más importantes a nivel comercial, tanto independientes cuanto dependientes de los monopolios españoles o los subsidios del Estado, tras los cuales se gesta —no es hipérbole— la producción y, por ende, el consumo de “literatura” de los próximos cinco, tal vez diez años. Centros de negocio, en suma, que nada tienen que ver con los puestos tlalpeños que exhiben libros de veinte a cien pesos —uno puede encontrar todo tipo de promociones: tres por cincuenta, cuatro por doscientos, tres por cien…—, muchos de ellos en perfectas condiciones, la mayoría sacados de las bodegas donde se guardaban los tirajes de Tusquets, Paidós y Austral, entre otras editoriales hoy en día devoradas por el editorialitarismo transnacional.

Más allá de lo pintoresco del pueblito, asistir a la FIL de Tlalpan es como formar parte de un programa especial de ¿Quién da más? en el que vemos no sólo lo que han sacado de bodegas abandonadas sino cómo los compradores de éstas intentan, por todos los medios, deshacerse de ello: en una sola mesa, más de doscientos ejemplares del mismo libro de David Ojeda, todos cerrados, todos nuevos, muchos de ellos, desde ya, condenados a nunca ser leídos; en otra mesa, todo el catálogo de la editorial Terracota. Los hay también, claro, puestos que venden algunas rarezas —una primera edición del Desfile del amor de Pitol, un Dussel (ya inconseguible) en Trotta con casi el setenta por ciento de descuento (sobre el precio en librería Gandhi), el Hijo de hombre de Roa en una edición hermosa de bolsillo de Alfaguara—, pero, además de que éstos son puestos también monopolizados por familias que poseen la totalidad de las llamadas “librerías de viejo”, en general todos los puestos son el mismo: muchos ejemplares de la Biblioteca Clásica Castalia (veinte pesos cada uno), muchísimas novelas de la Colección Andanzas, editoriales y autores españoles de los que jamás había escuchado hablar —el hallazgo de este año fue, por treinta pesos, una novela de quinientas y tantas páginas del gallego Xosé Manuel Villanueva editada por Berenice: Adiós India, adiós; el del año pasado: una traducción (la única, quiero suponer) de Petróleo, de Pasolini, en Seix Barral, por cincuenta pesos—; mucha, muchísima novela negra.

A diferencia de otras FIL, acá los escritores no se pavonean entre los puestos, la mirada en alto buscando algún compañero de pandilla con quien realizar chistes locales. Los escritores, parafraseando a Vicente Fox, vienen y se van: Paco Ignacio Taibo II dio una charla, el miércoles, que nadie escuchó. Lo demás es música, la gente que pasa entre los libros preguntando por los que les piden a sus hijos en la secundaria, los puestos con casi todo el catálogo de EMU, un puesto de Ítaca en el que un Bolívar Echeverría te cuesta dos veces más que afuera del Che. Lo único que se vende “caro” son las novelas negras y policíacas: Padura, Mankell, Simenon, aunque también se encuentran promociones: tres novelas de Vázquez Montalbán por cincuenta pesos. Con quinientos pesos, Vicky y yo compramos quince libros, dos de Reinaldo Arenas, uno de Caparrós, casi todo lo que encontramos de Castalia, uno de Hiriart, otro más de Tusquets, una traducción de Pascal Bruckner en Arial, y uno de Ana María Matute.

Queda, pues, la sensación de que algo no funciona. Y, en efecto, algo en la FIL de Tlalpan no va en el sentido de las demás, no sólo porque acá no se viene a hacer negocio o porque puedes conseguir un Akal descontinuado —ahora que es moda llenar cuartillas con los títulos de los libros, lo presumo: Florencia, Roma y los orígenes del Renacimiento, de George Holmes— en ciento cincuenta pesos, sino porque de los pocos asistentes, más la mitad sabe lo que está comprando. Si las hay, ésta es una feria de culto. Más que feria, sin embargo, es un bazar. Muy pocos de los libros que compramos, lo sé, volverán a editarse. Algunos de los que nadie compre serán simplemente quemados, como lo son las oportunidades de Tlalpan de convertirse en ese centro cultural que podría ser, si los pocos escritores que hemos adoptado el gentilicio tlalpeño hiciéramos un verdadero esfuerzo por hacer de esta feria una plataforma para mandar el mensaje de Tlalpan al mundo (aunque, claro, primero habría que descifrar ese mismo mensaje para nosotros).

Empero, lo más inquietante de esta FIL no es nada de lo anterior: ni la ubicación, ni los libros, ni siquiera los pocos, poquísimos escritores que, acaso por coincidencia, la visitan —en el entendido de que, como dice Homero Vélez o Humberto Simpson, como quieran llamarlo, “si no hay gemelos siameses en un frasco no es una feria”—, sino, para decirlo en términos de Bolívar Echeverría, el hecho capitalístico que la envuelve. En pocas palabras, mientras el sistema editorialitarista siga predominando en cualquiera de los ámbitos en donde tiene acción —y las FIL son pieza clave de esta forma de totalitarismo—, seguiremos acudiendo a éstas a escuchar homenajes a Margo Glantz. Infinitamente.